Donde arden las coronas (Una corona de mentiras 2) Capítulo 15 #5
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Capítulo 15 #5

Esa era la verdad que Frederick había intentado convertir en debilidad.

No permitiría que lo consiguiera.

* * *

Bash regresó al exterior veinte minutos después.

Tenía hollín sobre el rostro y una quemadura en la mano.

—¿El equipo? —pregunté.

—Dos heridos. Ninguno grave. Los atacantes escaparon hacia el bosque.

—¿El archivo?

Su silencio respondió.

Me puse de pie.

—¿Desapareció?

—La caja ya no estaba cuando regresamos a la habitación.

—Alguien entró durante el incendio.

—Sí.

—¿La grabadora?

Beatrice abrió su abrigo.

El aparato estaba sujeto contra su cintura.

—La tomé antes de salir.

Bash cerró los ojos.

—Eso podía haberte lastimado.

—También podía desaparecer.

Sacó la fotografía y la página con el código.

—Guardé esto.

—¿Y los registros financieros?

Negó.

El archivo negro había desaparecido.

Con él, las pruebas que me vinculaban con el Fondo de Continuidad y quizá la identidad del heredero superviviente.

—Orfeo necesitaba que abriéramos el compartimento —dijo Bash.

—Nos siguió.

—O ya estaba aquí.

Miré la casa.

Las ventanas superiores brillaban bajo las llamas.

—¿Dónde comenzó el fuego?

—La cocina y el vestíbulo fueron preparados para bloquear las salidas.

—No fue lo que pregunté.

Bash observó a Alexander.

Mi hermano estaba dentro de la ambulancia, recibiendo oxígeno. Beatrice permanecía a su lado.

—Encontramos un tercer punto de inicio —dijo.

—¿Dónde?

—En la habitación de Alexander.

El viento llevó humo hacia el lago.

—Los atacantes entraron por la planta baja.

—Sí.

—¿Cómo encendieron el fuego arriba antes de entrar?

—Pudo existir un dispositivo temporizado.

—Seguridad revisó la habitación.

—Buscaba cámaras, armas y explosivos. Un acelerante oculto dentro de la pared podía pasar inadvertido.

Miré la ventana.

El incendio había comenzado en el mismo lugar donde se encontraba el archivo.

—Prepararon la casa antes —dije.

—Probablemente.

—¿Cuándo?

—Pudo ser hace días. Años, incluso.

—Entonces sabían que algún día regresaríamos.

Bash se quitó el guante quemado.

—O sabían que el archivo terminaría llevándonos aquí.

Me acerqué a la ambulancia.

Alexander mantenía la mascarilla de oxígeno sobre el rostro. El cabello castaño estaba pegado a su frente y tenía hollín sobre una mejilla.

—El fuego comenzó en tu habitación —dije.

Sus ojos se abrieron.

—¿Qué?

—Antes de que los atacantes entraran.

El miedo apareció.

—Querían matarme.

No era una conclusión absurda.

La habitación había contenido los documentos.

También lo había contenido a él.

—O destruir el archivo —respondí.

—Podían robarlo.

—Hicieron ambas cosas.

Alexander miró hacia la casa.

—Conocían el escondite.

—No necesariamente. Esperaron a que lo abriéramos.

—Pero sabían cuál habitación debían preparar.

Su respiración volvió a acelerarse.

Apoyé una mano sobre su nuca.

—No pienses ahora.

—¿Qué significa?

—Significa que alguien estudió los planos o entró antes.

—Era mi habitación.

—Lo sé.

—Todo comienza siempre alrededor de mí.

—Porque eres el heredero.

La explicación resultaba lógica.

Suficiente.

Alexander me miró.

—¿Conservaron algo?

Beatrice mostró la grabadora y la página.

Mi hermano tomó el documento.

Sus dedos recorrieron el código.

FRC-01.

—Frederick —murmuró.

—¿Puede haber pertenecido a otra persona?

—No. Era su autorización personal.

—Entonces comenzó con él.

—Y alguien la heredó.

Alexander levantó los ojos hacia mí.

—El heredero superviviente.

Las mismas palabras del fondo.

Las pruebas señalaban que ese hombre era yo.

—Prepararon todo para culparme —dije.

—No permitiré que ocurra.

—No depende únicamente de ti.

—Testificaré.

—¿Sobre qué?

—Sobre tus dispositivos. Las noches de la universidad. Las ocasiones en que seguridad perdió registros.

—Eso también puede perjudicarte.

—No me importa.

—Debería.

Alexander sujetó mi muñeca.

—No permitiré que conviertan tus peores años en una prueba de que quisiste destruirme.

—Y yo no permitiré que conviertan tu enfermedad en la explicación de cada acceso.

Nos observamos.

Todavía intentando salvarnos mutuamente.

Exactamente como Frederick había registrado.

Exactamente como Orfeo esperaba.

Beatrice colocó una mano sobre las nuestras.

—Entonces dejen de decidir por separado quién se sacrifica.

La miramos.

—Entregaremos juntos lo que tenemos —continuó—. Sin ocultar las partes que puedan perjudicarlos. Sin que ninguno intente asumir toda la culpa.

Alexander asintió.

Yo tardé más.

—De acuerdo.

Mi hermana entrelazó sus dedos con los nuestros.

La casa se derrumbó detrás.

El techo cayó con un estruendo y una columna de chispas ascendió hacia el cielo.

El lago reflejó las llamas.

Durante nuestra infancia, Alexander me había sacado de aquellas aguas y yo lo había arrastrado hasta el cobertizo.

Treinta años después, lo había cargado por el mismo camino mientras alguien quemaba el lugar donde aprendimos que no sabíamos sobrevivir separados.

Orfeo conocía la casa.

El escondite.

La habitación.

El recuerdo exacto.

Pero no había conseguido lo más importante.

El archivo negro desapareció.

Las pruebas podían señalarme.

Mi padre permanecía inconsciente y la Corona se quebraba en Londres.

Aun así, mis hermanos estaban vivos.

Esa noche me pareció suficiente.

No sospeché de Alexander.

No cuando todavía podía sentir el peso de su cuerpo entre mis brazos.

No cuando la primera verdad de nuestra vida seguía siendo que él había saltado al agua por mí.

Creí que el fuego se había iniciado en su habitación porque Orfeo quería matarlo.

La alternativa era demasiado monstruosa para existir:

que solo alguien que alguna vez llamó suyo aquel dormitorio habría sabido exactamente dónde encender la primera llama.