Donde arden las coronas (Una corona de mentiras 2) Capítulo 15 #4
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Capítulo 15 #4

—Alexander priorizó la supervivencia de Adrien sobre la suya. Conducta adecuada para protección familiar, inadecuada para preservación sucesoria.

Otra voz habló.

El doctor Henry Vale.

—Es un niño.

—Es el heredero.

—Ambos podrían haber muerto.

—No ocurrió.

—Porque Alexander consiguió empujarlo hacia la superficie.

Hubo una pausa.

—¿Y Adrien? —preguntó Vale.

—Se negó a abandonar el cobertizo mientras su hermano presentaba una crisis respiratoria. Amenazó al personal médico cuando intentamos separarlos.

La voz de Frederick sonó complacida.

—El segundo protege al primero. El primero se sacrifica por el segundo.

—Son hermanos.

—Juntos resultan fuertes.

El sonido cambió.

Una puerta.

Pasos.

—¿Y separados? —preguntó el médico.

Frederick tardó varios segundos en responder.

—Separados buscarán recuperarse a cualquier precio.

La cinta se interrumpió.

Alexander tenía el rostro completamente blanco.

—Lo planeó.

—No sabemos si provocó la caída —dije.

—La llamó prueba.

—Puede haber convertido el accidente en una evaluación después.

—“El segundo hijo ha entrado en el lago a las catorce horas y siete minutos”. Estaba observando.

Beatrice tomó la mano de Alexander.

—Eran niños.

Mi hermano soltó el andador.

Apoyó ambas manos sobre el escritorio.

—Toda mi vida recordé haber salvado a Adrien.

—Lo hiciste.

—Quizá solo hice lo que esperaba.

—No.

Me coloqué frente a él.

—Frederick podía observar, registrar y escribir cualquier conclusión. No te obligó a saltar.

—Construyó la situación.

—Tú elegiste volver por mí.

—Tenía once años.

—Y yo estoy vivo por ti.

Alexander levantó los ojos.

—Después tú me sacaste.

—Porque no iba a dejarte.

—Exactamente lo que concluyó.

—Que pudiera predecir nuestro amor no significa que lo creara.

La respiración de mi hermano se volvió más rápida.

—Alexander.

Negó.

—No puedo…

Sus manos comenzaron a temblar.

—Mírame.

—No estoy teniendo una crisis.

—No he dicho que la tuvieras.

—Todos lo están pensando.

—Yo no.

Su pierna cedió.

Lo sujeté por la cintura antes de que golpeara el suelo. Alexander se aferró a mi chaqueta.

—Siéntate.

—No.

—Por una vez, deja de discutir.

Lo ayudé hasta la cama.

Beatrice se sentó al otro lado y apoyó una mano sobre su espalda.

—Respira.

—No me digas…

Tosió.

Su cuerpo se dobló.

La médica entró.

Revisó el pulso y preparó medicación.

Alexander apartó la jeringa.

—No quiero sedantes.

—Solo es un analgésico.

—¿Cómo puedo saberlo?

El miedo en su voz silenció la habitación.

Lorraine había utilizado medicamentos para robarle tiempo.

Ahora incluso una médica elegida por él sostenía una aguja y esperaba que confiara.

—Muéstrale el frasco —dije.

La mujer se lo entregó.

Alexander leyó la etiqueta.

—Ábrelo frente a él.

Lo hizo.

Mi hermano aceptó la inyección.

No porque yo lo hubiera ordenado.

Porque pudo comprobarla.

La diferencia parecía pequeña.

No lo era.

—Necesita descansar —dijo la médica.

—Terminaremos la grabación —respondió Alexander.

—No.

Me miró.

—Dijiste que decidiría.

—Y tú dijiste que regresaríamos si el dolor superaba cinco.

—Está en cuatro.

—Mientes.

—Sí.

La admisión me detuvo.

Alexander apoyó la cabeza contra la pared.

—Pero necesito saber qué más dice.

Miré a la médica.

—Diez minutos —aceptó—. Sentado. Después regresamos al vehículo.

Bash volvió a reproducir la cinta.

La voz de Frederick apareció entre la estática.

—La interdependencia constituye el mayor riesgo. Ninguno aceptará la Corona si considera que hacerlo perjudica al otro.

—Eso parece una virtud —dijo Henry Vale.

—Una Corona no puede depender del afecto.

—¿Qué propone?

—Separarlos emocionalmente.

—Son niños.

—No para siempre.

Una página se movió cerca del micrófono.

—El heredero debe creer que su hermano espera reemplazarlo. El segundo debe creer que solo será amado mientras permanezca útil. La competencia hará el resto.

—Edmund jamás lo permitirá.

—Edmund ya les enseña ambas cosas sin comprenderlo.

La cinta emitió un chasquido.

—¿Y si se niegan a competir?

Frederick respondió:

—Entonces utilizaremos a las personas que amen.

La grabación terminó.

Nadie habló.

Evie.

Isabella.

Beatrice.

Cada mujer convertida en una forma distinta de separarnos.

—Frederick murió hace años —dijo mi hermana—. No pudo ordenar lo ocurrido ahora.

—Alguien heredó su plan —respondió Bash.

Tomé la hoja encontrada junto a la grabadora.

Era una autorización antigua.

PROYECTO ORFEO: FASE DE SEPARACIÓN.

Al final aparecía un código.

Alexander lo vio.

—FRC-01.

—¿Qué significa?

—Frederick Royal Clearance. Nivel uno.

—¿Estás seguro?

—Lo veía en sus carpetas. Todo lo que consideraba exclusivamente dinástico llevaba ese código.

Bash fotografió la página.

—Entonces Frederick creó Orfeo.

—Creó el proyecto —dije—. La persona actual heredó su acceso.

El heredero superviviente.

Miré nuevamente la carpeta financiera.

Las pruebas apuntaban hacia mí.

El código, hacia un hombre muerto.

Y alguien conocía suficiente nuestra historia para utilizar una herida de infancia como mapa.

Un olor apareció en la habitación.

Al principio pensé que provenía de la chimenea apagada.

Después vi humo debajo de la puerta.

Bash se volvió.

—Todos fuera.

Las luces se apagaron.

* * *

La alarma de incendios no funcionó.

Tampoco los teléfonos.

El comunicador de Bash emitió estática.

Un golpe resonó en la planta baja.

Después otro.

—Equipo uno, responda.

Nada.

Bash abrió la puerta.

El humo cubría el corredor.

—La escalera principal está comprometida.

—La de servicio —dije.

Un agente apareció desde el extremo contrario.

—Fuego en la cocina y el vestíbulo. La salida posterior está bloqueada.

—¿Atacantes?

—Al menos dos. Entraron por el acceso norte.

Alexander intentó levantarse.

La pierna no respondió.

—No puedo apoyarla.

La médica colocó su brazo alrededor de los hombros.

—Necesitamos la silla.

—No pasará por la escalera —dijo Beatrice.

Bash se acercó a la ventana.

—Segundo piso. Demasiado alto para Alexander.

Otro disparo resonó abajo.

El cristal del corredor estalló.

Me agaché sobre mis hermanos.

—Hay un acceso al lago —dijo Beatrice.

—¿Dónde?

—El armario.

Señaló la pared contraria.

—Cuando éramos niños, conectaba con la habitación de madre mediante un pasadizo de servicio.

—¿Continúa abierto?

—No lo sé.

Bash y un agente apartaron el armario.

Detrás había una puerta estrecha.

No tenía manilla.

Beatrice presionó dos puntos del marco.

La madera se abrió.

—¿Cómo recordabas eso?

—Los escuchaba discutir.

Entramos.

Bash fue primero. Beatrice detrás.

Me incliné frente a Alexander.

—Sube.

—No puedes cargarme por una escalera.

—Observa.

—Adrien.

—No tenemos tiempo.

Pasé uno de sus brazos alrededor de mi cuello y lo levanté.

El dolor atravesó su rostro.

Gritó.

—Lo siento.

—Mi pierna…

—Lo sé.

Coloqué un brazo debajo de sus rodillas y otro alrededor de su espalda.

Alexander era más liviano que antes del accidente.

Aun así, su peso me obligó a apoyar un hombro contra la pared.

—Puedo saltar con un pie.

—Y yo puedo arrojarte al lago. Ninguno utilizará sus habilidades.

El pasadizo descendía.

Bash iluminaba los peldaños con una linterna.

El humo comenzaba a entrar detrás de nosotros.

Beatrice tosió.

—Más rápido.

Bajé el primer escalón.

Después otro.

Alexander escondió el rostro contra mi cuello para contener un gemido.

—Suéltame —murmuró.

—No.

—Te caerás.

—Entonces Bash disfrutará completando el rescate.

—No me incluyan —dijo desde abajo.

Una explosión sacudió la casa.

Perdí el equilibrio.

Mi espalda golpeó la pared.

Alexander gritó.

Beatrice se volvió.

—¿Están bien?

—Continúa.

—Adrien…

—¡Continúa!

Ella obedeció.

La estructura crujió sobre nosotros.

Alexander respiraba demasiado rápido.

—No puedo.

—Sí puedes.

—El humo.

—Apoya el rostro contra mi camisa.

—No puedo sentir la pierna.

—Eso probablemente sea una ventaja temporal.

—Adrien.

—¿Qué?

—El lago.

Su cuerpo comenzó a temblar.

No estaba viendo la escalera.

Estaba otra vez debajo del hielo.

—Mírame.

—No puedo.

—Alexander.

—Está oscuro.

—Lo sé.

—No encuentro la grieta.

El pánico tomó su voz.

—No estamos en el lago.

—Adrien…

—Estoy aquí.

Ajusté su peso contra mi pecho.

—Tú me encontraste bajo el hielo. Yo te sacaré ahora.

—No puedo respirar.

—Sí puedes.

Cuatro segundos.

Cuatro al contener.

Cuatro al soltar.

La misma secuencia que él había aprendido para sobrevivir a los ataques.

La misma que Evie utilizaba.

Respiré en voz alta para que me siguiera.

Alexander intentó hacerlo.

Tosió.

Volvió a intentarlo.

—Eso es —murmuré—. No me obligues a contar otra vez. Mi educación matemática fue limitada.

Una risa rota salió de su garganta.

—Negocios…

—Internacionales. Exactamente. Demasiadas palabras para admitir que no sé multiplicar.

Otro peldaño.

Después otro.

Mis piernas ardían.

El hombro golpeado en Westminster parecía abrirse otra vez.

No solté a mi hermano.

El pasadizo terminó detrás de una puerta metálica.

Bash la empujó.

No se movió.

—Bloqueada.

—¿Desde fuera?

—Parece oxidada.

El humo descendía.

Beatrice comenzó a golpear la puerta.

—¡Hay alguien!

Un disparo atravesó la madera detrás de nosotros.

El agente respondió.

—¡Abran! —grité.

Bash y yo golpeamos la puerta al mismo tiempo.

El metal cedió varios centímetros.

Aire frío entró por la abertura.

Volvimos a empujar.

La puerta se abrió.

Salimos junto al cobertizo.

El mismo donde Alexander y yo habíamos esperado a mi padre después del lago.

La nieve comenzaba a caer.

Los agentes del perímetro corrían hacia nosotros. Uno llevaba sangre sobre el brazo.

La casa ardía detrás.

Las llamas ya ocupaban la planta baja y trepaban hacia el techo.

Me arrodillé sobre la hierba con Alexander todavía entre mis brazos.

La médica llegó y revisó su pulso.

Beatrice cayó de rodillas junto a nosotros.

—¿Está bien?

—Necesita oxígeno.

Alexander abrió los ojos.

Me miró.

—Me sacaste.

—Pareces sorprendido.

—Tardaste treinta años.

—El tráfico.

Su mano se cerró alrededor de mi chaqueta.

Beatrice nos abrazó a ambos.

Alexander apoyó el rostro sobre su cabello.

Durante algunos segundos permanecimos en el suelo, respirando el aire helado mientras la casa de nuestra infancia desaparecía bajo el fuego.

Siempre nos rescatábamos.