Capítulo 15 #3
—Tres —respondieron ambos.
—Mi educación privada fue excesivamente costosa para estos resultados.
Alexander pasó los dedos por las ruedas.
—Lago.
Las colocó.
L-A-G-O.
Nada ocurrió.
—¿Hielo? —preguntó Beatrice.
H-I-E-L-O.
—Cinco —dije.
—Sabía escribir a los cuatro años. Permíteme disfrutarlo.
Alexander observó el dibujo sobre la cama.
Tres niños tomados de la mano.
—Juntos —murmuró.
—Seis —dije.
—Pero la frase de Frederick era “la sangre debe proteger la continuidad”.
—Sangre tiene seis.
—Corona, seis.
Beatrice tocó el símbolo central.
Era una lira rodeada de llamas.
—Arder —dijo.
Cinco.
—Fuego —propuse.
Cinco.
Alexander permaneció inmóvil.
Después colocó las letras.
D-O-S.
Quedó una rueda.
—Dos qué —pregunté.
Mi hermano giró la última.
D-O-S-U.
Nada.
—No parece una palabra.
—Frederick decía que una Corona necesitaba dos hijos —explicó—. Uno para heredar y otro para asegurar la línea.
—UNO —dijo Beatrice.
Alexander cambió las letras.
U-N-O-D.
—Uno debe… —murmuré.
Mi hermano giró la última rueda hasta formar:
U-N-O-C.
La cerradura sonó.
El panel se abrió.
—¿Qué significa? —preguntó Beatrice.
Alexander miró la combinación.
—Uno cae.
El aire de la habitación pareció enfriarse.
—La C representa cae —dijo—. Frederick utilizaba iniciales.
Uno cae.
El otro permanece.
La estructura de Westminster.
La amenaza.
Uno de los hermanos debía morir.
—¿Lo recordabas? —pregunté.
—No.
Su voz salió demasiado baja.
—Solo… apareció.
Se llevó una mano a la sien.
—¿Mareo?
—Un poco.
La médica se acercó.
—Debe sentarse.
Alexander obedeció por una vez.
Bash abrió el compartimento.
Dentro había una caja negra de metal.
La colocó sobre el escritorio.
Ginny había enviado instrucciones precisas: fotografiar antes de tocar, utilizar guantes y documentar cada objeto.
Bash cumplió las primeras dos.
Después forzó la cerradura.
Dentro había carpetas financieras, expedientes médicos, fotografías familiares y una lista de nombres.
Leí el título.
POSIBLES REGENTES.
Mi nombre ocupaba la primera posición.
Isabella aparecía en la tercera.
Mi madre, en la cuarta.
Wren, en la quinta.
—¿Quién es el segundo? —preguntó Beatrice.
La línea estaba tachada.
El papel había sido alterado con tinta negra.
Bash iluminó la superficie.
—Forense podrá recuperar parte.
Abrí la carpeta financiera.
FONDO DE CONTINUIDAD DE LA CORONA.
El documento establecía que, tras la muerte o incapacidad del supervisor original, el control pasaría a una figura identificada mediante una designación.
EL HEREDERO SUPERVIVIENTE.
—Adrien —murmuró Beatrice.
—No significa que sea yo.
—Eres el segundo hijo —dijo Alexander—. Si yo no puedo reinar…
—Podría referirse al heredero de Frederick.
—No tuvo hijos reconocidos —respondió Bash.
—Reconocidos.
Seguimos leyendo.
Los fondos se habían activado dieciocho meses antes.
El código de autorización incluía mi número de identificación institucional.
Varias transferencias llevaban una firma digital asociada con un teléfono que utilicé durante la universidad.
Sentí que el suelo se inclinaba.
—Eso es imposible.
Bash tomó el documento.
—¿Conservas ese dispositivo?
—No. Lo perdí durante un viaje a Praga.
—¿Cuándo?
—Hace nueve años.
—¿Lo denunciaste?
—Informé a seguridad.
—No existe registro —dijo Alexander.
Lo miré.
—¿Cómo lo sabes?
—Marcus revisó tus dispositivos cuando comenzaron a aparecer accesos vinculados con nosotros. No encontró una denuncia.
—La hice.
Recordé una noche.
Alcohol.
Un club.
Bash intentando encontrarme después de que abandonara una cena universitaria.
Había despertado en una habitación de hotel con un corte en la ceja, sin teléfono y sin recordar parte de las horas anteriores.
—¿Estás seguro? —preguntó Beatrice.
—Sí.
No lo estaba.
Había meses completos de mi juventud construidos sobre fiestas, peleas y una necesidad constante de demostrar que nada me importaba.
Firmaba documentos sin leer.
Entregaba dispositivos al personal.
Desaparecía durante días.
—Pudieron utilizarme —dije.
Bash levantó la vista.
—¿Qué significa?
—Durante la universidad. Bebía demasiado.
—Eso no convierte estas autorizaciones en auténticas.
—A veces no recordaba cómo regresaba.
Beatrice se quedó inmóvil.
—¿Perdías tiempo?
—No como Alexander.
Mi hermano se tensó.
—¿Entonces cómo?
—Alcohol. Algunas veces medicamentos.
—¿Qué medicamentos?
—Lo que hubiera.
Alexander se levantó con ayuda del andador.
—Tú no hiciste esto.
—No lo sabes.
—Sí.
—Hay documentos con mi identificación.
—Plantados.
—El teléfono era mío.
—Robado.
—No existe denuncia.
—Entonces seguridad la eliminó.
—¿Y si firmé algo?
—No lo hiciste.
Su voz llenó la habitación.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
Alexander avanzó hasta quedar frente a mí.
El movimiento le costó. Aun así, soltó una mano del andador y la apoyó sobre mi hombro.
—Porque pasaste toda la vida afirmando que no te importaba la Corona mientras aparecías cada vez que yo no podía cumplir.
—Eso no demuestra nada.
—Nunca utilizaste mis ataques de pánico para desplazarme. Los escondiste. Golpeaste a un muchacho en el internado por burlarse de mí. Cancelaste una graduación para permanecer conmigo durante una crisis.
—Era mi responsabilidad.
—No.
Sus ojos se llenaron.
—Era amor.
La palabra me atravesó.
—Podías odiarme —continuó—. Tenías motivos. Padre te convirtió en un repuesto. Yo acepté el lugar del heredero y permití que cargaras con cada ausencia.
—Estabas enfermo.
—Incluso antes. Tú nunca intentaste quitarme nada.
Su mano apretó mi hombro.
—No utilizaste mi enfermedad para obtener la Corona.
—No recuerdas todos tus episodios. Yo tampoco recuerdo cada noche.
—Te recuerdo a ti.
La certeza de su voz eliminó algo dentro de mí.
No todas las dudas.
Suficientes para respirar.
Beatrice se acercó.
Tomó mi mano.
—Yo también.
Los tres permanecimos unidos junto al archivo que intentaba convertirnos nuevamente en enemigos.
—Las pruebas fueron preparadas —dijo Bash—. El fondo necesitaba un culpable superviviente. Si Alexander caía, Adrien heredaría la designación y todas las órdenes parecerían suyas.
—Y si yo moría —dije—, Alexander podía afirmar que utilicé sus dispositivos durante un episodio.
Mi hermano negó.
—Nunca lo haría.
—Precisamente. Por eso necesitaban que el mundo lo hiciera por nosotros.
La caja contenía una carpeta dedicada a mi vida universitaria.
Fotografías.
Multas.
Informes de seguridad.
Personas con quienes había dormido.
Consumo de alcohol.
Peleas.
Habían guardado cada error.
No como prueba de que fuera incapaz.
Como material para fabricar una versión de mí que pudiera ser culpable.
—Frederick empezó esto —murmuré.
—O alguien utilizó sus archivos —respondió Alexander.
Mi teléfono nuevo vibró.
Solo tres personas conocían el número.
Isabella.
Ginny.
Bash estaba a mi lado.
El mensaje era de Ginny.
Evie recibió los documentos completos. Pidió que te entregara esto sin intermediarios.
Debajo aparecía una sola frase.
Ahora entiendo por qué decías que protegerme y controlarme no eran lo mismo. El problema es que tú tampoco conocías la diferencia.
La leí.
No había rabia explícita.
Eso la volvía peor.
Evie había encontrado mis instrucciones.
Los mensajes donde exigía ocultarle la naturaleza de la amenaza.
Los acuerdos donde acepté que Asteria limitara su información.
Cada ocasión en que llamé protección a una decisión que le quitaba alternativas.
Escribí tres respuestas.
Eliminé las tres.
Finalmente envié:
Lo sé.
Nada más.
No expliqué que tenía miedo.
No mencioné a Orfeo.
No le recordé las veces que arriesgué mi posición por ella.
La verdad no necesitaba una defensa.
Guardé el teléfono.
Alexander continuaba observándome.
—¿Evie?
—Sí.
—¿Qué dijo?
—Que yo tampoco conocía la diferencia entre protegerla y controlarla.
Mi hermano bajó la mirada.
—¿Qué respondiste?
—Que lo sé.
—Eso es todo.
—Es la única respuesta que no intenta obligarla a perdonarme.
Alexander asintió.
—Lo siento.
—No es tu culpa.
—Parte de la información salió de mi oficina.
—Y parte de la mía.
—Eso no significa…
—Exactamente.
Reconoció sus propias palabras.
Una sonrisa cansada apareció.
—Qué irritante eres.
—Una habilidad familiar.
Bash continuó revisando la caja.
—Hay otra pared.
Beatrice se volvió.
—¿Dónde?
—El fondo del compartimento tiene menos profundidad que el espacio disponible.
Mi hermana se agachó antes de que alguien pudiera detenerla. Pasó los dedos por el borde interior y encontró una pequeña palanca.
El metal se abrió.
Dentro había una grabadora antigua, una fotografía y una hoja doblada.
—No los toques —dijo Bash.
Beatrice ya sostenía la fotografía.
—Demasiado tarde.
Se puso de pie.
La imagen mostraba el cobertizo junto al lago.
Alexander y yo estábamos sentados sobre el suelo, envueltos dentro del abrigo de nuestro padre. Mi hermano tenía los labios azules y yo sujetaba su mano con ambas.
Edmund aparecía arrodillado frente a nosotros.
Al fondo, fuera del cobertizo, había otro hombre.
Alto.
Cabello blanco.
Bastón oscuro.
El príncipe Frederick.
—Estaba allí —dije.
Alexander tomó la fotografía.
—No lo recuerdo.
—Yo tampoco.
—Padre dijo que solo él nos encontró.
Beatrice observó el reverso.
Había una fecha y una frase.
PRUEBA DE RESPUESTA DINÁSTICA. RESULTADO: INTERDEPENDENCIA.
—Convirtió el accidente en un informe —murmuró Alexander.
—Quizá no fue un accidente —dijo Bash.
La posibilidad me produjo náuseas.
—El hielo se quebró porque caminé sobre él.
—¿Quién te dijo que podías hacerlo?
Intenté recordar.
Un empleado afirmando que el borde era seguro.
Una voz adulta.
Guantes oscuros entregándome una rama para golpear la superficie.
El recuerdo era demasiado borroso.
—No lo sé.
Beatrice colocó la grabadora sobre el escritorio.
Bash fotografió el aparato antes de presionar la reproducción.
La cinta produjo estática.
Después apareció la voz del príncipe Frederick.
—El segundo hijo ha entrado en el lago a las catorce horas y siete minutos. La intervención del heredero se produjo sin solicitar ayuda adulta.
Alexander cerró los dedos alrededor del andador.
La grabación continuó: