Capítulo 15 #2
La casa del lago estaba al norte, en una propiedad que no aparecía dentro de los registros públicos de la familia.
Durante dos horas seguimos carreteras secundarias. Después cambiamos de vehículos dentro de un hangar privado y dejamos los teléfonos oficiales en el primer convoy.
Solo nos acompañaban Bash, cuatro agentes y una médica elegida por Alexander.
El último tramo atravesaba un bosque.
Los árboles se alzaban desnudos a ambos lados del camino y pequeñas zonas de nieve resistían bajo las sombras. El cielo estaba cubierto por nubes bajas.
Reconocí la curva antes de ver el agua.
Mi cuerpo también.
La respiración se volvió más corta.
Los dedos se cerraron sobre la rodilla.
Alexander estaba sentado frente a mí. Había mantenido los ojos cerrados durante gran parte del trayecto, pero los abrió.
—¿Lo recuerdas? —preguntó.
—Sí.
Beatrice miró por la ventanilla.
—Yo apenas.
—Dormías durante el viaje —dijo Alexander.
—Tenía cuatro años.
—También a los once.
—La familia era agotadora desde entonces.
El bosque se abrió.
El lago apareció.
El agua oscura reflejaba el cielo. Una capa irregular de hielo cubría los bordes, aunque el centro permanecía libre.
Durante un segundo volví a tener ocho años.
Recordé mis botas deslizándose sobre la superficie.
Alexander gritándome desde la orilla.
El crujido bajo mis pies.
Después el agua.
Negra.
Tan fría que no parecía agua.
El peso del abrigo tirando de mi cuerpo hacia abajo mientras mis manos golpeaban inútilmente el hielo.
—Adrien.
La voz de Alexander me devolvió al vehículo.
—Estoy bien.
—No pregunté.
—Lo ibas a hacer.
Mi hermano observó el lago.
—Yo también lo recuerdo.
Miré sus manos.
La derecha temblaba ligeramente.
—No tenías que seguirme.
—Tenías ocho años.
—Tú once.
—Era el mayor.
—Tres años no te convertían en socorrista.
—Nadie te lo había explicado antes de que caminaras sobre el hielo.
Beatrice se inclinó entre ambos asientos.
—¿Qué ocurrió exactamente?
Nunca se lo habíamos contado completo.
La versión familiar hablaba de una caída cerca de la orilla y un rescate de los agentes.
—El hielo se rompió —dije.
—Eso lo sé.
—Alexander volvió por mí.
Mi hermano miró hacia la ventana.
—Había una cuerda junto al cobertizo.
—No llegaste con ninguna cuerda.
—La encontré después.
—Saltaste.
Beatrice quedó inmóvil.
—¿Al lago?
—El agujero era pequeño —dijo Alexander.
—El hielo continuaba rompiéndose. Me empujó hacia la superficie y quedó debajo.
—Pero salimos.
—Tú sufriste hipotermia.
—Tú también.
—Después tuviste un ataque de pánico.
Beatrice miró a Alexander.
—¿Fue el primero?
—El primero que alguien vio.
Mi hermano frotó una mano contra la otra.
—Padre nos encontró en el cobertizo. Adrien había conseguido arrastrarme hasta allí.
—Apenas podías respirar.
—Tú tampoco.
—¿Y padre? —preguntó Beatrice.
—Nos envolvió con su abrigo —respondió Alexander—. Llamó al médico y ordenó que nadie supiera lo ocurrido.
—¿Por qué?
—Dos príncipes sin escolta sobre un lago congelado —dije—. El escándalo habría afectado su imagen.
Mi hermana apretó la boca.
—Casi murieron y le preocupaba la prensa.
—También estaba aterrorizado —dijo Alexander.
Lo miré.
—¿Lo defiendes?
—Recuerdo sus manos. No podía encender el teléfono porque temblaban.
La imagen apareció.
Mi padre arrodillado sobre el suelo del cobertizo.
Su abrigo alrededor de nuestros cuerpos.
La voz ordenándonos que permaneciéramos despiertos.
Había olvidado el temblor.
O elegido olvidarlo.
—Siempre mezclamos el miedo con las órdenes —murmuré.
Alexander sostuvo mi mirada.
—No conocíamos otra forma.
El automóvil se detuvo.
La casa esperaba al otro lado de un jardín cubierto por maleza.
Era una construcción de piedra gris, con techo oscuro y ventanales orientados hacia el lago. Una enredadera muerta cubría parte de la fachada.
No parecía una residencia real.
Parecía un recuerdo abandonado.
Bash bajó primero.
—Nadie entra hasta que revisemos.
—¿Cuánto tardarán? —preguntó Alexander.
—Lo necesario.
—Una medida temporal británica.
La médica abrió la puerta lateral y preparó el andador.
Ayudé a mi hermano a bajar.
—Puedo solo.
—Lo sé.
Aun así, mantuve una mano cerca de su cintura.
Alexander apoyó el pie izquierdo. Después el derecho.
Su rostro se contrajo.
—¿Dolor?
—Tres.
—¿De diez?
—De cien.
—Regresamos.
—Era una broma.
—No eres divertido suficiente para utilizar esa defensa.
La médica se acercó.
—Si el dolor supera cinco, volvemos al vehículo.
—Entonces se mantiene en cuatro —respondió Alexander.
Beatrice bajó con la mochila.
—Podemos colocarlo sobre una manta y arrastrarlo.
—Siempre fuiste mi hermana favorita —dijo él.
—Soy la única.
—Una ventaja competitiva.
Los agentes entraron.
Esperamos veinte minutos.
El viento descendía desde el lago y atravesaba el abrigo. Alexander comenzó a temblar.
No sabía si era frío, dolor o el recuerdo del agua.
Me quité la bufanda y la coloqué alrededor de su cuello.
—No necesito…
—Si continúas hablando, la apretaré.
—Eso sería intento de regicidio anticipado.
—Todavía no eres rey.
Su expresión cambió.
El humor desapareció.
—No.
La palabra fue demasiado seria.
Le sujeté el hombro.
—No quise…
—Lo sé.
Bash apareció en la puerta principal.
—Despejado. No encontramos dispositivos activos, pero el sistema eléctrico está desconectado y existen zonas con daños estructurales.
—Perfecto —dijo Beatrice—. Una casa abandonada, secretos familiares y riesgo de derrumbe. Nuestra infancia completa resumida en arquitectura.
Entramos.
* * *
El aire olía a madera, polvo y humedad.
Los muebles continuaban cubiertos por sábanas. Había cuadros retirados de las paredes y una hilera de huellas marcaba el suelo donde los agentes habían pasado.
Beatrice levantó la tela de un sillón.
—Madre se sentaba aquí.
—Leía junto a la ventana —dijo Alexander.
—Padre trabajaba en el comedor —añadí.
Mi hermano sonrió.
—Y tú robabas sus bolígrafos.
—Tenía demasiados.
—Arrojaste uno al lago.
—Fue una investigación sobre flotabilidad.
—No flotó.
—Resultado concluyente.
Avanzamos hacia el corredor.
Alexander se detuvo frente a una marca en la pared.
Tres líneas realizadas con lápiz indicaban nuestras alturas.
ALEX, 11.
ADRIEN, 8.
BEA, 4.
Mi hermana colocó la mano sobre la más baja.
—Era diminuta.
—Aún lo eres —dije.
Me golpeó con el codo.
Alexander apoyó los dedos sobre nuestros nombres.
—No recordaba esto.
—Padre se enfadó porque escribimos sobre la pared —dije.
—Madre colocó el marco encima para ocultarlo.
—La primera conspiración exitosa de la familia —murmuró Beatrice.
Seguimos hacia la escalera.
Alexander alzó la cabeza.
Había dieciséis peldaños.
—No —dije.
—Puedo subir.
—No.
—La habitación está arriba.
—Bash y yo revisaremos.
—El escondite puede necesitar un código.
—Nos llamas.
—Adrien.
—No subirás.
La palabra salió como una orden.
Mi hermano endureció el rostro.
—El archivo estaba en mi habitación.
—Y la escalera puede destruir la reparación de tu pierna.
—No quiero que vuelvan a encontrar algo sobre mí mientras espero abajo.
—No se trata de control.
—Siempre se trata de control cuando decides por otra persona.
Beatrice se colocó entre ambos.
—Existe una escalera de servicio más corta junto a la cocina.
La miré.
—¿Cuántos peldaños?
—Ocho y un descanso.
—Continúan siendo demasiados.
Alexander sujetó el andador.
—Subiré sentado si es necesario.
Era capaz.
También permitiría que lo fotografiaran arrastrándose con tal de impedir que lo dejáramos atrás.
Solté el aire.
—Bash, revisa la escalera de servicio.
Mi hermano relajó los hombros.
—Gracias.
—Todavía no he aceptado.
—Lo hiciste con peor actitud.
La médica organizó el ascenso.
Alexander subió de espaldas, apoyando el peso sobre los brazos mientras Bash y yo sosteníamos cada lado. Tardamos quince minutos.
No se quejó.
Aquello me preocupó más que si lo hubiera hecho.
Cuando alcanzamos el descanso, estaba pálido y respiraba por la boca.
—Nos detenemos —dije.
—Estoy bien.
—No.
Lo sentamos en una silla.
La médica revisó el pulso y la pierna.
Beatrice se arrodilló frente a él.
—Podíamos haberte arrastrado.
Alexander cerró los ojos.
—La idea mejora con cada minuto.
Le entregué agua.
Sus dedos temblaron alrededor de la botella.
—Lo siento —murmuré.
—¿Por qué?
—Por hacerte venir.
Abrió los ojos.
—Intentaste impedirlo.
—No con suficiente eficacia.
—Adrien.
—¿Qué?
—Estoy aquí porque lo elegí.
Su mano se cerró sobre mi muñeca.
—Permíteme tener al menos esa parte.
Asentí.
—Cinco minutos.
—Tres.
—Cinco.
—Cuatro.
—Estudiaste literatura. No tienes autoridad para negociar.
—Estudié Historia y Política.
—Peor.
Beatrice sonrió.
Por un instante éramos niños otra vez.
Alexander en el centro.
Yo discutiendo.
Beatrice buscando una forma de obligarnos a reír antes de que uno golpeara al otro.
El momento terminó cuando Bash abrió la puerta de la antigua habitación de Alexander.
—Encontramos una pared falsa.
* * *
La habitación no había cambiado.
Una cama individual permanecía debajo de la ventana. Había estanterías vacías, un escritorio pequeño y un mapa antiguo de Europa clavado sobre la pared.
Sobre la cabecera todavía colgaba un dibujo realizado por Beatrice.
Tres figuras tomadas de la mano frente a una casa.
La más alta llevaba una Corona.
—Ese eres tú —dijo mi hermana a Alexander.
—Naturalmente.
—No. Ese es Adrien.
La miré.
—¿Por qué yo?
—Porque tenía ocho años y pensaba que todos los príncipes se convertían en rey.
Alexander sonrió.
—Una infancia constitucionalmente deficiente.
Beatrice señaló otra figura.
—Tú eres el del medio.
—¿Por qué no tengo Corona?
—Porque eras demasiado amable.
El silencio posterior duró poco.
Aun así, algo cambió en los ojos de Alexander.
—Parece que Frederick no estuvo de acuerdo —dijo.
Bash retiró parte de la estantería.
Detrás había un panel de madera con una cerradura mecánica.
No tenía teclado.
Solo cuatro ruedas con letras.
—¿Alguna idea? —preguntó.
Alexander se acercó utilizando el andador.
Observó las letras.
—Frederick jugaba conmigo a formar palabras.
—¿Qué palabra utilizaba para hablar del deber? —pregunté.
—Demasiadas.
Beatrice examinó el panel.
—Son cuatro letras.
—REY —dije.