Donde arden las coronas (Una corona de mentiras 2) Capítulo 15
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Capítulo 15

La casa del lago

Mi padre sobrevivió a la noche.

No despertó.

A las seis de la mañana, su corazón continuaba latiendo mediante una combinación de medicamentos, electricidad y una terquedad familiar que los médicos se negaban a incluir en el diagnóstico.

La aconitina había provocado daños en el músculo cardíaco. También existía riesgo de insuficiencia renal, lesiones neurológicas y otra lista de complicaciones que un especialista explicó mientras mi madre permanecía sentada junto a la cama de Edmund.

Helena no había llorado.

Sostenía la mano de su esposo entre las suyas y observaba cada movimiento del monitor como si pudiera obligarlo a mantener el ritmo mediante la fuerza de su postura.

Me quedé en la puerta.

No quería interrumpir.

Tampoco sabía cómo entrar.

Mi madre volvió la cabeza.

Llevaba la misma ropa del día anterior. El cabello rubio ceniza se había soltado del moño y caía en mechones alrededor de su rostro. Parecía más vieja.

Más humana.

—La confesión se filtró —dije.

—Lo imaginé.

—Solo fragmentos.

—¿Cuáles?

—Aristeo. La evaluación de Alexander. Los planes para prepararme como reemplazo.

No preguntó si el mundo sabía que Edmund había elegido a sus hijos por encima de la Corona.

Probablemente ya conocía la respuesta.

Las instituciones siempre encontraban la manera de filtrar aquello que destruía mejor.

—El primer ministro llegará en una hora —continué—. Quieren saber quién ejercerá las funciones del rey.

Mi madre volvió la mirada hacia Edmund.

—Tú.

—No.

—Eres consejero de Estado.

—Alexander es el heredero.

—Alexander todavía utiliza un andador.

—Eso no le impide tomar decisiones.

—No. Pero permitirá que otras personas cuestionen cada una.

—También cuestionan si intenté asesinarlo. Poseemos una cantidad equilibrada de problemas.

Mi madre apretó los dedos de mi padre.

—El Gobierno exigirá que Alexander se presente públicamente o que asumas sus funciones mientras ambos se recuperan.

—Entonces tendrá que esperar.

—La Corona no espera.

—Debería aprender.

Me acerqué a la cama.

Edmund parecía distinto inconsciente.

Sin la rigidez de la mandíbula, la voz o la mirada capaz de convertir una pregunta en una insubordinación, solo era un hombre conectado a demasiadas máquinas.

La última vez que había abierto los ojos, me pidió que persiguiera a Orfeo.

Yo elegí salvarlo.

No sabía si me sentía orgulloso o estúpido.

Probablemente ambas cosas.

—Nos marcharemos antes de que llegue el primer ministro —dije.

Mi madre levantó la cabeza.

—¿Adónde?

—A una propiedad familiar.

—Adrien.

—Padre dijo que existe un archivo relacionado con el Fondo de Continuidad.

—¿Dónde?

—La casa del lago.

El cambio en su expresión fue mínimo.

Suficiente.

—La conoces —dije.

—Pasábamos algunos inviernos allí cuando ustedes eran niños.

—No era una pregunta.

Helena apartó los ojos.

—Tu padre cerró la casa después del accidente.

—¿Sabías que había un archivo escondido en la habitación de Alexander?

—No.

La respuesta llegó sin vacilación.

Decidí creerle.

Cada verdad nueva comenzaba a exigir una elección antes incluso de tener pruebas.

—¿Por qué en su habitación? —pregunté.

—Alexander era el heredero.

—Tenía ocho años.

—Precisamente. Nadie buscaría documentos institucionales allí.

—Alguien sí lo hizo.

Mi madre soltó la mano de Edmund y se puso de pie.

—No irás solo.

—Bash vendrá.

—No me refería a seguridad.

—No puedes abandonar el hospital.

—Hablaba de tus hermanos.

—Alexander no está en condiciones.

—Intenta decírselo.

La puerta se abrió.

Mi hermano esperaba al otro lado.

Llevaba pantalones oscuros, un suéter gris y un abrigo sobre los hombros. Ambas manos se apoyaban sobre un andador. La pierna derecha permanecía protegida por una órtesis negra desde el muslo hasta el tobillo.

Beatrice estaba detrás de él.

Sostenía una bolsa, dos cafés y una expresión que indicaba que había participado activamente en la fuga.

—El médico autorizó una hora fuera de la habitación —dijo Alexander.

—La casa está a tres horas.

—No le expliqué la parte geográfica.

—Entonces no la autorizó.

—Técnicamente, autorizó el desplazamiento.

—Técnicamente, te secuestraré y te devolveré a la cama.

Alexander avanzó.

El movimiento era lento. Levantaba el andador, apoyaba el pie izquierdo y arrastraba parcialmente el derecho.

Cada paso parecía costarle más de lo que permitiría ver.

—El archivo estaba escondido en mi habitación —dijo—. Iré.

—No.

—No es tu decisión.

—No puedes atravesar una casa abandonada con eso.

Señalé el andador.

Mi hermano miró el aparato.

—Es una ayuda técnica, no una condena moral.

—Hay escaleras.

—Encontraremos otra entrada.

—La propiedad puede estar comprometida.

—Precisamente por eso necesitarán que identifique cualquier modificación.

—Tenías ocho años.

—Viví allí todos los inviernos hasta los dieciséis.

Beatrice me ofreció un café.

—Ahórrate tiempo y acepta.

—Tú tampoco vienes.

Retiró el vaso.

—Entonces retiro el soborno.

—Beatrice.

—Padre dijo que el archivo estaba en la habitación de Alexander. Alexander no recuerda completamente la distribución y tú pasabas la mitad del tiempo intentando escapar. Yo sí revisé los planos cuando cerraron la casa.

—Tenías cuatro años durante el accidente.

—Y once cuando dejaron de utilizarla.

Alexander sonrió.

—Tiene mejor memoria que ambos.

—Nuestra hermana recuerda insultos pronunciados durante la infancia para utilizarlos años después. No es una habilidad confiable.

Beatrice cruzó los brazos.

—Voy.

—No.

—¿Continuaremos hasta que llegue el Gobierno y bloquee todas las salidas?

Miré a Alexander.

El esfuerzo de permanecer de pie comenzaba a tensar su rostro.

—Si te caes, regresamos.

—De acuerdo.

—Si el médico dice que no…

—No le preguntaremos.

—Eso no era lo que iba a decir.

—Pero resulta más eficiente.

—Odio esta familia.

—No tanto —dijo Beatrice—. Ese es el problema.

Miré una vez más a mi padre.

Continuaba inconsciente.

Mi madre regresó junto a él.

—Encuentren el archivo —dijo—. Y regresen los tres.

No fue una orden de reina.

Fue una petición de madre.

—Lo haremos —respondí.

Esta vez no utilicé la palabra promesa.

* * *

Isabella permaneció en Londres.

La decisión no le agradó.

Nos esperaba en el estacionamiento subterráneo del hospital junto a Ginny y dos miembros de la delegación española. Llevaba pantalones negros, una camisa color crema y el cabello recogido en una trenza baja. Tenía tres teléfonos distribuidos sobre el capó de un vehículo.

—El primer ministro quiere congelar temporalmente las funciones de Alexander —informó.

Mi hermano se detuvo.

—¿Con qué fundamento?

—La publicación de los expedientes médicos y tu incapacidad física para presentarte ante el Consejo.

—Los documentos son falsos.

—Lo sabemos. La opinión pública no.

—Participaré por videollamada.

—Intentarán rechazarla por razones de seguridad.

—Entonces me presento.

—No —dijimos Isabella y yo.

Alexander nos miró.

—Empiezan a parecer un matrimonio. Tal vez padre consiga parte de lo que quería.

Isabella levantó un dedo.

—Nunca vuelvas a utilizar esa comparación para insultarme.

—Mis disculpas.

—Aceptadas porque estás medicado.

Se volvió hacia mí.

—Tienen seis horas. Quizá menos.

—¿Qué ocurrirá después?

—El Gobierno solicitará una declaración formal de incapacidad temporal o te exigirá asumir la representación.

—No pueden declararlo incapaz sin evaluación médica.

—Pueden presionar al Consejo y controlar el relato público.

—¿Qué harás?

Isabella se puso la chaqueta.

—Recordarles que España no respaldará ninguna transición basada en expedientes falsificados.

—Tu padre podría retirarte la autoridad.

—Tendrá que hacerlo públicamente.

—Eso provocaría otra crisis.

—Por eso confío en que descubra las ventajas de escucharme.

Alexander extendió una mano.

Isabella la tomó.

—Gracias —dijo él.

—No te defiendo por compasión. Si decides renunciar después de conocer la verdad, apoyaré esa decisión. No permitiré que otros la tomen mientras todavía intentas aprender a caminar.

Los dedos de Alexander se cerraron alrededor de los suyos.

—Serás una reina insoportable.

—Eficiente.

—Es peor.

Isabella sonrió.

Después me miró.

—No aparezcas en ninguna cámara.

—Viajo a una casa abandonada en un bosque. Parece improbable.

—Contigo las probabilidades dejaron de producirme tranquilidad.

Me entregó un teléfono nuevo.

—Solo Bash, Ginny y yo tenemos el número. No lo utilices para llamar a Evie.

—Me pidió que no la contactara.

—Por eso lo mencioné.

—Continúas asumiendo lo peor de mí.

—Continúas entregándome datos suficientes.

Ginny se acercó con una carpeta.

—Las comunicaciones solicitadas por la abogada de Evie fueron entregadas.

—Lo sé.

—Ya confirmó la recepción.

—¿Las leyó?

—No tengo esa información.

Mintió.

Ginny no bajaba la mirada cuando ignoraba algo. Lo hacía cuando protegía a un cliente.

No insistí.

—La página recuperada en Bosworth también llegó al equipo forense —continuó—. No contiene huellas útiles.

—¿Y Wren?

—Permanece bajo custodia. Insiste en que el archivo negro identificará al sucesor de Frederick.

—Si continúa dentro de la casa.

—Alguien intentó secuestrar a Alexander para obligarlos a encontrarlo.

—Entonces Orfeo no conocía la ubicación exacta.

—O necesitaba que ustedes abrieran el escondite.

La advertencia quedó entre nosotros.

Miré a mi hermano.

Alexander mantenía ambas manos sobre el andador.

—No me mires así —dijo.

—¿Así cómo?

—Como si estuvieras calculando cuánto tardarías en cargarme hasta el vehículo.

—Demasiado. Has perdido peso, pero continúas siendo irritantemente alto.

—Podría adelantar trabajo y golpearte ahora —sugirió Beatrice.

Bash apareció junto a la puerta del primer automóvil.

—Nos marchamos.

Me despedí de Isabella con un movimiento de cabeza.

Ella me sujetó por la manga.

—Adrien.

—¿Qué?

—Trae a tus hermanos de regreso.

La petición era idéntica a la de mi madre.

La misma que llevaba toda la vida intentando cumplir.

—Sí.

Isabella me soltó.

No dijo que tuviera cuidado.

Sabía que había exigencias demasiado ambiciosas incluso para una futura reina.

* * *