Donde arden las coronas (Una corona de mentiras 2) Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

La pantalla se dividió entre los tres.

Alexander en la residencia.

Beatrice dentro del archivo.

Isabella moviéndose detrás de técnicos españoles.

Mi familia estaba distribuida entre tres países y una cantidad creciente de secretos.

Aun así, por primera vez no intentábamos protegernos ocultándonos información.

Trabajábamos juntos.

—Entraremos por el túnel —decidí—. El equipo principal se aproximará desde la carretera para obligarlos a vigilar la entrada sellada.

—Adrien —dijo Alexander—, no encabeces la incursión.

—Necesitan a alguien que reconozca a padre.

—Cualquier persona en Europa puede reconocerlo.

—Yo reconoceré si algo no está bien.

—No eres inmortal.

—Es una decepción que compartimos.

Alexander cerró los ojos.

—Prometiste dejar de convertirte en el hombre que debe llegar primero.

—No. Prometí dejar de utilizarlo para recuperar a Evie.

Pronunciar su nombre produjo una presión conocida bajo mis costillas.

No había hablado con ella desde que autorizamos la entrega de sus documentos.

No porque hubiera dejado de pensar en hacerlo.

Porque me había pedido espacio y finalmente había comprendido que respetar una decisión no consistía en esperar hasta encontrar una excusa suficientemente dramática para ignorarla.

—Padre sigue siendo mi responsabilidad —añadí.

—Es nuestro padre —corrigió Alexander.

Incliné la cabeza.

—Entonces ayúdame a encontrarlo.

* * *

El antiguo campo de batalla se extendía bajo una lluvia tan fina que parecía ceniza suspendida.

Bosworth no conservaba el aspecto de un lugar donde hubiera muerto un rey. Conservaba algo peor: la calma de los sitios que ya habían aprendido a tragarse la sangre sin dejar rastro.

El helicóptero nos dejó fuera del perímetro histórico. Isabella permaneció enlazada por el auricular con el equipo que bloqueaba la frecuencia diplomática española. Beatrice avanzaba unos pasos detrás de Bash, sosteniendo la tableta contra el pecho para protegerla de la lluvia.

—La señal vuelve a aparecer —dijo Isabella—. Débil, pero fija. Tienen un repetidor bajo tierra.

—¿Cuánto tiempo puedes apagarlo?

—Cuatro minutos. Después sabrán exactamente dónde estamos.

Alexander me miró. La palidez de su rostro habría bastado para detener a cualquier hombre sensato.

Ninguno de los dos lo era.

—No llegues primero —murmuró.

—Llega conmigo.

Beatrice encontró la entrada detrás de una estructura de mantenimiento demasiado nueva para pertenecer al sitio. El candado estaba abierto. No forzado: abierto. Como si alguien hubiese querido que siguiéramos el camino correcto.

Bash descendió antes que nosotros. El túnel olía a tierra húmeda, metal oxidado y electricidad caliente. A cada lado, los muros de ladrillo habían sido reforzados con placas recientes. Historia convertida en escenario.

—Ahora —ordenó Isabella por el auricular.

Las luces parpadearon.

La transmisión murió.

Cuatro minutos.

Atravesamos dos puertas y una cámara vacía. En la tercera encontramos una silla, una cámara encendida y a mi padre sujeto por las muñecas, con la cabeza inclinada sobre el pecho.

Durante un segundo no vi al rey.

Vi al hombre que me había enseñado a no temblar mientras él mismo destruía todo lo que tocaba.

—Padre.

Edmund levantó los ojos. Tenía la piel gris y el sudor pegado a las sienes. Sobre una mesa descansaban un vaso, una grabadora y varias páginas arrancadas de un expediente. La primera llevaba el sello de Aristeo.

Bash revisó la habitación mientras Alexander cortaba las correas. Yo me arrodillé frente a Edmund y busqué el pulso en su cuello.

Irregular.

Demasiado lento.

—Lo obligaron a grabar algo —dijo Beatrice. En la pantalla de la cámara, una barra de transferencia continuaba avanzando pese al bloqueo—. La copia local sigue enviándose. Cuando Isabella pierda la señal, saldrá completa.

Una puerta metálica golpeó al final del corredor.

Pasos.

Alguien huía.

Bash levantó el arma.

—Puedo alcanzarlo.

Edmund aferró mi manga con una fuerza que no debía conservar.

—Orfeo —consiguió decir—. Síguelo.

El heredero que mi padre había construido comprendió la orden. El hijo tardó menos de un segundo en desobedecerla.

—No.

Bash me miró esperando confirmación.

—Saca a mi padre de aquí.

—Adrien —advirtió Alexander.

—Si Orfeo quería obligarme a elegir, ya tiene su respuesta.

Recogí la página que había caído junto a la mesa y la entregué a Beatrice. Después pasé un brazo de Edmund sobre mis hombros. Alexander tomó el otro lado.

La transferencia llegó al noventa y siete por ciento.

—Treinta segundos —avisó Isabella.

Abandonamos la cámara mientras, detrás de nosotros, la pantalla alcanzaba el cien por ciento.

La confesión salió a la red antes de que llegáramos a la superficie.

El pulso de Edmund desapareció a mitad del túnel.

Lo tendimos sobre el barro. Bash inició las compresiones y yo sostuve la máscara de oxígeno que uno de los médicos había lanzado al arrodillarse. Alexander permaneció junto a su cabeza, repitiendo una palabra que nunca le había oído utilizar como súplica.

—Padre.

El desfibrilador descargó una vez.

Dos.

A la tercera, el monitor devolvió un ritmo débil y obstinado.

—Posible intoxicación —dijo el médico al revisar sus pupilas y el vaso que Bash había guardado en una bolsa—. Necesitamos trasladarlo ya.

El helicóptero sanitario descendió sobre el campo. La lluvia se convirtió en una pared bajo las aspas.

Mientras subían a Edmund, Bash recibió la confirmación: un vehículo había abandonado la zona durante el bloqueo. Sin matrícula. Sin imagen del conductor. Orfeo volvía a estar delante de nosotros.

Miré el camino vacío y luego la camilla.

Durante años había creído que salvar la Corona significaba llegar antes que todos.

Aquella noche comprendí que también podía significar quedarse.

El campo donde morían los reyes quedó atrás.

Mi padre aún respiraba.