Donde arden las coronas (Una corona de mentiras 2) Capítulo 14
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Capítulo 14

El campo donde mueren los reyes

La última ubicación conocida del convoy de mi padre estaba a menos de quince kilómetros de Bosworth.

La distancia entre Londres y Leicestershire podía recorrerse en helicóptero en poco más de una hora.

Aquella noche tardamos una eternidad.

Bash se sentó frente a mí con una tableta apoyada sobre las rodillas.

La luz azulada de la pantalla endurecía sus facciones y acentuaba las ojeras bajo sus ojos.

Había recuperado la postura del oficial que había sido antes de entrar al servicio de una familia especializada en convertir amenazas nacionales en conflictos domésticos.

Yo llevaba los auriculares conectados a una línea segura.

Alexander respiraba al otro lado.

No hablaba.

Solo respiraba.

El helicóptero vibraba alrededor de nosotros y el ruido de las hélices llenaba cualquier espacio que pudiera ocupar el miedo.

—Repíteme lo que encontraron —ordené.

Bash amplió una imagen.

El vehículo principal del convoy estaba detenido en un camino secundario. Las puertas permanecían abiertas. No había señales visibles de un enfrentamiento, disparos ni cristales rotos.

—Tres agentes fueron hallados inconscientes —explicó—. El conductor también. Todos presentan signos vitales estables y ninguna lesión grave.

—¿Sedantes?

—Es la primera hipótesis. Esperan los análisis.

—¿Mi padre?

—No estaba dentro.

Observé la fotografía.

Sobre el asiento trasero habían dejado su teléfono, el reloj y el broche de la corbata.

Objetos personales distribuidos con demasiado cuidado.

No se trataba de una fuga apresurada.

Mi padre había abandonado el automóvil voluntariamente o alguien se había tomado el tiempo de construir esa impresión.

—¿Las cámaras de la ruta? —pregunté.

—Desactivadas durante once minutos.

—Naturalmente.

Bash deslizó el dedo.

Otra imagen mostró un trozo de papel encontrado bajo el teléfono de mi padre.

Había una frase escrita a mano.

Solo uno de tus hijos merece conocer la verdad.

Debajo aparecía el dibujo de una corona partida.

—¿Reconocen la letra? —pregunté.

—No corresponde a Wren, Lawson ni ninguna persona de Aristeo que tengamos identificada.

La respiración de Alexander cambió en los auriculares.

—Hay algo más —dijo.

Su voz sonaba más débil de lo habitual.

La última imagen se amplió.

En el reverso del papel aparecían seis números.

3-8-12-4-6-1.

Alexander los leyó en voz alta.

Se produjo un silencio.

—¿Qué significan? —preguntó Bash.

Mi hermano tardó demasiado en responder.

—Es un código familiar.

Me enderecé.

—No lo conozco.

—Sí. Solo que probablemente no lo recuerdas.

—Ilumíname.

Alexander tomó aire.

—El accidente del lago.

Mi cuerpo se tensó.

Tenía nueve años cuando una embarcación se volcó cerca de Sandringham. Alexander tenía doce. Habíamos salido sin permiso y una tormenta nos sorprendió demasiado lejos de la orilla.

Yo recordaba el frío.

El agua dentro de mis pulmones.

Las manos de Alexander sujetando mi chaqueta mientras gritaba que no cerrara los ojos.

Nos encontraron cuarenta minutos después.

Mi padre pasó aquella noche junto a nuestras camas. Fue la única vez durante mi infancia que lo vi llorar.

A la mañana siguiente nos hizo memorizar una secuencia. Seis números relacionados con una frecuencia de emergencia privada. Una contraseña que solo utilizaríamos si algún día uno de nosotros se encontraba en peligro y no podía confiar en quienes lo rodeaban.

—Padre cambió la secuencia años después —dije.

—No —respondió Alexander—. Dejó de utilizarla oficialmente. No es lo mismo.

—¿Quién más la conoce?

—Madre. Beatrice, cuando cumplió diez años. Algunos jefes de seguridad.

—Lawson —añadí.

—Sí.

La palabra cayó con más peso del que merecía.

Lawson estaba muerto.

Pero su confesión ya había demostrado que conocer una contraseña no significaba ser la única persona capaz de utilizarla.

—La nota prometía revelar quién era Orfeo —continuó Alexander—. Si incluía el código, padre creyó que el mensaje procedía de uno de nosotros o de alguien que intentaba protegernos.

—¿Abandonaría la escolta por eso?

—Si pensaba que uno de sus hijos estaba implicado, sí.

Bash levantó la mirada.

—¿Por qué no informarles?

—Porque mi padre no confía en nadie cuando cree que puede controlar personalmente una crisis.

Escuché un sonido metálico a través de la conexión. Después, la respiración contenida de Alexander.

—¿Qué haces? —pregunté.

—Le pedí a Marcus que preparara el vehículo.

—No.

—Adrien…

—No puedes caminar sin ayuda.

—Puedo utilizar el andador.

—Eso tranquilizará enormemente a los hombres armados.

—Es mi padre.

—También el mío.

—Precisamente.

La cámara de la llamada se activó.

Alexander apareció sentado en el borde de una cama de la residencia española. Llevaba pantalones oscuros y una camisa sin abotonar en el cuello. Su rostro seguía demasiado pálido y una férula inmovilizaba parte de su pierna.

Apoyó una mano sobre el andador situado frente a él.

Isabella permanecía detrás.

Llevaba el cabello negro recogido en una trenza y una chaqueta sobre la ropa que había utilizado durante el viaje. Colocó una mano sobre el hombro de Alexander cuando intentó incorporarse.

Él la apartó.

—No me tocarás —dijo—, a menos que estés dispuesta a ayudarme a salir.

—Estoy dispuesta a sedarte personalmente —respondió Isabella.

—Eso parece ser una tradición familiar.

—Alexander —dije—. Si abandonas esa casa, obligarás al equipo a dividirse entre encontrarte a ti y encontrar a padre.

—No pienso quedarme sentado mientras lo matan.

—Entonces deja de actuar como un paciente y comienza a actuar como el heredero.

Se quedó inmóvil.

Isabella me miró desde la pantalla.

Había comprendido antes que él.

—Dirige la operación desde allí —continué—. Conoces a padre, los protocolos y la zona mejor que cualquiera. Necesito tu cabeza, no tu cuerpo arrastrándose detrás de nosotros.

La mandíbula de Alexander se tensó.

Durante toda nuestra vida, las personas habían intentado protegerlo retirándolo de las habitaciones donde se tomaban decisiones.

Acababa de ofrecerle una forma de permanecer dentro.

Lentamente, soltó el andador.

—Marcus —dijo—, tráeme los mapas de las propiedades históricas cercanas a Bosworth. Todos, no solo los que continúan en poder de la Corona.

Isabella tomó una silla y la colocó detrás de él.

Esta vez Alexander aceptó sentarse.

—Adrien —murmuró.

—¿Qué?

—Encuéntralo.

Miré por la ventanilla.

Debajo de nosotros, la oscuridad cubría Inglaterra.

—Eso pienso hacer.

* * *

Aterrizamos en un terreno despejado a cinco kilómetros del convoy.

La lluvia convertía la hierba en barro y el viento golpeó mi rostro en cuanto bajé. Varios vehículos esperaban con los motores encendidos.

Un agente me entregó un chaleco de protección.

—No.

—Señor, es obligatorio.

—No mientras mi padre permanezca sin uno.

Bash me arrancó el chaleco de las manos y lo abrió.

—Tu padre necesita un hijo vivo, no una demostración estúpida de solidaridad.

—No sabía que habías recuperado tu cargo.

—No lo hice. Eso me permite llamarte idiota sin completar formularios.

Me colocó el chaleco y ajustó las correas con más fuerza de la necesaria.

Subimos al vehículo.

El convoy abandonado estaba iluminado por focos portátiles. Los agentes yacían sobre camillas bajo mantas térmicas. Uno de ellos tenía los ojos abiertos, pero parecía incapaz de concentrarse en los paramédicos.

Me acerqué.

—¿Dónde está el rey?

El agente giró lentamente la cabeza.

—Se marchó.

—¿Con quién?

—Solo.

—¿Por qué lo permitieron?

Sus párpados temblaron.

—Dio la orden.

—¿Qué ocurrió después?

—El aire…

Tosió.

Un médico intentó apartarme.

—Necesita descansar.

—Necesito saber qué recuerda.

El agente levantó una mano débil y señaló el automóvil.

—Conducto.

Bash abrió el maletero. Uno de los técnicos examinó el sistema de ventilación.

—Introdujeron el sedante desde fuera —informó—. Probablemente mientras el vehículo estaba detenido.

—¿Cómo consiguieron que se detuviera?

—Una señal de emergencia enviada desde la red de protección real.

Autorización auténtica.

Otra vez.

El teléfono de Bash emitió un sonido.

Beatrice apareció en la conexión grupal.

Estaba en Kensington, dentro de una habitación que reconocí como el archivo familiar. Llevaba el cabello recogido de cualquier manera y una sudadera debajo de un abrigo. Había desplegado varias fotografías sobre una mesa.

—Encontré algo —anunció.

Mi padre habría exigido saber quién le había permitido acceder.

Yo solo pregunté:

—¿Qué?

—Alexander mencionó un refugio subterráneo cerca de Bosworth.

—Una propiedad de Frederick —dijo mi hermano desde España—. Fue utilizada durante la guerra como centro de comunicaciones. La entrada principal quedó sellada en los años ochenta.

Beatrice levantó una fotografía aérea.

—La principal, sí. Pero existía un acceso de servicio desde un antiguo pabellón de caza.

—Ese pabellón fue demolido —respondió Alexander.

—El edificio. No el túnel.

Mi hermana acercó a la cámara un plano amarillento. Había encontrado una línea casi borrada debajo de una ampliación posterior.

—¿Cómo conseguiste eso? —preguntó Bash.

—Le dije al archivero que Adrien lo necesitaba.

—Yo no te di autorización.

—Lo sé. Por eso funcionó.

—Beatrice…

—Pueden castigarme cuando encontremos a padre.

Trazó el recorrido con el dedo.

—El acceso está junto a un conjunto de robles, al oeste del campo histórico. No aparece en los planos modernos porque Frederick ordenó retirarlo de los registros después de que un periodista entrara en 1976.

Alexander revisó el mapa digital.

—Tiene razón.

No pareció sorprendido.

Beatrice rara vez estaba equivocada cuando decidía que alguien la subestimaba.

Isabella apareció detrás de Alexander con un auricular en una mano.

—Mi equipo localizó una señal intermitente en la zona —dijo—. Utiliza una frecuencia diplomática española.

—¿Por qué española? —pregunté.

—Para que, si la descubrieran, pareciera relacionada con mi visita o las negociaciones.

—¿Pueden bloquearla?

—Podemos interferirla durante cuatro minutos antes de que el operador cambie de frecuencia.

—Necesitamos más tiempo.

—Entonces no desperdicies los cuatro.