Donde arden las coronas (Una corona de mentiras 2) Capítulo 13 #3
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Capítulo 13 #3

—Evie también solicitó comunicaciones internas posteriores a la gala.

—Autoricé entregarlas.

—Incluyen tus mensajes a Julian sobre la respuesta pública.

—Lo sé.

—Y la reunión donde aceptaste mantener en secreto las conversaciones con España.

—Lo sé.

—Cuando los lea, quizá nunca vuelva a confiar en ti.

Miré hacia la puerta.

Isabella esperaba en el corredor. Wren continuaba dentro de la biblioteca.

Mi padre era investigado.

Alexander huía entre propiedades.

Evie se encontraba al otro lado de Europa junto a un hombre que le ofrecía una vida sin secretos.

—Entrégaselos —dije.

—¿Todos?

—Todos los que le pertenezcan.

—¿Y las grabaciones?

—No sin Alexander.

Ginny cerró la carpeta.

—Es la decisión correcta.

—No parece.

—Eso no suele cambiarla.

* * *

Regresamos a la residencia española al anochecer.

Alexander estaba en el invernadero.

Había convencido al médico de que podía permanecer quince minutos fuera de la cama y los utilizaba para leer los primeros documentos de Wren.

Beatrice se encontraba a su lado.

Cuando entré, mi hermano levantó la mirada.

—Lo encontraste.

—Sí.

—¿Es Orfeo?

—No.

La respuesta produjo algo parecido a decepción.

No porque quisiera que Wren fuera culpable.

Porque necesitábamos que alguien lo fuera.

Me senté frente a él.

Le expliqué el proyecto.

Los códigos.

Las órdenes falsificadas.

La frase del lago.

Alexander perdió color.

—Tenía ocho años.

—Lo sé.

—¿Grabaron eso también?

—Wren dijo que aparecía en un informe.

—¿Quién lo escribió?

—El doctor Vale.

—El padre de Marcus.

—Sí.

Mi hermano observó las plantas.

La luz del atardecer atravesaba los cristales y dibujaba sombras sobre su rostro.

—Todos los adultos a nuestro alrededor registraban lo que decíamos —murmuró—. Incluso cuando éramos niños.

—No todos.

—¿Cómo lo sabes?

No tenía respuesta.

Beatrice tomó la mano de Alexander.

—Nosotros no lo hacíamos.

Mi hermano sonrió hacia ella.

—Tú todavía no sabías escribir.

—Una forma eficaz de proteger secretos.

Alexander volvió hacia mí.

—¿Qué más encontraron?

—Evie solicitó acceso a las grabaciones.

Su cuerpo se tensó.

—¿Las escuchará?

—No sin tu autorización.

—No.

—Eso respondí.

—¿Se enfadará?

—Probablemente.

—Tiene derecho a conocer por qué la eligieron.

—Sí.

—Pero no quiero que escuche cómo hablaba.

—No lo hará.

—¿Puedes prometerlo?

La palabra me detuvo.

Las pruebas ya estaban bajo custodia de la comisión.

Podía solicitar restricciones.

No podía garantizar que jamás se filtraran.

—Puedo prometer que no autorizaré el acceso sin tu consentimiento.

Alexander cerró los ojos.

—Eso no parece suficiente.

—Es lo único honesto.

Después de varios segundos, asintió.

—Prepara transcripciones.

—¿Estás seguro?

—Solo las partes donde aparece Evie. Quiero revisarlas antes.

—No tienes que hacerlo ahora.

—Decidiré cuándo.

—Bien.

Mi hermano apoyó una mano sobre el brazo de la silla.

—¿Ella está bien?

—No lo sé.

—¿No la has contactado?

—Me pidió que no lo hiciera.

—Y lo respetas.

—Intento hacerlo.

—Debe estar furiosa.

—Tiene motivos.

—No todos son tuyos.

—Suficientes.

Alexander me observó con tristeza.

—No puedes asumir la culpa completa solo porque resulta más sencillo que aceptar que algunas cosas estaban fuera de tu control.

—Yo elegí mentirle.

—Sí.

—Eso basta.

Beatrice se levantó.

—Voy a buscar té.

Esperó hasta salir antes de cerrar la puerta.

Alexander me miró.

—No era por té.

—Nuestra hermana heredó la sutileza de padre.

—Quiere dejarnos hablar.

—Un error frecuente.

Mi hermano bajó la voz.

—Isabella se marcha.

—¿Quién te lo dijo?

—Ella.

—¿Cuándo?

—Mañana.

Algo se tensó dentro de mí.

—No sabía que había decidido.

—Tal vez esperaba decírtelo.

—Todos parecen disfrutar hablando sobre mi vida sentimental excepto las mujeres involucradas.

—¿Quieres que se quede?

Miré a través del cristal.

Isabella conversaba con Bash cerca de la entrada. El abrigo oscuro rodeaba su cuerpo y el viento había soltado varios mechones de su peinado.

—No tengo derecho a pedírselo.

—No fue lo que pregunté.

—Sí.

Alexander esperó.

—Quiero que se quede —admití—. También sé que continúo esperando que Evie vuelva.

—Entonces no pidas nada.

—Una recomendación sorprendentemente poco romántica.

—Tú convertiste el romanticismo en una amenaza internacional.

—Es una habilidad.

—Déjala marcharse sin hacer que prometa esperarte.

Asentí.

No me gustó.

Eso comenzaba a parecer un requisito para actuar correctamente.

* * *

Encontré a Isabella en la galería exterior.

La noche había caído y las luces del jardín reflejaban su silueta en los cristales.

—Te marchas —dije.

No pareció sorprendida.

—Mañana.

—¿Por qué no me lo contaste?

—Estabas interrogando a un arquitecto de conspiraciones monárquicas.

—Podías enviar un mensaje.

—También quería decidir antes de escucharte intentar convencerme.

Me apoyé en la baranda.

—No voy a hacerlo.

Isabella giró.

—¿No quieres que me quede?

—Sí.

La respuesta directa alteró su expresión.

—Pero no te lo pediré.

—¿Por qué?

—Porque no sé qué puedo ofrecerte y no quiero que permanezcas esperando que lo descubra.

Isabella se acercó.

—El beso fue real.

—Lo sé.

—Lo que siento por ti también.