Donde arden las coronas (Una corona de mentiras 2) Capítulo 13
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Capítulo 13

El arquitecto de los reyes

Abandonamos la casa sin nombre a las tres y veintisiete de la madrugada.

La niebla cubría el camino y reducía los árboles a siluetas oscuras detrás de las ventanillas. Dos vehículos avanzaban delante. Otro nos seguía a suficiente distancia para no parecer parte del convoy.

Alexander viajaba acostado sobre una camilla.

Beatrice permanecía junto a su cabeza y sostenía una manta alrededor de los hombros. Había intentado vestirse durante la evacuación, pero terminó con un pantalón deportivo, un abrigo sobre el camisón y una de mis botas en cada pie.

No sabía por qué estaban dentro de su habitación.

Tampoco era el momento de preguntar.

Isabella estaba sentada frente a mí. Llevaba pantalones negros, el suéter gris de la noche anterior y un abrigo abierto. El cabello caía desordenado sobre sus hombros.

Bash se encontraba junto al conductor, hablando por el comunicador.

El vehículo giró.

Alexander se tensó.

Sus dedos se cerraron sobre el borde de la camilla.

—¿Dolor? —pregunté.

—No.

La palabra salió entre los dientes.

—Del uno al diez.

—Cuatro.

Beatrice lo miró.

—Mientes.

—Cinco.

Otra curva.

El rostro de mi hermano perdió color.

—Detén el vehículo —ordené.

—No —dijo Alexander.

—Necesita medicación.

—Pueden administrarla en movimiento.

El médico sentado al fondo preparó una jeringa.

—Debemos reducir la velocidad.

Bash se volvió.

—No podemos. El vehículo que apareció cerca de la casa abandonó el camino principal, pero no sabemos si existen otros.

—Alexander no llegará consciente si continúan así.

—No decidas por mí —dijo mi hermano.

Lo miré.

Tenía pequeñas gotas de sudor sobre la frente.

—Esto no es una discusión filosófica.

—Entonces deja de discutir.

El médico conectó el medicamento a la vía.

—Tardará algunos minutos.

El automóvil cayó dentro de un bache.

Alexander soltó un grito.

Beatrice tomó su mano.

Yo me incliné.

—Detendremos el convoy.

—No.

—No necesitas demostrar nada.

—No lo hago.

Respiraba demasiado rápido.

—Si nos detenemos, todos quedamos expuestos.

—Puedo asumirlo.

—Yo no.

La respuesta me detuvo.

Alexander cerró los ojos.

—No quiero que Beatrice e Isabella permanezcan en una carretera porque yo no puedo tolerar veinte minutos de dolor.

—No tienes que soportarlo solo.

—Entonces ayúdame sin intentar controlar el vehículo.

Su voz estaba rota.

No era una orden.

Era una petición.

Me senté en el suelo junto a la camilla.

Extendí la mano.

Alexander la tomó.

—Cuatro segundos —dije.

—No puedo.

—Sí puedes.

—Adrien…

—Inhala.

Respiré con él.

Cuatro al inhalar.

Cuatro al contener.

Cuatro al soltar.

La primera vez perdió el ritmo.

La segunda también.

En la tercera, sus dedos dejaron de aplastar los míos.

Beatrice le apartó el cabello de la frente.

Isabella contó los segundos cuando mi voz se quebró.

Nadie pidió detener el vehículo.

El medicamento comenzó a actuar.

La respiración de Alexander se volvió más lenta.

No abrió los ojos.

—¿A dónde vamos? —preguntó.

—A una residencia española —respondió Isabella—. Oficialmente estará cerrada por reparaciones.

—¿Quién conoce la ubicación?

—Mi equipo personal, Bash y el conductor principal.

—Demasiadas personas.

—Por eso cambiaremos de vehículo antes de llegar.

Alexander abrió los ojos.

—No quiero otra habitación sin ventanas.

—La propiedad tiene jardín —dijo Isabella—. Y un invernadero.

—¿Puedo acceder?

—Cuando los médicos lo autoricen.

—Entonces no puedo acceder.

—Parece que comprende con rapidez la diplomacia española.

La comisura de los labios de mi hermano se movió.

El dolor continuaba.

Aun así, consiguió sonreír.

Me senté junto a la camilla hasta que el médico aseguró que la crisis había pasado.

No ordené nada más.

Era una forma pequeña de confianza.

También una de las cosas más difíciles que había hecho.

* * *

La nueva residencia estaba registrada a nombre de una fundación cultural de la Casa de Valcázar.

No tenía fotografías públicas recientes. Había permanecido vacía durante casi dos años y el equipo español utilizó personal que respondía directamente a Isabella.

La propiedad era baja, construida de piedra clara y rodeada por muros. El invernadero ocupaba parte del jardín posterior.

Alexander aprobó la habitación.

Después exigió ver los planos, las cámaras y los antecedentes de cada persona presente.

A las seis de la mañana estaba instalado.

Beatrice dormía sobre un sofá.

Isabella se encerró con su equipo para explicar por qué había desaparecido de una residencia diplomática durante la noche.

Yo fui a interrogar al hombre capturado.

Graham Sloane esperaba dentro de una dependencia policial no registrada. Tenía cuarenta y tantos años, cabello oscuro cortado al ras y una cicatriz que descendía desde la oreja hasta la mandíbula.

Llevaba un uniforme gris.

Sus manos estaban esposadas a la mesa.

Bash y Ginny permanecían al otro lado del cristal. Dos investigadores de la comisión observaban la grabación.

Me senté frente a Sloane.

—¿Quién te entregó la fotografía?

—Mi abogado todavía no llega.

—Tu abogado no sabe dónde estás.

—Eso parece contrario a varias leyes.

—Ginny está trabajando en una interpretación.

Sloane sonrió.

—El príncipe divertido.

—Una descripción que aparece con frecuencia antes de que alguien descubra mi falta de paciencia.

—No iba a matar a su hermano.

—Entraste armado en una propiedad donde creías que se encontraba.

—El arma era para seguridad.

—Resulta tranquilizador.

—Tenía instrucciones de verificar la ubicación y trasladarlo.

—¿A dónde?

—No lo sé.

—¿Quién dio la orden?

—La carta lo explica.

—Sir Alistair Wren.

Sloane no respondió.

—¿Trabajas para él?

—Ocasionalmente.

—¿Qué significa eso?

—Me contrata para recuperar personas u objetos que no pueden pasar por procedimientos oficiales.

—Secuestros.

—Traslados discretos.

—La terminología siempre mejora cuando se factura por hora.

Sloane se recostó.

—Su hermano corría peligro.

—Por eso planeabas llevártelo sin preguntar.

—Lo dice el hombre que lo trasladó inconsciente desde un hospital.

La respuesta produjo una pausa.

Wren conocía demasiado.

—¿Cómo encontraron la casa?

—Vigilancia.

—No existía ningún seguimiento durante el traslado.

—No seguimos el vehículo.

—Entonces ¿qué?

Sloane miró hacia el espejo.

—Quiero el acuerdo.

Ginny entró.

Dejó una carpeta sobre la mesa.

—Protección condicionada, reducción de cargos por cooperación y traslado a custodia independiente.

—No es inmunidad.

—Entró armado en una propiedad y disparó contra un agente.

—El agente llevaba chaleco.

—Una defensa conmovedora.

Sloane abrió la carpeta.

—Wren mantiene una lista de propiedades relacionadas con personas cercanas a la familia. Laurent, Harcourt, antiguos miembros de seguridad, médicos, amantes.

—Evie.

—No conozco los nombres.

—Mientes.

—Conozco objetivos, no relaciones.

Me incliné.

—¿Vigilaron a Evelyn Han?

—No era parte de mi operación.

Ginny levantó una mano antes de que pudiera continuar.

—La casa.

Sloane la miró.

—Su abuela la utilizó durante años sin seguridad formal. Wren instaló puntos de observación en tres colinas cercanas hace seis meses.

Ginny perdió parte del color.

—¿Desde hace seis meses?

—Esperaba que alguno de ustedes la utilizara cuando las residencias reales quedaran comprometidas.

—Entonces no hubo filtración —dijo Bash desde la puerta.

Había entrado sin que lo notara.

—No necesitaban conocer la dirección del traslado. Solo vigilaban alternativas preparadas.

Sloane asintió.

La explicación era lógica.

Eso no la volvía menos inquietante.

Wren había estudiado no solo nuestros movimientos, sino los lugares a los que podríamos huir.

—¿Por qué quería trasladar a Alexander? —pregunté.

—Porque ustedes no comprenden el plan.

—Explícalo.

—Orfeo los está obligando a destruirse.

—Eso ya lo sabemos.

—No. Creen que los ataques buscan matar a uno. El objetivo es conseguir que cada hermano considere al otro una amenaza para la Corona.

—Alexander casi murió para salvarme.

—Y ahora todo el país quiere coronarlo a usted.

Mis dedos se cerraron.

Sloane continuó:

—Cuando suficiente gente grite su nombre, su hermano deberá decidir si continúa creyendo que no quiere su lugar.

—No conoces a Alexander.

—Wren sí.

—¿Por eso le envió una amenaza hablando de una tumba?

Por primera vez, Sloane pareció confundido.

—La carta no decía eso.

Bash dejó una copia sobre la mesa.

Sloane leyó.

—Esta página no estaba en el sobre.

—La encontramos con la fotografía.

—Alguien la añadió.

—Conveniente.

—Wren quería que recuperara al heredero antes de que Orfeo llegara. No amenazarlo.

—Entonces ¿por qué no contactó?

—Porque no confía en usted.

—El sentimiento comienza a parecer mutuo.

Sloane cerró la carpeta.

—Wren lo espera.

—¿Dónde?

—En Ashdown Hall.

—¿Por qué?

—Quiere contarle qué creó antes de que otra persona consiga enterrarlo con ello.

* * *

Sir Alistair Wren vivía en una casa rodeada por estatuas de reyes muertos.

Conté nueve durante el trayecto desde la entrada hasta la puerta principal. La mayoría había perdido alguna parte del cuerpo.

Un rey sin mano.

Otro sin nariz.

Uno completamente decapitado.

—Una elección decorativa tranquilizadora —dije.

Bash revisaba las ventanas.

—No veo movimiento.

—Eso suele ocurrir con las estatuas.

—Hablo de la casa.

Isabella se encontraba al otro lado del vehículo. Había insistido en acompañarnos porque Aristeo también involucraba a su familia.

Llevaba un traje oscuro debajo del abrigo y el cabello recogido sobre la nuca. Habían pasado menos de ocho horas desde nuestra salida de la casa sin nombre.

Ninguno había dormido.

—Wren fue asesor de mi abuelo —dijo—. Lo conocí cuando era niña.

—¿Lo recuerdas?

—Me enseñó a jugar ajedrez.

—¿Era bueno?

—Hacía trampa.

—Una preparación excelente para el servicio monárquico.

Los investigadores rodearon la casa.

No encontraron guardias.

La puerta principal se abrió antes de que llamáramos.

Un hombre mayor esperaba al otro lado.

Sir Alistair Wren debía tener más de ochenta años. Era alto, delgado y mantenía la espalda completamente recta. Llevaba un traje marrón, chaleco y una corbata antigua. El cabello blanco estaba peinado hacia atrás.