Capítulo 12 #4
A algo más tranquilo que Evie y no por eso menos real.
Isabella tiró de mi cabello.
Un sonido bajo escapó de mi garganta.
La levanté sobre la encimera.
El recuerdo apareció antes de que pudiera impedirlo.
Evie sentada en otra cocina.
Sus piernas alrededor de mi cintura.
La fotografía.
La palabra secreto.
Isabella se apartó.
Había sentido el cambio.
—Ella está aquí.
No intenté mentir.
—Sí.
El dolor apareció.
Isabella bajó de la encimera.
—No me acostaré contigo mientras exista una tercera persona dentro de la habitación.
—No pensaba…
—Sí.
—No iba a compararlas.
—Ya lo hiciste.
Cerré los ojos.
—Lo siento.
—No te disculpes por amarla. Solo no utilices mi cuerpo para comprobar si puedes dejar de hacerlo.
—Lo que sentí fue real.
—Lo sé.
La respuesta me sorprendió.
Isabella alisó el suéter.
—Por eso me detuve antes de que lo volviéramos cruel.
—Podrías quedarte.
—No.
—No para acostarnos.
—Tampoco.
Tomó la copa.
—Merezco que me elijan por completo.
—Sí.
—Y tú necesitas descubrir quién eres cuando no estás intentando conservar a dos mujeres.
—Una experiencia que parece solitaria.
—Probablemente.
Pasó junto a mí.
Antes de salir, regresó y besó una vez mi mejilla.
—Buenas noches, Adrien.
—Buenas noches.
Se marchó.
No intenté detenerla.
Me quedé junto a la encimera, con el sabor de su boca todavía sobre la mía y el recuerdo de Evie dentro de la habitación.
Isabella tenía razón.
Otra vez.
Empezaba a resultar irritante.
* * *
La trampa se activó a las tres de la madrugada.
Habíamos colocado el transmisor en una propiedad vacía al norte de Londres. Dentro, los altavoces reproducían voces del equipo médico, monitores y una grabación autorizada por Alexander.
Bash recibió la alerta dentro de la sala de seguridad.
—Movimiento en el perímetro.
Me acerqué a las pantallas.
Un vehículo se detuvo junto al camino. Dos hombres bajaron.
Uno permaneció al volante.
El otro cruzó la barrera con una mochila.
—Equipo uno, esperen —ordenó Bash.
El hombre llegó hasta una ventana.
Observó el interior.
Sacó un arma.
—Ahora.
Los agentes aparecieron desde tres puntos.
El intruso corrió.
Saltó una valla y se internó entre los árboles.
El segundo vehículo arrancó.
Una unidad bloqueó la salida.
El conductor chocó contra ella.
—¿Lo tienen? —pregunté.
—Todavía no.
El hombre del bosque apareció en otra cámara.
Uno de los agentes intentó detenerlo.
El intruso disparó.
El agente cayó.
—¡Bash!
—Chaleco. Continúa consciente.
El equipo respondió.
El hombre tropezó.
Se levantó.
Corrió otros diez metros antes de que dos agentes lo derribaran.
Bash escuchó el comunicador.
—Está vivo.
—Tráiganlo.
—No aquí.
—Naturalmente.
—No lo decía por protocolo. Alguien consiguió una fotografía de Alexander dentro de esta casa.
Me volví.
Bash dejó una imagen sobre la mesa.
La habían encontrado dentro de la mochila del detenido.
Alexander aparecía en la sala de rehabilitación.
Sentado en el suelo.
Yo estaba junto a él, ofreciéndole el brazo después de que pidiera ayuda.
La fotografía había sido tomada desde el jardín.
Dentro de la propiedad que solo conocíamos nosotros.
—¿Cuándo? —pregunté.
—Ayer.
El frío atravesó mi cuerpo.
—Revisamos el perímetro.
—Lo sé.
—No había señales.
—Utilizaron un lente de largo alcance desde la colina sur.
—¿Cómo encontraron la casa?
—El transmisor ya estaba en la ubicación falsa.
—Entonces alguien les dio la dirección.
Bash no respondió.
—¿Quién?
—La fotografía estaba dentro de un sobre.
Lo abrió con guantes.
Había una carta.
El encabezado llevaba un nombre.
SIR ALISTAIR WREN.
—El administrador de Aristeo —dije.
—Antiguo secretario de Frederick. Padrino político de tu padre y tutor institucional de Alexander durante dos años.
Leí la carta.
El heredero debe ser trasladado antes de que el segundo hijo comprenda aquello que está protegiendo.
No había firma manuscrita.
Solo el símbolo de la lira.
Giré la fotografía.
En el reverso aparecía una frase.
LA CASA SIN NOMbrE YA TIENE UNO: TUMBA.
Las alarmas comenzaron a sonar.
—Perímetro norte —dijo un agente por el comunicador—. Vehículo acercándose.
Bash tomó su arma.
—Traslada a Alexander.
—No sin preguntarle.
Me miró.
—No tenemos tiempo.
La antigua respuesta ya estaba preparada.
Decidir.
Ordenar.
Moverlo antes de que pudiera negarse.
Miré la fotografía.
Después subí las escaleras.
Alexander estaba despierto.
Beatrice dormía en el sillón junto a su cama e Isabella ocupaba la habitación contigua.
Mi hermano me vio entrar con el sobre.
—¿Qué ocurrió?
Le mostré la fotografía.
El miedo apareció en su rostro.
No intentó ocultarlo.
—Encontraron la casa —dije—. Un vehículo se acerca. Podemos permanecer y defender el perímetro o trasladarte por el acceso posterior.
Alexander miró hacia Beatrice.
—¿Qué recomienda Bash?
—Trasladarte.
—¿Tú?
Cada parte de mí exigía sacarlo inmediatamente.
—Lo mismo.
—Entonces vamos.
No discutió.
No porque yo hubiera decidido.
Porque había recibido la información y elegido el mismo riesgo.
Alexander tocó el hombro de Beatrice.
Ella despertó.
Isabella apareció en la puerta.
Bash gritó desde el corredor:
—Dos minutos.
Ayudé a mi hermano a sentarse en la silla.
Esperé hasta que extendió la mano.
Solo entonces lo toqué.
Mientras avanzábamos hacia la salida oculta, las primeras luces atravesaron los árboles.
La casa sin nombre desapareció detrás de nosotros.
Orfeo continuaba encontrando cada lugar donde intentábamos escondernos.
Pero esta vez no había necesitado quitarnos la posibilidad de elegir para obligarnos a huir.
Eso debería haber significado que yo estaba aprendiendo.
En cambio, solo conseguía que la pregunta resultara más aterradora.
Si nadie había revelado la dirección y el transmisor ya no estaba con Alexander, ¿cómo podía Orfeo continuar mirando desde el otro lado de la ventana?