Capítulo 12 #3
Julian no retrocedió.
—Intenté proteger la institución.
—Todos utilizan esa frase después de hacer algo imperdonable.
—Lo sé.
La aceptación me detuvo.
—No tengo defensa —continuó—. Convencí a mí mismo de que ocultar esos informes evitaría una crisis. En realidad, protegí a quienes la causaron.
Ginny empujó una hoja hacia él.
—¿Qué más conservó fuera de los archivos oficiales?
Julian sacó una memoria del bolsillo interior.
Bash ya la había revisado.
—Un registro privado de accesos —explicó—. Comencé a guardarlo después de la gala.
Ginny conectó la memoria.
Varias falsificaciones procedían de un terminal específico.
Ala médica de Clarence House.
—Lorraine —dije.
—Utilizó ese terminal —respondió Julian—. También médicos, personal de seguridad y asistentes de Alexander.
—¿Marcus?
—Sí.
—¿Tú?
—Dos veces.
—¿Mi padre?
—No directamente.
—¿Alexander?
Julian me sostuvo la mirada.
—El terminal estaba dentro de una habitación utilizada durante sus evaluaciones.
—Eso no responde.
—No existe registro biométrico de su acceso.
—Entonces no lo utilizó.
—No dije eso.
Di un paso.
Ginny se interpuso.
—Adrien.
—Todos parecen ansiosos por convertir a mi hermano en sospechoso.
—Nadie lo está haciendo —respondió ella—. Estamos estableciendo quién podía acercarse al terminal.
—Alexander estaba medicado, perdiendo la memoria y rodeado de personas que usaban sus manos para activar dispositivos.
Julian bajó la cabeza.
—Estoy de acuerdo.
No había acusación en su rostro.
Solo culpa.
Regresé a mi asiento.
—La comisión recibirá la memoria —dije—. También tu confesión sobre los informes.
Julian asintió.
—Lo esperaba.
—Quedas suspendido.
Algo se quebró en su expresión.
Había servido a mi familia durante casi quince años.
Yo nunca lo había visto llegar tarde.
Nunca lo había escuchado elevar la voz.
También había ocultado informes que ayudaron a destruir a Evie.
—Lo entiendo —dijo.
Se levantó.
Antes de llegar a la puerta, habló sin volverse:
—La señorita Han tenía razón.
—¿Sobre qué?
—La verdad también era confidencial. Nosotros solo decidíamos para quién.
Salió.
Ginny cerró el ordenador.
—No participó en los ataques.
—No.
—¿Te arrepientes de suspenderlo?
—Sí.
—¿Cambiarás la decisión?
—No.
—Bien.
—Empiezas a sonar como Bash.
—Ambos hemos creado un grupo de apoyo.
* * *
Evie publicó su declaración esa noche.
No me la envió.
La vi junto con millones de personas.
Aparecía sentada dentro de un camerino después de un concierto en Berlín. Llevaba una camiseta negra, el cabello recogido y restos de maquillaje alrededor de los ojos.
Noah no estaba en la imagen.
—Durante años permití que una empresa decidiera cuándo podía descansar, qué podía decir y qué partes de mi salud debían ocultarse o utilizarse —declaró—.
Después descubrí que otras instituciones también accedieron a mis informes, analizaron mis relaciones y convirtieron mi intimidad en una estrategia.
Se inclinó ligeramente hacia la cámara.
—Presentaré acciones contra Asteria y contra cualquier organización, empresa o institución que haya utilizado mi imagen, mi salud mental o mi vida privada sin consentimiento. Ninguna firma falsificada convertirá esos actos en aceptables.
La Corona estaba incluida.
No necesitaba nombrarla.
—Esto también afecta a las demás integrantes de VANTA —continuó—. Ellas decidirán individualmente qué hacer. No hablaré por nadie más.
El video terminó.
Asteria respondió suspendiendo dos conciertos.
Una hora después, Naomi y las otras tres integrantes publicaron una fotografía conjunta.
Si Evie no canta, VANTA tampoco.
Los patrocinadores comenzaron a retirarse.
Las entradas de la gira se agotaron en cuatro ciudades nuevas.
Asteria había intentado castigar a una mujer.
Terminó enfrentándose a cinco.
Observé la fotografía del grupo.
Evie estaba en el centro.
Naomi rodeaba sus hombros.
Noah aparecía al fondo del estudio, desenfocado.
Incluso así conseguí verlo.
Mi talento continuaba siendo lamentable.
Ginny entró en la biblioteca.
—Evie solicitó acceso a todos los documentos donde aparece su nombre.
—Entrégaselos.
—Incluyen evaluaciones de compatibilidad, informes de seguridad y comunicaciones internas posteriores a la gala.
—Lo sé.
—También tus mensajes a Julian sobre mantener el acuerdo español fuera de su conocimiento.
Sentí el golpe.
—Entrégalo todo.
—Puede utilizarlo en una demanda contra la Corona.
—Tiene derecho.
—Y puede destruir cualquier posibilidad de que te perdone.
Miré la pantalla.
Evie sonreía junto a sus compañeras.
—No ocultaré otra verdad para intentar conservarla.
Ginny me observó.
—Necesito tu autorización escrita.
—Prepárala.
—Ya lo hice.
Firmé.
Esta vez leí el documento completo.
—Progreso —comentó.
—No lo conviertas en una celebración.
—Sería una fiesta pequeña.
* * *
Isabella llegó a la casa al sexto día.
Alexander había autorizado su visita.
Bash cambió nuevamente la ruta y le retiró los dispositivos antes de trasladarla. Apareció en la entrada con un abrigo color crema, botas oscuras y una expresión de irritación.
—Me hicieron permanecer cuarenta minutos dentro de una camioneta de lavandería.
—La humildad favorece a las futuras reinas.
—Olía a detergente.
—También la limpieza.
Me entregó el abrigo.
—¿Dónde está Alexander?
—Rehabilitación.
—¿Puedo verlo?
—Él te invitó.
Isabella subió.
La observé desde el corredor cuando entró en la sala de fisioterapia.
No se arrodilló junto a la silla de Alexander.
No preguntó cuánto dolor sentía.
Se acercó a la ventana y abrió las cortinas.
—Parece una cripta —dijo.
Alexander levantó la cabeza.
—Adrien eligió la decoración.
—Eso explica la falta de esperanza.
—La casa pertenece a Ginny.
—Entonces explica la seguridad y no el gusto.
Mi hermano sonrió.
Isabella dejó una carpeta sobre la mesa.
—España rechazará cualquier modificación sucesoria basada en los documentos filtrados.
—No quiero apoyo por compasión.
—Qué suerte. Lo hacemos porque aceptar pruebas falsificadas establecería un precedente inconveniente para nosotros.
Alexander tomó la carpeta.
—¿Qué necesitas a cambio?
—Que te recuperes y vuelvas a discutir conmigo sobre acuerdos culturales.
—Eso parece una condición personal.
—Las mejores negociaciones siempre lo son.
Lo trataba como al futuro rey.
No como a un hombre roto.
Alexander enderezó la espalda.
El cambio fue mínimo.
Visible.
Me retiré antes de que notaran que observaba.
* * *
Isabella permaneció tres días.
Trabajamos en la investigación durante las mañanas. Por las tardes ayudaba a Alexander a revisar documentos españoles y por las noches cenábamos los cuatro cuando Beatrice consiguió finalmente visitar la casa.
Por primera vez desde la gala, hubo momentos que no parecían construidos alrededor de una amenaza.
Beatrice discutía con Alexander por el control remoto.
Ginny llegaba con comida que nadie le había pedido.
Bash se quejaba de que todos ignoraban los protocolos.
Isabella se quitaba los zapatos debajo de la mesa y fingía que una princesa podía dormir en una casa sin nombre mientras su familia creía que estaba dentro de una residencia diplomática.
La tercera noche encontré a Isabella en la cocina.
Llevaba pantalones oscuros y un suéter gris. Su cabello estaba suelto y sostenía una copa de vino junto a la ventana.
—No sabía que las futuras reinas bebían solas —dije.
—No estoy sola. Llegaste para arruinarlo.
Me serví whisky.
—¿Cómo está Alexander?
—Furioso porque avanzó siete pasos y el fisioterapeuta le pidió detenerse.
—Una señal de recuperación.
—O de que todos los Hawthorne nacieron sin sentido de preservación.
Me apoyé junto a ella.
Afuera no había luces.
Solo oscuridad, árboles y el reflejo de nuestros cuerpos sobre el cristal.
—Evie actuó esta noche en Viena —dijo Isabella.
—No pregunté.
—Tampoco yo. Apareció en las noticias.
—¿Noah?
—Estaba con ella.
Bebí.
No revisaría el teléfono.
Llevaba ocho días sin buscar imágenes.
Siete horas, si las noticias diplomáticas que incluían a Evie no contaban.
—¿Te duele menos? —preguntó.
—No.
—Honesto.
—Estoy experimentando.
Isabella sonrió.
El silencio no resultaba incómodo.
Aquello era nuevo.
Con Evie, cada silencio estaba lleno de deseo, preguntas o miedo a perder el tiempo que teníamos juntos.
Con Isabella podía permanecer quieto.
No porque sintiera menos.
Porque ella no esperaba que la habitación ardiera para demostrar que existía algo.
—Te deseo —dije.
No se movió.
—Ya lo mencionaste.
—Quería comprobar si había cambiado.
—¿Y?
La miré.
La luz tenue delineaba sus pómulos, la curva de su boca y la piel dorada visible junto al cuello del suéter.
—Empeoró.
Isabella dejó la copa.
—¿Viste una fotografía de Evie antes de entrar?
—No.
—¿Recibiste otra amenaza?
—No.
—¿Tu padre propuso un matrimonio?
—No durante las últimas veinticuatro horas.
—Progreso.
Avancé.
Ella no retrocedió.
—Continúo enamorado de Evie —dije.
El dolor apareció en sus ojos.
No lo ocultó.
—Lo sé.
—No quiero mentirte.
—Eso también es nuevo.
—No significa que lo que siento por ti sea una reacción.
—¿Qué sientes?
La pregunta me dejó sin una frase preparada.
—Confío en ti.
—Eso no es amor.
—Te busco cuando necesito una respuesta que nadie de mi familia se atreve a darme.
—Ginny también cumple esa función.
—No quiero besar a Ginny.
—Ella se sentiría aliviada.
Levanté una mano.
No la toqué.
—Puedo imaginar un futuro contigo.
—También podías imaginarlo mientras te escondías con Evie.
—No lo deseaba entonces.
—¿Y ahora?
—No sé cuánto de lo que deseo nace de que Evie se marchó.
Isabella sostuvo mi mirada.
—Esa es la primera respuesta que me permite creerte.
Tomó mi mano y la colocó sobre su cintura.
El calor atravesó el suéter.
—Bésame —dijo.
—Creí que querías que estuviera seguro.
—Quiero saber si puedes hacerlo sin utilizarme.
Incliné la cabeza.
La besé.
No hubo urgencia.
No estaba huyendo de una fotografía, un atentado ni el miedo a perder a otra persona.
La boca de Isabella se abrió lentamente bajo la mía.
Una mano subió hasta mi nuca.
La otra permaneció sobre mi pecho.
La atraje.
Su cuerpo se ajustó al mío.
El beso se profundizó.
Sabía a vino.
A una vida que no necesitaba esconderse.