Donde arden las coronas (Una corona de mentiras 2) Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

—Debí informarte que lo trasladaría y permitirte despedirte antes de que saliera. No volveré a excluirte de una decisión familiar de esta magnitud.

—¿Lo prometes?

Miré a Alexander.

—Sí.

Mi hermano asintió.

Beatrice respiró.

—Quiero verlo.

—Me estás viendo —dijo Alexander.

—En persona.

—Cuando seguridad lo autorice.

—Quiero participar en esa decisión.

Mi impulso fue negarme.

Lo sentí subir hasta la garganta.

Me detuve.

—Bash te explicará el riesgo —dije—. Después decides si aceptas el protocolo.

—¿Y si lo acepto?

—Vendrás.

Beatrice me observó como si esperara la trampa.

—Bien.

—Bien.

—Continúo enfadada.

—Eso parece ser tu estado natural.

—Cállate.

Alexander rió.

El sonido alivió algo dentro de los tres.

Cuando terminó la llamada, mi hermano me miró.

—Estás mejorando.

—Lentamente, según Evie.

La pronunciación de su nombre cambió el aire.

—¿La viste después del beso? —preguntó.

—No.

—¿Hablaron?

—Me pidió que no la contactara.

—Eso no responde.

—Entonces ya conoces la respuesta.

Alexander observó la ventana.

—¿Crees que está enamorada de Noah?

—No.

—¿Esperas que no?

—Sí.

—Al menos eres honesto.

—La experiencia continúa sin favorecerme.

* * *

El transmisor estaba dentro de la pierna de Alexander.

No de su cuerpo.

De la estructura ortopédica.

Bash llegó cerca del mediodía acompañado por un especialista en dispositivos electrónicos. Revisaron cada pieza trasladada desde el hospital.

El localizador tenía menos de dos centímetros y estaba escondido bajo una placa de identificación.

También contenía un micrófono.

Me encontraba junto a la mesa cuando el especialista lo retiró.

—¿Desde cuándo transmite? —pregunté.

—La batería puede durar seis semanas.

—¿Alcance?

—Utiliza red móvil. Mientras reciba señal, puede enviar ubicación y audio.

Miré hacia el piso superior.

Alexander descansaba.

—Escucharon todo lo ocurrido junto a su cama.

—Probablemente.

—La declaración sobre mi inocencia.

—Sí.

—La ubicación de Marcus.

—Si se mencionó allí.

—Nuestras conversaciones familiares.

El hombre guardó el dispositivo dentro de una bolsa aislante.

—También pudo activarse por sonido y no transmitir de manera continua.

No mejoraba nada.

Bash tomó la estructura.

—La empresa que fabricó esta pieza es legítima. La instalación se realizó en el hospital.

—¿Quién?

—Un técnico llamado Robert Mills firmó el registro.

—¿Existe?

—Murió hace tres años.

—Naturalmente.

—La persona utilizó su acreditación y uniforme.

—¿Cámaras?

—El rostro estaba cubierto.

Alexander apareció en la puerta.

Se desplazaba en una silla de ruedas, aunque había insistido en impulsarla sin ayuda. Llevaba un suéter gris y pantalones oscuros.

—¿Había un micrófono? —preguntó.

Nadie había escuchado que se acercaba.

—Sí —respondí.

—¿Cuánto registró?

—No lo sabemos.

Miró la estructura.

—Estuvo junto a mí desde la cirugía.

—Sí.

El color desapareció de su rostro.

—Entonces escuchó todo.

—Alexander.

—Cuando desperté. La fisioterapia. Lo que dije sobre padre.

—Nada de eso es tu culpa.

—No he dicho que lo fuera.

La respuesta fue más dura de lo necesario.

Después respiró.

—Lo siento.

—No tienes que disculparte.

—Estoy cansado de que todo lo que siento termine dentro de un archivo.

Bash colocó la bolsa sobre la mesa.

—Podemos utilizarlo.

Alexander lo miró.

—¿Cómo?

—Volveremos a activar el transmisor en una ubicación falsa. Reproduciremos audio suficiente para que crean que estás allí.

—¿Qué audio?

—Grabaciones de monitores, voces del equipo y algunas conversaciones genéricas.

—¿Mi voz?

—Solo si autorizas.

Mi hermano observó el dispositivo.

—Sí.

—No necesitas hacerlo —dije.

—Acabas de prometer que participaría.

—No significa que debas convertirte en carnada otra vez.

—No estaré en la propiedad.

—Utilizarán tu voz.

—La han utilizado durante meses sin permiso. Esta vez quiero elegir lo que escucha.

No respondí.

Alexander giró hacia Bash.

—Prepararemos la grabación.

—Tú eliges el contenido —confirmó.

Mi hermano asintió.

Antes de regresar al piso superior, se detuvo junto a mí.

—Esto es acompañar —dijo—. No impedir que corra ningún riesgo. Ayudarme a decidir cuál estoy dispuesto a asumir.

—Lo sé.

—Tu rostro no parece convencido.

—Mi rostro mantiene una relación difícil con el crecimiento emocional.

Alexander apoyó una mano sobre mi brazo.

—Gracias por intentarlo.

Continuó hacia el ascensor.

Permanecí mirándolo.

El deseo de quitarle el dispositivo, cancelar la operación y encerrarlo dentro de la casa continuaba allí.

No había desaparecido.

Solo estaba aprendiendo a no obedecerlo.

* * *

La primera vez que Alexander cayó dentro de la casa no lo levanté.

Habían pasado cuatro días.

Los médicos habían extendido su permanencia porque la propiedad resultaba más segura y la investigación del hospital seguía abierta. Mi hermano aceptó continuar allí siempre que pudiera recibir a Beatrice y revisar los informes.

La fisioterapia se realizaba en una sala amplia junto al jardín.

Alexander había logrado avanzar tres pasos con el andador.

En el cuarto, la pierna izquierda se dobló.

Cayó sobre una colchoneta.

Mi cuerpo reaccionó.

Di un paso.

Me detuve.

El fisioterapeuta también esperó.

Alexander permaneció en el suelo.

Respiraba con dificultad.

Una mano se cerraba sobre la alfombra.

—No me ayudes —dijo.

—No lo hago.

—Estás a punto.

—Mi postura natural resulta invasiva.

Intentó incorporarse.

No pudo.

Lo intentó otra vez.

El sudor descendió por su cuello.

—Puedes descansar —dijo el fisioterapeuta.

—No.

Apoyó ambas manos.

Su brazo tembló.

Volvió a caer.

Miró hacia mí.

El orgullo luchó contra el agotamiento durante varios segundos.

—Ayúdame.

Solo entonces avancé.

No lo levanté completamente.

Le ofrecí el antebrazo y permití que utilizara su propia fuerza para incorporarse. El fisioterapeuta sostuvo la estructura.

Alexander quedó sentado.

No me soltó.

—Gracias —murmuró.

—No abuses. Continúo prefiriendo intervenir antes.

—Lo sé.

—Esto es extraordinariamente ineficiente.

Una risa cansada escapó de él.

—Para alguien que estudió negocios, toleras mal los procesos largos.

—Prefiero las adquisiciones hostiles.

—Eso explica tu vida amorosa.

Lo miré.

Alexander sonrió.

—Beatrice me contó lo de Noah.

—Beatrice habla demasiado.

—No le pedí detalles.

—¿Qué dijo?

—Que Evie parecía feliz.

Aparté los ojos.

El jardín estaba cubierto de lluvia.

—Eso debería alegrarte —añadió.

—No empieces.

—No dije que debiera resultarte sencillo.

—Dijiste exactamente lo que todos dicen antes de esperar que reaccione como un hombre emocionalmente sano.

—Podrías sorprendernos.

—Ya aprendí a no levantar personas del suelo sin permiso. No exijas milagros consecutivos.

Alexander apoyó la cabeza contra mi hombro.

Solo durante un momento.

—La sigues amando.

—Sí.

—¿Y a Isabella?

No respondí inmediatamente.

—No sé cómo llamarlo.

—Prueba con su nombre.

—Ingenioso.

—Estoy medicado.

—La deseo. Confío en ella. Puedo imaginar una vida a su lado.

—Pero.

—Evie continúa ocupando demasiado espacio.

—Eso no significa que lo ocupará para siempre.

La idea produjo un dolor silencioso.

—No quiero que deje de hacerlo.

—Entonces no ofrezcas a Isabella una habitación donde siempre tendrá que compartir la cama con un recuerdo.

Lo ayudé a regresar a la silla.

—Todos se han vuelto poetas desde que perdí a Evie.

—El sufrimiento ajeno resulta inspirador.

Lo empujé hacia la ventana.

Alexander giró.

—Puedo moverme solo.

—Solo estoy orientando la silla.

—Tus manos están sobre las ruedas.

Las retiré.

—Qué susceptible.

—Qué lento aprendes.

* * *

Julian llegó a la casa esa tarde con los ojos vendados.

Bash lo había trasladado después de cambiar tres veces de vehículo. No conocía la ubicación ni la ruta.

Lo sentamos dentro de una habitación sin ventanas.

Ginny permanecía junto a mí.

Julian llevaba un traje gris y el cabello oscuro peinado hacia atrás. Incluso después de dos horas con los ojos cubiertos, no presentaba una sola arruga.

Siempre lo había considerado una capacidad sobrenatural.

—¿Por qué utilizó el nombre Daniel Mercer? —pregunté.

—No lo sé.

—Comparte tu apellido.

—También miles de personas.

—Las credenciales usadas para acceder a mi oficina se crearon a partir de tu expediente.

Julian unió las manos sobre la mesa.

—Ya entregué mis dispositivos y registros.

—No he preguntado si colaboraste. Pregunté por qué te eligieron.

—No puedo saberlo.

Ginny abrió una carpeta.

—Su padre trabajó para el príncipe Frederick.

Julian la miró.

—Como funcionario administrativo. Murió cuando yo tenía doce años.

—¿Conocía Aristeo?

—No.

—Tu expediente incluye acceso hereditario a archivos de la Corona —dije.

—Una clasificación ceremonial sin aplicación práctica.

—Alguien la utilizó.

Julian respiró.

Por primera vez desde que lo conocía, parecía nervioso.

—Daniel Mercer no era una persona real —dijo.

—Eso lo sabemos.

—Pero el nombre sí existía dentro de mi familia.

—¿Quién?

—Mi hermano.

La habitación quedó en silencio.

—Nunca mencionaste un hermano —dije.

—Murió a los nueve años.

—¿Cómo?

—Una enfermedad cardíaca.

Julian bajó los ojos.

—Mi padre dejó su nombre dentro de varios registros familiares. Cuando ingresé al servicio real, ambos aparecían vinculados con la clasificación de Frederick.

—Orfeo obtuvo tu expediente y utilizó el nombre de un niño muerto.

—Sí.

La rabia apareció en el rostro habitualmente inexpresivo de Julian.

—Quería que, cuando investigaran suficiente, todas las conexiones terminaran en mí.

—¿Ocultaste información de Aristeo? —preguntó Ginny.

Julian guardó silencio.

—Responde —dije.

—Por orden del rey, retiré tres informes de los archivos entregados a la comisión inicial.

—¿Cuáles?

—Evaluaciones sobre Alexander, el posible matrimonio con Isabella y los riesgos de que su relación con Evie afectara la sucesión.

Me levanté.

—Sabías que la evaluaban.

—No sabía que utilizaban informes psicológicos obtenidos sin consentimiento.

—Pero conocías la clasificación de Evie como variable.

—Sí.

La palabra encendió algo violento.

—Y no me dijiste.

—El rey ordenó confidencialidad.

—Trabajas para mí.

—Trabajo para la Corona.

—Entonces quizá deberías pedirle que pague tu salario.