Donde arden las coronas (Una corona de mentiras 2) Capítulo 12
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Capítulo 12

La casa sin nombre

Secuestrar al heredero al trono resultó sorprendentemente sencillo.

Solo necesité un vehículo médico sin distintivos, una salida de servicio, dos médicos dispuestos a ignorar varias instrucciones reales y una abogada con una relación creativa con la legalidad.

—No estoy ignorando la ley —dijo Ginny cuando se lo mencioné—. Estoy utilizando una estructura jurídica que tu familia lleva siglos explotando.

Viajaba frente a mí dentro de la ambulancia. Llevaba un abrigo negro sobre el traje, las trenzas recogidas y una carpeta apoyada contra las rodillas.

Alexander continuaba dormido sobre la camilla.

El sedante encontrado en su sistema no era letal, pero los médicos esperaban que tardara varias horas en despertar. Su rostro parecía demasiado tranquilo bajo la luz tenue.

Un monitor seguía cada latido.

Lo miraba cada cuatro segundos.

—La propiedad no aparece relacionada contigo —continuó Ginny—. Tampoco con la Corona, Bash ni mis actividades profesionales.

—¿Entonces con quién?

—Un fideicomiso privado.

—Administrado por ti.

—Legalmente, por una sociedad cuya beneficiaria final es una fundación familiar.

—Tu familia.

—Mi abuela compró la casa hace cuarenta años para esconderse de su segundo marido.

—Una historia tranquilizadora.

—El matrimonio duró seis meses. La propiedad fue mucho más útil.

Bash conducía el vehículo de escolta. Otros dos automóviles viajaban separados para evitar formar un convoy reconocible.

No había informado a mi padre.

Tampoco a mi madre.

Beatrice creía que Alexander continuaba dentro del hospital.

La mentira me incomodaba.

No lo suficiente para cambiar de decisión.

—¿Quién conoce la dirección? —pregunté.

—Tú, Bash y yo —respondió Ginny—. El equipo médico recibió coordenadas temporales que desaparecerán al terminar el traslado.

—¿Los conductores?

—Cambiarán dos veces. Ninguno conocerá el recorrido completo.

—¿Personal de la casa?

—No existe. Llevamos alimentos, generador y equipo clínico independiente.

—¿Cámaras?

—Sistema cerrado sin conexión externa.

—¿La propiedad tiene túneles?

Ginny me miró.

—Es una casa, Adrien. No un palacio diseñado por personas paranoicas.

—Tu abuela se escondía de un marido.

—Tenía una puerta trasera.

—Insuficiente.

—Podemos construir un foso cuando Alexander deje de necesitar vigilancia médica constante.

Miré a mi hermano.

—No debería estar inconsciente tanto tiempo.

—La doctora lo revisó hace ocho minutos.

—Pueden cambiar demasiadas cosas en ocho minutos.

—El monitor continúa estable.

Extendí la mano y toqué el cuello de Alexander.

El pulso golpeó contra mis dedos.

Regular.

—Está vivo —dijo Ginny.

—No he preguntado.

—No necesitas hacerlo.

Alexander se movió.

Solo una contracción pequeña en los dedos.

Me incliné.

—¿Puedes oírme?

No abrió los ojos.

—No lo despiertes —advirtió Ginny.

—Alguien entró en su habitación, drogó a un guardia y se sentó junto a su cama. Prefiero que esté despierto.

—También preferirá despertar sin tu rostro a cinco centímetros.

—Mi rostro tiene índices de aprobación razonables.

—Tu propio padre está por encima en algunas regiones.

—La democracia comete errores.

Ginny regresó a la carpeta.

Yo continué observando el monitor.

La casa se encontraba a dos horas de Londres.

Durante todo el trayecto esperé que apareciera otro vehículo.

Que el monitor cambiara.

Que Alexander abriera los ojos y me odiara por trasladarlo sin permiso.

Solo ocurrió lo último.

* * *

La residencia era una construcción de piedra situada entre árboles, colinas y una cantidad ofensiva de niebla.

No había propiedades vecinas visibles.

La puerta principal daba hacia un camino estrecho. Detrás de la casa se extendían un jardín descuidado, un lago pequeño y una antigua estructura que Ginny describió como establo, aunque parecía más adecuada para almacenar cadáveres.

Trasladamos a Alexander hasta una habitación en el primer piso.

Habían colocado una cama clínica, monitores y un sistema de apoyo para su pierna. Las ventanas tenían contraventanas interiores y cortinas gruesas.

Me senté junto a él.

Permanecí allí mientras los médicos revisaban sus vías, tomaban muestras y confirmaban que el sedante estaba desapareciendo.

Ginny entró con café cerca de las siete.

—Tu madre llamó doce veces.

—¿Qué le dijiste?

—Nada. No represento a Helena.

—Beatrice.

—Treinta y una.

—¿Mensajes?

Ginny me entregó el teléfono.

El último ocupaba toda la pantalla.

Si Alexander murió y no me lo dices, voy a asesinarte y después descubriré cómo revivirte para volver a hacerlo.

—Parece tranquila —comenté.

—La inteligencia emocional caracteriza a tu familia.

Escribí:

Está vivo y estable. Te llamaré cuando despierte.

La respuesta llegó antes de que bloqueara la pantalla.

¿Dónde está?

No contesté.

Otra:

ADRien.

Después:

No puedes desaparecer con una persona.

Respondí:

La historia de nuestra familia indica lo contrario.

El teléfono comenzó a sonar.

Lo apagué.

Ginny me observó.

—Eso terminará bien.

—Necesito que Alexander conozca la situación antes que el resto.

—Una idea sorprendentemente respetuosa después de trasladarlo inconsciente.

—No permitiría que aceptara.

—Precisamente.

Alexander abrió los ojos.

La mirada tardó en enfocarse.

Primero vio el techo.

Después a Ginny.

Finalmente a mí.

—¿Dónde…?

Su voz era áspera.

Le acerqué agua.

—Bebe.

—¿Dónde estoy?

—En una propiedad segura.

—¿Cuál?

—No tiene nombre.

Intentó incorporarse.

El dolor lo detuvo.

—¿Qué hiciste?

—Te trasladé.

—¿Sin preguntarme?

—Estabas sedado.

—Podías esperar.

—La persona que te sedó también.

Alexander empujó el vaso.

El agua cayó sobre la sábana.

—Regresaré al hospital.

—No.

—No te corresponde decidir.

—Alguien se sentó junto a tu cama y tomó una fotografía mientras estabas inconsciente.

—Lo sé.

—Dejó un símbolo de Aristeo.

—También lo sé.

—Entonces intenta sorprenderme con una reacción razonable.

Alexander buscó el botón de asistencia.

No estaba conectado a la red del hospital.

—¿Dónde están mis médicos?

—En la habitación contigua.

—Mi teléfono.

—No tiene señal.

—¿Madre sabe dónde estoy?

—No.

—¿Beatrice?

—No.

El monitor aceleró.

—¿Me secuestraste?

—Técnicamente, Ginny utilizó un fideicomiso.

Ella levantó una mano.

—No me incluyas en la parte criminal de tu explicación.

Alexander la miró.

—Tú permitiste esto.

—Recomendé que esperara tu consentimiento.

—¿Y?

—Adrien interpretó la recomendación como un desafío.

Mi hermano volvió hacia mí.

—Regresaré.

—No hasta que revisemos la propiedad y determinemos cómo entraron al hospital.

—No tienes autoridad.

—Soy consejero de Estado.

—No sobre mi cuerpo.

La frase me golpeó.

Ginny dejó los cafés y salió discretamente.

Cobarde.

—Tienes razón —dije.

Alexander quedó inmóvil.

Había preparado otra discusión.

Mi aceptación lo desarmó.

—Entonces llévame de regreso.

—No.

—Acabas de decir…

—Que no tengo autoridad sobre tu cuerpo. También tengo derecho a negarme a ayudarte a regresar a un lugar donde intentaron drogarte.

—Puedo llamar a otro vehículo.

—Cuando recuperes tu teléfono.

—Adrien.

—Conocerás todos los protocolos, revisarás al equipo y decidirás quién puede visitarte. Permanecerás aquí hasta que los médicos confirmen que un traslado no aumenta el riesgo y seguridad controle el hospital.

—¿Cuánto?

—Cuarenta y ocho horas.

—Veinticuatro.

—Treinta y seis.

—Veinticuatro.

—Estudié negociación. No insultes mi formación.

—Veinticuatro o informaré públicamente que me retienes.

—Treinta y seis y podrás hablar con Beatrice inmediatamente.

Alexander apretó la boca.

—Eso es chantaje.

—Eso es negociación familiar.

—Veinticuatro y hablo con ella ahora.

—Treinta.

—Veintiséis.

—Veintiocho.

—Acepto.

Extendió la mano.

La tomé.

—¿Quieres los nombres del equipo? —pregunté.

—Sí.

—¿Los planos de la casa?

—Sí.

—¿Las rutas de salida?

—Todas.

—Hay una puerta trasera.

—¿Nada más?

—Ginny carece de imaginación arquitectónica.

Alexander se recostó.

La furia no había desaparecido.

Pero había recuperado una parte del control.

—No vuelvas a trasladarme inconsciente —dijo.

—No volveré a excluirte si estás en condiciones de decidir.

—No es la misma promesa.

—Es la única que puedo cumplir.

Mi hermano me observó.

—Al menos eres honesto.

—Una experiencia reciente.

—No parece favorecerte.

—Todavía estoy esperando los beneficios.

* * *

Beatrice apareció en la pantalla cuarenta minutos después.

Alexander había elegido una silla junto a la ventana para la llamada. La cámara evitaba mostrar la habitación, las vistas o cualquier elemento identificable.

Yo permanecía detrás.

No porque quisiera escuchar.

Porque mi hermana exigió verme antes de creer que no estaba participando en otro secuestro.

—Eres un hijo de puta —dijo en cuanto mi rostro apareció.

—También me alegra verte.

—¿Dónde están?

—En un lugar seguro.

—Dame la dirección.

—No.

—Adrien.

—No queda registrada en ningún dispositivo.

—Soy su hermana.

—Precisamente.

—¿Qué significa eso?

Alexander levantó una mano.

—Bea.

La expresión de mi hermana cambió.

—¿Estás bien?

—Sí.

—¿Te hicieron algo?

—Me sedaron en el hospital. Estoy estable.

—¿Y permitiste que te llevara?

Alexander me miró.

—No exactamente.

—Lo sabía.

Beatrice se puso de pie. La imagen tembló mientras caminaba.

—Voy a llamar a la policía.

—La policía ayudó con el traslado —dije.

—Entonces llamaré a otra policía.

—No existe una policía especial para hermanos irritantes.

—Encontraré una.

Alexander sonrió.

Beatrice dejó de caminar.

—No es gracioso.

—Un poco.

—Pensé que habías muerto.

La voz se quebró.

Mi hermano perdió la sonrisa.

—Lo siento.

—No respondías. Madre tampoco sabía dónde estabas. Los agentes se negaron a hablar y él solo escribió que seguías vivo.

Su mirada se dirigió hacia mí a través de la pantalla.

—No vuelvas a hacerme esto.

—La ubicación debía mantenerse fuera de los sistemas.

—Podías decirme antes que lo trasladarías.

—Alexander estaba inconsciente.

—Y eso te convirtió otra vez en dueño de todas las decisiones.

No respondí.

Beatrice se secó una lágrima con la manga.

—Proteges a un hermano haciendo sufrir al otro.

—Tienes razón.

La rabia desapareció momentáneamente de su rostro.

—¿Qué?