Donde arden las coronas (Una corona de mentiras 2) Capítulo 11 #4
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Capítulo 11 #4

—No tienes que responder.

Revisé una lista de archivos.

—Evie hizo lo que necesitaba.

—Sí.

—Noah parece satisfecho.

—No lo observé.

—Mientes.

Isabella dejó la caja que sostenía.

—No analizaré al hombre con quien está Evie para ayudarte a decidir si debes odiarlo.

—No te lo pedí.

—Todavía.

Continué leyendo.

Las palabras dejaron de tener significado.

Isabella retiró la hoja de mis manos.

—No estás viendo nada.

—Estoy trabajando.

—Estás intentando no sentir.

—Eso también requiere esfuerzo.

Quedamos frente a frente.

La cámara estaba casi vacía. Los investigadores trabajaban en la sala contigua y Bash coordinaba el traslado en el exterior.

—La fotografía te humilló —dije.

—Sí.

—Y aun así defendiste a Evie.

—Porque no fue ella quien me humilló.

—Fui yo.

—Sí.

No intentó reducirlo.

—Lo siento.

—Lo sé.

—No cambia nada.

—No.

La honestidad de Isabella era una superficie demasiado limpia. No había dónde esconderse.

—Te deseo —dije.

Sus ojos se oscurecieron.

—Adrien.

—No voy a besarte.

—Bien.

—No porque no quiera.

—Eso lo vuelve menos tranquilizador.

Di un paso.

Isabella permaneció inmóvil.

—Cuando estábamos en Bruselas no pensé en Evie.

—Pensabas que podíamos morir.

—Ahora no.

—Acabas de verla besar a Noah.

Me detuve.

—Por eso no voy a tocarte.

Algo se suavizó en su rostro.

—Finalmente.

—No parezcas tan sorprendida.

—Esperé años para que aprendieras a detenerte antes de causar el daño.

—Podrías esperar varios más para el resto de mi desarrollo.

—No lo haré.

La frase no fue una amenaza.

Fue una verdad.

Isabella avanzó.

Quedó suficientemente cerca para que percibiera su perfume.

—Te amo —dijo—. Pero no esperaré eternamente a que decidas si puedes quererme mientras continúas perteneciendo emocionalmente a otra mujer.

—No pertenezco a nadie.

—Entonces deja de actuar como si Evie acabara de llevarse todo.

La imagen del beso regresó.

—No sé qué puedo ofrecerte.

—Cuando lo sepas, dímelo.

Pasó junto a mí.

Sujetó mi mano durante un segundo.

No un gesto romántico.

Una despedida temporal.

Después salió.

Permanecí solo dentro de la cámara construida para proteger una Corona.

No intenté detenerla.

Era otra mejora.

También dolía.

* * *

El mensaje llegó a las dos y trece de la madrugada.

No apareció en mi teléfono.

Se imprimió dentro de la oficina de seguridad del hospital.

Una sola página.

Una fotografía ocupaba el centro.

Alexander dormía.

La imagen había sido tomada desde el interior de su habitación. Se veía la cama, el monitor y parte de la ventana.

También se distinguía la hora.

01:58.

Quince minutos antes.

Debajo aparecía una frase.

MIENTRAS MIRABAS CÓMO ELLA ELEGÍA A OTRO, YO ESTABA JUNTO A TU HERMANO.

Bash ya estaba en camino cuando lo llamé.

Yo llegué primero.

Atravesé el corredor acompañado por cuatro agentes.

La puerta de Alexander permanecía cerrada.

El guardia asignado estaba inconsciente dentro de un pequeño baño.

Respiraba.

Había una jeringa junto a su cuello.

Entré con el arma de uno de los agentes.

La habitación parecía vacía.

Alexander continuaba dormido.

Me acerqué.

—Alexander.

No reaccionó.

—Alexander.

Toqué su cuello.

Pulso.

Vivo.

Abrí sus párpados.

No despertó.

—¡Médico!

El equipo entró.

Me apartaron mientras revisaban las vías y tomaban muestras.

—Recibió un sedante —informó una doctora—. La dosis no parece letal.

—¿Cómo entró alguien?

Nadie respondió.

Los agentes revisaban armarios, ventanas y conductos.

Encontraron una silla junto a la cama.

No pertenecía a la habitación.

Sobre ella había una lira dorada.

Aristeo.

Tomé el prendedor.

—Señor, no lo toque —advirtió un agente.

Lo dejé dentro de una bolsa.

Bash apareció en la puerta.

—Cerramos el hospital.

—Ya salió.

—No lo sabemos.

—Siempre sale.

Miré a Alexander.

Dormía bajo los efectos de otra sustancia que alguien había introducido en su cuerpo.

Otra vez.

Mi teléfono vibró.

Una noticia mostraba a Evie besando a Noah.

Bloqueé la pantalla.

No era el momento.

Orfeo esperaba que corriera detrás de ella.

Que utilizara la filtración como excusa para romper mi promesa y abandonar a mi familia mientras alguien entraba en la habitación de Alexander.

Esta vez no había funcionado.

Me senté junto a mi hermano.

Tomé su mano.

—Trasládalo —ordené.

—¿A dónde? —preguntó Bash.

—No lo registrarás. Solo tú, Ginny y yo conoceremos la ubicación hasta que despierte.

—Tu familia preguntará.

—No les diremos.

—¿Ni siquiera a tus padres?

—A nadie.

Bash observó mi rostro.

—¿Y Beatrice?

La decisión dolió.

—Tampoco.

—Te odiará.

—Puede hacerlo cuando Alexander esté a salvo.

Mi hermano siempre había dicho que convertirnos voluntariamente en villanos era otra forma de controlar a quienes amábamos.

Quizá tenía razón.

Aun así, esa noche no podía permitirme aprender la lección completa.

Evie había elegido a Noah frente al mundo.

Isabella se negaba a esperar para siempre.

Mi padre podía estar ocultando décadas de delitos.

Pero Alexander continuaba vivo.

Y mientras el sedante corría por sus venas, solo existía una elección que todavía me pertenecía.

Me quedé junto a mi hermano.

Esta vez elegí llegar primero.