Capítulo 11 #2
—Utilizando una estructura que ayudaste a construir.
Las puertas se abrieron.
Mi padre no salió.
Presionó el botón para cerrarlas.
El ascensor volvió a subir.
—Entregaste la Corona al Parlamento —dijo.
—Tú la entregaste a Aristeo.
—Intentaba protegerla.
—De Alexander.
—De una crisis de sucesión.
—Él no es una crisis.
—Es un heredero que puede perder horas de memoria.
Lo sujeté por la solapa.
—No vuelvas a reducirlo a eso.
Mi padre no se defendió.
—¿Crees que yo no estaba aterrorizado? —preguntó—. ¿Que no pasé noches junto a su cama preguntándome si despertaría recordando mi nombre?
Aflojé los dedos.
—No te vi.
—Porque un rey no puede derrumbarse frente a su hijo cuando ese hijo necesita creer que todo está bajo control.
—No necesitaba un rey.
—Yo no sabía cómo dejar de serlo.
La respuesta me detuvo.
Edmund separó mi mano de su chaqueta.
—Cometí errores —continuó—. Pero tú acabas de convertir nuestras debilidades en propiedad del Gobierno.
—Eran pruebas de delitos.
—También incluyen la enfermedad de tu hermano, las negociaciones con España y tu relación con Evelyn.
—Ginny protegió los archivos personales.
—Ninguna protección es perfecta. Lo aprenderás cuando otra cosa termine en la prensa.
El ascensor se detuvo.
Mi padre salió.
Antes de que las puertas se cerraran, se volvió.
—La verdad no te amará por haberla elegido.
—La mentira tampoco.
Las puertas se cerraron entre ambos.
Su frase continuó conmigo.
* * *
Lorraine envió el registro a Isabella esa misma tarde.
No llamó.
No exigió nuevas condiciones.
Una memoria apareció dentro del buzón diplomático de la embajada española acompañada por una nota escrita a mano.
No confíe en las voces. Siga el dinero.
Nos reunimos en una sala del ala española de Kensington.
Bash conectó la memoria a un ordenador aislado. Ginny revisó los archivos mientras Isabella permanecía junto a la ventana.
Llevaba un vestido color burdeos, zapatos bajos y el cabello negro completamente suelto. El corte del pómulo se había transformado en una línea fina.
—El registro coincide con parte de la carpeta recuperada —dijo Ginny—. Las firmas digitales parecen auténticas.
—¿Mi padre? —pregunté.
—Los pagos autorizados por Edmund terminaron hace ocho años.
Isabella se volvió.
—Entonces Lorraine decía la verdad.
—Sobre eso —aclaró Bash—. No significa que todo lo demás sea cierto.
Ginny abrió una nueva tabla.
—Los fondos recientes proceden de Crown Continuity Trust.
—¿Propietario?
—Un fideicomiso no tiene propietario. Tiene administradores y beneficiarios.
—¿Quién administra?
—Legalmente, una sociedad de Jersey controlada por otra en Luxemburgo.
—Qué inesperado. Los criminales disfrutan de la eficiencia fiscal.
—El fundador fue Frederick Hawthorne.
—El tío de mi padre.
—Sí.
—Murió hace más de veinte años.
—El fideicomiso continuó operando bajo instrucciones sucesorias.
—¿Quién heredó el control?
Ginny negó.
—El nombre está protegido mediante una cláusula real.
Isabella se acercó al ordenador.
—España tiene un registro parecido. Aristeo creó dos estructuras paralelas para evitar que una sola casa pudiera controlar los fondos.
—¿Tu familia conserva acceso?
—No oficialmente.
—¿Y de manera poco oficial?
Una sonrisa apareció.
—Mi abuela consideraba que la ley era una sugerencia escrita por hombres menos interesantes.
—Me habría agradado.
—Ella te habría considerado demasiado inglés.
Bash amplió una referencia.
—Hay una ubicación asociada con varias transferencias.
—¿Dónde?
—Windsor. Capilla de San Jorge.
—¿Una cuenta bancaria debajo de una iglesia?
—Una cámara documental —explicó Ginny—. Algunas fundaciones reales guardan actas y objetos en depósitos privados.
—¿Quién tiene acceso?
—El rey, el custodio de archivos y miembros registrados del fideicomiso.
—Mi padre.
—Probablemente.
—¿Alexander?
Ginny me observó antes de responder.
—Como heredero, puede acceder a las cámaras de la Corona.
—No significa que conociera esta.
—No.
Bash cerró el archivo.
—Solicitaremos autorización a la comisión.
—Orfeo sabrá que vamos.
—No si la orden permanece sellada.
—Orfeo conoció tres propiedades secretas.
—Entonces quizá ninguna orden permanezca sellada.
Isabella cruzó los brazos.
—Entraremos esta noche.
Bash negó.
—Necesitamos un equipo.
—Un equipo crea registros —respondió—. Bastarán ustedes, dos investigadores de la comisión y yo.
—No eres agente.
—Tampoco Adrien y eso no le ha impedido entrar primero a cada lugar peligroso.
—Tengo mala supervisión.
Bash me ignoró.
—No sabemos qué hay dentro.
—Precisamente —dijo Isabella—. Si esperamos, tampoco lo sabremos mañana.
Ginny cerró su carpeta.
—Solicitaré la orden.
—¿No vas a impedirlo? —pregunté.
—He aceptado que la autopreservación no forma parte de tus capacidades. Me concentro en reducir las consecuencias legales.
Isabella tomó su abrigo.
—Nos vemos en Windsor.
Pasó junto a mí.
Su hombro rozó el mío.
Un contacto pequeño.
Deliberado.
La observé alejarse.
Ginny lo notó.
—No.
—No he hecho nada.
—Por eso te lo digo con anticipación.
* * *
La cámara estaba debajo de la capilla.
El acceso se ocultaba detrás de una puerta de madera cerca de la sacristía. El custodio negó conocer el Crown Continuity Trust hasta que Ginny mostró la orden.
Después recordó una cantidad sorprendente de detalles.
Descendimos por una escalera de piedra.
El aire se volvió frío.
La cámara contenía estanterías, cajas de seguridad y archivadores con símbolos de varias casas europeas.
Una lira rodeada por llamas aparecía sobre la pared del fondo.
—Aristeo —murmuró Isabella.
Bash fotografió la habitación antes de permitirnos avanzar.
Dos investigadores comenzaron a catalogar las cajas.
Yo encontré la primera con nuestro apellido.
HAWTHORNE.
Dentro había expedientes separados.
EDMUND.
HELENA.
ALEXANDER.
ADRIEN.
BEATRICE.
El nombre de mi hermana produjo una oleada de rabia.
Abrí su carpeta.
Fotografías de su universidad.
Informes sobre sus amistades.
Evaluaciones de personalidad.
Una página analizaba su apego emocional hacia sus hermanos y la posibilidad de utilizarlo para influir en nosotros.
—No leas más —dijo Bash.
—Tiene derecho a saber.
—Sí. No significa que debas hacerlo sin ella.
Cerré la carpeta.
Había aprendido algo.
Una cantidad insuficiente.
Tomé la de Alexander.
Contenía grabaciones.
Decenas.
Fechas, duración de episodios y transcripciones.
Una llevaba la etiqueta:
SUJETO AH-1. RESPUESTA ANTE POSIBLE REEMPLAZO.
Introduje el archivo dentro del reproductor.
La voz de Alexander llenó la cámara.
Estaba desorientado.
Lloraba.
—Adrien no quiere mi lugar —decía—. No lo obliguen. Él siempre acepta cuando alguien le dice que lo necesita.
Otra voz preguntó:
—¿Aceptaría marcharse a España?
—Si creyera que me ayuda.
—¿Y si existiera otra mujer?
—No sé.
—¿Una mujer incompatible con la Corona?
Alexander respiró.
—Intentaría protegerla.
—¿Incluso de usted?
—Especialmente de nosotros.
Detuve la grabación.
Me faltaba aire.
Isabella estaba detrás de mí.
Había escuchado.
—Lo interrogaron durante un episodio —dije.
—Sí.
—Utilizaron sus respuestas para diseñarlo todo.
—Adrien.
Golpeé el reproductor contra la mesa.
Bash me sujetó la muñeca antes del segundo impacto.
—Es evidencia.
—Es mi hermano.
—Precisamente.
Me liberé.
—Nadie escuchará esto.
—La comisión deberá analizarlo.
—No.
—No decides…
—No entregaré su humillación a veinte funcionarios.
Ginny se interpuso.
—Podemos solicitar que un perito independiente verifique las grabaciones y entregue transcripciones limitadas.
—Ninguna transcripción.
—Adrien.
—Lo drogaron. No había consentimiento.
—Y necesitamos demostrarlo.
—No a costa de hacerlo otra vez.
Isabella tomó la memoria de mis manos.
—Protegemos los audios originales bajo orden judicial. Solo se reproducen los fragmentos estrictamente necesarios y Alexander conserva derecho a revisar las transcripciones.
La miré.
—¿Eso es posible?
Ginny asintió.
—Puedo solicitarlo.
—Hazlo.
Continuamos.
Mi expediente era más grueso.
La primera página resumía mi formación, relaciones, conflictos públicos y resultados universitarios.
La segunda analizaba mis respuestas emocionales.
Necesidad de intervención ante figuras vulnerables.
Hostilidad hacia la autoridad paternal.
Lealtad extrema al hermano mayor.
Miedo al abandono disfrazado de desapego.
—Inexacto —murmuré.
Isabella leyó por encima de mi hombro.
—¿Qué parte?
—No disfrazo nada.
—Naturalmente.
Encontré el archivo sobre Evie.
VARIABLE EH.
VÍNCULO DE RUPTURA.
Objetivo: activar rechazo institucional de AH-2, intensificar conflicto con AH-1 y reducir su disposición a aceptar obligaciones sucesorias.
—Querían enfrentarme con Alexander —dije.
—No funcionó —respondió Bash.
—Casi.
Recordé todas las veces que interpreté el acuerdo con Isabella como una estrategia de mi hermano para enviarme lejos.
Las conversaciones donde convertí su enfermedad en una traición.
—Sabían que la desearías —dijo Isabella.
—No podían saber que me enamoraría.
—No lo necesitaban.
Otra página llevaba su nombre.
ISABELLA DE VALCÁZAR.
SOLUCIÓN DE CONTINUIDAD.
Capacidad alta para establecer alianza funcional con AH-2. Apego emocional preexistente. Riesgo: resistencia ante pérdida de autonomía.
Isabella tomó el documento.
Su expresión no cambió.
Solo el modo en que sus dedos presionaron el papel.
—“Apego emocional preexistente” —leyó—. Ni siquiera pudieron escribir que estaba enamorada.
—Porque para ellos eras una función.
—Igual que Evie.
Nuestros ojos se encontraron.
Durante meses habíamos tratado a Evie e Isabella como extremos opuestos de una elección.
La mujer que representaba la libertad.
La que representaba el deber.
Aristeo había creado esas definiciones antes que nosotros.
—No eres una solución —dije.
—Ni ella una ruptura.
—Lo sé.
—¿Ahora?
—Desde antes.
Isabella dejó el documento.
—No siempre actuaste como si lo supieras.
—Tienes razón.
Esperaba una discusión.
Ella no la ofreció.
Continuó revisando archivos.
Encontró la grabación de mi padre.
La voz de Edmund surgió clara.