Donde arden las coronas (Una corona de mentiras 2) Capítulo 11
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Capítulo 11

El precio de la verdad

El avión de Evie abandonó Londres a las nueve y diecisiete de la mañana.

No observé el despegue desde el aeropuerto.

No envié un automóvil.

No pedí la ruta ni los nombres de los hoteles donde se hospedaría durante los siguientes tres meses.

Permanecí dentro del despacho temporal que me habían asignado en Kensington, frente a una mesa cubierta con documentos constitucionales, mientras un punto blanco avanzaba sobre una aplicación pública.

Era un vuelo privado registrado a nombre de la productora de Noah.

Información disponible para cualquier persona.

No la estaba siguiendo.

Solo contemplaba un punto moverse sobre el mapa hasta que desapareció de la costa británica.

Había aprendido que el respeto también podía convertirse en una forma sofisticada de tortura.

—Ya salió del espacio aéreo —dijo Bash desde el sofá.

Cerré la aplicación.

—No estaba comprobando eso.

—Naturalmente. Estudiabas las rutas comerciales del Atlántico.

—Negocios Internacionales requiere actualización constante.

Bash llevaba veinte minutos fingiendo revisar un informe. No había cambiado de página.

—¿Solicitaste el itinerario? —preguntó.

—No.

—¿A su abogada?

—No.

—¿A seguridad estadounidense?

—No.

—¿A Beatrice?

—Tampoco.

Levantó la mirada.

—Estoy impresionado.

—Me preocupa que tus expectativas sean tan bajas.

—Hace dos semanas pediste conocer cuántas veces Noah había dormido en su casa.

—Por seguridad.

—Continuar repitiéndolo no mejorará la mentira.

Mi teléfono vibró.

No era Evie.

Una notificación mostró un video grabado junto a la terminal privada. Evie caminaba entre Naomi y uno de sus guardias. Llevaba un abrigo negro, gafas oscuras y el cabello recogido sobre la nuca.

Noah avanzaba a su lado con una mochila sobre un hombro.

Un periodista atravesó la barrera.

—¡Evie! ¿Es oficial su relación con Noah Reyes?

Los agentes intentaron apartarlo.

Evie se detuvo.

Noah le dijo algo.

Ella negó y se volvió hacia las cámaras.

—No hablaré sobre mi vida privada —declaró.

—¿Por qué viajan juntos?

—Porque estamos trabajando en un álbum.

—¿Está enamorada de él?

La pregunta consiguió que Noah tensara la mandíbula.

Evie guardó silencio.

Después miró hacia él.

Solo durante un segundo.

—Noah es una persona con la que puedo respirar —respondió—. Me hace sentir libre. Eso es lo único que diré.

Se marcharon.

El video terminó.

Volvió a comenzar automáticamente.

Una persona con la que puedo respirar.

Yo había aprendido el ritmo exacto de sus crisis.

Cuatro segundos al inhalar.

Cuatro al contener.

Cuatro al soltar.

Noah había conseguido convertirse en el aire.

—No lo reproduzcas otra vez —dijo Bash.

—No pensaba hacerlo.

El video comenzó por tercera vez.

Cerró la aplicación por mí.

—Marcus será trasladado esta tarde —informó.

—¿A dónde?

—No necesitas saberlo.

—Presido parte de la investigación.

—Y Orfeo accedió a las últimas tres propiedades seguras que utilizamos.

—No soy Orfeo.

—El problema no es que tú conozcas la ubicación. Es la cantidad de sistemas donde tendría que registrarla para informarte.

Tenía razón.

Eso comenzaba a ocurrir con una frecuencia ofensiva.

—¿Alexander? —pregunté.

—Inicia rehabilitación en diez minutos.

Me levanté.

—No aparecía en mi agenda.

—Porque dijo que no quería que fueras.

—¿Por qué?

Bash guardó el informe.

—Probablemente porque sabe que intentarás golpear al fisioterapeuta cuando le provoque dolor.

—No golpearía a un profesional médico.

—Amenazaste a tres durante la primera noche.

—Contexto distinto.

—La frase familiar.

Tomé la chaqueta.

—No intervengas —advirtió.

—Solo observaré.

—Tú observas como otras personas invaden países.

* * *

Alexander no pudo ponerse de pie.

Lo intentó tres veces.

En la primera, el fisioterapeuta y una enfermera lo ayudaron a sentarse en el borde de la cama. Mi hermano apretó los dientes mientras bajaban la pierna derecha.

La piel estaba cubierta por hematomas. Varias cicatrices atravesaban el muslo y una estructura más pequeña mantenía alineada la articulación.

Yo observaba detrás del cristal.

Alexander no sabía que estaba allí.

O fingía no saberlo.

El fisioterapeuta colocó un andador frente a él.

—No tiene que cargar peso sobre la pierna derecha —explicó—. Solo necesitamos que se sostenga con la izquierda y los brazos.

Alexander asintió.

Apoyó las manos.

La primera vez no consiguió separar el cuerpo de la cama.

La segunda se elevó algunos centímetros antes de volver a caer.

La tercera quedó de pie.

Durante menos de un segundo.

Su pierna izquierda cedió.

El fisioterapeuta lo sujetó por la cintura y la enfermera protegió la derecha.

Alexander gritó.

Un sonido bajo.

Roto.

Avancé hacia la puerta.

Bash bloqueó el paso.

—No.

—Está sufriendo.

—Eso es rehabilitación.

—Lo dejaron caer.

—Lo sostuvieron.

—Apártate.

—Te pidió que no estuvieras.

—No sabía lo que ocurriría.

Bash me miró.

—Precisamente por eso.

Dentro de la habitación, Alexander empujó al fisioterapeuta.

—No me toque.

—Necesitamos volver a la cama.

—He dicho que no.

—Podemos intentarlo mañana.

—Otra vez.

—Su cuerpo necesita descansar.

—Otra vez.

El fisioterapeuta observó el monitor.

—Cinco minutos.

Alexander volvió a sujetar el andador.

Sus brazos temblaban.

Lo intentó.

No llegó a ponerse de pie.

Golpeó la estructura con la palma.

—¡Otra vez!

Entré antes de que Bash pudiera detenerme.

Mi hermano levantó la mirada.

La furia apareció inmediatamente.

—Sal.

—No.

—Te dije que no vinieras.

—Y yo tengo una relación compleja con las instrucciones.

—No quiero que me veas así.

La frase silenció la habitación.

El fisioterapeuta hizo una señal a la enfermera.

Ambos salieron.

Bash cerró la puerta detrás de ellos.

Quedamos solos.

Alexander todavía estaba sentado en el borde de la cama. El cabello castaño se había pegado a su frente y pequeñas gotas de sudor descendían por sus sienes.

—No puedes estar presente cada vez que fallo —dijo.

—No fallaste.

—No pude mantenerme de pie durante un segundo.

—Te abrieron el abdomen y reconstruyeron parte de tu pierna hace menos de una semana.

—El país espera que decida si puedo ser rey.

—El país puede esperar.

—Tú no comprendes.

—Comprendo más de lo que crees.

—Puedes caminar.

—Una hazaña que rara vez contribuye a mis responsabilidades oficiales.

Alexander tomó el vaso de la mesa y lo lanzó.

Chocó contra la pared.

No era de vidrio.

El hospital había aprendido.

—¡Deja de hacer bromas!

Su voz se quebró.

Me quedé inmóvil.

—No puedes convertir esto en algo soportable con una frase —continuó—. No puedo caminar. No sé si mis recuerdos me pertenecen. Mi padre permitió que me estudiaran como un riesgo y hay personas frente al hospital pidiendo que desaparezca.

—Lo sé.

—No, no lo sabes.

Se golpeó el pecho.

—Tú puedes abandonar un palacio, emborracharte, acostarte con alguien y seguir siendo el príncipe encantadoramente rebelde. Yo olvidé cinco horas y comenzaron a preparar mi sustitución.

—Nunca te sustituiré.

—¡Todo el país está intentando hacerlo por ti!

El monitor aceleró.

—Alexander.

—Vete.

—No.

—¡Vete!

—No.

Intentó levantarse sin el andador.

La pierna cedió.

Esta vez llegué antes que el fisioterapeuta.

Lo sujeté por el torso.

Alexander golpeó mi pecho.

—Suéltame.

—Cuando estés sentado.

—No quiero que me ayudes.

—Eso no significa que dejaré que caigas.

Me golpeó otra vez.

Su puño carecía de fuerza.

El siguiente impacto se convirtió en una mano aferrada a mi camisa.

—Te odio —murmuró.

—Lo sé.

—No lo sabes.

—Puedes explicarlo cuando dejes de intentar derribarme desde una sola pierna.

Un sonido escapó de su boca.

No fue una risa.

Tampoco un sollozo.

Lo ayudé a bajar al suelo.

Nos sentamos junto a la cama.

Alexander apoyó la espalda contra el colchón y dejó la cabeza entre las manos.

—Lo siento —dijo.

—No.

—Te grité.

—He sobrevivido a experiencias peores.

—Te dije que te odiaba.

—Durante la adolescencia lo hacías una vez por semana.

—Porque te acostaste con mi compañera de clase.

—No sabía que te gustaba.

Alexander levantó el rostro.

—Era mi novia.

—La comunicación dentro de la relación parecía deficiente.

Me golpeó el hombro.

Esta vez reímos.

Solo durante un segundo.

Después sus ojos se llenaron.

—Tengo miedo —admitió.

No prometí que volvería a caminar.

No dije que todo estaría bien.

Me senté junto a él hasta que su respiración se estabilizó.

—¿Quieres intentarlo otra vez? —pregunté.

Alexander miró el andador.

—No.

—Bien.

—Mañana.

—Mañana.

El fisioterapeuta apareció en la puerta.

Alexander extendió una mano.

Lo ayudamos a regresar a la cama.

Antes de marcharme, mi hermano sujetó la manga de mi chaqueta.

—¿Evie se fue?

—Esta mañana.

—¿La llamaste?

—No.

—¿Quieres hacerlo?

—Sí.

—¿Lo harás?

Miré su mano sobre mi brazo.

—No.

Alexander asintió.

—Lo siento.

—Todos parecen sentirlo por mí. Resulta agotador.

—Quizá deberías dejar de sufrir de manera tan visible.

—Mi familia me acusa de lo contrario.

—Nunca estamos conformes.

Besé su frente.

—Descansa.

—No regreses mañana.

—Naturalmente.

—Adrien.

—Intentaré no ser visto.

Salí antes de que pudiera lanzarme otro vaso.

* * *

Mi padre me esperaba dentro del ascensor.

No sabía cómo había conseguido evitar a seguridad.

Probablemente ser rey todavía abría algunas puertas.

Entré.

Las puertas se cerraron.

Edmund llevaba un traje oscuro y una corbata azul. Había perdido peso durante los últimos días. Las líneas alrededor de su boca parecían más profundas.

—La comisión suspendió mi acceso a los informes de Aristeo —dijo.

—Una decisión razonable.

—Tú la recomendaste.

—Sí.

—También entregaste documentos que contienen conversaciones privadas de la familia.

—Entregué pruebas.

—Sin consultar a la Corona.

—Yo represento a la Corona.

Mi padre soltó una risa amarga.

—Cuando resulta conveniente.

—La mayoría de las tradiciones familiares funcionan así.

El ascensor descendía lentamente.

—El Gobierno discute limitar varias prerrogativas reales —continuó—. Algunos ministros exigen una revisión completa del financiamiento de la Casa.

—Eso ocurre cuando el rey participa durante décadas en una organización secreta.

—Aristeo protegió intereses británicos.

—Drogó a tu hijo.

—Después de que me retirara.