Donde arden las coronas (Una corona de mentiras 2) Capítulo 10 #5
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Capítulo 10 #5

—Alguien que conocía nuestras conversaciones privadas.

Mi padre me observó.

—Entonces está más cerca de nosotros de lo que quiero admitir.

—Marcus repitió una frase tuya.

—La heredé de Frederick.

—¿Quién más la conocía?

—Toda la familia.

—Beatrice no.

—Era una expresión utilizada durante reuniones institucionales.

—Alexander.

Mi padre guardó silencio.

—¿La conocía?

—Sí.

—Eso no significa nada.

—No he dicho que lo hiciera.

—Todos continúan pronunciando su nombre como si estuvieran colocando una semilla.

—Adrien.

—Mi hermano casi murió por salvarme.

—Lo sé.

—No permitiré que utilices su enfermedad para sospechar de él.

—No lo hago.

—Bien.

Tomé la página.

—Entregarás todos los archivos de Aristeo a la comisión.

—Algunos contienen información de otras casas reales.

—No me importa.

—Podría provocar una crisis internacional.

—Ya tenemos una.

—Expondría operaciones de seguridad.

—También expuso a tus hijos.

Mi padre apoyó ambas manos sobre el escritorio.

—Si libero todo, quizá no quede una Corona que proteger.

—Entonces finalmente comprenderemos cuánto valía.

Salí.

* * *

Alexander dormía cuando llegué al hospital.

Beatrice se había acurrucado en el sillón con una manta sobre el cuerpo. Mi madre leía junto a la ventana.

Me acerqué a la cama.

El rostro de mi hermano parecía tranquilo.

Demasiado joven.

Demasiado inocente para la cantidad de personas que ya intentaban decidir qué debía ocurrir con su vida.

Mi madre cerró el libro.

—¿Encontraste a Lorraine?

—Escapó.

—¿Qué dijo?

—Que padre no dirige Orfeo.

—¿Le crees?

—No lo sé.

—¿Y Alexander?

La miré.

—¿Qué ocurre con él?

—Preguntó si recuperaron los registros.

—No significa nada.

—No he dicho que lo hiciera.

—Todos están haciéndolo.

Mi voz despertó a Beatrice.

Se incorporó.

—¿Qué ocurre?

—Nada.

Alexander abrió los ojos.

Nos encontró alrededor de su cama.

—Parece una vigilia —murmuró.

—Es la manera más sencilla de impedir que escapes —respondí.

—Con esta pierna no sería especialmente difícil alcanzarme.

Me senté.

—Evie se marcha de gira.

No sabía por qué se lo contaba.

Quizá porque con él ya no tenía que fingir que no me destruía.

Alexander me observó.

—Con Noah.

—Sí.

—Lo siento.

—Todos siguen diciendo eso.

—Probablemente porque resulta triste.

—Una teoría revolucionaria.

—¿Intentaste detenerla?

—No.

Mi hermano pareció aliviado.

—Bien.

—No digas eso.

—No me alegra que se marche. Me alegra que respetaras su decisión.

Miré su pierna inmovilizada.

—La firma falsa salió de tu sistema.

Alexander quedó inmóvil.

—¿Qué firma?

Le expliqué el documento.

La autorización.

Los informes psicológicos.

El modo en que Orfeo había utilizado el primer comunicado que firmé para protegerla.

El dolor apareció lentamente en el rostro de mi hermano.

—Lo siento.

—No es tu culpa.

—Todo continúa saliendo de mi oficina.

—Porque alguien obtuvo acceso mientras estabas enfermo.

—O porque no protegí suficiente información.

—No conviertas cada delito cometido contra ti en una decisión tuya.

Alexander miró hacia nuestra madre.

Después hacia Beatrice.

—¿Quiénes tenían acceso?

—Marcus, Lawson, algunos técnicos y tú.

—Yo.

—Tú eras la víctima.

—También podía moverme durante los episodios.

—No sabías lo que hacías.

—Eso no significa que no lo hiciera.

Me acerqué.

—Alexander.

—Si alguien utilizó mis manos, mis códigos o mi voz…

—Entonces sigue siendo responsabilidad de quien te utilizó.

Sus ojos se llenaron.

—No quiero ser el motivo por el que la pierdas.

La frase me atravesó.

—No lo eres.

—Se marcha porque un documento salió de mi sistema.

—Se marcha porque yo le mentí antes suficientes veces para que una falsificación resultara creíble.

Alexander bajó la mirada.

Tomé su mano.

—Tú no hiciste esto.

Él cerró los dedos alrededor de los míos.

—Gracias por creerme.

No existía una sola duda dentro de mí.

Mi hermano había sangrado por salvarme.

Había defendido mi inocencia frente al mundo.

Había rechazado la Corona antes que aceptar que yo cargara con ella.

Orfeo utilizaba su oficina porque Alexander era el punto más vulnerable de nuestra familia.

No porque fuera el responsable.

Apoyé la frente sobre su mano.

—Duerme.

—No tengo otra actividad programada.

—Una mejora considerable de tu agenda.

Alexander sonrió.

Cerró los ojos.

Mi madre retomó el libro.

Beatrice volvió a acomodarse sobre el sillón.

Permanecí junto a la cama.

Evie se marcharía en cuatro días.

Mi padre podía perder la Corona.

Isabella había arriesgado la vida para obtener una verdad incompleta.

Y la persona responsable continuaba escondida detrás de un título que podía pertenecer a demasiados hombres.

Observé a Alexander dormir.

Orfeo conocía nuestra infancia.

Nuestros sistemas.

La frase de mi padre.

Los miedos de Isabella.

El lugar exacto donde debía caer la estructura para que mi hermano eligiera salvarme.

No sospeché de él.

No entonces.

Solo pensé que alguien había estudiado a Alexander tan profundamente que podía utilizar incluso su amor por mí como un arma.

Todavía no comprendía que nadie necesita estudiar un sacrificio cuando es quien decide realizarlo.