Capítulo 10 #3
Bash se colocó delante de Isabella.
—Bájela.
—Los teléfonos sobre la mesa.
—Primero el arma.
—No.
Lorraine me reconoció.
Sus ojos se llenaron de algo que no parecía miedo.
—Se parece más a él de cerca —dijo.
—¿A quién?
—Al rey.
—Eso resulta ofensivo para ambos.
Bash no sonrió.
Lorraine bajó lentamente el arma.
La dejó sobre el suelo y la empujó con el pie.
Nosotros depositamos los teléfonos dentro de una bolsa aislante.
Isabella avanzó.
—Tiene el acuerdo solicitado. Protección temporal española, inmunidad condicionada a la veracidad de su testimonio y revisión separada de cualquier delito con resultado de muerte.
—Eso no es inmunidad.
—Tampoco usted es inocente.
Lorraine soltó una risa seca.
—Una futura reina.
—Una mujer con poco tiempo.
—Él dijo que sería buena.
Isabella quedó inmóvil.
—¿Quién?
Lorraine abrió la mochila.
Sacó una carpeta y una memoria.
—Orfeo.
—¿Conoce su identidad? —pregunté.
—No su nombre.
—Entonces no tienes aquello que prometiste.
—Sé lo que es.
—¿Qué?
—Un título.
La lluvia golpeaba los ventanales rotos.
—Todos lo llamaban Su Alteza —continuó—. No era una cortesía falsa. Cuando hablaba de ustedes, lo hacía como alguien que había crecido dentro de la misma estructura.
—¿Británico? —preguntó Bash.
—Probablemente.
—¿Hombre?
—La voz estaba alterada.
—¿Qué te ordenó hacerle a Alexander?
Lorraine me miró.
—Registrar los episodios. Modificar algunas dosis para prolongarlos y comprobar cuánto podía recordar después.
Mis manos se cerraron.
—Lo envenenaste.
—No debía existir daño permanente.
—Perdió horas de su vida.
—Me dijeron que la enfermedad ya avanzaba.
—Y decidiste convertirlo en un experimento.
Lorraine levantó el mentón.
—Usted permitió que una mujer fuera evaluada por una empresa mientras la llevaba a una casa secreta.
El golpe fue preciso.
—No somos iguales.
—Nadie lo cree cuando ocupa el lado correcto de una acusación.
Avancé.
Bash extendió un brazo.
—Los registros —dijo.
Lorraine abrió la carpeta.
Había transferencias, autorizaciones y nombres codificados.
Uno llevaba las iniciales E.H.
Edmund Hawthorne.
—El rey aprobó la primera fase del Proyecto Orfeo —explicó—. Evaluación de los dos príncipes, estabilidad del heredero y posibilidades de traslado del segundo hijo.
—¿Autorizó las drogas?
—No.
—¿Las grabaciones?
—No directamente.
—¿Qué significa eso?
—El proyecto cambió de dirección hace dieciocho meses. Alguien eliminó al consejo y centralizó las órdenes. Adoptó Orfeo como nombre.
—¿Mi padre? —pregunté.
—No.
La respuesta llegó inmediata.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque Orfeo lo despreciaba.
—Eso no demuestra nada.
—Lo llamaba “el rey que confunde obediencia con amor”.
Recordé cada discusión con mi padre.
Cualquiera que nos hubiera observado podía describirlo así.
—¿Quién dirigía las órdenes? —preguntó Isabella.
Lorraine miró hacia ella.
—Alguien que conocía sus conversaciones privadas. Sabía que usted pediría a Adrien que la besara antes de que ocurriera.
Isabella perdió el color.
—Eso es imposible.
—También sabía que Alexander sugeriría el acuerdo español.
—¿Quién? —exigí.
Lorraine sujetó la memoria.
—Su Alteza…
Las luces se apagaron.
Bash nos empujó al suelo.
Un disparo atravesó el ventanal.
El cristal estalló sobre nosotros.
—¡Cobertura!
Otro disparo golpeó una columna.
Isabella cayó junto a mí.
La cubrí con mi cuerpo.
—Estoy bien —dijo.
—Quédate abajo.
—No me aplastes y quizá pueda hacerlo.
Lorraine corrió hacia una puerta lateral con la mochila.
—¡Deténganla! —grité.
Bash disparó hacia la ventana.
Un agente salió detrás de Lorraine.
Una alarma comenzó a sonar en el edificio.
Humo blanco entró desde el corredor.
—Gas —dijo Bash—. Salida norte.
Sujetó a Isabella por un brazo.
Avanzamos agachados.
El humo quemaba los ojos.
Escuché pasos detrás.
Giré.
Una figura apareció con mascarilla y arma.
Me lancé sobre ella antes de que pudiera apuntar.
Chocamos contra una mesa.
El arma cayó.
El hombre golpeó mi mandíbula.
Respondí con el puño.
Una vez.
Dos.
Intentó alcanzar un cuchillo.
Le sujeté la muñeca y la golpeé contra el suelo.
Bash llegó y colocó una rodilla sobre su espalda.
—Muévete.
Isabella había abierto una puerta metálica.
Entramos los tres.
Bash cerró desde dentro mientras los agentes aseguraban al atacante.
Era una antigua cámara de seguridad.
El espacio apenas permitía permanecer de pie. Una luz roja iluminaba las paredes.
Isabella estaba pegada a mi cuerpo.
Su respiración golpeaba mi cuello.
Tenía un corte sobre el pómulo.
—Estás herida.
—Cristal.
Levanté la mano.
Ella sujetó mis dedos antes de que alcanzaran su rostro.
—No.
—Quiero ver el corte.
—Puedes verlo sin tocarme.
Estábamos demasiado cerca.
La adrenalina continuaba recorriendo mi cuerpo. Su perfume se mezclaba con el humo y el polvo.
—Te cubrí —dije.
—Lo noté.
—Podías haber recibido un disparo.
—Tú también.
—No deberías haber venido.
—No empieces.
—Tu padre me declarará la guerra.
—Tendrá que esperar hasta que yo termine de hacerlo.
La luz roja marcaba sus labios.
Pensé en besarla.
No por Evie.
No completamente.
Isabella lo vio.
Su mano continuaba alrededor de mi muñeca.
—No —repitió.
—No he hecho nada.
—Estabas a punto.
—Podía estar comprobando si tenías sangre en la boca.
—Siempre encuentras una explicación.
—Es una habilidad profesional.
—Adrien.
Sus ojos color miel permanecieron sobre los míos.
Había deseo.
También una decisión más fuerte.
—No voy a besarte dentro de una habitación donde creemos que podemos morir —dijo—. No seré otra reacción a tu miedo.
—No pensaba en Evie.
—No he pronunciado su nombre.
Me aparté cuanto permitía el espacio.
Isabella soltó mi muñeca.
—Cuando me beses —continuó—, si vuelve a ocurrir, quiero saber que no necesitas escapar de otra cosa.
—Tienes expectativas excesivas para un hombre educado por la monarquía.
—Por eso todavía no ocurre.
El comunicador de Bash se activó.
Habían despejado el corredor.
Lorraine había escapado.
También la agente enviada detrás de ella había desaparecido.
La carpeta permanecía en el comedor.
La memoria no.
—Nos utilizó —dije.
—O aprovechó el ataque —respondió Bash.
—Sabía que ocurriría.
—No podemos demostrarlo.
—¿El tirador?
—El hombre capturado no es quien disparó desde el edificio contrario. Tenía instrucciones para bloquear nuestra salida.
Isabella abrió la puerta.
—Lorraine todavía necesita protección.
—Y nosotros las pruebas que se llevó —dije.
—Volverá a contactar.
—¿Por qué?
—Porque ya no tiene ninguna Corona dispuesta a esconderla.
Salimos.
Sobre el suelo del comedor encontré una sola página arrancada de la carpeta.
En ella aparecía la autorización de mi padre.
Proyecto Orfeo. Fase inicial.
Evaluación de continuidad.
Debajo estaba la firma de Edmund Hawthorne.
No demostraba que fuera un asesino.
Solo que había ayudado a construir la herramienta que otro utilizaba para destruirnos.
* * *
Evie llamó mientras regresábamos a Londres.
La lluvia golpeaba el techo del avión. Isabella dormía en el asiento contrario con una venda pequeña sobre el pómulo. Bash revisaba los archivos recuperados.
Respondí en el compartimento trasero.
—Hola.
—¿Firmaste una autorización para que Asteria entregara mis evaluaciones psicológicas al Palacio?
No hubo saludo.
Su voz estaba helada.
—No.
—Hay un documento.
—Entonces es falso.
—Tiene tu firma.
—También utilizaron mis credenciales para sabotear Westminster.
—No compares esto con el atentado.
—Estoy explicando que pueden falsificarla.
—La fecha corresponde al día posterior a la gala.
Intenté recordar.
Había firmado declaraciones, autorizaciones de seguridad y acuerdos para que la investigación accediera al teléfono de Evie.
—Envíamelo.
—Ya lo hice.
Abrí el archivo.
La autorización llevaba mi nombre completo y mi firma.
Permitía compartir información psicológica y contractual de Evelyn Han con asesores de compatibilidad institucional vinculados con la Casa Real.
Sentí náuseas.
—Nunca vi esto.
—La firma es idéntica.
—La copiaron.
—¿De dónde?
Amplié la imagen.
Reconocí el trazo.
—De la declaración que firmé para asumir la responsabilidad después de la gala.
—¿Cómo accedieron a ella?
—Estaba dentro de nuestros sistemas.
—Tus sistemas.
—Sí.
—Entonces todo vuelve a tu familia.
—Evie…
—Primero el video. Después el acuerdo con Isabella. Ahora descubro que alguien estudió mis ataques de pánico para decidir si era compatible contigo.
—Yo no lo autoricé.
—Siempre existe algo que no autorizaste.
—Porque alguien está fabricando pruebas para separarnos.
—Ya estábamos separados.
Una voz masculina habló al otro lado.
Noah.
No comprendí las palabras, pero escuché su cercanía.
—¿Está contigo?
El silencio cambió.
—Sí.
—Naturalmente.
—No empieces.
—No he dicho nada.
—Tu voz sí.
Cerré los ojos.
—Lo siento. No importa dónde esté.
—Exactamente.
—Puedo demostrar que el documento es falso.
—¿Cómo?
—La firma original está dentro del archivo que publicamos después de la gala. Compararemos los metadatos.
—¿Quién tenía acceso?
—Mi oficina, seguridad y…
Me detuve.
—¿Quién más?
—El archivo se guardó también en el sistema privado de Alexander.
Evie guardó silencio.
—Entonces alguien entró en el sistema de tu hermano otra vez.
—Sí.
—¿O él lo autorizó?
La pregunta encendió algo violento.
—No.
—No puedes saberlo.
—Está hospitalizado porque recibió un golpe destinado a mí.
—Eso no responde si conocía el documento.
—Alexander no te haría esto.
—También dijiste que tu padre solo intentaba protegerlos. Ahora sabemos que autorizó el proyecto.
—No compares a mi hermano con él.
—No estoy acusándolo. Estoy diciendo que ya no sé a quién creer.
—Créeme a mí.
Evie soltó una risa rota.
—Eso es exactamente lo que me pediste cada vez que mentías.
No tuve respuesta.
—No volveré a hacer esto —continuó.
—¿Qué significa?
—Intentar distinguir qué parte de tu vida es una mentira y cuál solo es un secreto que consideras demasiado peligroso para mí.
—No existe nada más.
—No puedes saberlo.
—Evie.
—Me marcho de gira con Noah.
Ya lo sabía.
Aun así, escucharla decirlo convirtió la decisión en algo real.
—¿Cuándo?
—En cuatro días.
—¿Durante cuánto tiempo?
—Tres meses.
—¿Y después?