Donde arden las coronas (Una corona de mentiras 2) Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

—Sobre cuánto de la verdad estás dispuesto a revelar.

—Todo.

—Las personas siempre dicen eso antes de comprender el precio.

Salió.

Miré a Alexander.

Su respiración comenzaba a estabilizarse.

—No permitiré que te desplacen —dije.

—No lo hagas por culpa.

—Lo hago porque eres el heredero.

—¿Y si descubro que no puedo serlo?

La pregunta quedó suspendida.

Mi madre bajó la cabeza.

—Entonces decidirás qué hacer —respondí—. Tú. No Aristeo, padre ni una encuesta.

Alexander me observó.

—¿Y ocuparías mi lugar?

—No hablemos de eso.

—Adrien.

—No mientras estás en esta cama.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que tengo.

Mi hermano asintió.

El dolor apareció en su mirada.

No supe si era físico.

* * *

La comisión parlamentaria se reunió en una sala sin cámaras.

Aun así, cada palabra apareció en la prensa antes de que termináramos.

Ginny se sentó detrás de mí. No trabajaba para la Corona y había insistido en asistir como mi abogada personal.

Julian ocupaba el lugar contrario.

Mi padre no estaba presente.

Isabella observaba desde una zona reservada a delegaciones extranjeras.

El presidente de la comisión, un hombre de cabello blanco y gafas estrechas, abrió una carpeta.

—¿Conocía usted la condición neurológica de su hermano antes del atentado?

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Mi madre me informó después de la gala de Kensington.

—¿Por qué no se comunicó al Gobierno?

—Esa decisión no me correspondía.

—Pero conocía la posibilidad de que el príncipe Alexander quedara incapacitado.

—Conocía una condición sin diagnóstico definitivo.

—¿Analizó las consecuencias sucesorias?

—No.

El hombre levantó el informe encontrado dentro de mi ordenador.

—Este documento afirma lo contrario.

—Ese archivo fue plantado.

—La firma digital pertenece a su oficina.

—Mi oficina fue comprometida.

—También la orden de mantenimiento procedía de sus sistemas.

—Sí.

—¿Es habitual que múltiples documentos incriminatorios aparezcan dentro de sistemas seguros sin que usted lo advierta?

Ginny apoyó un dedo sobre la mesa.

Una advertencia para que no respondiera con sarcasmo.

—No —dije—. Por eso creemos que existe una persona con acceso interno.

—¿Quién?

—No lo sabemos.

—¿Podría ser el rey?

La pregunta cayó con suficiente peso para alterar el aire.

—No tengo evidencia de que mi padre participara en el atentado.

—No fue lo que pregunté.

—Podría ser cualquier persona con acceso.

—¿El rey conocía la Fundación Aristeo?

Julian se tensó.

Ginny no me detuvo.

—Sí.

—¿Desde cuándo lo sabe usted?

—Desde ayer.

—¿Su padre perteneció a la organización?

—Sí.

—¿Qué función cumplía?

—Supervisor británico.

—¿Autorizó una evaluación sobre la capacidad de Alexander para reinar?

El silencio se extendió.

Podía mentir.

Podía invocar la seguridad nacional.

Podía proteger a mi padre y mantener la crisis dentro de la familia.

Recordé a Alexander frente a la cámara.

Diles la verdad. Aunque nos perjudique.

—Sí.

Los miembros de la comisión comenzaron a hablar al mismo tiempo.

El presidente levantó una mano.

—¿El rey autorizó que una organización secreta evaluara la salud del heredero sin informar al Parlamento?

—Autorizó una evaluación funcional. No tengo pruebas de que permitiera acceder ilegalmente a informes médicos.

—¿También se evaluó su traslado a España mediante un matrimonio con la princesa Isabella?

Miré hacia ella.

Isabella no apartó los ojos.

—Sí.

—¿Con el propósito de alejarlo de la sucesión?

—Era uno de los efectos considerados.

—¿Conocía la princesa esas evaluaciones?

—No en su totalidad.

—¿Participó su hermano?

—Alexander sugirió que escucháramos la propuesta española. No conocía la intervención de Aristeo.

—¿Está seguro?

La pregunta despertó algo violento.

—Sí.

—¿Cómo puede asegurarlo si admite que su hermano sufría pérdidas de memoria?

Me incliné hacia delante.

—Mi hermano se encuentra hospitalizado porque recibió el impacto destinado a mí. No utilizará su enfermedad para convertirlo en sospechoso sin presentar una sola prueba.

—Solo intentamos establecer quién conocía los planes.

—Entonces formule preguntas sobre los planes, no insinuaciones sobre un hombre incapaz de defenderse en esta sala.

—Príncipe Adrien —advirtió Ginny.

Me recosté.

El presidente cerró la carpeta.

—¿Considera que el rey actuó de manera apropiada?

La respuesta podía destruir a mi padre.

También podía proteger el mismo silencio que había permitido a Aristeo crecer dentro de nuestra familia.

—No.

La palabra fue sencilla.

—Considero que la Corona permitió que el miedo a una crisis justificara una vigilancia que vulneró la intimidad de Alexander y abrió la puerta a una organización que terminó utilizándonos.

—¿Cree que el rey debería apartarse temporalmente?

Julian dejó de respirar.

—Esa decisión no me corresponde.

—¿Lo considera capaz de continuar?

Pensé en mi padre mirando a Alexander como un heredero antes que como un hijo.

En su necesidad de controlar la primera versión.

En su propuesta de colocar a Isabella a mi lado mientras la sangre de mi hermano todavía no se había secado.

—Creo que deberá responder por sus decisiones igual que cualquier otra persona.

La reunión terminó veinte minutos después.

La monarquía comenzó a incendiarse antes de que abandonáramos el edificio.

* * *

Isabella me alcanzó en una galería privada.

Sus zapatos golpeaban el suelo de mármol con pasos rápidos.

—Acabas de implicar públicamente al rey.

—La sesión era confidencial.

—La transcripción ya aparece en tres periódicos.

—La eficiencia parlamentaria resulta admirable.

Me sujetó por el brazo.

—Adrien.

Me detuve.

—¿Qué?

—Hiciste lo correcto.

La miré.

—Eso no parece coincidir con tu expresión.

—Lo correcto puede destruir a tu familia.

—Entonces quizá no era una familia especialmente estable.

Isabella soltó mi brazo.

—Mi padre exige que regrese a España.

—¿Por qué?

—Cree que la investigación puede vincular a los Valcázar con Aristeo.

—Ya lo hizo.

—Precisamente.

—¿Te marcharás?

—No.

—No tienes que permanecer por mí.

—No todo lo que hago gira alrededor de ti.

La frase pertenecía a Evie.

Isabella también lo notó.

—Aristeo utilizó mi futuro —continuó—. Alteró decisiones de fundaciones españolas y convirtió mis sentimientos en una variable. No me marcharé hasta saber quién lo autorizó.

—Tu padre podría estar involucrado.

El dolor atravesó sus ojos.

—Lo sé.

No intentó defenderlo.

—¿Dónde está Bash? —preguntó.

—Revisando los registros de Westminster.

—Necesito hablar con ambos.

—¿Qué encontraste?

Isabella miró hacia los agentes al final del corredor.

Después bajó la voz.

—Lorraine Shaw me contactó.

Toda distracción desapareció.

—¿Cuándo?

—Durante tu comparecencia.

—¿Dónde está?

—Bruselas.

—¿Qué quiere?

—Inmunidad, dinero y protección española.

—¿Qué ofrece?

—Los registros de pagos de Aristeo y el nombre de quien dirigía el Proyecto Orfeo.

* * *

No informamos al Palacio del viaje.

Tampoco a mi padre.

Ginny redactó acuerdos de protección condicionados. Isabella utilizó un canal diplomático español para preparar una identidad temporal y Bash seleccionó a cuatro agentes que no aparecían en registros británicos.

Alexander fue la única persona de mi familia que conoció el destino.

—No deberías ir —dijo desde la cama.

—Una observación hipócrita.

—Yo no puedo caminar. Tú tienes una alternativa.

—Lorraine solo confía en Isabella y exige que esté presente un Hawthorne.

—Eso debería preocuparte.

—Me preocupa.

—No lo suficiente.

Ajustó la sábana sobre su pierna.

—Si la mujer manipuló mis medicamentos, puede estar construyendo otra trampa.

—Bash revisará el lugar.

—Como revisó Westminster.

No había reproche en su voz.

Bash lo sintió de todos modos.

—Por eso esta vez la ubicación final cambiará quince minutos antes —explicó.

Alexander miró hacia mí.

—¿Cuándo regresarás?

—Esta noche.

—No prometas.

—Entonces deja de preguntar como Beatrice.

La puerta se abrió.

Mi hermana entró con tres cafés.

—¿Qué pregunta?

—Ninguna —respondimos.

Beatrice nos observó.

—Los tres mienten terrible.

Le entregó uno a Alexander aunque el médico había prohibido la cafeína. Él lo ocultó detrás de una jarra de agua.

Mi hermana me abrazó antes de que pudiera evitarlo.

—Vuelve.

—Lo haré.

—Eso fue una promesa.

—Una probabilidad estadística expresada con confianza.

—Adrien.

Besé su frente.

—Volveré.

Cuando me dirigí hacia la puerta, Alexander pronunció mi nombre.

Me volví.

Mi hermano parecía pequeño entre los vendajes y las máquinas.

—No confíes en Lorraine solo porque diga algo que deseas creer sobre padre.

—No confío en nadie.

—Ese también es un problema.

Salí.

* * *

Bruselas estaba cubierta por una lluvia fría.

La primera ubicación era una residencia diplomática española. La segunda, un edificio de oficinas desocupado. Lorraine rechazó ambas.

Envió una tercera dirección.

Un antiguo hotel cerca de la estación central.

—No iremos —dijo Bash.

Nos encontrábamos dentro de un vehículo estacionado a cuatro calles. Isabella llevaba una peluca castaña, gafas y un abrigo que ocultaba su rostro. Yo utilizaba una gorra y una barba de tres días que la prensa ya había descrito como evidencia de deterioro emocional.

—Si no vamos, desaparecerá —dije.

—Es un lugar con nueve accesos, dos edificios conectados y un estacionamiento público.

—Por eso lo eligió.

—También por eso es imposible asegurarlo completamente.

Isabella revisó su teléfono.

—Dice que tenemos diez minutos.

—Puede esperar —respondió Bash.

—Lleva dos días huyendo de las personas que mataron a Lawson y Cole.

—Ella participó en el secuestro de Marcus.

—Y podría identificar a Orfeo.

Bash nos miró.

—Ambos parecen decididos a convertir una mala idea en una votación.

—Dos contra uno —dije.

—Yo tengo las armas.

—Una monarquía sólida.

Entramos.

El hotel había cerrado cinco años antes. El vestíbulo olía a polvo y humedad. Las lámparas estaban apagadas y varias sábanas cubrían los muebles.

Los agentes se distribuyeron.

Lorraine esperaba dentro de un antiguo comedor.

Había cambiado su cabello rojizo por un corte oscuro y llevaba ropa demasiado grande. Sostenía una mochila contra el pecho.

Cuando nos vio, levantó un arma.