Donde arden las coronas (Una corona de mentiras 2) Capítulo 10
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Capítulo 10

La Corona que no quería

El país necesitó menos de veinticuatro horas para decidir que mi hermano debía dejar de existir.

No físicamente.

La sociedad británica conservaba suficiente educación para evitar pedir abiertamente la muerte de un hombre hospitalizado.

Solo querían borrar su futuro.

A las seis de la mañana, tres miembros del Parlamento exigieron que Alexander renunciara como heredero.

A las siete, un antiguo ministro explicó durante una entrevista que la estabilidad mental era una condición indispensable para representar al Estado.

A las ocho, un periódico publicó una encuesta.

¿Confía usted en que el príncipe Alexander pueda convertirse en rey?

El treinta y uno por ciento respondió que sí.

El cincuenta y ocho por ciento eligió mi nombre como alternativa.

El resto consideraba que la monarquía debía desaparecer por completo.

Siempre había admirado a quienes aprovechaban una crisis familiar para introducir una reforma constitucional.

Alexander leyó los resultados desde la cama.

Le habían retirado la cánula de oxígeno durante la madrugada, pero todavía tenía vías en ambos brazos y una estructura sostenía su pierna derecha. Las ojeras acentuaban la palidez de su rostro.

Mantenía el teléfono sobre el pecho.

—Cincuenta y ocho por ciento —dijo.

Estaba sentado junto a la ventana con una carpeta que no había conseguido leer.

—Las encuestas en línea no son constitucionalmente vinculantes.

—Tampoco especialmente amables.

—No deberías leerlas.

—No deberías decirle a las personas qué información pueden soportar.

—Empiezo a lamentar que todos aprendieran esa frase.

Alexander dejó el teléfono.

—¿Qué dicen sobre ti?

—Que intenté matarte, que salvé tu vida organizando el atentado para parecer inocente o que soy la única esperanza de la Corona.

—Una identidad flexible.

—Siempre he sido versátil.

Mi hermano me observó.

—Estás evitando mirarme.

—Estoy mirando un informe.

—Está al revés.

Giré la carpeta.

Ahora la portada quedó efectivamente hacia arriba.

—Solucionado.

—Adrien.

Dejé los documentos.

Alexander intentó cambiar de posición. El movimiento produjo una contracción inmediata en su rostro.

Me levanté.

—¿Dolor?

—No.

—Mientes.

—Aprendí del mejor.

Alargué la mano hacia el botón de asistencia.

Alexander me sujetó la muñeca.

—Todavía no.

—No tienes que demostrar nada.

—Y tú no tienes que llamar a un médico cada vez que respiro de manera distinta.

—Te atravesó una estructura metálica.

—Lo recuerdo.

Su mano se aflojó.

—Algunas veces.

El comentario eliminó toda ligereza.

—¿Perdiste tiempo después de la cirugía?

—No sé si fue un episodio o los sedantes.

—Debemos informarlo.

—Ya lo hice.

—¿Y?

—El neurólogo cree que debemos esperar.

Volvió la cabeza hacia la ventana.

Afuera había periodistas, manifestantes y una cantidad creciente de personas que gritaban mi nombre.

—No quiero que me miren así —murmuró.

—¿Cómo?

—Como si estuvieran esperando que mi cuerpo les entregue una decisión.

Me senté junto a él.

—No tienes que renunciar.

—Lo sé.

—Tampoco tienes que demostrar que puedes cumplir con todo inmediatamente.

—Lo sé.

—Entonces ¿qué quieres?

Alexander permaneció en silencio.

Era una pregunta sencilla.

En nuestra familia, las preguntas sencillas solían ser las más difíciles.

—Quiero tiempo —respondió—. Tiempo para descubrir qué parte de mi enfermedad es real, qué me hicieron y si puedo recuperarme. Quiero tomar una decisión antes de que el país la tome por mí.

—Entonces la tendrás.

—No puedes prometerlo.

—Puedo volver extraordinariamente desagradable cualquier intento de reemplazarte.

—Eso sí parece estar dentro de tus capacidades.

La puerta se abrió.

Mi padre entró acompañado por mi madre, Isabella y dos asesores constitucionales.

El hecho de que Isabella estuviera presente indicaba que la conversación ya había excedido los límites de una crisis familiar.

Llevaba un traje negro, una blusa blanca y el cabello recogido en una coleta baja. No me miró al entrar.

Mi madre besó la frente de Alexander.

—¿Cómo te sientes?

—Popular.

Ella observó el teléfono sobre la cama.

—No leas las encuestas.

Alexander y yo intercambiamos una mirada.

Al menos mi familia era consistente.

Mi padre permaneció de pie.

—El primer ministro convocó una reunión extraordinaria para esta tarde.

—Participaré —dijo Alexander.

—No estás en condiciones.

—Eso lo decidiré con mi médico.

—La reunión tratará precisamente sobre tu capacidad para continuar ejerciendo funciones.

—Entonces parece relevante que yo esté presente.

El rey apretó la mandíbula.

—Puedes enviar una declaración.

—No.

—Alexander.

—No.

Mi hermano no elevó la voz.

El silencio posterior dejó claro que no necesitaba hacerlo.

Mi padre volvió la atención hacia mí.

—Existe una alternativa temporal.

—No me interesa.

—Todavía no la conoces.

—Cuando una frase comienza con “alternativa temporal” y termina mirándome a mí, suele implicar que quieren entregarme el trabajo de Alexander sin utilizar su nombre.

Uno de los asesores abrió una carpeta.

—El Consejo podría reconocer formalmente al príncipe Adrien como heredero activo durante la recuperación del príncipe Alexander.

Mi hermano quedó inmóvil.

—No existe la figura de heredero activo —dije.

—Se establecería mediante una declaración de funciones y representación.

—Entonces inventaron una manera elegante de desplazarlo sin exigir su renuncia.

—No se modificaría la línea sucesoria.

—Solo la percepción pública.

Mi padre intervino:

—El país necesita una figura estable.

—Tiene un rey.

—Y un heredero hospitalizado cuya condición médica acaba de ser expuesta.

—Mediante documentos falsificados.

—No todos lo creen.

—Entonces demuéstrenlo.

—El proceso tardará.

Alexander observaba a nuestro padre.

—¿Desde cuándo preparan esto?

—Desde la filtración.

—Mientes —dijo.

El rey endureció el rostro.

—No me hables…

—Aristeo evaluó una transición hace un año. ¿Cuánto de esta “alternativa temporal” ya existía antes de que una estructura cayera sobre mí?

Nadie respondió.

El monitor aumentó ligeramente la frecuencia.

Mi madre tomó la mano de Alexander.

Él la retiró.

—Había planes de contingencia —admitió mi padre—. Ninguno contemplaba un atentado.

—Solo mi incapacidad —dijo Alexander.

—Debíamos estar preparados.

—Naturalmente.

La palabra sonó como algo roto.

Mi padre continuó:

—Una imagen de estabilidad también ayudaría a reducir las sospechas contra Adrien.

—¿Qué imagen? —pregunté.

La mirada del rey se dirigió hacia Isabella.

Ella comprendió antes que yo.

Sus hombros se tensaron.

—No —dijo.

Mi padre se volvió hacia ella.

—Aún no he formulado la propuesta.

—No es necesario.

—Una declaración conjunta entre ambas casas…

—No.

—Princesa, debe comprender que…

Isabella dio un paso hacia la cama.

—Comprendo perfectamente. Quiere anunciar un acercamiento oficial mientras Alexander no puede caminar y Adrien es acusado de intentar asesinarlo. Una unión con España permitiría presentar al segundo hijo como una figura estable con un futuro fuera o dentro de la sucesión, según resulte conveniente.

El asesor bajó la mirada.

Mi padre no.

—Evitaría especulaciones.

—Las reemplazaría por una mentira.

—Usted ha manifestado interés en Adrien.

—Mi interés no constituye un instrumento de emergencia.

—Las familias reales han utilizado matrimonios para resolver crisis durante siglos.

—Y quizá por eso tantas terminaron decapitadas.

La comisura de los labios de Alexander se movió.

Mi padre lo notó.

—Esto no es una broma.

—No —respondió Isabella—. Es mi vida.

Se acercó a él.

—No aceptaré un compromiso nacido del miedo, la enfermedad de Alexander ni la necesidad de limpiar la imagen de Adrien. Si alguna vez me caso con él, será porque ambos lo elegimos cuando cualquiera de los dos pueda decir que no sin derrumbar una institución.

—La Casa de Valcázar…

—Ya conoce mi posición.

Su tono no admitía discusión.

Mi padre me miró.

—¿Y tú?

—No quiero ser rey, no quiero reemplazar a Alexander y no utilizaré a Isabella para convencer al país de que soy incapaz de asesinar a mi hermano.

—No se trata de lo que quieres.

—Esa frase es la razón por la que estamos aquí.

—Se trata de la supervivencia de la Corona.

—Aristeo utilizaba exactamente esa justificación.

El golpe encontró su objetivo.

Mi padre perdió parte del color.

—No vuelvas a compararme con quienes atacaron a tus hermanos.

—Autorizaste que estudiaran cómo reemplazar a uno y expulsar al otro de la sucesión.

—Intentaba protegerlos.

—No. Intentabas proteger una institución de nosotros.

—Esa institución es más antigua que cualquiera de los presentes.

—Entonces debería haber aprendido a sobrevivir sin sacrificar a sus hijos.

El monitor aceleró.

Alexander cerró los ojos.

—Fuera —dije.

Uno de los asesores pareció no comprender.

—Todos.

Mi padre permaneció inmóvil.

—La reunión no ha terminado.

—Alexander necesita descansar.

—No respondas por mí —murmuró mi hermano.

Lo miré.

Tenía el rostro cubierto de sudor.

—¿Quieres que continúen?

—No.

Volvió hacia nuestro padre.

—Pero yo terminaré la conversación.

Respiró con dificultad.

—No renunciaré mientras existan dudas sobre los expedientes. No aceptaré una sustitución temporal disfrazada de estabilidad. Y no permitiré que utilicen a Adrien e Isabella para ocultar que ustedes entregaron información a Aristeo.

Mi padre apretó los labios.

—El Gobierno puede obligarnos a establecer medidas.

—Entonces hablaré con el Gobierno.

—No estás en condiciones.

Alexander señaló la pantalla instalada frente a la cama.

—Sé utilizar una videollamada.

Isabella tomó su carpeta.

—España respaldará que cualquier decisión se postergue hasta que una investigación independiente determine la autenticidad de los informes médicos.

Mi padre la miró.

—No puede intervenir en la sucesión británica.

—No. Pero puedo impedir que utilice la relación con mi familia para justificarla.

El rey salió sin despedirse.

Los asesores lo siguieron.

Mi madre permaneció junto a la puerta.

Observó a Alexander.

—¿Quieres que me quede?

Él dudó.

—Sí.

Ella regresó.

Isabella guardó sus documentos.

Pasó junto a mí.

—Debemos hablar antes de la comisión.

—¿Sobre qué?