Donde arden las coronas (Una corona de mentiras 2) Capítulo 9 #4
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Capítulo 9 #4

No lo pregunté.

—No es una competencia —dijo.

—Lo sé.

—¿De verdad?

—Estoy empezando a comprenderlo. No significa que quiera perder.

—Adrien.

—Eres tú quien llamó a un hombre educado en negocios y esperaba que no hablara de incentivos.

—A veces olvido lo insoportable que eres.

—Nunca durante demasiado tiempo.

El silencio siguiente fue más cálido.

Peligroso.

—Lo que dijiste en el hospital… —comenzó Evie.

—No tengo defensa.

—Me hiciste sentir sucia.

Cerré una mano sobre el teléfono.

—Lo sé.

—No, no lo sabías cuando lo dijiste.

—No.

—Una parte de mí quería lastimarte acostándome con Noah.

La confesión llegó baja.

—Pero no fue la razón por la que lo hice.

—Te creo.

—¿Sí?

—Noah no lo habría aceptado.

—No.

—Y tú tampoco.

—No al final.

El viento golpeó el micrófono.

—Cuando estuve con él —continuó—, no pensé en ti.

El dolor fue inmediato.

Evie lo advirtió en mi silencio.

—No te lo digo para herirte.

—Entonces existe una cantidad sorprendente de formas más eficientes de comunicarlo.

—Necesitaba saber que podía existir dentro de mi propio cuerpo sin que cada cosa estuviera conectada contigo.

No respondí.

—Durante esa noche —añadió—, lo conseguí.

Me apoyé con mayor fuerza contra la pared.

—¿Y después?

—Después desperté y seguía amándote.

Cerré los ojos.

No sabía cuál de las dos partes debía destruirme.

—No puedes continuar diciendo eso —murmuré.

—No te estoy pidiendo nada.

—Lo vuelve peor.

—Lo sé.

Escuché una puerta abrirse al otro lado.

Una voz masculina pronunció su nombre.

Noah.

Evie respondió que entraría en un minuto.

—Debo irme —dijo.

—Sí.

—Cuida a Alexander.

—Lo haré.

—Y cuídate tú.

No respondí.

La llamada terminó.

Permanecí en el corredor con el teléfono contra el pecho.

Evie podía estar con otro hombre sin pensar en mí.

También podía despertar y continuar amándome.

Ambas cosas eran verdaderas.

Mi error había sido creer que el amor eliminaba todas las demás decisiones.

* * *

Marcus recordó la frase a las once y media.

Bash entró en la habitación familiar acompañado por Ginny e Isabella.

Mi padre no estaba presente.

—Shaw utilizaba una expresión cada vez que Marcus preguntaba por qué seguían adelante —informó Bash—. “La continuidad está por encima de la sangre”.

Alexander se incorporó con dificultad.

—Padre.

—La ha utilizado durante años —dije.

Mi madre estaba junto a la ventana.

Su rostro no cambió.

—También la utilizaba su tío —dijo.

Todos la miramos.

—¿Qué tío?

—El príncipe Frederick. Hermano menor de tu abuelo.

—Murió antes de que Beatrice naciera.

—Fue uno de los fundadores de Aristeo.

Isabella abrió su carpeta.

—Su nombre aparece en las actas.

—¿Padre heredó su puesto? —pregunté.

Mi madre asintió.

—Frederick creía que las familias reales no podían confiar su supervivencia a gobiernos temporales. Consideraba que la sangre debía sacrificarse si amenazaba la continuidad de la institución.

—Una filosofía familiar encantadora —murmuré.

—Edmund no estaba de acuerdo con sus métodos.

—Pero mantuvo la fundación durante diecinueve años.

Mi madre sostuvo mi mirada.

—Porque creía que podía controlarla.

—Todos los hombres de esta familia parecen sufrir la misma enfermedad.

Alexander se recostó contra las almohadas.

—¿Madre sabía lo de la evaluación?

Ella volvió el rostro hacia él.

—Supe que tu padre pidió un análisis constitucional.

—¿Sabías que Aristeo participaba?

—No.

—¿Lo habrías detenido?

Mi madre tardó demasiado en responder.

Alexander apartó los ojos.

—Entiendo.

—No —dijo ella—. No entiendes lo que significaba recibir informes que sugerían que podías perder la memoria de forma permanente.

—Significaba que estaba asustado.

—También que el país necesitaba un plan.

—Siempre el país.

—No puedo dejar de ser reina cuando uno de ustedes necesita que sea únicamente su madre.

La voz de Helena se quebró.

Nunca la había escuchado hacerlo.

—Y odio que eso sea cierto.

Alexander cerró los ojos.

Beatrice tomó la mano de nuestra madre.

Nadie sabía cómo responder a una mujer que acababa de reconocer que amaba a sus hijos dentro de una institución diseñada para utilizarlos.

El teléfono de Bash vibró.

Lo revisó.

Después volvió a hacerlo.

—Tenemos un problema.

—Otro —dije—. Qué novedoso.

Su mirada se dirigió hacia Alexander.

—Alguien publicó los expedientes médicos.

La habitación quedó inmóvil.

—¿Cuáles? —preguntó mi hermano.

—Las versiones alteradas.

—¿Qué dicen?

—Que la condición es degenerativa, irreversible y que presentaste episodios de conducta violenta.

—Eso es falso.

—Lo sabemos.

—¿Qué clase de conducta?

Bash no respondió.

Alexander levantó la voz.

—¿Qué publicaron?

Isabella tomó el teléfono.

Leyó en silencio.

Su rostro perdió el color.

—Afirman que atacaste a un médico durante un episodio y que tuviste pensamientos paranoides sobre la familia.

—Nunca ataqué a nadie.

—Las páginas llevan firmas clínicas falsificadas.

—¿Aparecen las grabaciones?

—Todavía no.

Alexander extendió la mano.

—Dame el teléfono.

—No necesitas verlo —dije.

Sus ojos se clavaron en mí.

Había vuelto a pronunciar la frase equivocada.

—Sí —me corregí—. Lo siento.

Bash le entregó el dispositivo.

Alexander leyó.

Cada movimiento de sus ojos parecía arrancarle algo.

Afuera comenzaron los gritos.

Al principio eran indistinguibles.

Después se volvieron más fuertes.

Un grupo se había reunido frente al hospital.

—¿Qué dicen? —preguntó Beatrice.

Nadie respondió.

Me acerqué a la ventana.

Había carteles nuevos.

ALEXANDER DEBE RENUNCIAR.

PROTEJAN LA CORONA.

ADRIEN HEREDERO.

Mi nombre se repetía entre la multitud.

Adrien.

Adrien.

Adrien.

Detrás de mí, mi hermano leía informes falsos que lo describían como peligroso e incapaz.

Frente al hospital, el país comenzaba a elegirme.

No porque me amara.

Porque alguien había conseguido que temiera a Alexander.

Mi teléfono vibró.

Un mensaje sin número.

La Corona ya eligió al hermano que quiere conservar.

Levanté la mirada hacia Alexander.

Él también escuchaba los gritos.

Ahora solo falta que el otro lo comprenda.

Mi hermano dejó el teléfono sobre la cama.

Su rostro estaba vacío.

—Quieren que renuncie —dijo.

—No lo harás.

—El país cree que soy peligroso.

—El país cree la información que acaba de recibir.

—Y grita tu nombre.

—No significa nada.

—No vuelvas a mentirme.

Me acerqué.

Alexander levantó una mano para detenerme.

El gesto dolió más que si me hubiera golpeado.

—Necesito estar solo.

—No.

—Adrien.

—No te dejaré escuchar esto solo.

—Tal vez Orfeo tenga razón.

—No.

—Tal vez la Corona ya eligió.

Tomé el teléfono y lo lancé contra la pared.

El dispositivo se rompió.

Los gritos continuaron afuera.

—La Corona no decide cuál de nosotros merece sobrevivir.

Alexander me miró.

—Eso es exactamente lo que siempre ha hecho.

No supe responder.

Porque llevaba toda la vida llamándome repuesto.

Porque él había pasado la suya preparándose para heredar.

Porque, incluso mientras Alexander continuaba conectado a máquinas, el país ya intentaba colocarme en su lugar.

Me senté junto a la cama.

No pedí permiso para tomar su mano.

Mi hermano tardó varios segundos en responder.

Finalmente cerró los dedos alrededor de los míos.

Afuera gritaban mi nombre.

Dentro de la habitación, yo solo podía escuchar el pulso débil de Alexander contra mi piel.

Orfeo quería que uno de nosotros creyera que debía desaparecer para salvar al otro.

No permitiría que funcionara.

Todavía no comprendía que mi hermano llevaba mucho más tiempo que yo preparándose para decidir cuál de los dos debía arder con la Corona.