Capítulo 9 #3
—El rey Edmund aparece como miembro supervisor desde hace veintisiete años.
Sentí que algo frío se extendía dentro de mí.
—Mi padre conocía Aristeo.
—Sí.
—Nos dijo que no.
—Dijo que no conocía la operación actual. Técnicamente no negó conocer la fundación.
—Una distinción digna de un monarca.
—Isabella está verificando si participó en decisiones recientes.
Abrí la puerta.
—¿Dónde está?
—En el hospital.
—¿Con Alexander?
—Adrien.
Salí.
* * *
Mi padre estaba dentro de la habitación de Alexander.
Entré sin llamar.
Mi hermano permanecía semisentado. La cánula de oxígeno continuaba bajo su nariz y un fisioterapeuta ajustaba la estructura de su pierna.
El rey ocupaba un sillón.
Ambos volvieron la cabeza.
—Fuera —dije.
El fisioterapeuta miró a mi padre.
Alexander levantó una mano.
—Está bien. Regrese en quince minutos.
El hombre salió.
Cerré la puerta.
—Conocías la Fundación Aristeo —dije.
Mi padre no negó.
Alexander dejó de respirar durante un segundo.
—¿Qué?
El rey se puso de pie.
—No hablaremos de esto mientras te encuentras en recuperación.
—Entonces hablaremos precisamente ahora —respondió mi hermano.
Su voz era débil.
La autoridad no.
Me acerqué a mi padre.
—Veintisiete años como miembro supervisor.
—La fundación no era una organización criminal.
—Financió a Meridian.
—No durante mi participación.
—¿Cuándo te retiraste?
—Hace ocho años.
—¿Por qué?
—Sus métodos cambiaron.
—¿Qué métodos?
Mi padre miró a Alexander.
Mi hermano sostuvo su mirada.
—Dilo.
El rey caminó hasta la ventana.
—Aristeo se creó para proteger la continuidad de varias monarquías europeas. Financiaba análisis de riesgo, cooperación institucional y planes de contingencia.
—Espionaje —dije.
—Evaluaciones.
—¿Sobre tus propios hijos?
No respondió.
Alexander se llevó una mano al abdomen.
El dolor había aumentado, pero se negó a llamar al médico.
—¿Autorizaste que me evaluaran? —preguntó.
Mi padre giró.
—Cuando comenzaron tus episodios, necesitábamos comprender las consecuencias constitucionales.
—¿Quiénes?
—El Gobierno, la Corona y…
—Aristeo.
Silencio.
—Sí.
Alexander quedó inmóvil.
—Permitiste que una organización secreta accediera a mis antecedentes médicos.
—No autoricé acceso clínico. Solo una evaluación funcional.
—¿Qué diferencia existe?
—Los informes debían basarse en información proporcionada por la Casa.
—Alguien me drogó —dijo Alexander—. Grabó mis episodios. Me tomó muestras de sangre.
—No autoricé nada de eso.
—Pero abriste la puerta.
Mi padre apretó la mandíbula.
—Intentaba evitar una crisis si tu condición avanzaba.
—¿Y España? —pregunté.
—Era una alternativa.
—Para enviarme fuera de la sucesión.
—Para darte una vida institucional propia.
—La misma explicación de Alexander.
Mi hermano cerró los ojos.
La culpa apareció en su rostro.
—Yo no sabía lo de Aristeo —dijo.
—Lo sé —respondí.
Mi padre avanzó.
—La Casa de Valcázar buscaba una unión estable. Isabella te conocía y existían intereses compatibles.
—¿Aristeo evaluó si podía convencerme?
El rey guardó silencio.
—Responde —exigí.
—Sí.
—¿Y Evie?
—No sabía quién era Evelyn Han antes de la gala.
—La fundación financió las primeras giras de Asteria.
—Eso ocurrió después de que me retirara.
—¿Por qué te retiraste?
Mi padre miró hacia la puerta.
No parecía buscar una salida.
Parecía comprobar que nadie pudiera escuchar.
—Propusieron intervenir directamente en líneas sucesorias consideradas vulnerables.
—¿Cómo?
—Presiones políticas. Matrimonios. Filtraciones.
—¿Enfermedades?
—No.
—¿Muertes?
—No.
La respuesta fue inmediata.
—Rechacé la nueva dirección y retiré el apoyo británico.
—Pero la fundación continuó operando dentro de nuestras residencias —dijo Alexander.
—No lo sabía.
—Utilizas esa frase con sorprendente comodidad.
Mi padre se acercó a la cama.
—Jamás permitiría que alguien te hiciera daño.
Alexander lo miró.
—Permitiste que me observaran mientras estaba enfermo.
—Porque debía saber si podías reinar.
—Soy tu hijo.
—También eres el heredero.
El rostro de Alexander cambió.
Algo se cerró detrás de sus ojos.
—Sal.
Mi padre no se movió.
—Alexander.
—Sal de mi habitación.
—Necesitamos…
—No.
El monitor comenzó a acelerarse.
Entró un médico.
—Debe mantener la calma.
—Entonces retire al rey.
Nadie llamó a mi padre “el rey” dentro de la familia.
No de esa manera.
Edmund lo entendió.
Su rostro perdió parte de la rigidez.
Pareció un padre al que acababan de expulsar de la vida de su hijo.
—No autoricé los ataques —dijo.
Alexander volvió el rostro hacia la ventana.
—No importa.
Mi padre salió.
La puerta se cerró.
Mi hermano continuó mirando hacia otro lado.
Me acerqué.
—¿Quieres que me vaya?
—No.
Tomé el sillón que mi padre había ocupado.
Alexander permaneció en silencio.
Sus dedos se movían sobre la sábana, buscando algo que no estaba allí.
Le ofrecí mi mano.
La tomó.
—Lo sabía —murmuró.
—No sobre Orfeo.
—Sabía que estaba enfermo y su primera reacción fue evaluar cuánto daño podía hacerle a la Corona.
—Eso no significa que no le importaras.
—Significa que nunca fui únicamente su hijo.
No pude mentirle.
—Tampoco tú —añadió.
—Estoy acostumbrado.
—No deberías estarlo.
Una lágrima descendió por su mejilla.
Alexander no intentó ocultarla.
—¿Crees que él es Orfeo? —preguntó.
La posibilidad había comenzado a crecer dentro de mí desde que Ginny pronunció el nombre de mi padre.
Tenía acceso.
Conocía Aristeo.
Utilizaba la frase sobre la continuidad por encima de la sangre.
También había construido toda su vida alrededor de la Corona.
—No lo sé.
—Eso no fue un no.
—No encuentro una razón para que intente matarnos.
—La continuidad.
—Puede ser cruel, pero no está loco.
Alexander soltó una risa amarga.
—Las personas más peligrosas rara vez creen estarlo.
Apoyé los codos sobre las rodillas.
—Marcus recordará más.
—Si sobrevive.
—Sobrevivirá.
—Deja de prometerlo.
—No era una promesa. Era una amenaza dirigida al universo.
La comisura de sus labios se movió.
Solo un poco.
—No expongas todavía a padre —dijo.
Lo miré.
—¿Por qué?
—Si no es Orfeo, la información advertirá al verdadero responsable. Si lo es, necesitamos saber cómo opera antes de enfrentarlo.
—Acaba de reconocer que autorizó una investigación secreta sobre ti.
—Eso debe salir a la luz.
—Pero no ahora.
—Cuando pueda estar de pie frente a una cámara y explicarlo con mis propias palabras.
—Podría tardar meses.
El dolor apareció en sus ojos.
Miró la estructura que rodeaba su pierna.
—Entonces esperaremos meses.
—El país exige saber si puedes reinar.
—¿Y tú?
—¿Qué?
—¿Crees que puedo?
No dudé.
—Sí.
—No sabes si volveré a caminar.
—Los reyes rara vez necesitan correr.
—Adrien.
—Tu pierna no gobierna. Tampoco tus episodios.
—¿Y si pierdo horas durante una crisis internacional?
—Construiremos un protocolo.
—¿Y si la enfermedad avanza?
—Construiremos otro.
Alexander cerró los ojos.
—Siempre crees que puedes resolverlo todo.
—Estudié Negocios Internacionales. La arrogancia estaba incluida en la matrícula.
—Esto no es un acuerdo comercial.
—No. Eres mi hermano.
Apreté su mano.
—Y no permitiré que conviertan tu enfermedad en una coronación para mí.
Alexander respiró lentamente.
—Gracias.
—No lo digas como si fuera una concesión extraordinaria.
—En esta familia lo es.
* * *
Evie respondió a mi mensaje a las ocho y diecinueve de la noche.
Acepto la disculpa.
Nada más.
Leí las tres palabras.
No incluían perdón.
No abrían una puerta.
Eran exactamente lo que había solicitado: la recepción de una disculpa sin obligación de entregarme nada a cambio.
Aun así, escribí:
Gracias.
Los tres puntos aparecieron.
Desaparecieron.
Volvieron.
Finalmente llegó otro mensaje.
¿Cómo está Alexander?
Respondí:
Despierto. Dolorido. Todavía insoportable.
Esta vez la respuesta fue inmediata.
Entonces realmente está mejorando.
Sonreí.
Después recordé que Noah probablemente estaba junto a ella.
La sonrisa desapareció.
Evie escribió:
¿Podemos hablar?
Miré la habitación de Alexander.
Mi hermano dormía.
Salí al corredor y llamé.
Evie respondió en silencio.
—Hola —dije.
—Hola.
Escuché viento al otro lado.
—¿Estás afuera?
—En una terraza.
—Hace frío.
—Todavía recuerdas cómo funciona el clima británico.
—Entre otras cosas.
La frase quedó entre nosotros.
—Gracias por entregar los archivos —dijo.
—No hice nada especial.
—Podías haber colocado condiciones.
—Pensé en comprar Asteria.
Evie guardó silencio.
—No lo harás —dijo.
—Ginny explicó que sería una forma de cambiar de propietario.
—Tiene razón.
—Resulta irritante con frecuencia.
—Esa es una de sus mejores cualidades.
Apoyé la espalda contra la pared.
—Vi el video de Noah.
—Ayudó.
—Sí.
La palabra me costó.
—Hizo lo correcto.
—Sí.
Otra pausa.
—No tienes que hablar de él —dijo Evie.
—Existe. Evitar su nombre no cambiará eso.
—No.
—¿Están juntos?
—Estamos intentando estarlo.
La respuesta dolió menos que la primera vez.
No porque hubiera dejado de importarme.
Porque ya no podía sorprenderme.
—¿Cómo funciona eso? —pregunté.
—Mal algunos días.
—No parece la respuesta de una mujer enamorada.
—No estoy enamorada de Noah.
El alivio regresó.
No lo recibí como una victoria.
—Pero quieres estarlo.
—Quiero descubrir si puedo construir algo real con él.
—¿Y él acepta que me ames?
Evie soltó una respiración.
—Noah no es un santo.
—Una revelación tranquilizadora.
—Está herido.
—Porque fuiste al hospital.
—Porque sabía que, si Alexander moría, yo habría querido quedarme contigo.
Cerré los ojos.
—¿Se lo dijiste?
—Sí.
—¿Y qué respondió?
—Que no quiere una relación donde deba esperar a que cada crisis real determine si lo abandono por ti.
—Parece razonable.
—No disfrutes demasiado.
—No lo hago.
Era cierto.
No quería que Noah sufriera.
Quería que desapareciera.
No era exactamente lo mismo.
—Me dio espacio —continuó—. No pasó la noche conmigo después del hospital.
—¿Por qué me cuentas eso?
—Porque preguntaste cómo funciona.
—Podías ahorrar ese detalle.
—Pensé que te aliviaría.
—Lo hizo.
La honestidad salió antes que el orgullo.
Evie guardó silencio.
—Estoy intentando no alegrarme —añadí.
Una risa suave llegó desde Londres.
Estábamos en la misma ciudad.
No sabía dónde.