Donde arden las coronas (Una corona de mentiras 2) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

—Adrien no conocía el sabotaje ni participó en él. Las pruebas que afirman lo contrario son falsas. Confío completamente en mi hermano.

Sus ojos encontraron los míos detrás de la cámara.

—He pasado la mayor parte de mi vida sabiendo que Adrien ocuparía mi lugar si alguna vez yo no podía cumplir con mis deberes. Nunca lo vi desearlo. Al contrario. En cada ocasión en que fallé, él estuvo allí antes de que alguien pudiera pedírselo.

Mi garganta se cerró.

—La Corona no nos convirtió en rivales. Quien intenta hacerlo no comprende qué significa ser hermanos.

Alexander tomó aire.

El monitor cercano aceleró.

El médico dio un paso.

Mi hermano levantó una mano.

—Estoy vivo. Adrien es inocente. Y ninguna institución sobrevivirá si necesita destruir a uno de sus hijos para proteger al otro.

La cámara se apagó.

Alexander cerró los ojos.

Mi madre se inclinó inmediatamente.

—¿Dolor?

—Sí.

El médico revisó el monitor.

Me acerqué a la cama.

—No debiste hacerlo.

Mi hermano abrió los ojos.

—Siempre sabes aceptar gratitud con elegancia.

—Podías perjudicar tu recuperación.

—Tú podías terminar acusado de intento de homicidio.

—Todavía puedo.

—Entonces grabaremos una segunda parte.

—No.

—Qué autoritario.

—Aprendí del heredero.

Alexander sonrió.

El gesto duró poco.

Una oleada de dolor atravesó su cuerpo y su mano se cerró sobre la sábana.

Me incliné.

—¿Qué necesitas?

—Que todos dejen de preguntar eso durante cinco minutos.

—Puedo ordenar que salgan.

—Tú también.

—Naturalmente. Mi empatía tiene límites.

Su sonrisa reapareció.

Tomó mi muñeca.

—Habla con el país.

—No tengo nada que decir.

—Por una vez, intenta no esconderte detrás de una frase ingeniosa.

—No poseo otras habilidades públicas.

—Estudiaste cuatro años para discutir con empresarios y diplomáticos.

—Negocios Internacionales. No control de multitudes hostiles.

—Es lo mismo con peores aperitivos.

Mi madre soltó una risa breve.

Incluso mi padre pareció contener una.

Alexander cerró los ojos.

—Diles la verdad —murmuró—. Aunque nos perjudique.

Miré al rey.

Él sostuvo mi mirada.

Ninguno necesitó preguntar a qué verdad se refería.

* * *

Mi primera aparición como consejero de Estado se realizó frente a la residencia oficial del primer ministro.

Cuarenta periodistas esperaban detrás de las barreras.

Había protestas a ambos lados de la calle.

Un grupo sostenía fotografías de Alexander con mensajes de apoyo. Otro levantaba carteles que exigían transparencia médica.

Más lejos, varias personas gritaban mi nombre.

No como un insulto.

Como una alternativa.

ADRIEN PARA EL FUTURO.

EL PAÍS NECESITA UN HEREDERO SANO.

Cada palabra era otra barra metálica sobre el cuerpo de mi hermano.

Julian caminaba a mi izquierda. Llevaba un traje azul oscuro, una carpeta bajo el brazo y la expresión tensa de un hombre que había pasado la noche intentando impedir que la monarquía se incendiara.

—No responderá preguntas sobre la sucesión —recordó.

—Lo sé.

—Tampoco sobre su relación con la señorita Han.

—Eso parece menos relevante que un intento de asesinato.

—No subestime a la prensa.

—Jamás subestimo el mal gusto.

—Dos preguntas. Después entramos.

—Tres.

Julian me miró.

—Dos.

—Negociaciones agresivas antes del mediodía.

—Dos.

Isabella esperaba cerca de la entrada.

Vestía un traje gris, el cabello recogido en una cola baja y pendientes dorados. Había decidido asistir porque la reunión incluía coordinación con las delegaciones extranjeras afectadas por la ceremonia.

No se colocó junto a mí para las fotografías.

Ocupó su propio espacio.

Los gritos comenzaron cuando salí del vehículo.

—¡Príncipe Adrien! ¿Ordenó modificar la estructura?

—¿Sabía que el príncipe Alexander estaba incapacitado?

—¿Asumirá como heredero?

—¿La princesa Isabella permanece en Londres por un compromiso?

—¿Continúa viendo a Evelyn Han?

Julian indicó al primer periodista seleccionado.

—¿Puede asegurar que no participó en el sabotaje?

Me acerqué al micrófono.

—Sí. No autoricé trabajos sobre la estructura, no conocía ninguna modificación y he entregado mis dispositivos y comunicaciones a una investigación independiente.

—Pero la orden salió desde su oficina.

—Alguien accedió a mis sistemas y utilizó credenciales vinculadas conmigo.

—¿Espera que el país crea que todas las pruebas fueron fabricadas?

—No espero que crean únicamente en mi palabra. Por eso solicité una investigación fuera del control de la Casa Real.

El murmullo aumentó.

Seleccionaron a otra periodista.

—¿Cuál es el verdadero estado del príncipe Alexander?

Julian se tensó.

La respuesta aprobada hablaba de una recuperación favorable y atención médica adecuada.

No la utilicé.

—Alexander sufrió lesiones graves durante el atentado. Continúa hospitalizado y necesitará una recuperación prolongada. También estaba recibiendo atención neurológica antes del ataque.

Las voces estallaron.

Julian cerró los ojos.

—¿Qué condición tiene?

—Esa información le pertenece a él.

—¿Puede gobernar?

—Alexander no es una evaluación médica. Es un hombre que ayer arriesgó su vida para salvar la mía y que hoy, desde una cama de hospital, se preocupó primero por protegerme.

—¿Asumirá usted su lugar?

Miré los carteles.

Mi nombre.

Su incapacidad.

Una Corona construida para sustituir personas antes de que terminaran de caer.

—Asumiré temporalmente algunas funciones mientras mi hermano se recupera. No soy el heredero y no participaré en conversaciones destinadas a tratar su vida como un obstáculo institucional.

—¿Desea ser rey?

La pregunta atravesó la calle.

Mi padre habría evitado responder.

Mi madre habría hablado de servicio.

Yo miré directamente hacia la cámara.

—No.

Los gritos aumentaron.

—¿Nunca?

—He respondido.

Me alejé.

Una periodista gritó detrás:

—¿Y la princesa Isabella? ¿Existe alguna negociación matrimonial?

Isabella se acercó a su propio micrófono.

No me consultó.

—No existe ningún compromiso entre el príncipe Adrien y yo.

Su voz era clara.

Serena.

—Mi presencia en Londres responde a una investigación que también afectó a instituciones españolas. No he venido a aceptar una vida decidida por otras personas.

—¿Está enamorada del príncipe?

La pregunta consiguió que Julian pareciera dispuesto a abandonar su profesión.

Isabella sonrió.

—Mis sentimientos personales no son una herramienta diplomática.

Se volvió y caminó hacia la entrada.

La seguí.

Dentro del edificio, Julian cerró la puerta.

—“No deseo ser rey” —repitió—. El Palacio no aprobó esa frase.

—Por eso sonó sincera.

—Acaba de abrir una discusión constitucional.

—Ya estaba abierta. Alguien intentó aplastarnos dentro de Westminster.

Isabella me observó.

—Hiciste lo correcto.

Julian se volvió hacia ella.

—Con respeto, Alteza, su intervención tampoco se encontraba coordinada.

—Entonces ambos hemos tenido una mañana productiva.

Continuó hacia la sala de reuniones.

La comisura de mis labios se movió.

Julian lo advirtió.

—No la anime.

—No parece necesitarlo.

* * *

El video de Alexander se publicó durante nuestra reunión.

En una hora superó veinte millones de reproducciones.

La opinión pública no se volvió unánime.

Nunca lo hacía.

Algunas personas creyeron en él.

Otras aseguraron que el Palacio lo había obligado a defenderme.

Un analista afirmó que su debilidad física demostraba que debía renunciar.

Otro preguntó si yo había aprovechado su dependencia emocional.

La verdad no destruyó la mentira.

Solo consiguió un lugar donde pelear contra ella.

Cuando salí, Ginny me esperaba dentro del vehículo.

—La abogada de Evie recibió los archivos completos de Mercer —informó.

—¿Son suficientes?

—Demuestran que Asteria permitió que consultores externos accedieran a sus evaluaciones psicológicas sin consentimiento informado.

—¿Pueden anular el contrato?

—Pueden solicitarlo.

—¿Cuánto tardará?

—Meses si la compañía pelea.

—Lo hará.

—Sí.

El automóvil avanzó.

—Noah publicó grabaciones —dije.

—Con autorización legal.

—¿Ayudan?

—Mucho. Asteria afirmó que las crisis impedían que Evie trabajara. Las grabaciones muestran que algunas fueron provocadas por condiciones laborales.

Miré la ciudad a través de la ventanilla.

—Puedo financiar la demanda.

—No lo harás.

—Sin que ella lo sepa.

—Tampoco.

—Ginny.

—Su abogada ya tiene apoyo de un sindicato estadounidense y de las demás integrantes de VANTA.

—¿Las otras cuatro se unirán?

—Están considerando presentar una acción colectiva.

—Eso podría destruir al grupo.

—O liberarlo.

Tomé el teléfono.

El nombre de Evie continuaba cerca de la parte superior de mis conversaciones.

No le había escrito desde el hospital.

—Quiero disculparme.

—Entonces hazlo.

—Pensé que me dirías que la dejara en paz.

—Una disculpa no exige respuesta ni acceso.

—Parece que han creado demasiadas reglas nuevas para las interacciones humanas.

—La mayoría existía antes de que nacieras.

Escribí:

Lo que te dije en el hospital fue cruel. No tenía derecho a tratar tu cuerpo como si hubiera perdido valor porque elegiste compartirlo con Noah. No espero que me respondas. Lo siento.

Le mostré el mensaje a Ginny.

Lo leyó.

—Elimina “No tenía derecho”.

—¿Por qué?

—Porque no se trata de jurisdicción. Se trata de que estabas equivocado.

Borré la frase.

Escribí:

Me equivoqué al tratar tu cuerpo como si hubiera perdido valor porque elegiste compartirlo con Noah.

—Eso es mejor.

—Resulta humillante tener una abogada para pedir perdón.

—Resulta rentable.

Envié el mensaje.

Evie lo leyó ocho minutos después.

No respondió.

Esperé.

Ginny me quitó el teléfono.

—¿Qué haces?

—Impidiendo que conviertas una disculpa en acoso por seguimiento.

—Devuélvelo.

—En cinco minutos.

—Eres mi abogada, no mi madre.

—Helena probablemente esperaría diez.

Lo guardó dentro de su bolso.

—La Fundación Aristeo —dijo—. Isabella encontró el acta original.

—¿Nombres?

—Varios miembros de las casas reales británica y española. También funcionarios, banqueros y asesores de seguridad.

—¿Alguno vivo?

—Tres.

—¿Quiénes?

Ginny me observó.

—Uno de ellos continúa dentro de tu familia.

—¿Quién?

El automóvil frenó frente al hospital.

Ginny no respondió hasta que el conductor cerró la separación interior.