Donde arden las coronas (Una corona de mentiras 2) Capítulo 9
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Capítulo 9

El príncipe acusado

La sangre de Alexander continuaba debajo de mis uñas.

Me había lavado las manos seis veces.

La primera, dentro del hospital, después de que Beatrice se quedara dormida junto a su cama.

La segunda, cuando un asistente me llevó ropa limpia.

La tercera, al descubrir una mancha oscura sobre mi muñeca.

Las otras tres no habían respondido a ninguna necesidad racional.

Me encontraba frente al lavabo de una habitación privada, frotando el cepillo sobre la piel hasta sentir dolor. El agua estaba limpia. Mis dedos también.

Aun así, podía verla.

Roja.

Caliente.

Escapando del cuerpo de mi hermano mientras yo intentaba mantenerlo despierto.

—Vas a lastimarte.

Beatrice estaba junto a la puerta.

La vi a través del espejo.

Llevaba el mismo pantalón gris de la noche anterior y una sudadera negra que probablemente pertenecía a Alexander. Su cabello rubio estaba recogido de manera descuidada y tenía una marca roja sobre la mejilla por haber dormido con el rostro apoyado contra la cama.

Cerré el grifo.

—Pensé que estabas con él.

—Madre me obligó a descansar.

—Eso explica por qué estás aquí y no descansando.

Beatrice entró.

Tomó el cepillo de mis manos y lo dejó junto al jabón.

Una de mis uñas comenzó a sangrar.

—Estaba debajo —dije.

—Ya no.

—Todavía puedo sentirla.

Mi hermana abrió un cajón y encontró una pequeña venda.

—Es porque te estás arrancando la piel.

Sujetó mi mano.

Sus dedos se movieron con cuidado mientras cubría la herida.

La observé.

Veinticuatro horas antes me había golpeado por permitir que Alexander resultara herido. Ahora curaba la única herida que yo mismo había producido.

—¿Cómo está? —pregunté.

—Despierto por momentos. Le quitarán el respirador si sus pulmones responden bien.

—¿Dolor?

—Mucho.

—¿Preguntó algo?

Beatrice levantó la mirada.

—Por ti.

Aparté la mano.

—Voy a verlo.

—Primero tienes que hablar con la prensa.

—No.

—El video de Alexander ya está preparado.

—No quiero que lo publiquen.

—Él sí.

—Estaba sedado.

—Lo pidió otra vez esta mañana.

Beatrice apoyó una cadera contra el lavabo.

—Quiere defenderte.

—No debería tener que hacerlo.

—Pero tiene que hacerlo porque alguien colocó pruebas falsas en tu ordenador y medio país cree que intentaste matarlo.

—Una descripción sorprendentemente directa antes del desayuno.

—Son casi las once.

Miré el reloj.

Había perdido varias horas.

—¿Dónde está mi padre?

—Intentando convencer al Gobierno de que puede controlar la crisis.

—¿Y puede?

Beatrice soltó una risa breve.

—La mitad del Parlamento pide una investigación independiente y la otra mitad exige que Alexander revele sus antecedentes médicos.

—No tienen derecho.

—Eso nunca ha impedido que lo pidan.

Tomé la camisa limpia que alguien había dejado sobre una silla. Comencé a abrocharla.

Los dedos me temblaban.

Beatrice no comentó nada.

—¿Viste a Evie? —preguntó.

Me detuve.

—No.

—Continúa en Londres.

—Lo sé.

—Asteria publicó una declaración.

—¿Sobre qué?

Mi hermana desbloqueó el teléfono.

—Sobre su demanda.

Leí el titular.

ASTERIA CUESTIONA LA CAPACIDAD DE EVELYN HAN PARA CUMPLIR SUS COMPROMISOS PROFESIONALES.

Debajo aparecía parte de un comunicado:

Durante los últimos años, la compañía ha proporcionado apoyo constante a la señorita Han ante dificultades personales y emocionales que afectaron ocasionalmente sus responsabilidades profesionales.

—Cobardes —murmuré.

—Eso no es lo peor.

Beatrice abrió otra publicación.

Un medio estadounidense había recibido fragmentos de las evaluaciones psicológicas de Evie.

Crisis de ansiedad.

Insomnio.

Miedo escénico después de fallos técnicos.

Episodios de despersonalización.

Dificultad para respirar durante ensayos de alta presión.

Habían eliminado las páginas donde los profesionales relacionaban esos síntomas con jornadas excesivas, amenazas contractuales y falta de descanso.

Dejaron solo aquello que permitía presentarla como inestable.

—¿Cómo consiguieron esto?

—Formaba parte de los documentos entregados por Asteria.

—Ginny debía protegerlos.

—Estas no son las copias de la investigación. La compañía tenía sus propios expedientes.

Leí los comentarios.

Algunos defendían a Evie.

Otros preguntaban si sus crisis habían puesto en riesgo al grupo.

Una cuenta aseguraba que había inventado las amenazas para acercarse a la familia real.

Otra compartía una fotografía de su mano vendada junto a mi pañuelo y hablaba de una obsesión.

Sentí la rabia subir desde el estómago.

—Convoca una conferencia.

—Adrien.

—Si Asteria utilizó informes médicos para desacreditarla, responderemos con los registros de Mercer.

—Evie no quiere que intervengas públicamente.

—¿Hablaste con ella?

Beatrice cruzó los brazos.

—Sí.

—¿Cuándo?

—Esta mañana.

—¿Está bien?

—No responderé preguntas que puedes formularle directamente si ella desea hablar contigo.

—No me responde.

—Después de lo que le dijiste en el hospital, no parece un misterio.

Me coloqué la chaqueta.

—Puedo comprar su contrato.

—Eso dijo Ginny que intentarías.

—Puedo liberar a VANTA completa. Asteria tendrá menos capacidad para demandarlas si la adquisición incluye…

—¿Escuchas lo que estás diciendo?

—Sí. Es una operación viable.

—Quieres comprar la empresa que controla a Evie para convertirte en la persona que controla la empresa que controla a Evie.

—No interferiría con su carrera.

—Lo decidirías tú.

—Nombraría una administración independiente.

—Elegida por ti.

—¿Tienes una alternativa?

Beatrice me observó con tristeza.

—Confiar en ella.

—La confianza no detendrá una demanda de millones.

—Tampoco tu dinero reparará lo que significa para Evie que todos crean tener derecho a poseer una parte de su vida.

Tomó el teléfono.

—Su abogada solicitó los documentos sobre Mercer. Eso sí puedes entregarlo.

—Ya autoricé el acceso.

—Entonces déjala luchar.

—¿Y si pierde?

Mi hermana caminó hacia la puerta.

—Al menos será una batalla que eligió.

Se detuvo.

—No llames a Noah.

—¿Por qué lo haría?

—Porque él publicó algo hace diez minutos y tienes la misma expresión que pones antes de cometer un delito.

Me mostró el video.

Noah estaba dentro del estudio.

No aparecía Evie.

Detrás de él había una pantalla dividida en cuatro partes. Todas mostraban la misma sesión de grabación desde ángulos diferentes.

—Asteria afirma que Evelyn Han no podía cumplir con sus responsabilidades por problemas emocionales —decía—. Esta es la sesión que utilizaron para elaborar uno de esos informes.

El video original mostraba a Evie frente al micrófono.

Cantaba una y otra vez el mismo fragmento.

En la primera toma, un productor interrumpía antes de que terminara.

En la segunda, cambiaban el volumen de sus auriculares sin avisarle.

En la tercera, una voz le ordenaba repetir mientras Evie intentaba explicar que no podía escuchar la pista.

En la cuarta, alguien apagaba las luces de la cabina.

Evie se quitaba los auriculares.

Respiraba demasiado rápido.

Un representante entraba y le decía que estaba retrasando la producción.

Noah volvió a aparecer.

—La ansiedad no impidió que Evie trabajara. Fue la consecuencia de una empresa que utilizó su miedo como herramienta de disciplina y luego convirtió esa reacción en una prueba contra ella.

No mencionó nuestra relación.

No habló en su nombre.

Solo presentó la grabación completa y añadió los datos de la abogada de Evie.

El video terminaba con una frase:

Nadie debería perder el derecho a su propia historia porque otra persona posee las cámaras.

La publicación acumulaba miles de reacciones.

Noah había hecho exactamente lo que yo quería hacer.

La diferencia era que poseía las pruebas, contaba con la autorización de Evie y no había convertido su defensa en una demostración de poder.

—¿De dónde obtuvo las grabaciones? —pregunté.

—Su estudio conservaba una copia.

—Conveniente.

Beatrice negó con la cabeza.

—Un hombre defiende a una mujer de una empresa abusiva y tu primera reacción continúa siendo buscar una razón para despreciarlo.

—No necesito buscar.

—¿Qué hizo?

—Se acostó con la mujer que amo.

—Ella lo eligió.

—No mejora mi opinión sobre él.

—Tampoco debería empeorarla.

Me quitó el teléfono.

—No lo llames. No investigues el video. Y no envíes un mensaje sarcástico.

—No pensaba hacerlo.

—¿Qué pensabas hacer?

—Preguntarle a Ginny si la publicación perjudica la demanda.

Beatrice me estudió.

—Eso es sorprendentemente razonable.

—No parezcas tan decepcionada.

Salió.

Volví a observar mis manos.

La sangre ya no estaba.

El miedo sí.

* * *

Alexander grabó la declaración desde la cama.

Mi madre se opuso.

Mi padre intentó reemplazarla por un comunicado escrito.

El médico permitió un máximo de dos minutos.

Mi hermano rechazó todas las alternativas.

Me encontraba detrás de la cámara cuando comenzaron.

Le habían retirado el respirador, pero una cánula de oxígeno atravesaba su rostro. Llevaba una bata blanca y la sábana cubría la estructura que mantenía inmóvil su pierna.

Parecía frágil.

Lo odié.

No porque lo fuera.

Porque sabía cuánto despreciaría que el mundo lo viera de esa manera.

—Podemos esperar —dije.

Alexander ajustó la espalda contra las almohadas.

El esfuerzo le produjo una mueca.

—No.

—Las sospechas no desaparecerán por dos minutos de video.

—Entonces intentaremos tres.

—El médico dijo dos.

—No recuerdo que empezaras a respetar instrucciones médicas.

Mi madre acomodó el cuello de su bata.

—No tienes que demostrar nada.

Alexander tomó su mano.

—No estoy demostrando que sea fuerte. Estoy diciendo la verdad sobre Adrien.

Mi padre permanecía cerca de la ventana.

No había hablado desde que entró.

Alexander lo miró.

—¿Alguna objeción?

—No.

La respuesta fue demasiado rápida.

—Entonces empecemos —ordenó mi hermano.

La luz roja de la cámara se encendió.

Alexander respiró.

Una vez.

Después otra.

Cuando habló, su voz sonó débil, pero firme.

—Ayer, durante un ensayo en Westminster, una estructura cayó sobre el lugar donde se encontraba mi hermano, el príncipe Adrien. Fui yo quien lo apartó del trayecto.

Hizo una pausa.

El dolor contrajo sus facciones.