Donde arden las coronas (Una corona de mentiras 2) Capítulo 8 #4
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Capítulo 8 #4

Entré detrás del médico.

Alexander continuaba conectado al respirador, pero había abierto los ojos. Parecía confundido y el dolor aparecía incluso bajo los sedantes.

Me acerqué.

—Hola.

Su mirada encontró mi rostro.

La humedad apareció en sus ojos.

Intentó hablar alrededor del tubo.

—No —dijo el médico—. No intente hacerlo.

Alexander levantó una mano.

Sus dedos buscaron algo.

Se la ofrecí.

Cerró la mano alrededor de la mía.

—Estoy aquí.

Parpadeó.

—Beatrice también.

Mi hermana apareció al otro lado de la cama.

Alexander giró los ojos hacia ella.

Beatrice comenzó a llorar.

—Eres un idiota —dijo—. Un idiota completo.

Él intentó sonreír.

El monitor aceleró.

El médico pidió que mantuviéramos la calma.

Bash entró acompañado por un investigador. Se quedó cerca de la puerta.

—Necesitamos únicamente una confirmación —explicó—. La prensa está difundiendo documentos que vinculan a Adrien con el sabotaje.

Alexander volvió los ojos hacia mí.

La preocupación apareció.

—No debe hablar —dijo el médico.

Ginny se acercó con una tableta.

—Puede responder seleccionando opciones, si desea hacerlo.

Alexander asintió.

La primera pregunta apareció en la pantalla.

¿El príncipe Adrien conocía alguna amenaza específica contra la estructura antes del ensayo?

Alexander seleccionó NO.

¿El príncipe Adrien provocó su desplazamiento hacia la zona de impacto?

NO.

¿Quién empujó al otro fuera del trayecto?

Alexander señaló su propio pecho.

Después me señaló.

—Tú me empujaste —dije.

Asintió.

El investigador registró la respuesta.

—¿Actuó voluntariamente para proteger al príncipe Adrien?

Sí.

Las lágrimas de Beatrice cayeron sobre la sábana.

Alexander levantó la mano y tocó su muñeca.

El investigador continuó:

—¿Tiene algún motivo para sospechar que su hermano participó en el sabotaje?

La mirada de Alexander se clavó en la mía.

Seleccionó NO.

Después tomó la tableta.

Sus dedos temblaban.

Escribió lentamente.

ADRIEN NO QUIERE LA CORONA.

Añadió otra frase.

ES MI HERMANO.

No pude mirar la pantalla durante más tiempo.

Me incliné y apoyé la frente contra la suya.

—Gracias.

Alexander movió débilmente la cabeza.

No debía agradecerle que confirmara que no intenté asesinarlo.

Pero tampoco sabía cómo agradecerle que hubiera elegido mi vida por encima de la suya.

El médico terminó la entrevista.

Antes de que nos apartaran, Alexander tomó nuevamente mi muñeca.

Señaló la tableta.

Escribió:

NO DEJES QUE LA CORONA DESTRUYA TODO LO QUE AMAS.

Miré la frase.

Evie apareció dentro de mí.

Beatrice.

Mi madre.

Isabella.

Él.

—Descansa —murmuré.

Alexander negó.

Volvió a escribir.

PROMÉTELO.

No podía prometer que nadie resultaría herido.

No podía prometer que salvaría a todos.

Pero podía intentar algo distinto.

—Prometo no utilizar el deber como excusa para hacerles daño.

Mi hermano me observó.

Después asintió.

Sus ojos se cerraron.

El médico nos condujo fuera.

* * *

El mensaje de Orfeo llegó mientras la declaración de Alexander se difundía a la prensa.

Una fotografía mostraba mi mano ensangrentada sujetando la suya dentro de Westminster.

El ángulo provenía desde el piso superior.

Alguien había permanecido dentro de la abadía después del sabotaje.

Debajo aparecía una frase:

YA ELEGISTE CUÁL DE LOS DOS DEBÍA CAER.

Un segundo mensaje llegó inmediatamente.

AHORA CONVENCE AL MUNDO DE QUE NO FUISTE TÚ.

Bash leyó sobre mi hombro.

—La cuenta ya desapareció.

—Naturalmente.

—Entregaremos el teléfono.

—Sí.

Esperó.

—¿Eso es todo?

—¿Qué quieres que haga?

—No lo sé. Es la primera vez que recibes una provocación sin anunciar una invasión.

Miré a través del cristal de la unidad médica.

Alexander dormía.

Beatrice estaba sentada junto a su cama, con la cabeza apoyada sobre el colchón. Mi madre ocupaba un sillón en la esquina.

Mi padre hablaba con el Gobierno.

Isabella organizaba una respuesta internacional.

Evie se había marchado.

No sabía si había regresado junto a Noah.

No preguntaría.

—Orfeo quiere que pierda el control —dije.

—Sí.

—Quiere que ataque a la prensa, esconda las pruebas y utilice mi posición para evitar la investigación.

—Probablemente.

—No lo haré.

Bash guardó el teléfono dentro de una bolsa.

—Bien.

La palabra ya no me irritó.

Me acerqué a la ventana del corredor.

Afuera, cientos de periodistas rodeaban el hospital. Algunos sostenían fotografías de Alexander. Otros mostraban mi rostro junto a titulares que preguntaban si había intentado asesinar a mi hermano.

Durante toda mi vida la Corona había protegido mis errores.

Ahora la misma institución podía convertirme en culpable para garantizar su propia supervivencia.

No sabía qué verdad elegiría creer el mundo.

Solo sabía cuál había visto yo.

Alexander sangrando debajo de la estructura.

Su cuerpo sobre el mío.

Su mano escribiendo:

ES MI HERMANO.

Orfeo había construido una historia donde uno de nosotros debía convertirse en asesino y el otro en víctima.

Pero mi hermano continuaba vivo.

Y mientras respirara, todavía podíamos contar nuestra propia versión.

Esta vez no protegería a la Corona con una mentira.

La obligaría a sobrevivir a la verdad.