Donde arden las coronas (Una corona de mentiras 2) Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

—Precisamente por eso no añadiremos especulación.

—La amenaza ya anunciaba que uno debía morir.

—La amenaza tampoco será revelada.

—¿Y cuando la prensa descubra el informe plantado en mi ordenador?

Julian bajó los ojos.

El rey se volvió hacia Bash.

—¿De qué habla?

—Seguridad encontró documentos relacionados con la sucesión dentro del equipo del príncipe Adrien.

—Falsificados —dije.

—Entonces deben ser aislados.

Isabella se levantó.

—Ocultar la existencia de una investigación permitirá que Orfeo controle la primera versión cuando decida filtrarla.

Mi padre la miró.

—Este es un asunto británico.

—Aristeo utilizó fondos españoles y el atentado ocurrió durante la preparación de una ceremonia con invitados de mi país. Dejó de ser únicamente británico hace tiempo.

—La Casa de Valcázar no determinará nuestra comunicación.

—Entonces determínela antes de que otra persona lo haga por usted.

La tensión entre ambos habría resultado fascinante en cualquier otro momento.

—Diremos que Alexander sufrió un accidente —insistió mi padre—. Nada más hasta conocer su estado.

—No mentirás sobre su enfermedad otra vez —dije.

El rey se volvió.

—Su condición no tiene relación con el accidente.

—Tiene relación con todo esto.

—Revelarla ahora lo debilitaría.

—Alguien ya la utilizó para debilitarlo.

—Adrien.

—No.

La palabra salió más fuerte de lo necesario.

Beatrice se separó de mí.

Todos guardaron silencio.

—No volverás a decidir que la apariencia de estabilidad vale más que la verdad sobre su cuerpo —continué—. Cuando despierte, él decidirá qué información médica compartir. Pero el sabotaje será reconocido.

—Eso produciría pánico.

—Fue un intento de asesinato. El pánico parece una reacción razonable.

Mi padre avanzó.

La diferencia de altura entre ambos era mínima. Durante toda mi vida había parecido capaz de ocupar más espacio que cualquier persona.

Aquella mañana no.

Parecía un hombre cansado.

Asustado.

—Si tu hermano muere —dijo en voz baja—, el país necesitará creer que la transición se encuentra bajo control.

Lo sujeté por la solapa.

Mi madre pronunció mi nombre.

No escuché.

—No vuelvas a hablar de su muerte como una transición.

Mi padre no apartó la mirada.

—Suéltame.

—Es tu hijo.

—Y el heredero.

—Primero es tu hijo.

El dolor apareció en su rostro.

Breve.

Oculto inmediatamente.

—Nunca tuvo el privilegio de serlo primero —respondió.

Solté su chaqueta.

Mi madre se colocó entre nosotros.

—Basta.

La puerta se abrió.

Un médico entró.

Todos nos volvimos.

Llevaba una mascarilla debajo de la barbilla y manchas oscuras sobre el uniforme quirúrgico.

—La hemorragia está controlada —informó—. Tuvimos que retirar el bazo y reparar una lesión en el hígado. Presenta fracturas costales, daño severo en la pierna derecha y una contusión pulmonar.

Beatrice tomó mi mano.

—¿Está vivo? —pregunté.

—Sí.

El aire abandonó la sala al mismo tiempo.

Mi hermana cerró los dedos alrededor de los míos.

Mi madre se cubrió la boca.

El rey se sentó.

Solo entonces comprendí que tampoco estaba preparado para recibir otra respuesta.

—Las próximas veinticuatro horas son críticas —continuó el médico—. Existe riesgo de hemorragia, infección y complicaciones respiratorias. Permanecerá sedado.

—¿Volverá a caminar? —preguntó mi madre.

—Es demasiado pronto para determinarlo. La lesión de la pierna es compleja, pero la circulación se restableció.

—¿Su condición neurológica afecta el pronóstico?

El médico vaciló.

—Necesitaremos hablar con su especialista.

—Quiero verlo —dije.

—Solo una persona.

Beatrice apretó mi mano.

—Ve.

—Puedes ir tú.

Negó.

—Te salvó. Debe saber que estás bien cuando despierte.

Besé su frente.

—Volveré.

Esta vez no prometí nada más.

* * *

Alexander parecía muerto.

La idea apareció antes de que pudiera impedirla.

Estaba acostado entre máquinas, vías y vendajes. Un tubo atravesaba su boca y el respirador obligaba a su pecho a elevarse con una regularidad mecánica.

Tenía un hematoma junto a la sien.

Su pierna derecha desaparecía bajo una estructura de soporte.

Me senté junto a la cama.

Tomé su mano.

La piel estaba tibia.

—Estoy aquí.

No reaccionó.

—Beatrice también. Madre y padre esperan afuera.

El monitor continuó marcando el pulso.

—Isabella organizó medio hospital. Estoy empezando a sospechar que planea conquistar Inglaterra mediante eficiencia administrativa.

Nada.

—Evie está bien.

No sabía por qué lo mencioné.

Quizá porque había sido la última persona por la que Alexander preguntó dentro de la ambulancia.

Quizá porque mi hermano conocía la parte de mí que todavía buscaba su nombre incluso cuando todo se derrumbaba.

—Se acostó con Noah —añadí.

Una enfermera levantó la vista desde el otro extremo.

La ignoré.

—Elegiste un momento extraordinario para salvarme. Podías haber esperado hasta que mi vida resultara menos humillante.

Alexander no sonrió.

No abrió los ojos.

Apreté su mano.

—No pienso convertirme en rey.

El respirador continuó.

—Tampoco permitiré que mueras para impedirlo.

Me incliné.

Apoyé la frente sobre sus dedos.

—No sé cómo hacer esto sin ti.

La confesión quedó entre las máquinas.

Toda mi vida había fingido que la posibilidad de reemplazar a Alexander era una carga impuesta por la Corona.

La verdad era más simple.

No quería un mundo donde pudiera reemplazarlo.

No existía título, trono ni deber capaz de llenar el espacio de mi hermano.

—Despierta —murmuré—. Puedes odiarme después.

* * *

Evie llegó al hospital una hora más tarde.

Nadie me informó.

La encontré al regresar a la sala privada.

Estaba junto a Beatrice.

Llevaba pantalones negros, un abrigo oscuro y el cabello recogido en una coleta baja. No tenía maquillaje. Sus ojos parecían más grandes dentro de un rostro pálido.

Noah no estaba con ella.

Evie levantó la mirada.

Vio la sangre en mi uniforme.

Avanzó.

Mi cuerpo quiso ir hacia ella.

Recordaba exactamente cómo se sentían sus brazos alrededor de mi cuello la noche del accidente.

La manera en que había corrido hacia mí.

El alivio convertido en un beso.

Necesitaba aquello.

La necesitaba.

Evie extendió las manos.

Yo retrocedí.

Se detuvo.

—Adrien.

—Alexander sobrevivió a la cirugía.

—Beatrice me contó.

—Entonces ya sabes todo.

—No.

Dio otro paso.

—Déjame verte.

—Estoy bien.

—Tienes sangre en el rostro.

Alzó la mano.

La sujeté antes de que pudiera tocarme.

No utilicé fuerza.

Aun así, vi el recuerdo del corredor de Kensington en sus ojos.

La solté inmediatamente.

—No —dije.

Evie bajó la mano.

—Solo quería ayudarte.

Miré sus dedos.

Las mismas manos que habían recorrido el cuerpo de Noah.

La idea me produjo una oleada de dolor tan violenta que casi sentí náuseas.

—No puedo.

—¿Qué cosa?

—Aceptar esto de ti.

—¿Por Noah?

Beatrice se levantó.

—Adrien, no.

—No te involucres.

—Ella vino porque Alexander casi murió.

—No le pedí que viniera.

Evie recibió la frase sin moverse.

—Noah no tiene relación con lo que siento por tu familia.

—Tiene relación con lo que siento cuando me tocas.

—Entonces no te tocaré.

Su voz se volvió más fría.

—Pero no fingiré que dejaste de importarme porque me acosté con alguien.

—No quiero las partes de ti que quedan disponibles después de él.

El dolor cruzó su rostro.

Beatrice me golpeó el brazo.

—Eres un imbécil.

—Bea.

—No. Ella vino hasta aquí por ti.

—No quiero su compasión.

Evie levantó el mentón.

—No es compasión.

—¿Qué es?

—Amor.

La palabra abrió algo dentro de mí.

No podía permitírselo.

No mientras el cuerpo de Alexander permanecía conectado a una máquina y el olor de la piel de Noah podía continuar sobre ella.

—Elegiste a otro hombre.

—Elegí estar con él una noche.

—No existe una diferencia que me importe.

—Claro que existe.

—No para mí.

—Ese es tu problema. Solo reconoces el amor cuando viene acompañado por la posesión completa.

—Y tú quieres conservarme mientras descubres si puedes amar a Noah.

—No te estoy pidiendo que esperes.

—Entonces ¿por qué estás aquí?

Evie abrió la boca.

No respondió.

La respuesta era demasiado dolorosa.

Porque, si Alexander moría, ella habría venido por mí aunque significara abandonar todo lo demás.

Eso no implicaba que regresaría.

Solo que todavía me amaba suficiente para correr cuando pensaba que estaba destruido.

No sabía recibir una parte de ella sin querer todas.

—Vete —dije.

Las lágrimas aparecieron.

Evie no permitió que cayeran.

—No vas a castigarme por ejercer la libertad que dijiste respetar.

—No te estoy castigando.

—Me estás negando el derecho a preocuparme por tu hermano porque otro hombre tocó mi cuerpo.

—No necesito que conviertas esto en una lección moral.

—No. Necesitas a alguien que te permita ser cruel y después te abrace porque estás sufriendo.

Beatrice se colocó entre nosotros.

—Los dos deben detenerse.

Evie retrocedió.

Miró a mi hermana.

—Llámame cuando Alexander despierte.

—Evie…

—Está bien.

La abrazó.

Beatrice se aferró a ella.

—No quería que vinieras para esto.

—Lo sé.

Evie besó su cabello.

Después se acercó a mi madre y tomó sus manos. La reina Helena le agradeció en voz baja.

Mi padre permaneció al otro lado de la sala.

Evie no lo saludó.

Cuando llegó a la puerta, se volvió hacia mí.

—Noah me dijo que no viniera.

La confesión me tensó.

—¿Por qué?

—Porque sabía que, si te encontraba así, una parte de mí querría abandonarlo todo para quedarme contigo.

—¿Y tenía razón?

Evie sostuvo mi mirada.

—Sí.

El corazón me golpeó contra las costillas.

—Entonces quédate.

—No.

La esperanza murió antes de llegar a convertirse en algo completo.

—No voy a correr hacia ti cada vez que te destruyan y aceptar que me apartes cuando vuelvas a sentirte fuerte.

—No te pedí que vinieras.

—Exactamente.

Abrió la puerta.

—Espero que Alexander despierte.

Se marchó.

Beatrice me observó.

—Eres un hijo de puta.

No encontré sarcasmo para esconderme.

—Lo sé.

—No. Si lo supieras, habrías permitido que te limpiara la cara.

—No podía.

—Porque se acostó con Noah.

—Sí.

—Eso no borró todo lo que vivió contigo.

—Para mí cambió algo.

—Porque tus decisiones siempre tienen contexto y las de ella se convierten en una sentencia.

—Beatrice.

—Dijiste que era libre.

—Lo es.

—Mientras no haga nada con esa libertad.