Donde arden las coronas (Una corona de mentiras 2) Capítulo 7 #4
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Capítulo 7 #4

—Yo también.

Llegamos al primer punto.

Un agente marcó la posición donde permaneceríamos durante la bendición.

—Lo siento —dijo Alexander.

—No quiero hablar.

—Entonces deja de apretar la mandíbula. Vas a romperte un diente.

—Concéntrate en el recorrido.

—Puedo hacer ambas cosas.

Avanzamos.

La ruta continuaba hacia el altar. Trabajadores revisaban las estructuras temporales colocadas para iluminación y transmisión.

Me obligué a observar las puertas.

Ventanas.

Balcones.

No la camisa de Noah debajo del abrigo de Evie.

No sus dedos sobre la espalda de ella.

No una habitación que jamás vería.

Llegamos a la segunda marca.

Bash levantó una mano.

—Esperen.

Un sonido metálico resonó sobre nosotros.

Pequeño.

Un chasquido.

Levanté la mirada.

La estructura de iluminación se inclinaba.

Durante un segundo no comprendí lo que veía.

Después una cadena se soltó.

—¡Abajo! —gritó Bash.

Alguien chocó contra mi cuerpo.

Alexander.

Me empujó con ambas manos.

Caí sobre las baldosas.

La estructura descendió.

El sonido fue ensordecedor.

Metal contra piedra.

Vidrio.

Gritos.

Me cubrí la cabeza.

Algo golpeó mi hombro y rodó junto a mí.

Después llegó el silencio.

No completo.

Un zumbido agudo llenaba mis oídos.

—Alexander.

Me incorporé.

Polvo y fragmentos cubrían el suelo.

Mi hermano estaba debajo de la estructura.

Una de las barras había caído sobre sus piernas. Otra atravesaba su costado.

La sangre comenzaba a extenderse sobre la camisa.

—¡Alexander!

Gateé hasta él.

Intenté levantar la barra.

No se movió.

Bash apareció a mi lado.

—No la retires.

—Está aplastándolo.

—Puede estar conteniendo una hemorragia.

—¡Necesitamos médicos!

Ya corrían hacia nosotros.

Evie gritó mi nombre desde alguna parte.

No miré.

Tomé el rostro de Alexander.

Sus ojos estaban abiertos.

Desenfocados.

—Mírame.

—Estoy…

Tosió.

Sangre apareció en la comisura de su boca.

—No hables.

—Estás bien.

—Sí.

—Te empujé.

—Lo sé.

Una sonrisa mínima apareció.

—Siempre quise hacerlo.

Mi visión se volvió borrosa.

—No es gracioso.

—Un poco.

Los médicos rodearon la estructura. Uno cortó la chaqueta de Alexander. Otro colocó una mascarilla sobre su rostro.

—Tenemos que apartarlo —dijo Bash.

—No.

—Adrien.

—No lo dejaré.

Me sujeté a la mano de mi hermano.

Sus dedos estaban fríos.

—Quédate conmigo.

Alexander intentó enfocar mi rostro.

—No dejes…

—No hables.

—Escúchame.

Su mano se cerró débilmente alrededor de la mía.

—No dejes que te conviertan en rey por mi muerte.

—No vas a morir.

—Promételo.

—No.

—Adrien.

—No te prometeré nada que empiece con tu muerte.

Los médicos levantaron parte de la estructura mediante un equipo hidráulico.

Alexander gritó.

El sonido atravesó la abadía.

Lo sujeté por los hombros mientras trabajaban.

—Mírame.

Su respiración se quebró.

—Quédate conmigo.

—No puedo…

—Sí puedes.

La barra se elevó varios centímetros.

La sangre comenzó a salir con mayor rapidez.

—¡Ahora! —gritó un médico.

Deslizaron una camilla debajo de él.

Me obligaron a soltarlo.

La mano de Alexander escapó de la mía.

—¡Adrien!

El grito provenía de Evie.

Esta vez volví la cabeza.

Estaba a varios metros, retenida por un agente. Noah permanecía junto a ella, pero Evie no lo miraba.

Sus ojos estaban en mí.

Dio un paso.

Quise que viniera.

Quise enterrarme dentro de sus brazos y fingir que el sabor de otro hombre no continuaba sobre su piel.

Entonces vi a Alexander.

El cuerpo inmóvil.

La sangre.

Mi hermano había elegido salvarme.

Evie había elegido a Noah.

Dentro de mí, ambas verdades se mezclaron hasta convertirse en algo oscuro.

—Quédate con él —le dije.

No supe si pudo escucharme.

Seguí la camilla.

Isabella corrió junto a nosotros. Tenía polvo sobre el vestido y un corte pequeño en la frente.

—El vehículo está preparado —informó.

—¿Mi padre?

—Ya sabe.

—Beatrice.

—Tu madre está con ella.

Llegamos a la salida.

Los médicos introdujeron a Alexander en la ambulancia.

Subí detrás.

Bash intentó acompañarme.

—Busca quién soltó la estructura —ordené.

—No te dejaré solo.

—No lo estoy.

Miré a mi hermano.

Los médicos comprimían la herida. El monitor emitía sonidos rápidos.

Bash comprendió.

Cerró la puerta.

La ambulancia comenzó a moverse.

Tomé nuevamente la mano de Alexander.

—No morirás.

No respondió.

—¿Me escuchas?

Nada.

—Alexander.

El monitor continuó marcando su pulso.

Débil.

Rápido.

Vivo.

Apoyé la frente contra sus dedos.

Por primera vez desde que comenzamos a hablar de Orfeo, no pensé en la sucesión, Isabella, Evie ni en el hombre que había pasado la noche con ella.

Solo pensé en mi hermano empujándome fuera del trayecto.

En su cuerpo recibiendo el impacto que debía caer sobre el mío.

En la última petición que me había hecho antes de perder el conocimiento.

No dejes que te conviertan en rey por mi muerte.

Había pasado toda la vida convencido de que Alexander era la persona a la que debía proteger.

Aquella mañana llegó antes que yo.

Me salvó.

Y mientras su sangre se secaba sobre mis manos, comprendí que, si moría, ninguna verdad futura podría convencerme de que mi hermano había sido otra cosa que una víctima.