Capítulo 7 #3
Adrien niega compromiso con Isabella.
España y Reino Unido suspenden negociaciones reales.
¿Evie Han detrás de la decisión del príncipe?
No había pronunciado su nombre.
Los medios lo hicieron por mí.
Evie vería las fotografías.
También vería la aclaración.
Esperé un mensaje que no tenía derecho a esperar.
No llegó.
* * *
La noche siguiente, Noah le pidió a Evie que decidiera.
No estuve allí.
No escuché sus palabras.
Conocí una parte al día siguiente, cuando la vi entrar en la sala de seguridad de Westminster.
Evie llevaba un abrigo negro cerrado hasta el cuello. El cabello estaba recogido de manera sencilla y no tenía maquillaje salvo una línea oscura alrededor de los ojos.
Noah caminaba junto a ella.
No la tocaba.
No era necesario.
Había algo distinto entre ambos.
Una intimidad silenciosa.
La ausencia de cualquier duda sobre la distancia que debían mantener.
Evie dijo algo demasiado bajo.
Noah se inclinó.
Ella sonrió contra su hombro.
Después vi la camisa.
Debajo del abrigo, Evie llevaba una prenda blanca demasiado grande. Las mangas estaban dobladas sobre sus muñecas.
Había visto esa camisa dos días antes.
Noah la llevaba cuando casi lo golpeé.
El mundo continuó moviéndose.
Agentes caminando.
Bash dando órdenes.
Trabajadores revisando estructuras.
Pero el sonido desapareció.
Evie levantó la vista.
Me encontró.
La sonrisa murió.
Noah siguió su mirada.
Comprendió lo que yo había visto.
No hubo satisfacción en su rostro.
Solo una calma triste.
Isabella apareció a mi lado.
—Adrien.
—Estoy bien.
—No te he preguntado.
—Lo ibas a hacer.
Evie se acercó.
Noah permaneció atrás.
Por elección de ella, no por una orden.
—Necesitamos hablar —dijo.
—Estamos a punto de comenzar el ensayo.
—Cinco minutos.
—Pueden ser suficientes para arruinar una vida.
La crueldad salió antes de que pudiera detenerla.
Evie recibió el golpe sin retroceder.
—Sí —respondió—. Lo sabes bien.
Isabella se alejó.
Bash hizo lo mismo.
Nos concedieron una intimidad relativa dentro de una nave lateral.
Las columnas ocultaban el altar y los agentes permanecían suficientemente lejos para no escuchar.
Evie abrió el abrigo.
La camisa de Noah cayó sobre sus muslos.
No intentó esconderla.
—¿Te acostaste con él? —pregunté.
No debía hacerlo.
Había prometido no interrogarla.
La pregunta salió de todos modos.
—Sí.
Una palabra.
Limpia.
Sin espacio para la esperanza.
Algo se rompió dentro de mi pecho sin producir sonido.
—¿Anoche?
—Sí.
—¿En la residencia?
—No te daré detalles.
—No los he pedido.
—Todavía.
Me apoyé contra una columna.
La piedra fría atravesó el uniforme.
—¿Por qué me lo dices?
—Porque no quería que lo supieras por una fotografía ni que utilizaras a seguridad para confirmarlo.
—Ya no hago eso.
—Lo sé.
—Entonces podías ahorrármelo.
—No quería mentirte.
Solté una risa vacía.
—Admirable.
Evie cerró el abrigo.
—No hagas esto.
—¿Qué cosa?
—Fingir que no te importa para castigarme.
—¿Preferirías que llorara?
—Preferiría que fueras honesto.
—Estoy encantado por ti.
Su rostro cambió.
—Adrien.
—Noah es un hombre extraordinario. Generoso, paciente, emocionalmente disponible y capaz de utilizar una puerta principal. Deberíamos condecorarlo.
—Basta.
—Quizá mi padre pueda concederle un título. Servicios excepcionales a una mujer abandonada por la Corona.
—No me acosté con él para herirte.
—Naturalmente.
—No fue una venganza.
—Entonces eso debería hacerme sentir mucho mejor.
Evie dio un paso hacia mí.
—Le dije que todavía te amo.
—Qué romántico.
—Le conté la verdad antes de tocarlo.
Aquello consiguió atravesar la crueldad.
Noah había sabido que ella me amaba.
Y aun así había aceptado recibir la parte de Evie que yo deseaba completa.
—¿Y no le importó? —pregunté.
—Sí le importó.
—Pero se acostó contigo de todos modos.
—Me preguntó si lo estaba eligiendo a él o huyendo de ti.
—¿Qué respondiste?
Evie sostuvo mi mirada.
—Que lo elegía a él esa noche.
Esa noche.
No para siempre.
Mi mente intentó aferrarse a la diferencia.
La desprecié por hacerlo.
—Felicitaciones —dije—. Espero que haya valido la pena.
Las lágrimas aparecieron en sus ojos.
No cayeron.
—Sabía que te dolería.
—No me duele.
—Mientes.
—Tú querías descubrir cómo podía sentirse otro hombre. Ya tienes la respuesta.
—Sí.
La afirmación me golpeó.
—¿Y?
—No voy a compararlos.
—Porque él fue mejor.
—Porque lo que ocurrió con Noah no te pertenece.
Avancé.
Evie no retrocedió.
—Todo lo tuyo me importaba.
—Ese era el problema. Convertías cada parte de mí en algo tuyo.
—¿Lo amas?
La pregunta salió sin fuerza.
Evie perdió parte de la dureza.
—No.
El alivio apareció.
Otra vez.
Pequeño y repugnante.
—Pero podría —añadió.
La destrucción fue completa.
Me aparté.
—Debemos volver.
Evie sujetó mi brazo.
El contacto ardió.
La noche anterior aquellas manos habían recorrido otro cuerpo.
—No quería que esto ocurriera así —dijo.
—¿Cómo querías que ocurriera?
—Sin sentir que necesito disculparme por seguir viviendo.
—Entonces no te disculpes.
—Te amo.
—No vuelvas a decirlo.
Su mano se aflojó.
—Adrien…
—No puedes entregarle tu cuerpo a otro hombre y después utilizar esa palabra para mantenerme esperando.
—No intento mantenerte.
—Exactamente.
La aparté con cuidado.
No fue un movimiento violento.
Eso pareció herirla todavía más.
—¿Te vas a la gira? —pregunté.
—Sí.
Asentí.
—Bien.
—Deja de decirlo así.
—¿Cómo?
—Como si cada palabra amable escondiera un cuchillo.
—Es una habilidad familiar.
Los ojos de Evie se llenaron por completo.
—No voy a arrepentirme de lo que hice.
—No te lo he pedido.
—Pero quieres que lo haga.
—Quiero demasiadas cosas que ya no son asunto tuyo.
Me marché antes de que pudiera ver la primera lágrima caer.
* * *
El ensayo comenzó a las diez.
Alexander y yo entramos por la puerta occidental siguiendo un recorrido falso. Solo seis personas conocían la ruta real que utilizaríamos durante la ceremonia.
Bash vigilaba desde la nave central.
Isabella observaba junto a los representantes españoles. Beatrice permanecía en Kensington, revisando las transmisiones desde el centro operativo.
Evie y Noah debían marcharse después de la declaración.
Continuaban cerca de la salida.
No miré hacia ellos.
Veintidós metros separaban la entrada del primer punto ceremonial.
Alexander caminaba a mi derecha.
Vestía un traje oscuro y llevaba el cabello peinado hacia atrás. Parecía más saludable de lo que estaba. Solo yo percibía la rigidez de su mano y la manera en que ajustaba el paso para compensar un mareo.
—¿Qué ocurrió? —murmuró sin volver la cabeza.
—Nada.
—Tu expresión parece capaz de disolver el Parlamento.
—Evie se acostó con Noah.
Alexander perdió un paso.
—Podías esperar hasta que termináramos de caminar bajo objetos pesados.
—Preguntaste.
—Esperaba una respuesta menos destructiva.