Capítulo 7 #2
—También sé cómo se siente despertar rodeado por personas que consideran su necesidad de respuestas más importante que tu cuerpo.
La acusación me silenció.
—No quería dañarlo.
—Nadie quiere. Solo continúan haciéndolo mientras afirman que es necesario.
Se sentó.
El esfuerzo de la visita comenzaba a afectarlo. La mano derecha temblaba sobre su rodilla.
Me agaché.
—¿Mareo?
—Un poco.
—Llamaré al médico.
—Espera.
—Alexander.
—Dos minutos.
Me senté junto a él.
—La ceremonia continúa —dijo.
—No.
—Si la cancelamos, Orfeo modificará el plan.
—Eso sería preferible.
—No. Ahora sabemos cuándo espera que estemos juntos.
—No sabemos cómo piensa atacarnos.
—Podemos cambiar el recorrido sin hacerlo público. Filtrar dos versiones falsas y observar quién intenta acceder.
—Quieres utilizarte como carnada.
—Quiero participar en una decisión que afecta mi vida.
—Puede terminarla.
Alexander sostuvo mi mirada.
—También la tuya.
—Eso es diferente.
—¿Por qué?
No tenía una respuesta que no sonara exactamente como aquello que Evie llevaba meses intentando enseñarme.
—Porque soy el repuesto —dije finalmente.
El rostro de mi hermano se endureció.
—No vuelvas a decir eso.
—Es verdad.
—No para mí.
—Alexander…
—No eres una pieza que pueda colocarse donde falte otra. Eres mi hermano.
Su voz se quebró.
—Si uno de nosotros debe exponerse, no decidirás que tu vida vale menos porque naciste segundo.
Miré el suelo.
—Trabajaremos juntos —continuó—. Como iguales.
—Nunca hemos sido iguales.
—Entonces empecemos antes de que uno muera.
La frase fue demasiado cercana a la amenaza.
—No morirás.
—Tampoco tú.
Nos observamos.
Dos promesas imposibles dentro de una habitación sin ventanas.
Extendí la mano.
Alexander la tomó.
—Juntos —dije.
—Juntos.
En ese momento le creí.
* * *
Beatrice encontró el prendedor dentro de una fotografía tomada cuatro años antes.
Nos esperaba cuando regresamos a Kensington. Había cubierto una mesa de la biblioteca con imágenes de recepciones, hospitales y viajes oficiales.
—Antes de que me grites —dijo—, no abandoné el edificio.
—No pensaba gritar.
—Madre lo hizo por ambos.
Nos mostró una fotografía.
Alexander salía de una clínica acompañado por Lawson. En el fondo, parcialmente oculta detrás de un automóvil, aparecía una mujer con uniforme médico.
Llevaba un pequeño prendedor dorado sobre la solapa.
Una lira rodeada por llamas.
—Lorraine Shaw —dije.
—Eso pensé, pero mira la fecha.
La imagen se había tomado dos meses antes de que Shaw apareciera oficialmente en los registros de la clínica.
—Ya trabajaba cerca de Alexander —concluyó Beatrice.
—O la persona no es Shaw.
—Encontré el símbolo en otras cinco fotografías.
Las extendió.
Un funeral.
Una recepción de Windsor.
Una visita de Estado.
Una ceremonia militar.
Una cena privada.
En cada imagen aparecía alguien diferente con el mismo emblema.
Un camarero.
Una mujer del personal.
Un invitado.
Un agente.
—No es un distintivo de una persona —dije.
—Es una forma de reconocerse —respondió Beatrice.
Alexander se sentó.
—Aristeo lleva años dentro.
—Décadas, quizá —añadió mi hermana—. Esta fotografía es del aniversario de bodas de nuestros abuelos.
El símbolo aparecía en la solapa de un hombre detrás del antiguo rey.
Sentí un frío profundo.
Orfeo no había construido una red para atacarnos.
Había heredado una que ya existía.
—Entrega todo a Bash —dije.
Beatrice sostuvo las imágenes.
—Quiero seguir trabajando.
—Puedes hacerlo.
Mi hermana levantó los ojos, sorprendida.
—¿Sin condiciones nuevas?
—Dentro del Palacio y con la información protegida.
—Acepto.
Alexander sonrió ligeramente.
—Realmente estás aprendiendo.
—No lo conviertan en una celebración. Podría arrepentirme.
Beatrice comenzó a guardar las fotografías.
—Evie llamó.
Mi cuerpo reaccionó.
Ella lo notó.
—No compartiré lo que dijo.
—No pregunté.
—Esta vez.
Se dirigió hacia la puerta.
—Solo quiere saber si Alexander está bien.
Mi hermano levantó la cabeza.
—Puedes decirle que sí.
—¿Es verdad?
Alexander sonrió.
—Es la respuesta oficial.
Beatrice dejó de moverse.
Regresó y lo abrazó.
—No quiero la respuesta oficial.
Mi hermano apoyó el rostro sobre su cabello.
—Estoy asustado —admitió.
Beatrice cerró los ojos.
—Yo también.
Los observé.
No intenté prometer que todo estaría bien.
Empezaba a comprender que algunas promesas solo servían para silenciar el miedo de otras personas.
Me acerqué y apoyé una mano sobre la espalda de cada uno.
Permanecimos así.
Tres hermanos unidos dentro de una biblioteca llena de fotografías que demostraban que alguien nos observaba desde antes de que Beatrice aprendiera a caminar.
* * *
Asteria envió la amenaza legal a Evie aquella tarde.
Suspendería la producción de su álbum, congelaría pagos y exigiría compensaciones por incumplimiento contractual si continuaba colaborando con investigadores sin autorización corporativa.
Ginny me mostró el documento dentro de su oficina.
—Es intimidación —dije.
—Es un contrato abusivo, pero algunas cláusulas pueden ejecutarse.
—¿Cuánto tendría que pagar?
—No es asunto tuyo.
—Pregunté una cifra.
Ginny retiró el documento.
—Y yo conozco la razón.
—Puedo cubrirla.
—No.
—Evie no debería perder su carrera por colaborar con nosotros.
—No piensa hacerlo.
—Asteria puede impedir que publique música durante años.
—Su equipo solicitará una medida cautelar.
—El proceso tardará.
—Es la decisión de Evie.
Me levanté.
—Puedo crear un fondo independiente, comprar parte del contrato o negociar una salida mediante…
—Detente.
—Estudié este tipo de estructuras.
—No dudo de tu capacidad para ejecutar una adquisición hostil por motivos románticos.
—No sería romántica.
—Naturalmente.
Ginny dejó la carpeta sobre el escritorio.
—Si pagas la indemnización, Asteria cambiará de dueño sin que cambie la dinámica. Evie pasará de una empresa que controla su carrera a un príncipe que puede comprar su libertad.
—No exigiría nada.
—Pero sabría que te debe millones.
—No me importa el dinero.
—A ella sí podría importarle la deuda.
Caminé hacia la ventana.
—Entonces ¿qué hago?
—Nada que ella no haya solicitado.
—Parece ser la recomendación favorita de todos.
—Porque para ti la inacción requiere más disciplina que cualquier intervención.
—Podríamos apoyarla sin que sepa de dónde proviene.
—Eso se llama manipulación.
—Se llama filantropía anónima.
—Cuando existe una intención personal oculta, se llama manipulación con beneficios fiscales.
Me volví.
—No quiero que pierda su música.
—Entonces confía en que sabe defenderla.
—¿Y si falla?
Ginny sostuvo mi mirada.
—Permítele fracasar en una decisión propia.
No me gustó.
Precisamente por eso sabía que era correcto.
—¿Qué sí puedo hacer? —pregunté.
—Autorizar la entrega de toda la información necesaria para su demanda. Sin condiciones, acuerdos de confidencialidad adicionales ni intervención pública.
—Hazlo.
—Necesito tu firma.
Firmé sin leer.
Ginny observó el documento.
—Tu profesor de contratos acaba de sufrir un dolor inexplicable.
—Confío en ti.
—No deberías anunciarlo como si fuera una virtud recién descubierta.
—No abuses del momento.
* * *
El ensayo de seguridad se realizaría dos días después en Westminster.
Antes debía asistir con Isabella a una recepción de la embajada española.
No era una cita.
Ambas casas lo repitieron tantas veces que resultó evidente cuánto deseaban que pareciera una.
Entramos juntos por la puerta principal.
Isabella llevaba un vestido azul oscuro que dejaba los hombros descubiertos. El cabello negro caía en ondas sobre su espalda y una tiara pequeña brillaba sobre su cabeza.
Yo vestía uniforme militar.
Las cámaras nos recibieron con una cantidad ofensiva de flashes.
—Sonríe —murmuró Isabella sin mover los labios.
—Estoy sonriendo.
—Pareces considerar una ejecución.
—Es mi expresión accesible.
Ella apoyó una mano sobre mi brazo.
No era intimidad.
Era protocolo.
Aun así, los fotógrafos comenzaron a gritar preguntas sobre nuestro futuro.
¿Existe un compromiso?
¿La princesa permanecerá en Londres?
¿Se anunciará pronto el matrimonio?
Isabella retiró la mano.
Subió las escaleras sola.
La seguí.
Dentro del vestíbulo, su equipo se acercó para acompañarla a la recepción.
—Espera —dije.
Isabella se volvió.
Los periodistas continuaban observando desde el exterior. Las puertas todavía no se cerraban.
Podía ignorarlos.
Era lo que el Palacio esperaba.
Entonces pensé en Evie mirando las fotografías al otro lado de la ciudad.
Otra imagen ambigua.
Otra Corona utilizando el silencio para construir una mentira.
Regresé hacia los micrófonos.
Julian apareció junto a mí.
—Señor, las preguntas no están autorizadas.
—Solo responderé una.
Los periodistas gritaron.
Seleccioné a una mujer de la primera fila.
—¿Existe un compromiso matrimonial entre Su Alteza y la princesa Isabella?
Julian dejó de respirar.
Miré directamente hacia las cámaras.
—No. La princesa Isabella y yo colaboramos en asuntos institucionales y mantenemos una amistad de muchos años. No existe ningún compromiso y cualquier información contraria no representa una decisión tomada por nosotros.
El ruido aumentó.
—¿Significa que el acuerdo fue cancelado?
—He respondido una pregunta.
Me volví.
Isabella continuaba dentro del vestíbulo.
Sus ojos color miel brillaban.
No supe si estaba furiosa.
—Debiste advertirme —dijo cuando llegué hasta ella.
—Sí.
—Podía haber preparado una respuesta.
—Sí.
—Mi padre me llamará antes de que lleguemos al salón.
—Probablemente.
—El tuyo intentará matarte antes que Orfeo.
—Parece una competencia reñida.
Isabella me observó.
—Gracias.
La palabra me sorprendió.
—Creí que querías una oportunidad.
—La quiero. No quiero conseguirla mediante una mentira pública.
—No dije que nunca podría existir algo.
—Lo sé.
Se acercó y corrigió una insignia sobre mi uniforme.
—Pero cuando exista, si ocurre, será porque ambos lo elegimos.
—Sí.
—No vuelvas a tomar una decisión pública que me afecte sin advertirme.
—Intentaré recordarlo.
—No intentes. Hazlo.
Continuó hacia el salón.
Los titulares aparecieron antes de que termináramos la primera conversación diplomática.