Capítulo 7
La noche que no me pertenecía
Noah Reyes no se había acostado con Evie.
Recibí esa información a las siete y cuatro de la mañana mediante un informe policial que no debía contenerla. El dato no era pertinente para la investigación y leerlo fue otra invasión que no podía justificar. Aun así, lo leí.
La frase exacta decía:
El señor Reyes permaneció en el área común hasta las 02:16, cuando los ocupantes fueron trasladados en vehículos separados.
La leí cuatro veces.
Área común.
Vehículos separados.
No era una confirmación absoluta. Podían haber estado juntos antes de las dos y dieciséis. Podían haberse besado sobre el sofá, contra la pared o dentro de cualquiera de las habitaciones que no aparecían descritas.
Mi imaginación no necesitaba ayuda.
Aun así, el alivio llegó.
Rápido.
Intenso.
Vergonzoso.
—¿Algo importante? —preguntó Alexander.
Estábamos desayunando en sus habitaciones. Mi hermano ocupaba un sillón junto a la chimenea con una manta sobre las piernas. Había recuperado algo de color, aunque las sombras debajo de sus ojos continuaban marcadas.
Beatrice estaba acostada sobre el sofá, utilizando el teléfono.
Yo permanecía junto a la mesa con el informe entre las manos.
—Seguridad trasladó a Evie sin incidentes.
Mi hermana levantó la cabeza.
—¿Eso dice el informe o también especifica dónde durmió Noah?
La miré.
—No sé de qué hablas.
—Tienes la expresión de un hombre que acaba de recibir una noticia innecesariamente específica.
Alexander extendió una mano.
—Déjame verlo.
Doblé el informe.
—No.
—Entonces Beatrice tiene razón.
—Beatrice rara vez tiene razón. Solo habla con suficiente confianza para crear esa impresión.
Mi hermana se sentó.
Llevaba un pantalón azul y una camiseta blanca demasiado grande. Su cabello rubio estaba recogido en lo alto de la cabeza y varias hebras caían sobre sus mejillas.
—¿Se acostaron?
—No.
Respondí demasiado rápido.
Alexander levantó las cejas.
Beatrice sonrió.
—No.
—No sabes eso —dijo mi hermano.
—El informe establece que permanecieron en áreas separadas.
—Qué alivio —respondió Beatrice—. Temía que la policía estadounidense tuviera asuntos más importantes que vigilar la vida sexual de Evie.
—La cronología era necesaria para reconstruir la amenaza.
—Naturalmente.
Dejé el documento sobre la mesa.
—Ambos resultan agotadores antes del café.
Alexander tomó su taza.
—¿Qué harás cuando se acueste con él?
Mi mano se detuvo sobre la cafetera.
—Buenos días para ti también.
—Es una pregunta seria.
—No haré nada.
—¿Nada? —repitió Beatrice.
—No es asunto mío.
—Eso no significa que no romperás muebles.
—Los muebles del Palacio están asegurados.
Mi hermana perdió la sonrisa.
—Adrien.
—He dicho que no haré nada.
Alexander me observó por encima de la taza.
—No hacer nada puede ser una decisión o una espera.
—¿Qué significa eso?
—Puedes respetar su libertad o permanecer inmóvil hasta que ella tome una decisión que no toleres.
—La toleraré.
—No pareces tolerar ni siquiera la posibilidad.
Me acerqué a la ventana.
Afuera, los agentes nuevos de Alexander recorrían el jardín. Él había participado en la selección de cada uno y exigido acceso a sus antecedentes.
Yo había respetado el acuerdo.
No había colocado a nadie dentro de su habitación.
En cambio, llevaba dos noches durmiendo en el salón contiguo.
No lo habíamos discutido.
—¿Cómo te sientes? —pregunté.
Alexander sonrió.
—Una transición elegante.
—¿Dolor?
—Dos.
—¿Mareos?
—Ninguno desde anoche.
—¿Memoria?
—Recuerdo que intentabas cambiar de tema.
Beatrice se levantó y tomó una manzana.
—Tiene una evaluación con el neurólogo a las once.
—Lo sé.
—Y Marcus despertó.
Me volví.
—¿Cuándo?
—Hace veinte minutos —respondió Alexander—. El hospital llamó directamente.
—¿Por qué no me dijiste?
—Estabas ocupado leyendo sobre el área común de una residencia.
Tomé la chaqueta.
—¿Puede hablar?
—Durante periodos breves.
—Voy al hospital.
Alexander apartó la manta.
—Vamos.
—Tú tienes una evaluación.
—La trasladaremos.
—No es seguro.
—Marcus fue secuestrado por investigar mis episodios.
—Precisamente.
Mi hermano se puso de pie.
Ya no utilizaba el bastón dentro de las habitaciones. Sin embargo, apoyó una mano sobre el sillón hasta encontrar el equilibrio.
—No discutiré otra vez mi derecho a participar —dijo.
—El hombre de la clínica afirmó que llegamos tarde para elegir.
—Y no sabremos qué significa si no hablamos con Marcus.
Beatrice mordió la manzana.
—Yo también voy.
—No —dijimos ambos.
Ella puso los ojos en blanco.
—Es tranquilizador que todavía puedan unirse para resultar insoportables.
—Permanecerás con madre —dije.
—Tengo diecinueve años.
—Lo mencionas con frecuencia para alguien que todavía roba mis camisetas.
—Son más cómodas.
—También mías.
—La monarquía comenzó robando territorios. Considera esto una tradición.
Alexander se acercó y besó su frente.
—Quédate. Te llamaré cuando terminemos.
Beatrice perdió parte de la rebeldía.
—¿Lo prometes?
—Sí.
—No permitas que él responda por ti.
Me señaló.
—No lo haré —aseguró Alexander.
Mi hermana lo abrazó con mayor fuerza de la necesaria.
Observé las manos de Alexander sobre su espalda.
Su expresión cambió.
Solo durante un instante.
Miedo.
No a la investigación.
A la posibilidad de que aquella fuera una despedida.
—Volveremos —dije.
Ambos me miraron.
No sabía si se lo prometía a Beatrice o a mí.
* * *
Marcus tenía una fractura en el brazo, dos costillas dañadas y marcas de inyecciones en ambos muslos.
Lo habían trasladado a una habitación sin identificación dentro de un hospital militar. Había dos agentes en la puerta, uno dentro y cámaras independientes controladas por Bash.
Cuando entramos, Marcus estaba despierto.
Parecía haber envejecido diez años.
Tenía la piel grisácea, un vendaje alrededor de la cabeza y los labios partidos. El brazo izquierdo permanecía inmovilizado contra el cuerpo.
Alexander se detuvo junto a la puerta.
Marcus volvió el rostro.
Durante varios segundos ninguno habló.
—Señor —murmuró finalmente.
Alexander cruzó la habitación.
No mantuvo distancia.
No esperó indicaciones médicas.
Se inclinó y abrazó a Marcus con cuidado.
El hombre cerró los ojos.
Su mano sana se aferró a la espalda de mi hermano.
—Lo siento —dijo.
—No.
—Fallé.
—No vuelvas a utilizar esa palabra.
Alexander se sentó junto a la cama.
Sus dedos permanecieron sobre el antebrazo de Marcus.
Era el gesto de un amigo.
No de un heredero con un empleado.
Me quedé cerca de la ventana con Bash. El médico advirtió que la conversación debía limitarse a diez minutos.
—Lorraine Shaw —dije—. ¿Participó?
Marcus abrió los ojos.
—Sí.
—¿Ella dirigía la operación?
Negó.
—Recibía órdenes.
—¿De quién?
—No lo sé.
Su voz estaba debilitada, pero la frustración resultaba visible.
—Nunca lo vi.
—¿Escuchaste su voz? —preguntó Bash.
—Audios. Distorsionados.
—¿Cómo se refería Shaw a esa persona?
Marcus miró a Alexander.
—Su Alteza.
El silencio se tensó.
—Eso reduce poco las posibilidades —dije.
—Podría referirse a un príncipe extranjero —añadió Bash—. O utilizarse para dirigir nuestras sospechas.
—¿Hombre o mujer? —pregunté.
—La distorsión impedía saberlo.
Alexander mantuvo la mano sobre el brazo de Marcus.
—¿Cómo obtuvieron información de mis episodios?
—Shaw grababa. Modificaba las dosis y provocaba algunos periodos de desorientación.
El rostro de mi hermano quedó vacío.
Marcus intentó incorporarse.
El monitor aceleró.
—Creí que solo vendía los informes —continuó—. Cuando descubrí las grabaciones, Lawson ya estaba muerto.
—¿Lawson sabía que te investigaba? —preguntó Alexander.
—Sospechaba.
—¿Y Orfeo?
—Siempre sabía.
Marcus tragó con dificultad.
—Conocía los cambios antes de que yo los registrara. Cada vez que modificaba un protocolo, respondía durante las siguientes veinticuatro horas.
—Alguien dentro de tu oficina —dije.
—O dentro de la residencia.
—Dijiste que Orfeo dormía bajo el mismo techo que el heredero.
Marcus cerró los ojos.
Parecía intentar atravesar la niebla producida por los medicamentos.
—No recuerdo haberlo dicho.
—En la clínica.
—Pudieron administrarme algo.
—¿La frase significa algo?
—Una advertencia de Shaw.
—¿Cuándo?
—Mientras me trasladaban. Le pregunté cómo podía conocer tanto sobre Alexander.
Marcus respiró lentamente.
—Respondió: “Orfeo duerme bajo el mismo techo que el heredero”.
Alexander retiró la mano.
El movimiento fue mínimo.
Lo noté.
—¿Clarence House? —preguntó.
—No lo sé.
—¿Kensington?
—No lo sé.
—¿Una persona de mi familia?
—No lo sé, señor.
La desesperación de Marcus se volvió más intensa.
—Lo siento.
Alexander se levantó.
Caminó hacia la ventana y apoyó ambas manos sobre el alféizar.
—¿Qué sabes de la ceremonia? —pregunté.
Marcus miró hacia mí.
—No es solo un atentado.
—¿Qué es?
—Una transferencia.
—¿De poder?
—De culpa.
La habitación pareció estrecharse.
—Explícalo.
—Si Alexander muere, las pruebas señalarán que tú conocías el deterioro de su condición y buscabas acelerar la sucesión.
Mi hermano no se movió.
—¿Y si Adrien muere? —preguntó.
Marcus humedeció los labios.
—Los documentos demostrarán que Alexander autorizó una operación para eliminar a la persona que podía reemplazarlo.
El monitor volvió a acelerar.
—Ninguno será solo una víctima —continuó—. El sobreviviente parecerá culpable.
—¿Qué mecanismo utilizarán? —preguntó Bash.
—No lo sé.
—¿Explosivos? ¿Armas? ¿Veneno?
—Solo escuché una frase.
—¿Cuál?
Marcus miró primero a Alexander.
Después a mí.
—El hermano que sobreviva heredará las cenizas.
El médico avanzó.
—Se terminó.
—Necesitamos más —dije.
—Su presión está subiendo.
—Marcus, ¿quién asistió a la reunión de Windsor?
—No puedo…
—¿Reconociste a alguien?
El monitor emitió una alarma.
Alexander se volvió.
—Basta, Adrien.
—Puede identificar…
—He dicho basta.
Su voz no admitía discusión.
El médico nos obligó a salir.
La puerta se cerró.
Alexander caminó por el corredor sin detenerse. Lo seguí hasta una sala vacía.
—Necesitábamos esa información —dije.
—Necesita recuperarse.
—Uno de nosotros puede morir dentro de tres semanas.
—Lo sé.
Se volvió.
Sus ojos estaban enrojecidos.