Donde arden las coronas (Una corona de mentiras 2) Capítulo 6 #4
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Capítulo 6 #4

—No lo hago.

—Tu rostro sí.

—Mi rostro tiene dificultades con su existencia general.

Ella negó, pero una sonrisa breve apareció.

—Me propuso acompañarlo durante la gira —dijo.

La sonrisa desapareció de mi cuerpo antes que de mi cara.

—¿Qué gira?

—Tres meses. Estados Unidos, Europa y Asia. Trabajaríamos en el álbum durante los desplazamientos.

—¿Vas a aceptar?

—Lo estoy considerando.

—Tres meses en hoteles con él.

—Eso suele ocurrir durante una gira.

—Evie.

—No preguntes algo si no soportas la respuesta.

—¿Dormirán juntos?

Su expresión se endureció.

Había vuelto a hacerlo.

—No lo sé.

La respuesta fue deliberadamente honesta.

Y devastadora.

—Pero podrías.

—Sí.

Mis manos se cerraron junto al cuerpo.

—Acabas de besarme.

—Porque sigo enamorada de ti. No porque te pertenezca.

—Nunca dije que…

—Lo preguntas como si mi deseo por ti debiera congelar todo lo demás.

—Necesito tiempo.

—Yo también lo necesité cuando descubrí a Isabella.

—No te acostaste conmigo después de saberlo.

—No porque no quisiera.

El recuerdo de nuestra última conversación en Sussex atravesó mi pecho.

El modo en que Evie se había alejado mientras todavía me amaba.

Había sufrido exactamente aquello que ahora me parecía imposible soportar.

—Tienes derecho —dije.

Las palabras me rasparon la garganta.

—No necesito que me lo concedas.

—Lo sé. Estoy intentando reconocerlo.

Evie observó mi rostro.

—Noah nunca me ha mentido.

—Lo conozco desde hace cuarenta minutos y ya me resulta agotadoramente perfecto.

—No es perfecto.

—Dame una lista.

—No pienso ayudarte a odiarlo.

—Ya realizo esa tarea sin asistencia.

Esta vez rió.

Una risa real.

Durante un instante volvimos a ser nosotros.

Después miró hacia la puerta.

—Debo irme.

—Con él.

—Sí.

Me acerqué.

Evie no retrocedió, pero tampoco volvió a tocarme.

—¿Lamentas el beso? —pregunté.

—No.

—Eso debería ser suficiente por hoy.

—Nunca es suficiente para ti.

—Estoy aprendiendo a sobrevivir con menos.

Evie alzó la mano y arregló mi corbata. Sus dedos tardaron varios segundos en formar el nudo.

El gesto era íntimo.

Doméstico.

Una pequeña simulación de la vida que no teníamos.

—Está torcido —dije.

—Combina con tu carácter.

Terminó de acomodarlo.

Sus dedos quedaron sobre mi pecho.

—Ten cuidado en esa ceremonia.

—No quiero que Noah reciba una victoria por abandono.

Evie me golpeó suavemente.

—Idiota.

Sujetó mi rostro y besó una vez la comisura de mi boca.

Después se alejó.

Noah la esperaba en el corredor.

Su mirada descendió hasta los labios de Evie.

Luego hacia mi corbata torcida.

Comprendió.

No hubo rabia.

Solo una sombra de dolor que intentó ocultar.

Evie se colocó frente a él.

No escuché lo que dijo.

Noah respondió algo.

Ella tomó su mano.

Y se marcharon juntos.

El hecho de que él supiera la verdad no redujo mis celos.

Los volvió más insoportables.

Noah no necesitaba engañarse para permanecer a su lado.

Evie le había confesado que todavía me deseaba y él se había quedado.

Yo había recibido una fracción de la misma incertidumbre y casi lo golpeé en un corredor.

* * *

Isabella me esperaba en el automóvil.

Vio mi corbata.

Después mis labios.

No formuló la pregunta.

—Encontraron la ceremonia —dije mientras ocupaba el asiento contrario.

—El aniversario de la coronación.

—¿Cómo lo sabes?

—La Fundación Aristeo reservó habitaciones cerca de Westminster para esa semana.

Me entregó una carpeta.

—Ocho huéspedes bajo nombres falsos. Tres ya fueron vinculados con empresas de Meridian.

—¿La policía conoce esto?

—Desde hace veinte minutos.

El vehículo comenzó a moverse.

Isabella observó la calle por la ventanilla.

—La besaste.

No era una pregunta.

—Ella me besó.

—Una distinción útil para tu conciencia.

—Me detuve antes.

—Pero después no.

—No.

Isabella asintió.

Sus manos permanecieron unidas sobre el regazo.

—No intentaré consolarte cuando elija a Noah.

—No te lo pediría.

—Siempre lo haces sin palabras.

—¿Estás enfadada?

—Sí.

La sinceridad llegó sin dramatismo.

—También estoy cansada de que cada conversación importante termine girando alrededor de quién tocó a quién.

—Entonces hablemos de la ceremonia.

—Eso intentaba hacer.

Abrió otro documento.

Había planos de Westminster, listas de asistentes y rutas de entrada.

—Alexander y tú permanecerán juntos durante diecisiete minutos —explicó—. Entrarán por el mismo acceso, caminarán detrás del rey y ocuparán posiciones consecutivas frente al altar.

—Demasiada exposición.

—Las ventanas estarán cerradas y todos atravesarán tres controles.

—Lawson atravesó controles.

—Por eso España enviará su propio equipo.

—Mi padre se opondrá.

—Ya hablé con él.

—¿Y?

Isabella sonrió.

—Tu padre está descubriendo que no es el único monarca capaz de utilizar un tratado como amenaza.

La miré.

—¿Qué hiciste?

—Recordé que España puede retirar su delegación si considera insuficiente la seguridad. Una ausencia pública obligaría al Palacio a explicar el motivo.

—Lo acorralaste.

—Negocié.

—Es perturbadoramente atractivo.

Isabella volvió la cabeza.

Durante un instante apareció algo cálido en sus ojos.

Después miró mi corbata.

La calidez desapareció.

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Coquetear conmigo mientras todavía llevas la boca de Evie sobre la tuya.

La culpa llegó.

—Lo siento.

—Concéntrate en sobrevivir.

—Parece una expectativa mínima.

—Contigo comienza a sentirse ambiciosa.

Continuamos revisando los planos.

Isabella no volvió a mencionar el beso.

Yo tampoco.

Aun así, su dolor permaneció dentro del vehículo como una tercera persona.

* * *

A las once de la noche, Bash confirmó que el hombre capturado en la clínica se llamaba Anthony Graves.

Había trabajado como asistente técnico en una conferencia de mi universidad cinco años antes. Después pasó por Meridian y una empresa financiada por Aristeo.

No conocía personalmente a Alexander.

Tampoco a Evie.

Era otra pieza.

Una de muchas.

—¿Habló? —pregunté.

—Solicitó un abogado.

—¿Uno real?

—Ginny verificó hasta los certificados de nacimiento.

—¿Y Lorraine Shaw?

—Salió del país hace dos días utilizando el pasaporte de una mujer fallecida.

—Destino.

—Bélgica. Perdimos el rastro en Bruselas.

Me encontraba en las habitaciones de Alexander. Él dormía detrás de una puerta cerrada. Un agente seleccionado por mi hermano vigilaba el corredor.

No dentro.

Había respetado esa parte del acuerdo.

—Revisa los alojamientos reservados por Aristeo —dije.

—Ya lo hacemos.

Bash no terminó la llamada.

Esperé.

—¿Qué?

—Hay otra cosa.

—Naturalmente.

—Una fotografía llegó a tu correo privado.

—¿De Orfeo?

—Sí.

La pantalla se iluminó.

La imagen mostraba el exterior de la residencia donde Evie se hospedaba.

La dirección estaba oculta, pero reconocí la silueta de Noah.

Entraba por una puerta lateral.

La hora aparecía en la esquina.

01:14.

—¿Cuándo fue tomada?

—Hace menos de diez minutos.

Mi estómago se cerró.

—Evie está allí.

—Sí.

—¿También Naomi?

—No tengo esa información.

—Consíguela.

Bash guardó silencio.

Cerré los ojos.

—No.

—¿No?

—No averigües quién está dentro.

Pronunciarlo me costó físicamente.

—La fotografía demuestra que Orfeo conoce la residencia —dije—. Informa a la policía y a su abogada. Deben trasladarlos.

—Ya está en curso.

—¿Evie sabe que Noah entró?

La pregunta era absurda.

Probablemente ella había abierto la puerta.

—No voy a responder —dijo Bash.

—Bien.

—¿Quieres que vaya?

—No.

—Puedo revisar el perímetro sin…

—He dicho que no.

Caminé hasta la ventana.

El reflejo me devolvió un rostro pálido, el cabello desordenado y la corbata que Evie había acomodado varias horas antes.

Todavía podía sentir el beso.

Su cuerpo contra el mío.

Sus dedos dentro de mi cabello.

Ahora Noah estaba bajo el mismo techo.

Caminando por el mismo corredor.

Quizá entrando en su habitación.

No sabía si ella volvería a besarlo.

Si cerraría la puerta.

Si aquella noche decidiría descubrir cómo se sentía ser querida por un hombre que no la había convertido en un secreto.

—Adrien —dijo Bash.

—Estoy aquí.

—No puedes quedarte solo.

—Alexander duerme al otro lado.

—Sabes que no me refería a eso.

—No iré.

—Bien.

—Tampoco la llamaré.

—Bien.

—Deja de decirlo como si estuvieras intentando domesticar un animal.

—Cuando dejes de enumerar las cosas que no destruirás, fingiré que no es un avance.

Terminó la llamada.

El teléfono permaneció dentro de mi mano.

Podía escribir a Evie.

La amenaza justificaba un mensaje.

La seguridad necesitaba que abandonara la residencia.

Pero su abogada ya se ocupaba.

Cualquier palabra mía tendría otra intención escondida.

¿Está Noah contigo?

¿Lo dejaste entrar?

¿Vas a acostarte con él?

No escribí.

Me senté junto a la puerta de Alexander.

Apoyé la espalda contra la pared y extendí las piernas sobre el suelo.

Desde allí podía escuchar la respiración de mi hermano cuando la casa quedaba en silencio.

Regular.

Vivo.

El teléfono se apagó entre mis dedos.

No supe si Noah permaneció toda la noche.

No supe qué ocurrió detrás de aquella puerta.

No utilicé a seguridad para averiguarlo.

Era lo correcto.

También fue una de las noches más crueles de mi vida.

Siempre había creído que lo peor era llegar tarde para salvar a alguien.

Estaba equivocado.

También podía llegar a tiempo.

Podía cambiar, detenerme y hacer exactamente lo que Evie me había pedido.

Y aun así no ser el hombre al que eligiera abrirle la puerta.