Donde arden las coronas (Una corona de mentiras 2) Capítulo 6 #3
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Capítulo 6 #3

—Precisamente. El aniversario es una ceremonia constitucional. Habrá representantes del Gobierno, diplomáticos y transmisión mundial.

—Un objetivo perfecto.

—También una oportunidad.

—¿Para qué?

—Obligarlo a actuar donde podamos verlo.

Me acerqué.

—No utilizarás tu cuerpo como carnada.

Alexander sostuvo mi mirada.

—No es solo tu decisión.

Por primera vez entendí que mi hermano no pensaba esconderse.

Y que quizá protegerlo significaría caminar junto a él hacia el lugar donde alguien ya había decidido que uno de nosotros debía morir.

* * *

Volví a ver a Evie esa tarde.

La policía necesitaba que identificara al hombre capturado en la clínica. Había aparecido en dos grabaciones del estudio de Noah, aunque nadie sabía todavía en qué calidad.

La declaración se realizó en una dependencia segura.

Evie estaba dentro de una sala de observación cuando llegué. Noah permanecía en el corredor, apoyado contra la pared con las manos dentro de los bolsillos.

Estábamos solos.

No había cámaras visibles, aunque sabía que seguridad observaba desde dos puntos.

—Su Alteza —dijo.

—Noah.

No era necesario fingir una formalidad que ninguno sentía.

—¿Cómo está? —pregunté.

—Deberías preguntárselo a ella.

—Lo haré.

Noah asintió.

No se movió de la puerta.

—Necesito entrar.

—Todavía está declarando.

—No pretendía interrumpir.

—Entonces supongo que podemos continuar esperando.

Su calma comenzaba a parecer una provocación personal.

Me coloqué junto a la pared contraria.

Durante varios segundos solo escuchamos las voces apagadas detrás de la puerta.

—Sé que pidió revisar mis antecedentes —dijo.

—Existía una amenaza dirigida a tu estudio.

—También preguntó cuántas veces fui a casa de Evie.

—Mi equipo excedió el alcance.

—Su equipo dijo que la pregunta venía de usted.

Lo miré.

Noah mantuvo la postura relajada.

No parecía dispuesto a pelear.

Aquello no significaba que fuera débil.

—Estaba celoso —admití.

—Lo imaginé.

—No te concedas demasiada importancia.

—No creo que se trate de mí.

La respuesta me irritó porque era correcta.

—Evie continúa enamorada de usted —dijo.

Mi cuerpo se tensó ante el tratamiento formal.

—Eso tampoco es asunto tuyo.

—Lo es si intento construir algo con ella.

—¿Eso haces?

—Sí.

No apartó la mirada.

Quise odiarlo.

Habría sido más sencillo si sonreía.

Si mencionaba el beso.

Si demostraba una satisfacción mínima al tener algo que yo deseaba.

No hizo nada de aquello.

—No pretendo reemplazarlo —continuó.

—Qué generoso.

—Evie no necesita que otro hombre decida qué espacio debería ocupar.

—No sabes lo que necesita.

—Tampoco usted.

La cortesía volvió la frase más ofensiva.

Di un paso.

Noah se separó de la pared.

Éramos de altura similar. Yo lo superaba apenas, aunque sus hombros anchos indicaban que una pelea no terminaría tan rápido como mi orgullo deseaba.

—Ten cuidado —dije.

—¿Es una amenaza?

—Una recomendación.

—¿Sobre Evie o sobre hablarle con honestidad?

Apreté la mandíbula.

—La conoces desde hace algunas semanas.

—Y usted le mintió desde que la conoció.

La rabia llegó con una claridad casi agradable.

—No tienes idea de lo que ocurrió entre nosotros.

—Sé lo que ella decidió contarme.

—¿Todo?

Noah inclinó la cabeza.

—No voy a entregarle información sobre Evie para demostrar que confía en mí.

Otro golpe preciso.

—Si pretendes utilizar su dolor para acercarte…

—No lo haré.

—No he terminado.

—No es necesario. No voy a acostarme con una mujer para vengarme de otro hombre, aunque ella me lo pidiera.

La imagen apareció antes de que pudiera impedirlo.

Evie pidiéndole que la tocara.

Las manos de Noah sobre su cuerpo.

—¿Lo hizo?

—No.

El alivio me traicionó.

Noah lo vio.

—No la convierta en un premio —dijo.

—No lo hago.

—Ambos estamos aquí intentando determinar cuál llegará primero.

—Yo llegué antes.

—Y aun así ella se marchó.

La frase encontró su objetivo.

Lo sujeté por la camisa.

Noah no intentó golpearme.

Sus manos se cerraron sobre mis muñecas, preparado para apartarme si era necesario.

La puerta se abrió.

Evie estaba al otro lado.

Sus ojos descendieron hasta mis manos.

La decepción apareció antes que el enojo.

Lo solté inmediatamente.

—No ocurrió nada —dijo Noah.

—Parece la frase favorita de los hombres que están a punto de golpearse por mí.

—No iba a golpearlo —respondí.

Noah alisó su camisa.

—Eso resulta decepcionante.

Evie lo miró.

Una sonrisa intentó aparecer.

El hecho de que él pudiera hacerla sonreír después de que yo la decepcionara encendió otra parte de los celos.

—La policía necesita hablar contigo —me dijo—. El hombre de la clínica utilizó una acreditación vinculada con tu oficina universitaria.

—¿Mi universidad?

—Participó en una conferencia sobre comercio internacional hace cinco años.

—No trabajaba para mí.

—Nadie ha dicho que lo hiciera.

—Lo estabas pensando.

Evie cruzó los brazos.

—No todo es una acusación.

Noah tomó su chaqueta.

—Esperaré afuera.

—No necesitas irte —dijo ella.

—Sí.

Sus ojos se detuvieron en los míos.

—Creo que sí.

Salió.

No cerró la puerta completamente.

Evie esperó hasta que sus pasos se alejaron.

—¿Qué le dijiste?

—La verdad.

—Eso reduce pocas posibilidades contigo.

—Admití que estaba celoso.

—¿Antes o después de sujetarlo por la camisa?

—Antes.

—Excelente. Progreso seguido por una recaída inmediata.

—Me provocó.

—Noah no provoca.

—Eso también resulta irritante.

Evie intentó mantener el rostro serio.

La comisura de sus labios se movió.

—No te rías.

—No lo hago.

—Estás a punto.

—Es la primera vez que te veo celoso sin fingir que se trata de seguridad nacional.

—Su estudio está vinculado con una amenaza internacional.

—Y ahí está.

Evie se volvió hacia la mesa.

Llevaba una blusa negra que dejaba visible parte de sus hombros y pantalones oscuros. El cabello caía sobre un lado del cuello.

No había visto la pequeña cicatriz detrás de su oreja desde Belgravia.

Recordaba besarla.

Recordaba el sonido que había escapado de su garganta.

Mis dedos se cerraron.

—¿Cómo está Alexander? —preguntó.

—Encontramos evidencias de que pudieron provocarle algunos episodios.

Evie giró.

—¿Cómo?

—Medicamentos.

—Dios.

La preocupación en su rostro era real.

—Debe estar aterrorizado.

—Quiere asistir a la ceremonia del aniversario.

—¿La ceremonia vinculada con la amenaza?

—Creemos que sí.

—¿Y vas a permitirlo?

—No me corresponde decidir.

La sorpresa atravesó sus ojos.

—Eso es nuevo.

—Me lo han dicho.

Se acercó.

—¿Tú asistirás?

—Sí.

—Entonces la amenaza también puede ser contra ti.

—Es más probable que busquen apartar a Alexander.

—¿Por qué?

—Es el heredero.

—Y tú eres la persona que Orfeo lleva meses provocando.

Su mano se levantó.

Se detuvo antes de tocarme.

—Podrías morir.

—Es una característica general de los seres humanos.

—No bromees.

—Tú lo haces cuando tienes miedo.

—Lo aprendí de un hombre insoportable.

—Deberías elegir mejores influencias.

Evie apoyó finalmente los dedos sobre mi pecho.

El contacto atravesó la camisa.

Mi corazón golpeó contra su palma.

—Está demasiado rápido —murmuró.

—Tú estás demasiado cerca.

—Puedo apartarme.

—No lo hagas.

Sus ojos encontraron los míos.

El aire cambió.

Todo lo que habíamos intentado colocar entre nosotros desapareció bajo el peso de una sola caricia.

Levanté la mano.

Mis dedos rozaron su mejilla.

Evie cerró los ojos.

Incliné el rostro.

Su respiración encontró mi boca.

Podía besarla.

Ella lo deseaba.

Lo sentía en la forma en que sus dedos se cerraban sobre mi camisa y en el leve movimiento de su cuerpo hacia el mío.

Me detuve.

Evie abrió los ojos.

—¿Qué ocurre?

—No quiero que mañana pienses que utilicé tu miedo.

—No lo estás haciendo.

—Tampoco quiero que Noah espere al otro lado mientras yo tomo algo que no sé si deseas entregarme.

—Noah no decide a quién beso.

—Yo tampoco.

Deslicé el pulgar por su pómulo.

—Dime qué quieres.

El dolor apareció en su rostro.

—No lo sé.

—Entonces esperaré.

Solté su mejilla.

No llegué a retroceder.

Evie sujetó mi corbata y me besó.

No fue delicado.

Su boca chocó contra la mía con semanas de rabia, distancia y deseo contenido.

La sostuve por la cintura.

Solo para estabilizarla.

Me repetí esa mentira mientras su cuerpo se pegaba al mío.

Evie abrió los labios.

El sabor de su boca destruyó cualquier posibilidad de prudencia.

La levanté y la senté sobre el borde de la mesa. Sus piernas se separaron y me colocó entre ellas. Una mano se hundió en mi cabello; la otra tiró de mi corbata hasta deshacer el nudo.

La besé como si pudiera recuperar cada noche perdida.

Como si Noah no estuviera al otro lado de la puerta.

Como si Isabella no continuara amándome.

Como si Orfeo no hubiera colocado una sentencia de muerte sobre mi familia.

Durante varios segundos solo existió Evie.

Su lengua contra la mía.

Sus uñas sobre mi nuca.

El sonido ahogado que hizo cuando mi mano subió por su espalda.

—Adrien.

Mi nombre contra su boca.

Lo había escuchado en sueños.

Enterré el rostro en su cuello.

Evie inclinó la cabeza y mis labios encontraron el punto detrás de su oreja.

Su cuerpo se estremeció.

—Te extrañé —murmuré.

Sus dedos se tensaron en mi cabello.

—No digas eso.

—Es verdad.

—Precisamente.

Volví a besarla.

Evie respondió durante un segundo.

Después apoyó ambas manos sobre mi pecho.

Me detuve.

Su respiración estaba agitada. Los labios enrojecidos y el cabello desordenado alrededor del rostro.

—No puedo —dijo.

Retiré las manos.

—Está bien.

—No, no está bien.

Bajó de la mesa y acomodó su blusa.

—Quería besarte.

—Lo noté.

Una risa sin alegría escapó de ella.

—Y ahora quiero volver a hacerlo.

—No me opondré.

—Adrien.

—Intentaba reducir la tensión.

—No puedes convertir cada cosa en una broma.

—Parece mejor que rogarte.

Evie cerró los ojos.

Cuando volvió a abrirlos, la vulnerabilidad había regresado.

—Esto no significa que vuelva contigo.

—Lo sé.

—Tampoco borra lo que siento por Noah.

Aquello dolió más después de tener su sabor en la boca.

—¿Sabe que todavía me deseas?

—Sí.

—¿Le contaste que podías besarme?

—Le dije que no estaba preparada para prometerle exclusividad a nadie.

—¿Y aceptó?

—Sí.

—Naturalmente.

Evie cruzó los brazos.

—No lo critiques por ser honesto conmigo.