Donde arden las coronas (Una corona de mentiras 2) Capítulo 6
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Capítulo 6

Los hombres que llegaban primero

Alexander estaba vivo cuando regresé a Kensington.

Lo comprobé con mis propios ojos antes de permitir que el vehículo terminara de detenerse.

Mi hermano esperaba detrás de una de las ventanas del primer piso. Vestía una camisa blanca y sostenía el teléfono junto al oído. Incluso desde el patio podía distinguir su silueta delgada y la inclinación de su cabeza.

El aire regresó a mis pulmones.

Habíamos hablado durante todo el trayecto.

Aun así, no había sido suficiente.

Las llamadas podían falsificarse. Las voces podían grabarse y los dispositivos podían quedar en manos de otra persona.

Necesitaba verlo respirar.

—Continúa en la línea —dijo Alexander cuando entré en el vestíbulo.

Su voz llegó simultáneamente desde el teléfono y la escalera.

Levanté la mirada.

Mi hermano descendía acompañado por dos agentes. Había dejado el bastón y mantenía una mano sobre la baranda.

—Ya te veo —respondí.

Terminé la llamada.

Alexander guardó su teléfono.

—Es reconfortante saber que mis capacidades de comunicación visual permanecen intactas.

Subí los últimos escalones y le tomé el rostro entre las manos.

No fue un gesto digno.

Tampoco elegante.

Giré su cabeza hacia un lado, después hacia el otro, buscando heridas que no podía tener sin que los hombres junto a él las hubieran notado.

—¿Qué haces?

—Comprobando.

—¿Si sigo teniendo orejas?

—Podrían haberte golpeado.

—También podrían haberme reemplazado por un actor sorprendentemente parecido.

—No bromees.

Alexander sostuvo mis muñecas.

—Estoy bien.

—Eso lo decidirá el médico.

—El médico ya lo decidió.

—Otro.

La paciencia desapareció de su rostro.

Retiró mis manos.

—No.

—No es negociable.

—Mi cuerpo sí lo es.

Isabella llegó detrás de mí. Se había quitado el abrigo durante el trayecto y llevaba el cabello negro recogido sobre la nuca.

—Quizá deberían discutir dentro de una habitación y no frente al personal —sugirió.

Alexander la miró.

—Al menos una persona conserva la capacidad de razonar.

—Viajó conmigo para impedir que te asesinaran y todavía no ha comido.

—Retiro lo dicho.

Mi madre apareció en lo alto de la escalera.

Llevaba una bata color marfil sobre el camisón y el cabello rubio completamente suelto. No recordaba la última vez que la había visto sin el peinado perfecto, fuera de una habitación privada.

Beatrice caminaba detrás de ella con pantalones deportivos, una sudadera y el rostro pálido.

Mi padre no apareció.

Probablemente estaba dentro del centro de seguridad, intentando averiguar cómo ocultar una amenaza de muerte detrás de una agenda institucional.

—Todos al Salón Azul —ordenó mi madre.

—Primero trasladaremos a Alexander —dije.

Mi hermano soltó una risa sin humor.

—Buenas noches para ti también.

—La residencia está comprometida.

—Kensington no tiene relación con el nodo de Windsor.

—Marcus también parecía no tener relación con Orfeo hasta que desapareció.

—Eso no significa que deba esconderme en un búnker.

—Significa exactamente eso.

Alexander bajó el último escalón.

Quedamos frente a frente.

Éramos casi de la misma altura, pero su enfermedad había reducido la amplitud de sus hombros y marcado sus pómulos. Aun así, había una firmeza nueva en su postura.

—No me trasladarás —dijo.

—Ya preparan una residencia.

—Entonces cancélala.

—Uno de nosotros acaba de recibir una amenaza de muerte.

—Los dos la recibimos.

—Tú eres el heredero.

—Y tú el hombre que insiste en recordarme que no puede controlar su vida mientras organiza la mía.

La frase detuvo algo dentro de mí.

Beatrice descendió rápidamente y se colocó entre nosotros.

—Quizá esperemos hasta que nadie tenga deseos homicidas.

—Orfeo ya se ocupó de eso —murmuró Alexander.

Mi madre cerró los ojos.

—Salón Azul. Ahora.

* * *

Bash proyectó la fotografía del mensaje sobre una pantalla.

UNO DE LOS DOS HERMANOS DEBE MORIR PARA QUE LA CORONA SObrEVIVA.

Las letras negras ocupaban toda la pared.

Mi padre estaba sentado en la cabecera. Llevaba un traje oscuro, aunque eran casi las dos de la madrugada. El rey Edmund no utilizaba batas durante las crisis. Sospechaba que dormía con una corbata oculta bajo la almohada.

Mi madre ocupaba el asiento a su derecha. Alexander se encontraba al otro lado y Beatrice se había sentado junto a él. Isabella permanecía cerca de la puerta, no como miembro de la familia, sino como representante de una Corona que también había sido utilizada.

—La propiedad está asegurada —informó Bash—. El intruso escapó antes de que se cerrara el perímetro.

—¿Cómo entró? —preguntó mi padre.

—Utilizó credenciales de una empresa contratada para revisar el generador.

—¿Quién autorizó el mantenimiento?

—La solicitud llegó mediante el sistema interno del equipo operativo.

—Entonces existe otra cuenta comprometida.

—O una persona dentro del operativo —dije.

Bash cambió la imagen.

Una cámara exterior había captado a la supuesta técnica. Llevaba un uniforme gris, una gorra y una caja de herramientas. Su rostro solo era visible durante dos segundos.

Era una mujer de unos cuarenta años, cabello rojizo y facciones estrechas.

—El reconocimiento facial encontró una posible coincidencia —continuó Bash—. Doctora Lorraine Shaw. Enfermera clínica y asistente de investigación neurológica.

Alexander se inclinó hacia delante.

—La conozco.

Todos lo miramos.

—Trabajó en la clínica durante mis primeras pruebas —explicó—. Tomaba muestras, preparaba la medicación y registraba los episodios.

—¿Tenía acceso a tu habitación? —pregunté.

—Sí.

—¿Permanecía a solas contigo?

—A veces.

—¿Cuándo dejó de trabajar allí?

—Hace nueve meses.

Bash mostró otra imagen.

Lorraine Shaw aparecía dentro de una recepción en Madrid. La fotografía era anterior a la gala de Kensington.

—También fue consultora temporal de una clínica financiada por la Fundación Aristeo —dijo Isabella—. Trabajó en España durante seis meses.

—Entonces conocía los episodios de Alexander —dije—. Pudo grabarlo, copiar los informes y entregárselos a Mercer.

Mi hermano permaneció mirando la pantalla.

La sangre había desaparecido de su rostro.

—Me administraba los sedantes.

Mi madre apoyó una mano sobre la mesa.

—¿Recuerdas algo irregular?

—En ese momento todo era irregular.

—¿Cambios en la dosis? —preguntó Bash.

—Los médicos modificaban la medicación cada semana.

—¿Algún episodio comenzó después de que Shaw te atendiera?

Alexander soltó una respiración.

—No lo sé.

—Piénsalo.

—He dicho que no lo sé.

—Adrien —advirtió mi madre.

No podía detenerme.

—¿Estaba presente cuando perdiste nueve horas?

—No recuerdo esas nueve horas. Esa es la definición del problema.

—Antes.

Alexander se puso de pie.

—Basta.

La palabra resonó en el salón.

—Necesitamos establecer si ella causó los episodios —dije.

—Y yo necesito dejar de ser interrogado como si mi cuerpo fuera una escena del crimen.

—Puede haberlo sido.

Mi hermano retrocedió.

El dolor apareció en sus ojos antes de que pudiera esconderlo.

Había elegido otra verdad y la había utilizado como un arma.

—Alexander —murmuré.

—No.

Rodeó la mesa y se dirigió hacia la puerta.

Lo seguí.

—No puedes marcharte en mitad de…

—Puedo salir de una habitación.

—Seguridad debe acompañarte.

Se volvió con tanta rapidez que casi chocamos.

—¡No quiero seguridad!

El grito sorprendió a todos.

Alexander rara vez elevaba la voz.

Cuando éramos niños, yo gritaba por ambos.

—Lawson era seguridad —continuó—. Marcus controlaba mi agenda. Shaw me administraba medicamentos. Cada persona que debía protegerme obtuvo acceso suficiente para utilizarme. ¿A quién pretendes colocar junto a mi cama ahora?

—A alguien investigado.

—Todos fueron investigados.

—Entonces lo haré yo.

Mi hermano soltó una risa rota.

—¿Vas a dormir junto a mi puerta?

—Si es necesario.

—Tienes tu propia vida.

Pensé en Evie dentro de una residencia cuya dirección no conocía.

En Noah colocando una chaqueta sobre sus hombros.

—No especialmente.

Alexander dio un paso hacia mí.

—Eso no es amor.

—¿Qué cosa?

—Vaciar tu existencia para poder decir que sacrificaste todo por otra persona.

—Intento mantenerte vivo.

—Y yo intento seguir siéndolo sin convertirme en un prisionero.

Sus ojos estaban húmedos.

—No puedes decidir que una vida sin libertad es suficiente solo porque te tranquiliza que yo continúe respirando.

La frase podría haber pertenecido a Evie.

Quizá por eso me silenció.

Alexander se pasó una mano por el cabello.

—No abandonaré Kensington. No cancelarás cada compromiso ni colocarás un agente dentro de mi dormitorio. Participaré en la elección de mi equipo y recibiré todos los informes.

—Existe una amenaza concreta.

—Contra ambos.

—Tú eres más vulnerable.

—Estoy enfermo, no indefenso.

Beatrice apareció a nuestro lado.

—También pienso quedarme.

Me volví hacia ella.

—Tú saldrás de Londres.

—No.

—No era una pregunta.

—Entonces ahórrate la respuesta.

—Beatrice.

—Ya aparecía en las fotografías de Lawson. Ocultarme en otra residencia solo trasladará el riesgo.

—Podemos enviarte fuera del país.

—¿A España? Tal vez Orfeo ya reservó mi habitación.

Isabella levantó una ceja desde el otro extremo.

—Podemos ofrecer mayor hospitalidad.

—No ayudará —dijo Beatrice—. Esta también es mi familia. Si ellos se quedan, yo me quedo.

Mi padre habló finalmente.

—Beatrice será trasladada.

Ella giró.

—No.

—No te corresponde decidir.

—Tengo diecinueve años.

—Y perteneces a la Corona.

—No soy una propiedad.

La discusión estalló alrededor de mí.

Mi padre hablando de seguridad.

Mi madre intentando reducir la tensión.

Beatrice negándose a ser tratada como una niña.

Alexander exigiendo participación.

Isabella observándonos con la expresión de una mujer que comenzaba a comprender por qué todos los Hawthorne necesitábamos terapeutas.

Hace unas semanas habría dado órdenes.

Habría movido vehículos, seleccionado residencias y utilizado la palabra protección hasta que nadie recordara que originalmente tenía derecho a negarse.

Tomé aire.

—Nos quedaremos —dije.

Todos guardaron silencio.

Mi padre me miró.

—No decides…