Capítulo 5 #5
La sostenía por los hombros. Evie tenía ambas manos cerradas alrededor de su camisa y el rostro apoyado contra su pecho.
Estaba a salvo.
Eso debería haber sido suficiente.
No lo fue.
Mis manos se cerraron.
Noah levantó la mirada.
No había triunfo en sus ojos.
Solo preocupación.
—Tropezó —explicó.
—Estoy bien —dijo Evie.
Me acerqué.
—¿Te golpeaste?
—No.
—¿Segura?
—Sí.
Bash apareció con una linterna.
—El generador fue desactivado manualmente.
Los agentes ocuparon las entradas.
—¿Hay alguien dentro? —pregunté.
—Revisaremos habitación por habitación.
Isabella salió desde el salón acompañada por Ginny.
—¿Qué ocurre?
—Quédate con ellas —le ordenó Bash a uno de los agentes.
Avancé hacia el corredor.
—Tú también te quedas —dijo.
—Conozco la distribución.
—La viste durante diez minutos.
—Eso es más que el intruso si acaba de entrar.
—No sabemos cuándo entró.
El comentario nos detuvo.
Si había estado dentro antes de nuestra llegada, pudo escuchar la reunión completa.
Bash dirigió a dos agentes hacia las escaleras.
Una puerta golpeó en el piso superior.
Después escuchamos un disparo.
Evie se agachó.
Noah cubrió su cuerpo con el suyo.
Yo di un paso hacia ellos.
Otro disparo resonó.
Bash me empujó detrás de una columna.
—Quédate aquí.
—Evie…
—Está cubierta.
La palabra me irritó.
No por seguridad.
Porque era cierto.
Noah estaba protegiéndola con su cuerpo.
Y yo no era la persona a la que ella había buscado en la oscuridad.
Los agentes subieron.
Encontraron una ventana rota, una cuerda sobre el muro exterior y huellas que desaparecían junto a un camino secundario.
El intruso había escapado.
Cuando las luces principales volvieron, Ginny fue la primera en ver la pared.
Su rostro perdió el color.
—Adrien.
Me volví.
Detrás de nosotros, sobre el muro blanco del vestíbulo, alguien había escrito una frase con pintura negra.
Las letras eran grandes.
Irregulares.
Todavía goteaban.
UNO DE LOS DOS HERMANOS DEBE MORIR PARA QUE LA CORONA SObrEVIVA.
Nadie habló.
Sentí que el suelo desaparecía debajo de mis pies.
Alexander.
Su enfermedad.
Los informes falsificados.
El intento de declararlo incapaz.
Todo el plan conducía hacia él.
Saqué el teléfono.
—¿A quién llamas? —preguntó Bash.
—A Kensington.
—Espera.
—Mi hermano está allí.
—Con seguridad.
—Orfeo también tenía seguridad.
Alexander respondió al tercer tono.
—¿Adrien?
La voz sonaba adormecida.
Viva.
—¿Dónde estás?
—En mis habitaciones. ¿Qué ocurre?
—Cierra la puerta.
—¿Por qué?
—Hazlo.
Escuché sus pasos.
Después el seguro.
—Ya está.
—No abras a nadie salvo a Beatrice, madre o el equipo de Bash.
—Me estás asustando.
Miré el mensaje.
Las letras negras parecían crecer sobre la pared.
—Voy hacia allá.
—¿Qué ocurrió?
—Alguien entró en la residencia.
—¿Evie?
Levanté la mirada.
Ella continuaba dentro de los brazos de Noah.
Nuestros ojos se encontraron.
—Está a salvo.
La respuesta me costó más de lo necesario.
—Entonces ¿por qué…?
—La amenaza es contra nosotros.
Alexander guardó silencio.
—¿Qué dice?
No quería contárselo.
Otra vez intentaba decidir qué verdad podía soportar.
Cerré los ojos.
—Dice que uno de los dos debe morir para que la Corona sobreviva.
Escuché su respiración.
—Adrien…
—No te ocurrirá nada.
—No prometas…
—Nada.
Mi voz resonó en el vestíbulo.
Todos se volvieron.
—No permitiré que te ocurra nada.
Alexander soltó una respiración rota.
—Ven a casa.
—Ya voy.
Terminé la llamada.
Evie se había separado de Noah.
Dio un paso hacia mí.
—Adrien.
—No.
La palabra salió demasiado dura.
Se detuvo.
—No es tu culpa —dijo.
—No he dicho que lo fuera.
—Tu rostro sí.
—Mi hermano está amenazado.
—También tú.
—Yo puedo protegerme.
Evie miró la frase.
—No sabes cuál de los dos es el objetivo.
—Alexander está enfermo.
—Eso no significa…
—No discutiremos esto.
El dolor apareció en sus ojos.
Había vuelto a hacerlo.
Miedo convertido en orden.
Amor convertido en una puerta cerrada.
Respiré.
—Lo siento —dije—. Necesito ir con él.
Evie asintió.
—Ve.
No intentó detenerme.
No pidió acompañarme.
Regresó junto a Noah.
Isabella apareció a mi lado.
—Yo iré contigo.
—No es seguro.
—También utilizaron a mi familia y estoy incluida en los documentos de Aristeo.
—Isabella…
—No estoy pidiendo permiso.
Bash abrió la puerta del vehículo.
Subimos.
Mientras nos alejábamos, miré por la ventanilla.
Evie permanecía bajo la entrada cubierta. Noah estaba junto a ella, sin tocarla.
Cuando el automóvil giró, él colocó la chaqueta sobre sus hombros.
Esta vez Evie no la rechazó.
La casa desapareció detrás de los árboles.
Me obligué a mirar hacia delante.
Mi hermano me necesitaba.
Orfeo acababa de anunciar que uno de nosotros debía morir.
No podía pensar en Noah, en sus manos o en la facilidad con que Evie encontraba calma junto a él.
Aun así, la última imagen continuó ardiendo detrás de mis ojos.
Noah cubriendo con su cuerpo a la mujer que amaba mientras yo llegaba demasiado tarde.
Otra vez.
Y por primera vez comprendí que tal vez perder a Evie no sería el precio más alto que Orfeo pretendía cobrarme.
Tal vez solo estaba preparándome para aprender cómo se sentía perder a mi hermano.