Donde arden las coronas (Una corona de mentiras 2) Capítulo 5 #3
25%

Capítulo 5 #3

Volví a sentarme.

—Puedes decirlo —murmuré.

—¿Qué cosa?

—Que estoy celoso.

—No parece necesario. Probablemente lo perciban en Madrid.

Tomó otra hoja.

—Evie estará en Londres.

—Durante algunos días.

—Acompañada por un hombre con quien desea construir algo.

—No sabemos lo que desea.

—Tú sí. Solo esperas que haya cambiado de opinión durante el vuelo.

Sus dedos recorrieron el borde del documento.

—Encontré algo más.

Empujó una transferencia hacia mí.

La Casa de Valcázar había recibido fondos de Aristeo para un programa cultural cinco años antes. En la descripción aparecían dos palabras.

CONTINUIDAD IBÉRICA.

—¿Qué significa?

—No existe ningún programa con ese nombre.

—Entonces era una referencia interna.

—Creo que estaban evaluándome.

—¿Para el matrimonio?

—Para determinar si yo podía convencerte de aceptar.

La miré.

Isabella no parecía asustada.

Parecía furiosa.

—Evie representaba la rebelión —dijo—. Yo representaba el deber.

—No eres una representación.

—Para ellos sí.

Tomó los documentos con mayor fuerza.

—Te colocaron entre una mujer que encarnaba todo lo que deseabas y otra que podía ofrecerte la única salida institucional posible.

—No podíamos saberlo.

—Pero ellos sí sabían cómo reaccionaríamos.

—No decidieron que te enamoraras de mí.

—Tampoco decidieron que amaras a Evie.

—Solo construyeron el lugar donde ambas cosas podían destruirnos.

Isabella se levantó.

Caminó algunos pasos descalza antes de recordar dónde estaba. Regresó por sus zapatos, pero no se los puso.

—Quiero hablar con ella.

—¿Con Evie?

—Sí.

—No creo que sea buena idea.

—No estaba pidiendo tu opinión.

—¿Para qué?

—Porque utilizaron a las dos. Porque tú nos entregaste versiones diferentes de la verdad y porque no pienso continuar negociando mi lugar mediante el hombre que se benefició de nuestro silencio.

—No me beneficié.

Isabella me miró.

—Durante un tiempo tuviste a ambas.

No encontré respuesta.

—No tienes derecho a decidir qué debemos decirnos —continuó—. Si Evie acepta verme, hablaré con ella sin ti.

—No quiero que la lastimes.

—Y aun ahora tu primera preocupación es protegerla de otra mujer.

—No he dicho que tú fueras el peligro.

—No necesitabas hacerlo.

Recogió los zapatos y caminó hacia la puerta.

—Isabella.

Se volvió.

—No tienes que disculparte por amar a alguien.

—No pensaba hacerlo.

—Pero yo fui quien te besó.

—Y yo quien respondió.

Alzó el mentón.

—No asumirás toda la responsabilidad para sentirte más noble. Yo sabía que deseabas a Evie. Aun así, te pedí que me besaras porque quería demostrar que también podías desearme.

—Eso no te convierte en culpable de mis mentiras.

—No. Pero me convierte en responsable de mis decisiones.

Abrió la puerta.

—Algo que tú todavía estás aprendiendo.

* * *

Evie aterrizó en Londres la noche siguiente.

No fui al aeropuerto.

No esperé dentro de un vehículo.

No pedí la ruta.

Permanecí en Kensington revisando transferencias de Aristeo mientras el punto que representaba su avión descendía sobre una aplicación pública.

Había dicho que no la rastrearía.

Observar un vuelo disponible para millones de personas no era rastrearla.

Era una distinción moral mediocre.

A las nueve y diecisiete, el avión aterrizó.

A las nueve y veintiocho, apagaron el localizador público.

A las nueve y cuarenta, Bash recibió confirmación de que el convoy había salido.

No pregunté hacia dónde.

A las diez, una fotografía apareció en redes sociales.

Había sido tomada desde lejos, antes de que seguridad cerrara el acceso a la terminal privada.

Evie descendía la escalerilla.

Llevaba pantalones negros, botas y una chaqueta masculina de cuero sobre un suéter gris. El cabello estaba recogido y el viento empujaba varios mechones contra su rostro.

Noah caminaba detrás.

Una mano descansaba cerca de su espalda.

No la tocaba.

No necesitaba hacerlo.

La chaqueta era suya.

Reconocí una costura blanca en el hombro porque la había visto durante una entrevista que, por supuesto, había abierto únicamente para conocer su exposición pública.

—Podrías mirar los documentos —dijo Beatrice.

Estaba acostada sobre el sofá con un libro abierto sobre el pecho.

—Los estaba mirando.

—Estabas ampliando la chaqueta.

—Parece demasiado grande.

—Esa suele ser la intención cuando una mujer utiliza la ropa de un hombre.

—No necesito una explicación.

—Tu investigación indicaba lo contrario.

Dejé el teléfono.

—¿Hablaste con ella?

—Sí.

—No te preguntaré qué dijo.

—Bien.

Pasaron cinco segundos.

—¿Está bien? —pregunté.

Beatrice ocultó una sonrisa.

—Está cansada.

—¿Dónde se hospeda?

—Dijiste que no preguntarías.

—Dije que no preguntaría qué dijo.

—Eres agotador.

Regresó al libro.

—Isabella habló con ella esta tarde por medio de las abogadas.

Me tensé.

—¿Cuándo se reunirán?

—Ya lo hicieron.

Me puse de pie.

—Evie acaba de aterrizar.

—Isabella fue a la propiedad.

—¿Sabe la dirección?

—Su abogada la acompañó.

—Ginny.

—No pareces sorprendido.

Tomé el teléfono.

—No vas a llamar a ninguna —advirtió Beatrice.

—Solo quiero saber qué ocurrió.

—Entonces espera a que decidan contarte.

—Hablaron sobre mí.

—El mundo ha hablado sobre Evie durante meses sin pedirle permiso. Sobrevivirás a una conversación.

Caminé hacia la ventana.

La ciudad se extendía más allá de los jardines, llena de luces.

Evie estaba en alguna parte.

Isabella también.

Dos mujeres a las que había amado de maneras distintas estaban compartiendo las verdades que yo les había entregado por partes.

No me preocupaba que pelearan.

Me preocupaba que se comprendieran.

Que al escucharse descubrieran que ninguna había sido el problema.

Solo yo.

* * *

Isabella regresó cerca de medianoche.

La encontré en el corredor exterior de la biblioteca. Llevaba el mismo traje de la tarde, pero se había soltado el cabello. Sus ojos estaban enrojecidos.

No sabía si había llorado.

No pregunté.

—¿Cómo está? —dije.

Isabella continuó caminando.

La seguí.

—No te contaré sus palabras.

—No te lo pedí.

—Preguntaste cómo está porque esperas que su estado te entregue alguna información sobre Noah.

—No todo lo que hago está relacionado con él.

Se detuvo.

—Eso fue exactamente lo que ella dijo sobre ti.

El golpe encontró su objetivo.

Isabella entró en un pequeño salón y dejó el bolso sobre una silla.

—¿Discutieron?

—No.

—¿Hablaste del beso?

—Sí.

—¿Qué le dijiste?

—La verdad.

—Eso puede significar demasiadas cosas.

Se volvió hacia mí.

—Le dije que te pedí que me besaras. Que sabía que la deseabas y que aun así quería demostrarte que existía una posibilidad conmigo.

—Isabella…

—También le dije que no pienso disculparme por amarte.

—¿Cómo reaccionó?

—Dijo que no tenía por qué hacerlo.

No era la respuesta que esperaba.

—¿No te culpó?

—No.

Isabella sonrió sin humor.

—Esa mujer a la que todos describieron como impulsiva comprendió en cinco minutos lo que nuestras familias no han aceptado en meses.

—¿Qué cosa?

—Que yo no hice ninguna promesa a Evie. Tú sí.

La verdad se volvió más insoportable cada vez que otra persona la pronunciaba.

—¿Hablaron de Noah?

—No de una manera que te pertenezca.

—¿Está con ella?

Isabella cerró los ojos.

—No puedo creerlo.

—Solo pregunté…

—Noah estaba en otra habitación. Esperó porque Evie quiso hablar conmigo a solas.

—Entonces sí estaba allí.

—Eso es lo único que escuchaste.

Tomó el bolso.

—Evie no me odia. Eso debería producir alivio. En cambio, me enfurece porque habría sido más sencillo luchar contra una mujer cruel.

—Ella no es cruel.

—Lo sé.

Sus ojos brillaron.

—Y yo tampoco.

—Nunca he dicho que lo fueras.

—Pero necesitas que una de nosotras se equivoque para justificar que la otra resulte herida cuando decidas.

—No quiero que ninguna resulte herida.

—Entonces quizá deberías aceptar la posibilidad de que ninguna te elija.

Pasó junto a mí.

La sujeté del brazo.

Isabella se detuvo.

No intentó liberarse.

—¿Qué quieres de mí? —pregunté.

—Ya te lo dije.

—Una oportunidad real.

—Sí.

—¿Y después de hablar con ella todavía la quieres?

Isabella levantó la mirada.

—Ahora más que antes.

—¿Por qué?

—Porque Evie sigue amándote y, aun así, está intentando construir una vida donde ese amor no la destruya. Si quiero que algún día me elijas, tendré que conseguir que comprendas que conmigo tampoco podrás actuar como lo hiciste con ella.

—No necesito otra mujer que intente corregirme.

—Entonces deja de comportarte como un hombre que necesita ser corregido.

Retiró suavemente mi mano.

—Mañana nos reuniremos para revisar los contratos.

—¿Nosotros?

—Evie, sus abogadas, Ginny, Bash, Noah, tú y yo.

—Noah no necesita participar.

—Su estudio aparece en uno de los acuerdos.

—Conveniente.

Isabella inclinó la cabeza.

—Tus celos están empezando a aburrirme.

—No te pedí que regresaras para analizarlos.

—No. Me pediste que regresara para salvar a dos coronas mientras tú observas fotografías de una mujer utilizando la chaqueta de otro hombre.

Se marchó.

No fui detrás.

La chaqueta continuaba ocupando una parte ofensiva de mis pensamientos.

* * *

La reunión se celebró en una residencia protegida perteneciente al Gobierno.

No se registraron los nombres de los asistentes. Los vehículos llegaron a distintas horas y atravesaron un estacionamiento subterráneo antes de detenerse en un patio interior.

Fui el último.

Bash lo había organizado así para reducir la posibilidad de que Evie pensara que yo utilizaba la investigación para obligarla a verme.

La casa era moderna, silenciosa y deliberadamente impersonal. No había retratos, objetos decorativos ni fotografías. Solo muebles grises, puertas reforzadas y ventanas capaces de resistir disparos.

Ginny me esperaba en el vestíbulo.

—Antes de entrar —dijo—, tres reglas.

—No necesito reglas.

—La historia indica lo contrario. No tocarás a la señorita Han sin permiso. No interrogarás al señor Reyes sobre su relación y no utilizarás información de la investigación para intentar controlarlos.

—Parece que todos esperan que me comporte como un animal.

—Los animales suelen aceptar mejor los límites.

Abrió la puerta.

Evie estaba junto a una mesa.

La vi antes que a cualquier otra persona.