Capítulo 5 #2
Mi hermana tomó su mano y la apoyó sobre su propio pecho.
—Hazlo conmigo.
Cuatro segundos.
Cuatro al contener.
Cuatro al soltar.
Los observé.
El futuro rey de Inglaterra inclinado sobre nuestra hermana menor, intentando recuperar el control de su cuerpo dentro de la habitación donde probablemente habían secuestrado al hombre que lo había protegido durante años.
Orfeo no necesitaba fabricar el dolor de Alexander.
Era real.
La humillación.
El miedo.
La culpa.
No existía nada en aquel rostro que pudiera despertar sospechas.
Solo vi a mi hermano destrozado.
Y volví a prometerme que encontraría a quien le estaba haciendo aquello.
* * *
Eleanor Carver no vivía en Bath.
Vivía debajo de Bath.
La residencia ocupaba una antigua propiedad de piedra rodeada por árboles, pero la parte importante se encontraba bajo el jardín.
El esposo de la señora Carver había trabajado durante treinta años para inteligencia y, al retirarse, parecía haber desarrollado una relación creativa con el concepto de almacenamiento doméstico.
Llegamos dos horas después.
La anciana nos esperaba en una biblioteca con una escopeta apoyada contra el sillón.
Tenía el cabello completamente blanco, un vestido verde oscuro y ojos pequeños que recorrieron nuestro equipo de seguridad con visible decepción.
—El príncipe Alexander no vino —dijo.
—Se encuentra bajo observación médica —respondí.
—Entonces usted es el repuesto.
—La definición más afectuosa que he escuchado esta semana.
La señora Carver miró a Bash.
—¿Continúa siendo un Laurent?
—En contra de mis mejores esfuerzos.
—Su abuelo era un imbécil.
—Una tradición familiar.
La anciana sonrió.
Después señaló una silla.
—El código.
Bash le entregó la fotografía.
Eleanor leyó los números y caminó hacia una estantería. Retiró un volumen sobre historia militar y presionó un mecanismo. Una sección de la pared se desplazó.
—Eso parece excesivo —comenté.
—Usted vive en un palacio con treinta y cuatro salidas secretas.
—Treinta y dos.
—Las otras dos son realmente secretas.
Bajamos por una escalera estrecha.
El espacio subterráneo contenía cajas, archivadores metálicos y una hilera de compartimentos de seguridad. Eleanor introdujo el código en uno de ellos.
La puerta se abrió.
Dentro había una memoria, tres carpetas y un teléfono apagado.
—Marcus lo dejó hace seis semanas —explicó—. Dijo que solo debía entregarlo si Alexander enviaba el código.
—¿Le contó qué contenía?
—El señor Vale comprende la diferencia entre custodio y confesor.
Bash comenzó a fotografiar los objetos.
Me puse guantes y abrí la primera carpeta.
FUNDACIÓN ARISTEO.
Había transferencias, nombres de sociedades y donaciones a organizaciones culturales de cinco países. Varias empresas estaban vinculadas con Meridian.
Otra había financiado parte de las primeras giras internacionales de Asteria.
—Bash.
Se acercó.
Señalé el nombre.
Asteria Global Development Fund.
—¿Cuándo? —preguntó.
—Hace nueve años.
Evie tenía poco más de diecisiete cuando VANTA comenzó a presentarse fuera de Estados Unidos.
Aristeo había estado cerca de ella mucho antes que yo.
—Puede ser una inversión legítima —dijo Bash.
—Aristeo no aparece como donante directo.
—Una sociedad transfirió el dinero al fondo.
—¿Quién autorizó la selección de VANTA?
—Necesitaremos los contratos.
Abrí la segunda carpeta.
Contenía copias de los informes médicos de Alexander. Algunas páginas llevaban marcas rojas. Marcus había comparado las versiones oficiales con documentos extraídos de un sistema externo.
Había diferencias.
Fechas modificadas.
Duraciones aumentadas.
Síntomas que los médicos jamás registraron.
Alguien había creado una versión más grave de la enfermedad.
—Querían que pareciera incapaz —dije.
Bash observó los documentos.
—O estaban construyendo una justificación para apartarlo.
La tercera carpeta contenía fotografías de Mercer.
En una aparecía entrando en una clínica privada. En otra conversaba con Lawson dentro de un automóvil. La última lo mostraba acompañado por un hombre cuyo rostro estaba oculto bajo una gorra.
En el reverso había una frase escrita por Marcus:
ÉL NO DA LAS ÓRDENES. SOLO ESCUCHA.
—¿A quién? —pregunté.
Eleanor se acercó.
—Hay una grabación dentro del teléfono.
—¿La escuchó?
—No.
Encendimos el dispositivo dentro de una bolsa de aislamiento.
Solo contenía un archivo.
La voz de Marcus apareció después de varios segundos de estática.
—Si Alexander recibe esto, significa que ya no puedo confiar en las comunicaciones internas. Mercer trabaja para alguien con acceso a Windsor y a las residencias privadas. No es Lawson. Lawson creía estar protegiendo la Corona y aceptó órdenes sin comprender el propósito completo.
Se escuchó el paso de un automóvil.
Marcus continuó:
—El objetivo no es únicamente declarar incapaz a Alexander. Necesitan trasladar a Adrien fuera de la línea directa de sucesión antes de hacerlo. España era la solución. Evelyn Han fue la presión necesaria para provocar su resistencia y desacreditarlo si se negaba.
Mi mano se cerró alrededor de la carpeta.
La grabación cambió. Marcus parecía estar caminando.
—Aristeo financió proyectos vinculados con Asteria y Valcázar. Ambas mujeres fueron colocadas dentro del alcance de Adrien. No sé si pretendían que eligiera a Isabella o a Evelyn. Quizá nunca importó. Cualquier decisión dividiría a la familia.
Una puerta se cerró al fondo.
La voz bajó.
—Orfeo conoce los episodios de Alexander con detalles que no aparecen en ningún informe. Sabe lo que dice cuando está desorientado. Sabe cuándo duerme, cuándo se medica y quién permanece dentro de su habitación. La persona responsable debe estar cerca. Mucho más cerca de lo que imaginamos.
El audio terminó.
Nadie habló.
Eleanor se persignó.
—¿Cuántas personas tienen acceso físico a Alexander durante un episodio? —preguntó Bash.
—Mi familia, médicos, Marcus y parte de seguridad.
—También Lawson antes de ser despedido.
—Está muerto.
—Las grabaciones pudieron realizarse antes.
—Marcus habla en presente.
Bash guardó el teléfono.
—Necesitamos regresar.
Tomé la carpeta de Aristeo.
—Primero informa a la abogada de Evie.
—¿Sobre qué parte?
—Los contratos de Asteria. Tiene derecho a saber que la organización estuvo vinculada con su carrera.
—La policía decidirá cuánto puede compartirse.
—No esperaremos a que Asteria prepare una versión conveniente.
Bash me observó.
Esperaba que exigiera llamar personalmente a Evie.
No lo hice.
—Habla con su abogada —repetí—. Solo mediante ella.
—De acuerdo.
No parecía una victoria.
Pero por primera vez estaba ayudando a Evie sin convertir la ayuda en una puerta para regresar a su vida.
* * *
La reacción de Asteria llegó seis horas después.
Negaron conocer la relación entre el fondo de desarrollo y la Fundación Aristeo.
Después aceptaron entregar los contratos únicamente en Los Ángeles.
Ginny respondió con una solicitud judicial británica.
Asteria cambió nuevamente de posición y propuso que los documentos fueran revisados en Londres por representantes de ambas jurisdicciones.
No esperaba que Evie aceptara viajar.
Lo hizo.
Me enteré durante una reunión con Isabella.
Ella ocupaba un extremo de la mesa del Salón Azul, rodeada de documentos españoles. Llevaba una blusa negra, pantalones color crema y el cabello recogido en un moño imperfecto. Había dejado los zapatos debajo de la silla.
Solo había visto a Isabella descalza dos veces.
La primera, cuando teníamos dieciséis años y escapamos de una cena diplomática para caminar por una playa.
La segunda, después de que su madre muriera y ella permaneciera tres días sin abandonar un hospital.
Aquella pequeña ruptura del protocolo significaba que estaba exhausta.
—Aristeo financió una fundación educativa presidida por mi tía —dijo—. El dinero se utilizó para becas legítimas, pero la sociedad donante coincide con una de las cuentas de Meridian.
—¿Tu tía conocía el origen?
—Asegura que no.
—¿Le crees?
Isabella levantó los ojos.
—Es mi familia. Eso no convierte la confianza en evidencia.
Una respuesta mejor que cualquiera que mi padre hubiera ofrecido.
Ginny entró con su tableta.
—Asteria entregará los contratos pasado mañana.
—¿Aquí? —pregunté.
—En Londres.
—¿Quién viene?
Ginny sostuvo mi mirada.
—La señorita Han.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi rostro.
La espalda se enderezó.
El pulso se aceleró.
Isabella lo vio.
Por supuesto.
—¿Cuándo llega? —pregunté.
—Mañana por la noche.
—¿Vuelo comercial?
—Privado.
—¿Dónde se hospedará?
—No necesitas esa información.
—Orfeo conoce sus movimientos.
—Su equipo de seguridad coordina con Bash. Tú no participas.
—No he dicho que lo haría.
Ginny deslizó el dedo por la pantalla.
—No viene sola.
No necesitaba preguntar.
Lo hice de todos modos.
—¿Naomi?
—También.
—¿Quién más?
—Noah Reyes.
Isabella bajó lentamente el documento que leía.
La habitación pareció perder varios grados.
—¿Por qué? —pregunté.
—Continúan trabajando en la canción y él también recibió una amenaza.
—Eso no exige que viaje con ella.
—Evie solicitó que la investigación revise un contrato de producción vinculado con su estudio.
—Conveniente.
Ginny cerró la tableta.
—No empieces.
—No he empezado nada.
—Tu mandíbula opina lo contrario.
Me levanté y caminé hacia la ventana.
Evie regresaba.
Después de semanas imaginando la distancia, estaría en la misma ciudad.
Con Noah.
—¿Quién sabe que vienen? —pregunté.
—Nosotros, sus abogadas, Bash y el equipo operativo.
—Mi familia no debe conocer la residencia.
Isabella frunció el ceño.
—¿Crees que alguien dentro de la familia está involucrado?
—Marcus dijo que Orfeo está cerca de Alexander.
—Eso incluye personal, médicos y seguridad.
—También a nosotros.
—Adrien —dijo Ginny—, no puedes ocultar la llegada a la investigación oficial.
—No he dicho eso. Utilicen agentes externos y entreguen la dirección solo cuando aterricen.
—Lo decidirá Evie.
—Naturalmente.
Ginny me observó durante algunos segundos.
—Canalizaré la propuesta mediante su abogada.
—Gracias.
—No te daré la dirección.
—No la he pedido.
—Todavía.
Guardó la tableta y salió.
Isabella permaneció en silencio.