Donde arden las coronas (Una corona de mentiras 2) Capítulo 5
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Capítulo 5

El enemigo detrás de la puerta

Seguridad entró en las habitaciones de Marcus Vale a las seis y doce de la mañana.

Nosotros llegamos a Windsor nueve minutos después.

El automóvil todavía estaba en movimiento cuando abrí la puerta.

Bash me sujetó por la parte posterior del abrigo antes de que pudiera bajar.

—Espera a que se detenga.

—Estamos dentro del perímetro.

—Las leyes de la física continúan vigentes en propiedades reales.

El vehículo frenó frente a una de las entradas laterales. Me liberé y bajé sin responder.

La lluvia de la noche había dejado el pavimento húmedo y el cielo tenía un color gris pálido. El castillo se alzaba sobre nosotros con la serenidad arrogante de los edificios que habían sobrevivido suficiente tiempo para asumir que nada podía alcanzarlos.

Aquella mañana había agentes armados en las puertas, vehículos sin distintivos junto a los jardines y una unidad forense entrando por el acceso del personal.

Nada parecía sereno.

Alexander no debía acompañarnos.

La última vez que lo había visto permanecía en Kensington, sentado dentro de mis habitaciones mientras el médico revisaba su presión. Había aceptado quedarse con una facilidad sospechosa.

Aun así, miré el segundo vehículo.

—No está allí —dijo Bash.

—No he preguntado.

—Llevas todo el trayecto comprobando si nos sigue.

—Mi hermano tiene problemas neurológicos, no una fascinación adolescente por las persecuciones.

—Hace tres días abandonó Clarence House sin autorización médica para interrogar a un investigador.

—Precisamente. Ya cumplió su cuota semanal de estupidez.

Bash me observó.

—En tu familia deberían dejar de utilizar esa palabra como si fuera un recurso hereditario limitado.

Subimos por una escalera de servicio.

Dos agentes custodiaban la entrada de las habitaciones asignadas a Marcus. El responsable del operativo se acercó con una tableta y cubiertas plásticas para nuestros zapatos.

—No pueden entrar hasta que el equipo termine la inspección inicial.

—¿Está dentro? —pregunté.

—No encontramos a nadie.

—¿Señales de salida?

—La puerta estaba cerrada. La ventana del baño permanecía abierta.

—Estamos en un segundo piso.

—Hay una cornisa exterior y una escalera de mantenimiento cerca del ala oriental.

Bash tomó las cubiertas.

—¿Cuándo fue visto por última vez?

—Ayer a las veintidós treinta. Solicitó que le llevaran varios archivos desde la oficina del príncipe Alexander. A las veintitrés cinco respondió un correo interno. Después no hubo actividad.

—El mensaje de Orfeo salió a las veintiuna cuarenta —dije.

—Sí.

—Marcus ya estaba aquí.

—También otras ciento veintitrés personas con acceso a la red de servicio.

El agente no lo dijo para defenderlo.

Solo para impedir que una coincidencia se convirtiera en una conclusión.

Bash me había repetido esa diferencia suficiente veces para volverla irritante.

Una mujer vestida con un traje forense apareció en la puerta.

—Pueden pasar hasta el dormitorio. No entren al baño.

Nos colocamos las protecciones.

El salón de Marcus estaba ordenado.

Demasiado.

Las carpetas que había solicitado permanecían apiladas sobre una mesa. Una lámpara continuaba encendida junto al sofá y una taza de té frío descansaba sobre un posavasos. Había dejado la chaqueta doblada sobre una silla.

Nadie que planeara huir abandonaba el abrigo durante una mañana de invierno.

Su teléfono oficial estaba conectado al cargador.

—¿El personal revisó la habitación? —pregunté.

—No antes del operativo —respondió el agente—. El señor Vale rechazó el servicio nocturno.

Entré en el dormitorio.

La cama no había sido utilizada. Sobre el colchón había una maleta abierta y tres camisas colocadas en su interior. El pasaporte de Marcus descansaba junto a un libro.

No se había marchado voluntariamente.

Lo supe antes de ver la sangre.

El baño quedaba al otro lado de una puerta parcialmente abierta. Una mancha oscura atravesaba las baldosas blancas y desaparecía debajo del lavabo.

Bash extendió un brazo para detenerme.

—Hasta aquí.

El olor metálico alcanzaba el dormitorio.

Sobre el espejo alguien había pasado una mano ensangrentada. Las marcas de los dedos descendían por el cristal como si una persona hubiera intentado sostenerse.

La ventana estaba abierta.

La cortina se movía bajo el viento.

—¿Cantidad? —pregunté.

La especialista forense levantó la cabeza.

—No parece suficiente para indicar una pérdida mortal.

—¿Tipo de sangre?

—Todavía no lo sabemos.

—¿Hay señales de lucha?

—Un objeto golpeó la pared, encontramos cabello junto a la bañera y el cierre de la ventana fue forzado.

Bash recorrió el dormitorio con la mirada.

—El teléfono está aquí. El pasaporte también. ¿Su ordenador?

—No aparece.

—Tenía dos —dije—. Uno oficial y otro autorizado para registros médicos de Alexander.

El agente consultó la lista.

—Ninguno está en la habitación.

—¿Accedieron a sus cuentas?

—Los servidores registran una transferencia a las veintitrés diecisiete. Casi cuatro gigabytes.

—¿Destino?

—Externo. El equipo intenta rastrearlo.

Me acerqué a la mesa.

Las carpetas contenían informes médicos, agendas y registros de desplazamiento de Alexander. Exactamente la información que Orfeo había utilizado durante meses.

La teoría era sencilla.

Marcus había enviado el mensaje.

Después copió los archivos, fingió un ataque y escapó por la ventana.

Demasiado sencilla.

—Si planeaba huir —dije—, no habría dejado un rastro capaz de identificar la información que robó.

—Pudo ser interrumpido —respondió el agente.

—O alguien quiso que encontráramos la transferencia.

—Ambas posibilidades continúan abiertas.

Me agaché junto al escritorio.

El cajón inferior no cerraba completamente. Utilicé la punta de un bolígrafo para abrirlo sin tocar la madera.

Estaba vacío, salvo por una caja de medicamentos y un sobre.

—Bash.

Se acercó.

El sobre llevaba escrito un nombre.

ALEXANDER.

—No lo abras —dijo el agente.

—No pensaba hacerlo.

Era mentira.

La especialista fotografió el sobre antes de levantarlo con guantes. Lo abrió y extrajo una hoja.

No era una carta.

Era una página arrancada de una agenda médica.

Había fechas, dosis de medicamentos y observaciones sobre los episodios de Alexander. Varias letras estaban encerradas dentro de círculos.

A primera vista no significaban nada.

Bash inclinó la cabeza.

—¿Un código?

—O anotaciones clínicas.

El agente guardó la hoja dentro de una bolsa.

—La analizaremos.

—Quiero una copia para Alexander.

—Después de autorizarla.

Una voz surgió desde el salón.

—Yo la autorizo.

Cerré los ojos.

Alexander apareció en la puerta.

Llevaba un abrigo negro sobre un suéter gris y se apoyaba en el bastón con una mano. Beatrice permanecía detrás de él con expresión desafiante.

—No —dije.

Mi hermana alzó una mano.

—Antes de que empieces, yo tampoco sabía que vendría hasta que ya estábamos dentro del vehículo.

—Tú lo ayudaste a salir de Kensington.

—Pidió que lo acompañara.

—Podías negarte.

—¿Desde cuándo eso funciona con los hombres de esta familia?

Alexander avanzó.

El agente intentó detenerlo.

—Señor, la habitación continúa bajo inspección.

—Marcus es mi jefe de gabinete y los documentos robados contienen mi información médica.

—Precisamente por eso…

—Necesito ver la hoja.

El tono de heredero terminó la discusión.

El agente le mostró la bolsa.

Alexander se acercó.

Su rostro cambió cuando vio los círculos.

—No son letras al azar.

—¿Qué significan? —pregunté.

—Es un protocolo.

Su voz salió baja.

Beatrice se colocó a su lado.

—¿Qué clase de protocolo?

Alexander tomó aire.

—Hace un año comencé a sospechar que alguien accedía a mis calendarios médicos. Algunas citas aparecían modificadas y Lawson sabía cosas que yo solo había dicho dentro de consultas privadas.

—¿Se lo contaste a Marcus? —pregunté.

—Sí. Acordamos que, si alguno creía que nuestras comunicaciones estaban intervenidas, marcaríamos ciertas letras dentro de documentos que parecieran rutinarios.

—¿Qué forman?

Alexander leyó los círculos.

—C-A-R-V-E-R. Después hay seis números.

Bash tomó una fotografía.

—Puede ser un apellido y un código.

—Eleanor Carver —dijo Alexander—. Trabajó como asistente de mi abuelo. Después administró documentos privados de la familia.

—¿Continúa viva?

—Tiene casi ochenta años. Vive en Bath.

El agente ya hablaba por el teléfono.

Alexander volvió la vista hacia el baño.

Vio la sangre.

Su cuerpo se quedó completamente quieto.

—No entres —dije.

Avanzó de todos modos.

Lo sujeté por el antebrazo.

—Adrien.

—No necesitas verlo.

—Suéltame.

—No.

Los ojos de Alexander se clavaron en los míos.

—Marcus estaba conmigo después de cada episodio. Me cambiaba la ropa cuando yo no podía hacerlo, inventaba excusas para la prensa y dormía afuera de mi habitación cuando tenía miedo de no despertar. No me dirás qué necesito ver.

Su voz se quebró en la última frase.

Aflojé los dedos.

Alexander entró hasta el límite marcado por seguridad.

La sangre reflejaba la luz blanca.

Mi hermano se llevó una mano a la boca.

Su respiración cambió.

—Siéntate —dijo Beatrice.

—Estoy bien.

—No lo estás.

Alexander retrocedió.

El bastón resbaló sobre las baldosas. Lo sujeté por la cintura antes de que cayera y Beatrice tomó su otra mano.

—No —murmuró mi hermano—. No, no, no.

Lo ayudamos a sentarse sobre el borde de la cama.

Alexander se inclinó hacia delante y apoyó ambas manos sobre la cabeza. Los hombros comenzaron a temblarle.

—La sangre puede no pertenecerle —dijo Beatrice.

—Su chaqueta está aquí —respondió—. Su teléfono. Su pasaporte.

—Eso no significa que esté muerto.

Alexander levantó el rostro.

Tenía los ojos húmedos.

—Todos los que intentan protegerme terminan muertos.

La frase me golpeó.

Lawson.

Ahora Marcus.

Me arrodillé frente a él.

—No sabemos qué ocurrió.

—Lo utilizaron por mi culpa.

—No.

—Buscaba a quien accedía a mis informes.

—Fue su decisión.

—Porque yo se lo pedí.

—Y lo encontraremos porque dejó el protocolo.

Alexander cerró los ojos.

Beatrice se sentó junto a él y le apartó el cabello húmedo de la frente. Sus dedos se movían con cuidado, como si mi hermano pudiera romperse.

—Respira conmigo —murmuró.

Él negó.

—Alexander.