Capítulo 4 #5
Depositó el último vidrio dentro de la papelera.
—¿Qué harás?
—Nada.
Mi hermano me observó.
—¿Nada?
—No viajaré. No lo investigaré. No la llamaré para exigir explicaciones.
—Eso es bueno.
—No se siente bien.
—Hacer lo correcto rara vez produce placer inmediato.
—Hablas como padre.
—Retira eso.
A pesar de todo, una risa breve escapó de mí.
Alexander sonrió.
Apoyó una mano sobre mi nuca y acercó mi frente a la suya.
Era un gesto que no utilizábamos desde niños.
—Sobrevivirás —murmuró.
—No parece.
—Nunca lo parece mientras ocurre.
Permanecimos así durante algunos segundos.
Mi hermano.
El hombre al que había defendido durante toda mi vida.
La persona que todavía sabía sentarse a mi lado sin exigirme que fingiera estar bien.
En ese momento no existía una sola parte de mí capaz de sospechar de él.
* * *
A las cinco y cuarenta, Bash entró sin llamar.
Alexander dormía en el sillón. Yo permanecía junto a la ventana observando cómo la primera luz comenzaba a extenderse sobre Londres.
—Tenemos el origen del último mensaje —dijo.
Su tono consiguió que me volviera.
—¿Los Ángeles?
—No.
—¿Dónde?
Cerró la puerta detrás de él.
—La fotografía fue tomada afuera del estudio, pero no se envió directamente desde allí. Pasó por seis servidores antes de llegar a tu teléfono.
—Eso es habitual.
—Uno de los servidores no era público.
Me acerqué.
Bash dejó la tableta sobre la mesa.
Mostraba un diagrama de conexiones.
Los Ángeles.
Toronto.
Reikiavik.
Ginebra.
Londres.
La última dirección estaba resaltada.
—¿Qué es? —pregunté.
—Una red privada utilizada por residencias reales.
—¿Cuál?
Bash miró a Alexander antes de responder.
Mi hermano continuaba dormido, con la cabeza apoyada contra un lado del sillón.
—Windsor.
El frío atravesó mi cuerpo.
—¿El castillo?
—Una propiedad dentro del perímetro. La señal se transmitió mediante un nodo reservado para comunicaciones de servicio.
—¿Puede falsificarse?
—Sí.
—¿Probabilidad?
—Baja.
—¿Quién tiene acceso?
—Personal de mantenimiento, seguridad, oficinas administrativas y algunos miembros de la familia cuando se alojan allí.
Miré la pizarra improvisada sobre la mesa.
Marcus.
Mercer.
La Fundación Aristeo.
El Proyecto Orfeo.
—Entonces está dentro —dije.
—O quiere que creamos que lo está.
—En ambos casos conoce nuestros sistemas.
Bash asintió.
Alexander se movió en el sillón.
Abrió los ojos lentamente.
—¿Qué ocurre?
Bash y yo guardamos silencio.
Mi hermano se incorporó.
La luz de la mañana iluminó su rostro pálido.
—Díganmelo.
Le mostré la tableta.
Alexander leyó el informe.
Sus dedos comenzaron a temblar.
—Windsor —murmuró.
—El mensaje pudo ser redirigido —dije.
—Pero alguien conoce el nodo.
—Sí.
Alexander se puso de pie. Necesitó apoyar una mano sobre el brazo del sillón.
—Marcus está allí.
Bash tomó el teléfono.
—¿Desde cuándo?
—Ayer por la tarde. Le pedí que recuperara documentos de mi antigua oficina.
Las palabras cayeron una tras otra.
Marcus Vale.
El hombre cuyo nombre aparecía vinculado con la reunión secreta.
El jefe de gabinete que controlaba los dispositivos, autorizaciones y horarios de Alexander.
Dentro de la residencia desde la cual Orfeo acababa de transmitir un mensaje.
Bash ya daba órdenes.
—No lo contacten —dijo—. Enviaremos un equipo sin advertir a la oficina.
Alexander avanzó hacia la puerta.
—Voy con ustedes.
—No —respondimos Bash y yo.
Mi hermano se volvió.
—Es mi jefe de gabinete.
—Y puede estar implicado en una red que utilizó tu enfermedad —dije.
—Precisamente.
—No te acercarás.
—No decidas por mí.
—Esta vez sí.
La furia apareció en sus ojos.
Durante un segundo no fue el heredero enfermo ni mi hermano vulnerable.
Fue un hombre al que acabábamos de decir que otra de las personas más cercanas podía haberlo traicionado.
—Lo enfrentaré —dijo.
—Después de que seguridad controle el lugar.
—Adrien.
—Puedes odiarme cuando termine.
Alexander cerró una mano.
Pensé que discutiría.
En cambio, bajó la mirada.
—Siempre dices eso —murmuró.
—¿Qué cosa?
—Que podemos odiarte después. Como si convertirte en el villano fuera otra forma de protegernos.
No supe responder.
Bash salió para coordinar el operativo.
Alexander regresó al sillón.
Se sentó sin mirarme.
Afuera, Londres despertaba.
En Los Ángeles, Evie probablemente dormía después de haber besado a otro hombre.
En Windsor, Marcus Vale podía estar esperando que descubriéramos la verdad o destruyendo la última oportunidad de encontrarla.
Y dentro de aquella habitación, mi hermano parecía romperse ante la posibilidad de otra traición.
Me senté a su lado.
No lo toqué.
No todavía.
Orfeo había logrado introducirse en nuestros palacios, nuestras relaciones y las partes de nosotros que creíamos privadas.
Pero había cometido un error.
Continuaba pensando que los celos eran mi mayor debilidad.
No comprendía que, debajo de ellos, crecía algo mucho más peligroso.
Por primera vez estaba aprendiendo a amar a Evie sin utilizar ese amor para encerrarla.
Y cuando encontrara al hombre que había convertido nuestra historia en un experimento, no necesitaría que ella me perteneciera para detenerlo.