Donde arden las coronas (Una corona de mentiras 2) Capítulo 4 #4
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Capítulo 4 #4

Las palabras de Alexander.

Casi exactas.

—Estoy intentándolo.

—Lo sé.

—No parece suficiente.

—Todavía no.

La honestidad dolía, pero no contenía crueldad.

—¿Por qué llamaste? —pregunté.

Evie permaneció en silencio.

Escuché un automóvil a lo lejos.

Imaginé que estaba afuera, quizá en una terraza o junto a una ventana abierta.

—Porque no quería que lo supieras por una fotografía —dijo.

Mi cuerpo se tensó.

—¿Qué cosa?

Otra pausa.

Demasiado larga.

—Noah me besó.

La habitación desapareció.

La mano que sostenía el teléfono perdió sensibilidad.

—¿Cuándo?

—Esta noche.

—¿Dónde?

—No importa.

—Para mí sí.

—En un local pequeño donde comenzó a cantar. Estaba cerrado.

Construí la escena sin pedirlo.

Un escenario vacío.

Luces bajas.

Evie frente a un hombre que no necesitaba esconderla.

—¿Había cámaras?

—No.

Aquello lo empeoró.

No había sido una fotografía calculada.

No había sido una reacción pública después de un accidente.

Había ocurrido a solas.

Porque ambos lo desearon.

—¿Él te besó? —pregunté.

—Sí.

—¿Y tú?

Evie respiró.

—Le respondí.

Me puse de pie.

Necesitaba moverme.

La habitación parecía haberse vuelto demasiado pequeña.

—¿Por qué?

—No voy a justificarlo.

—Acabas de decir que me amas.

—Y tú me amabas cuando besaste a Isabella.

—Eso no lo hace menos…

Me detuve.

No tenía una palabra que pudiera pronunciar sin convertirme en un hipócrita.

—¿Menos qué? —preguntó.

—Doloroso.

Su respiración se suavizó.

—No quería que te enteraras por otra persona.

—Podías no contármelo.

—Ya tuvimos suficientes secretos.

La frase me atravesó.

—¿Te gustó?

—Adrien.

—Necesito saberlo.

—No. Quieres castigarte.

Tenía razón.

Aun así, repetí:

—¿Te gustó?

—Sí.

Me apoyé contra la chimenea.

La piedra fría presionó mi espalda.

—¿Más que conmigo?

—No voy a comparar.

—Eso significa que sí.

—Significa que no permitiré que conviertas algo que ocurrió entre Noah y yo en otra competencia.

—Todo parece una competencia cuando alguien está a punto de perder.

—Ya me perdiste.

La frase cayó con una suavidad devastadora.

—Lo sé.

Evie dejó escapar el aire.

—No quise decirlo así.

—Fue cierto.

—Que lo nuestro terminara no significa que no haya importado.

—Pero quieres descubrir qué puede ocurrir con él.

—Sí.

Cerré los ojos.

Podía verla en Belgravia.

El cabello extendido sobre la cama.

Sus dedos recorriendo la cicatriz de mi ceja.

No quiero que la primera vez sea aquí.

Había reservado aquella posibilidad para un futuro que yo mismo destruí.

Ahora otro hombre caminaba hacia ella sin necesitar puertas ocultas.

—¿Vas a acostarte con él? —pregunté.

El silencio se volvió más frío.

Había vuelto a cruzar el límite.

—No tienes derecho.

—Lo sé.

—Entonces deja de preguntarme cosas que solo me obligan a recordártelo.

—No sé cómo hacer esto.

—¿Qué cosa?

—Amarte mientras otro hombre te toca.

La verdad salió rota.

Sin sarcasmo.

Sin defensa.

Evie guardó silencio.

Cuando volvió a hablar, su voz también había cambiado.

—Yo tuve que aprender a amarte sabiendo que habías besado a Isabella y regresado a mi cama sin decírmelo.

—No regresé a tu cama.

—No porque no quisieras.

—No.

—Entonces aprende lo mismo que me exigiste sin preguntarme.

Me pasé una mano por el cabello.

—¿Es una venganza?

—Noah no es un arma.

—No he dicho…

—Lo pensaste. Y no pienso utilizarlo para hacerte daño. Si alguna vez estoy con él, será porque yo lo elegí.

Si alguna vez.

La palabra produjo una esperanza miserable.

Me aferré a ella.

—¿Lo elegirás?

—No lo sé.

—Evie.

—No lo sé —repitió—. Y tengo derecho a descubrirlo.

—Sí.

Pronunciarlo me costó más de lo que debería.

—Eres libre.

—Siempre lo fui.

—Lo sé ahora.

—Eso no significa que no vaya a dolerte.

Miré mi mano.

Los nudillos estaban blancos alrededor del teléfono.

—Ya duele.

—Lo siento.

—No te disculpes por algo que yo provoqué.

El silencio entre nosotros dejó de sentirse hostil.

Continuaba siendo insoportable.

Pero era honesto.

—Debo irme —murmuró.

Quise pedirle que se quedara.

No lo hice.

—Evie.

—¿Qué?

—Gracias por contármelo tú.

—Buenas noches, Adrien.

—Buenas noches.

La llamada terminó.

No arrojé el teléfono.

No golpeé la pared.

No llamé a seguridad para preguntar dónde estaba Noah.

Permanecí frente a la chimenea, respirando lentamente, mientras imaginaba la boca de otro hombre sobre la suya.

Cuatro al inhalar.

Cuatro al contener.

Cuatro al soltar.

El método de Alexander.

El mismo que Evie utilizó la noche en que la conocí.

Funcionó durante tres respiraciones.

En la cuarta tomé el vaso de whisky de la mesa y lo lancé contra la chimenea.

El cristal estalló.

Los fragmentos cayeron sobre la alfombra.

La puerta de la habitación contigua se abrió.

Alexander apareció descalzo, con una mano apoyada sobre el marco.

Miró los restos.

Después mi rostro.

—No quiero hablar —dije.

—Bien.

Caminó hasta el sillón y se sentó.

No preguntó qué había ocurrido.

No intentó abrazarme.

Solo permaneció allí mientras yo me arrodillaba para recoger los pedazos con las manos.

—Déjalos —dijo.

—Puedo hacerlo.

—Lo sé.

Tomó la papelera y la colocó frente a mí.

Recogimos el cristal juntos.

Uno de los bordes me cortó el pulgar.

La sangre apareció.

Alexander me entregó un pañuelo.

Durante un instante vi otro.

Blanco.

Bordado con mis iniciales.

Atado alrededor de la mano de Evie la noche en que todo comenzó.

—Noah la besó —dije.

Mi hermano continuó recogiendo los fragmentos.

—Lo siento.

—Ella le respondió.

Alexander se detuvo.

—¿Te lo contó?

—Sí.

—Entonces todavía confía en ti lo suficiente para darte una verdad que sabía que podía perderte.

—No soy yo quien puede perderla.

—Siempre queda algo que perder.