Donde arden las coronas (Una corona de mentiras 2) Capítulo 4 #3
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Capítulo 4 #3

—¿Sabes qué es lo más irritante? —preguntó—. Una parte de mí se alegra cada vez que la lastimas.

La honestidad me sorprendió.

Isabella mantuvo la mirada sobre el jardín.

—No porque quiera que sufra —continuó—. Porque cada error tuyo abre una posibilidad para mí.

—No tienes que admitir eso.

—Sí. Si vamos a trabajar juntos, no volveré a esconder las partes de mí que puedan resultarte inconvenientes.

Se giró.

—Evie no es la única que te ama.

Mi cuerpo se tensó.

Isabella caminó hacia mí.

No había desafío en sus ojos.

Solo verdad.

—Todavía puedo imaginar una vida contigo —dijo—. Incluso después de todo.

—No merezco eso.

—No confundas mi deseo con una absolución.

Se detuvo frente a mí.

—Te exigiría que fueras mejor. Que renunciaras a utilizar el dolor como arma. Que aprendieras a elegir sin mantener una salida oculta.

Su mano se levantó.

Los dedos rozaron la cicatriz de mi ceja.

El gesto despertó el recuerdo del beso en la Cámara de Comercio.

De su cuerpo contra el mío.

Del modo en que había respondido sin miedo ni dudas.

Incliné ligeramente el rostro.

Isabella no se apartó.

Por un instante, su boca quedó suficientemente cerca.

Podía besarla.

Olvidar la fotografía de Noah.

Demostrarme que todavía existía una mujer que me deseaba.

Mi mano se cerró alrededor de su cintura.

Los ojos de Isabella descendieron hacia mis labios.

Después apoyó la palma sobre mi pecho y me detuvo.

—No.

La palabra fue suave.

Absoluta.

Solté su cintura.

—Creí que querías una oportunidad.

—Quiero que me beses cuando estés pensando en mí.

—Lo estaba.

Isabella sonrió con tristeza.

—Mientes mejor que eso.

Retrocedió.

—No seré el lugar donde escondas tus celos.

—No intentaba utilizarte.

—Lo intentaste desde el momento en que me miraste y necesitaste comprobar si todavía podías sentir algo por otra persona.

—Sentí algo.

El dolor apareció en sus ojos.

—Eso no lo mejora.

Tomó los guantes.

—La próxima vez que me toques será porque me elegiste, no porque Evie esté aprendiendo a vivir sin ti.

Se marchó.

La vi alejarse por el corredor.

No fui detrás.

Aquella era la diferencia entre Isabella y Evie.

Evie me obligaba a enfrentar todo lo que era.

Isabella me mostraba la clase de hombre que todavía podía decidir ser.

Y comenzaba a comprender que podía perderlas a ambas sin que ninguna necesitara convertirse en villana.

* * *

Alexander sufrió una crisis a las dos de la madrugada.

No fue un episodio de ausencia.

Fue rabia.

Lo encontré dentro del antiguo despacho de mi abuelo, rodeado de hojas arrancadas de varias carpetas. Una silla estaba volcada y había un vaso roto junto a la chimenea.

Mi hermano permanecía de pie frente a la mesa.

Respiraba con dificultad.

Tenía una página apretada dentro de la mano.

—¿Qué ocurrió?

No respondió.

Avancé lentamente.

—Alexander.

—Me evaluaron.

Su voz sonaba irreconocible.

Dejó caer la hoja.

La recogí.

Era uno de los documentos recuperados por Isabella. Un informe sin firma analizaba la estabilidad de la línea sucesoria británica.

El heredero presenta vulnerabilidades médicas incompatibles con una continuidad segura.

El segundo hijo manifiesta impulsividad, resentimiento institucional y una necesidad patológica de intervenir ante figuras vulnerables.

Continué leyendo.

El príncipe Adrien Hawthorne puede ser dirigido mediante una elección emocional que active simultáneamente su sentido de protección y su rechazo a la autoridad.

Al final aparecía una frase escrita en mayúsculas.

LA VARIABLE HAN DEBE CREAR UNA ELECCIÓN IMPOSIBLE.

Levanté los ojos.

Alexander se había llevado ambas manos al cabello.

Tiraba de los mechones cerca de las sienes.

—¿Quién recibió esto? —pregunté.

—No lo sabemos.

—¿Dónde estaba?

—Dentro de los documentos de Mercer.

—Podría haberlo escrito él.

—Habla de nosotros como si fuéramos animales dentro de un experimento.

—Alexander.

—Mi enfermedad. Tu carácter. Isabella. Evie. Todo reducido a variables.

Se inclinó sobre la mesa.

Los músculos de su espalda temblaban.

Me acerqué.

—Mírame.

—No.

—Alexander.

Sujetó el borde del escritorio.

—Han utilizado cada crisis para demostrar que soy incapaz.

—No lo eres.

—Perdí nueve horas, Adrien. Durante nueve horas cualquiera pudo utilizar mis dispositivos, mis autorizaciones o mi cuerpo y yo no puedo recordar qué ocurrió.

—Eso no fue una elección.

—Nada parece serlo.

Golpeó la mesa.

Un montón de documentos cayó al suelo.

—Lawson decidió qué información podía soportar. Padre decidió quién debía conocer mi enfermedad. Orfeo decidió que mi cuerpo era una oportunidad. Y yo ayudé a preparar tu matrimonio porque pensé que podía salvarte.

—Intentabas darme una salida.

—Te convertí en una variable más.

—No.

—Sí.

Sus rodillas cedieron.

Lo sujeté antes de que cayera. Alexander intentó liberarse, pero sus piernas no respondían. Lo ayudé a sentarse contra el escritorio.

—Respira.

—No me digas que respire.

—Entonces deja de hacerlo y crea otro problema.

Una risa rota escapó de su boca.

Se cubrió el rostro.

Me arrodillé frente a él.

—Nada de esto es culpa tuya.

—Me dijiste lo mismo sobre Lawson.

—Continúa siendo cierto.

—No puedes absolverme de cada decisión porque estoy enfermo.

Las palabras me detuvieron.

Alexander bajó las manos.

Tenía los ojos enrojecidos.

—Eso haces con Evie —continuó—. Dices que fuiste manipulado, que padre te presionó y que Orfeo diseñó el conflicto. Todo es verdad. Pero tú decidiste mentirle.

—Lo sé.

—Entonces no utilices el plan de otro hombre para convertir tus decisiones en inevitables.

Apreté la hoja dentro del puño.

—La eligieron para llegar hasta mí.

—Y tú te enamoraste. Esa parte fue tuya.

—También destruí lo que teníamos.

—Sí.

La respuesta directa dolió.

Alexander apoyó la cabeza contra el escritorio.

—Haber sido manipulado no elimina lo que hicimos cuando todavía podíamos elegir.

Permanecimos en silencio.

Después de unos minutos, su respiración comenzó a estabilizarse.

—¿Llamo al médico? —pregunté.

—Todavía no.

—Madre me matará.

—Por una vez, permite que sea yo quien decida cuándo necesito ayuda.

Asentí.

Me senté en el suelo a su lado.

Alexander miró el papel dentro de mi mano.

—“La variable Han” —murmuró—. Ni siquiera escribieron su nombre completo.

—Porque para ellos no era una persona.

—¿Lo era para ti?

La pregunta me sorprendió.

—Por supuesto.

—Al principio.

Pensé en la noche de la gala.

Evie sola bajo el foco.

El punto rojo sobre su vestido.

Mi fascinación inmediata.

Mi necesidad de dirigirla, protegerla y poseer cada parte de ella que nadie más podía tocar.

—No lo sé —admití—. Quizá al principio solo vi algo que quería.

—¿Y ahora?

Cerré los ojos.

—Ahora no sé cómo existir dentro de una vida donde ella no esté.

Alexander apoyó una mano sobre mi hombro.

—Aprende.

Lo miré.

—Si regresa algún día —continuó—, debe encontrar a un hombre capaz de amarla sin convertirla en su única razón para respirar.

—¿Y si no regresa?

Mi hermano pareció considerar la respuesta.

—Entonces aprenderás de todos modos.

* * *

Evie me llamó a las cuatro y diecisiete.

Alexander ya dormía en la habitación contigua. Yo estaba sentado junto a la ventana con el teléfono entre las manos cuando su nombre iluminó la pantalla.

Respondí al primer tono.

No dije nada.

Ella tampoco.

Durante algunos segundos solo escuchamos nuestras respiraciones.

—¿Estás allí? —preguntó finalmente.

—Sí.

Su voz sonaba cansada.

Más suave que durante nuestra discusión.

—Me informaron sobre la fotografía de Belgravia.

—Lo siento.

—No la publicaron.

—No.

—Mi abogada dice que solo la tiene el equipo oficial.

—Ginny vigila las copias.

—Gracias.

No supe si me agradecía a mí o a ella.

—Evie…

—No te llamé para discutir.

—Bien.

—Tampoco significa que te perdoné.

—Lo sé.

Una pausa.

—La policía dijo que tú no pediste hablar conmigo después de la evacuación.

—No quería utilizar otra amenaza como excusa.

—Bash me contó que ayudaste a coordinar desde Londres.

—Él hizo el trabajo.

—Pero tú no apareciste.

—Me pediste que no convirtiera tu vida en el centro de la mía.

—No exactamente.

—Fue una interpretación menos dolorosa.

Escuché una respiración que pudo ser una risa.

El sonido me produjo más alivio del que merecía.

—Gracias por no venir —dijo.

—Esa es probablemente la frase menos romántica que me han dedicado.

—No era romántica.

—Naturalmente.

—Adrien.

—¿Qué?

—También quería que vinieras.

Cerré los ojos.

Apoyé la cabeza contra el respaldo.

—No digas eso si no quieres que suba a un avión.

—No quiero que lo hagas.

—Entonces eres cruel.

—Tú eres el experto.

La frase no contenía hostilidad.

Solo un dolor compartido que ninguno sabía dónde colocar.

—Lamento lo que te dije —murmuré—. Sobre Noah.

—Lo sé.

—Estaba celoso.

—También lo sé.

—No porque crea que me perteneces.

Evie guardó silencio.

—En parte sí —me corregí—. Una parte horrible de mí todavía actúa como si todo lo que amo debiera permanecer donde puedo alcanzarlo.

—Eso suena más sincero.

—No pienso que Noah sea inferior. Creo que puede darte cosas que yo no supe darte y lo odio por eso.

—No deberías odiarlo.

—Estoy intentando limitarme a cantidades razonables.

—¿Cuánto es razonable?

—Depende del día.

Esta vez sí rió.

Bajo.

Cansada.

Hermosa.

Tuve que apretar el teléfono para no pedirle que continuara.

—Evie.

—¿Qué?

—Te amo.

El silencio posterior no fue vacío.

Estaba lleno de todo lo que aquella frase ya no podía reparar.

—Yo también te amo —respondió.

El pecho me dolió.

No como una herida.

Como algo que volvía a abrirse después de haber empezado a cicatrizar de manera incorrecta.

—Entonces vuelve —dije.

La petición escapó.

Evie tomó aire.

—No.

Una sola palabra.

Suficiente para devolverme al lugar que ocupaba.

—No puedo —continuó—. Amarte no significa confiar en ti.

—Puedo recuperar tu confianza.

—Quizá.

—Dime cómo.

—Ese es el problema. Siempre quieres convertir todo en una tarea. Una serie de pasos. Una negociación que puedes ganar si encuentras las condiciones correctas.

—Estudié Negocios Internacionales. Es una enfermedad profesional.

—No estoy hablando de tu carrera.

—Lo sé.

—No puedes hacer algo para obligarme a volver. Tienes que cambiar aunque yo no regrese.