Donde arden las coronas (Una corona de mentiras 2) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

La frase podría haber pertenecido a Ginny.

O a Beatrice.

O a Alexander.

Quizá el problema no fuera que todos hubieran decidido juzgarme.

Quizá había conseguido que cada persona que me amaba llegara a la misma conclusión.

—No participaré en la campaña —dije.

Mi padre sostuvo mi mirada.

—Entonces ¿qué harás?

—Encontraré a Orfeo.

—No eres investigador.

—Entiendo cómo construyó la red financiera.

—Comprender balances no te convierte en agente de inteligencia.

—Y heredar una Corona no te convirtió en padre.

El golpe fue bajo.

Deliberado.

Mi padre no reaccionó durante varios segundos.

Después regresó al escritorio y tomó la propuesta.

—Puedes retirarte.

Caminé hacia la puerta.

—Adrien.

Me detuve sin volverme.

—Alexander preguntó esta mañana qué ocurrirá si su condición lo incapacita definitivamente.

Mi mano quedó inmóvil sobre el picaporte.

—¿Qué respondiste?

—La verdad. Que deberemos prepararte.

Giré.

—No.

—No depende únicamente de ti.

—No utilizarás su enfermedad para obligarme a regresar a la vida pública.

—No utilizaré nada. La línea de sucesión existe independientemente de nuestros deseos.

—Alexander mejorará.

Mi padre no contestó.

Su silencio me acompañó hasta el corredor.

* * *

Encontré a Beatrice en la biblioteca privada.

Estaba sentada en el suelo, rodeada de fotografías y cajas de documentos antiguos. Llevaba auriculares, pero no reproducía música. Lo supe porque alzó la cabeza apenas entré.

—¿Qué haces?

—Busco imágenes de la recepción en Windsor.

—Seguridad ya revisa los archivos.

—Seguridad busca a Mercer, Lawson y Cole. Yo busco personas que no deberían estar observándolos.

Me quité la chaqueta y la dejé sobre un sofá.

—¿Por qué?

—Porque todo el mundo presta atención al centro de una fotografía. Quien organiza las cosas suele permanecer en los bordes.

La respuesta era buena.

Me senté frente a ella.

Beatrice apartó varias imágenes para hacer espacio.

—Madre no sabe que estoy aquí —añadió.

—Lo imaginé.

—¿Vas a informarle?

—No puedo condenar métodos que utilizo con mayor presupuesto.

Tomé una fotografía.

Alexander aparecía saludando a un grupo de diplomáticos. Lawson permanecía detrás. Marcus hablaba con un funcionario cerca de las puertas.

No vi a Mercer.

—¿Evie está bien? —preguntó Beatrice sin mirarme.

—Sí.

—¿Hablaste con ella?

—Ayer.

Su mano se detuvo sobre una imagen.

—¿Qué le dijiste?

—Nada importante.

—Eso suele significar algo terrible.

—Discutimos sobre Noah.

Beatrice levantó lentamente la cabeza.

—¿Por qué?

—No importa.

—Para comenzar, porque no tienes derecho a discutir con ella sobre Noah.

—Gracias. Nadie me lo había mencionado.

—¿Qué le dijiste?

Tomé otra fotografía.

—Que se acostara con él.

Mi hermana dejó caer el sobre que sostenía.

—No.

—Sí.

—Dime que no utilizaste esas palabras.

—No puedo.

Beatrice se puso de pie.

La falda de su abrigo se agitó alrededor de sus piernas mientras comenzaba a caminar.

—Eres increíblemente estúpido.

—Ginny recomendó un exorcismo.

—Necesitas varios.

—Ya me disculpé.

—¿Te respondió?

—No.

—Bien.

—La reacción parece sospechosamente coordinada.

Beatrice se detuvo junto a la ventana.

No me miró.

—Tal vez no quiere hablar contigo.

—Lo había deducido.

—Entonces respétalo.

Su tono era diferente.

Demasiado preciso.

—¿Has hablado con ella?

Mi hermana se volvió.

—No es asunto tuyo.

La respuesta confirmó suficiente.

—¿Cuándo?

—No te lo diré.

—Beatrice.

—Me llamó como amiga, no como intermediaria.

—¿Está bien?

—No utilizarás mi relación con ella para obtener información que decidió no entregarte.

Me levanté.

—Existe una amenaza.

—Y su equipo está actuando. Esto no se trata de seguridad.

—Solo necesito saber cómo se siente.

—Lo sabes. La lastimaste.

—¿Habló de Noah?

El dolor apareció en el rostro de Beatrice.

No por Evie.

Por mí.

—¿Eso es realmente lo único que te importa?

—No.

—Entonces deja de demostrar lo contrario.

Regresó hasta las fotografías y se arrodilló.

Yo continué de pie.

—No quiero que la utilices para vengarse de mí —dije.

—No lo está haciendo.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque se siente culpable incluso por considerar la posibilidad de ser feliz con otra persona.

Las palabras me inmovilizaron.

Beatrice comprendió que había revelado demasiado.

Cerró los ojos.

—No debí decir eso.

—¿Todavía me ama?

—No volveré a responder.

—Solo dime…

—Te ama —interrumpió—. Y está furiosa consigo misma por continuar haciéndolo.

El alivio fue inmediato.

Vergonzoso.

Beatrice lo vio.

—Mírate.

—¿Qué?

—Acabas de saber que una mujer está sufriendo y pareces aliviado porque su dolor confirma que todavía te pertenece una parte de ella.

La satisfacción desapareció.

Me senté.

—No quiero que sufra.

—Pero quieres que te espere.

—No.

—Quieres que pruebe otras vidas y descubra que ninguna se compara contigo.

Era exactamente lo que Alexander había dicho.

—No puedo controlar lo que quiero.

—No. Pero puedes controlar lo que haces con eso.

Beatrice regresó a la caja.

—No te contaré nada más de nuestras conversaciones.

—No te lo pediré.

—Acabas de hacerlo.

—No volveré a hacerlo.

Mi hermana no respondió.

Revisamos las fotografías en silencio.

Diez minutos después, Beatrice colocó una frente a mí.

—Mira esto.

La imagen mostraba a Isabella saludando a Alexander en una de las salas de Windsor. Ambos eran más jóvenes. Mi hermano sonreía. Ella llevaba un vestido azul y el cabello suelto.

Detrás de Alexander aparecía Marcus.

Un hombre conversaba con él.

Solo se veía parte de su rostro, pero reconocí la barba corta y las facciones ordinarias.

Mercer.

—La recepción ocurrió hace tres años —dije.

—Mucho antes de la gala.

—Y antes de que Alexander despidiera a Lawson.

Beatrice señaló la esquina inferior.

Había otra persona.

Un hombre alto, de cabello oscuro, observado desde atrás. Llevaba un distintivo de acceso diplomático y sostenía una carpeta negra.

—¿Quién es? —preguntó.

No podía verle el rostro.

Pero la carpeta mostraba un símbolo dorado.

Una lira rodeada por llamas.

Orfeo.

* * *

Isabella llegó a la biblioteca veinte minutos después.

No preguntó por qué Beatrice participaba en la investigación. Se quitó los guantes, tomó la fotografía y solicitó una lupa.

—La carpeta no pertenece a la delegación española —dijo.

—¿Reconoces el emblema?

—Sí. La Fundación Aristeo.

—¿Qué es?

—Una organización privada dedicada a financiar intercambios culturales europeos.

—¿Relación con tu familia?

—Patrocinó dos programas de la Casa de Valcázar y una gala en Madrid.

—¿Directivos?

—Cambian cada pocos años. Su estructura es deliberadamente discreta porque varios donantes son miembros de familias reales.

—Perfecto —murmuré—. Una organización opaca financiada por aristócratas. Resultará sencillo.

Beatrice tomó su teléfono.

—Su página pública no se actualiza desde hace ocho meses.

—¿Cuándo se creó? —pregunté.

—Hace casi treinta años.

Isabella continuaba observando la fotografía.

—Mi madre conoce a uno de los fundadores.

—¿Quién?

—El duque de Albares. Murió hace seis años.

—¿Herederos?

—Dos hijas. Ninguna participa actualmente.

—Entonces alguien utilizó una organización inactiva.

Isabella negó.

—No está inactiva. Continúa moviendo dinero. Solo dejó de anunciar dónde.

Su mirada permaneció sobre el símbolo.

—La palabra Orfeo quizá no sea únicamente un nombre.

—Puede ser un proyecto financiado por la fundación —dijo Beatrice.

—O una operación —añadí.

Isabella dejó la fotografía.

—Conseguiré los registros españoles.

—Ginny dijo que ya estaba trabajando contigo.

—¿Te molesta?

—Me sorprende.

—La contraté precisamente porque no necesita tu autorización.

—Empiezo a sospechar que esa es su principal estrategia comercial.

Beatrice reunió las fotografías.

—Buscaré el emblema en los demás actos.

—No —dije.

Mi hermana se detuvo.

—¿No?

—Ya encontraste una conexión. Entregarás las cajas al equipo y volverás a la universidad.

—Puedo ayudar.

—También puedes convertirte en otro objetivo.

—Ya aparecía en la pared de Lawson.

—Por eso no aumentarás tu exposición.

—Tú participas.

—Soy un objetivo desde que nací.

—Y yo también.

—Beatrice.

—No puedes excluirme cada vez que tienes miedo.

Su voz no subió.

No lo necesitaba.

La frase llenó la biblioteca.

Isabella me observaba.

Esperaba ver si había aprendido algo.

—Puedes continuar revisando los archivos —dije finalmente—. Dentro del Palacio y con dos agentes cerca.

Beatrice levantó una ceja.

—¿Eso es una orden?

El recuerdo de Evie apareció entre nosotros.

—Una petición.

—Acepto.

Mi hermana recogió las cajas y salió.

Isabella esperó hasta que la puerta se cerró.

—Estás aprendiendo.

—Todos parecen excesivamente sorprendidos.

—El progreso resulta impactante cuando parte desde tan abajo.

Guardó la fotografía dentro de una funda.

La luz de la tarde atravesaba los ventanales y dibujaba reflejos dorados sobre su cabello. Parecía cansada. Una sombra oscura se extendía debajo de sus ojos.

—¿Cuándo comiste por última vez? —pregunté.

—En Madrid.

—Eso fue ayer.

—Había comida en el avión.

—¿La comiste?

—Había comida en el avión —repitió.

La conduje hacia una sala contigua donde el personal había dejado una bandeja con pan, fruta y té.

—No necesito que me alimentes.

—Tampoco yo necesitaba que viajaras durante la noche para entregarnos documentos. Aun así, aquí estamos.

Isabella tomó una uva.

—Una demostración impresionante de hospitalidad británica.

—Puedo pedir algo caliente.

—Esto está bien.

Se sentó junto a la mesa.

Yo ocupé la silla contraria.

Durante algunos minutos comimos sin hablar. Afuera, la lluvia golpeaba los cristales y convertía el jardín en una extensión verde y gris.

—¿Qué ocurrió con Evie? —preguntó Isabella.

—Beatrice te contó.

—Solo dijo que discutieron.

—Le dije algo imperdonable.

—Has dicho demasiadas cosas imperdonables y, sin embargo, todos continuamos regresando.

—Le dije que se acostara con Noah.

Isabella dejó lentamente la taza.

—¿Por qué?

—Estaba celoso.

—Eso no responde.

—Quería herirla antes de que pudiera decirme que lo había elegido.

—¿Lo eligió?

—No.

El alivio volvió a aparecer.

Lo odié.

—Todavía —añadió Isabella.

—No ayudas.

—No pretendo hacerlo.

Se levantó y caminó hacia la ventana.