Capítulo 4
Lo que otro hombre podía darle
Evie no respondió a mi mensaje.
La policía evacuó el estudio de Noah a las once y veintisiete de la noche en Los Ángeles.
Yo lo supe a las siete y veintisiete de la mañana en Londres, porque Bash había colocado tres relojes sobre la pared del centro operativo y uno de ellos parecía dedicado exclusivamente a recordarme que existía un océano entre la mujer que amaba y mi capacidad para llegar hasta ella.
LONDRES.
MADRID.
LOS ÁNGELES.
El último avanzaba ocho horas detrás de nosotros.
La distancia no parecía suficiente.
—El edificio está despejado —informó Bash.
Se encontraba frente a la mesa central con un teléfono contra el oído. Llevaba la misma camisa del día anterior, las mangas dobladas hasta los codos y una barba oscura que comenzaba a cubrirle la mandíbula.
Yo permanecía junto a la ventana.
Había dejado de caminar porque Ginny aseguró que comenzaba a marearla.
Ella ocupaba una silla cerca de la puerta. Una taza de café descansaba sobre el muslo y su cabello estaba recogido en una trenza gruesa que caía sobre un hombro.
—¿Evie? —pregunté.
—Está bien.
—¿Naomi?
—También.
—¿Noah?
Bash me miró.
—Vivo, consciente y todavía ofensivamente atractivo.
Ginny bebió café.
—La investigación agradece la precisión.
—¿A dónde los trasladaron? —pregunté.
—No necesitas saberlo.
—Si Orfeo conoce la nueva ubicación…
—La policía estadounidense seleccionó tres alternativas y no informó cuál utilizaría hasta que los vehículos estuvieron en movimiento.
—Eso no evitó que siguieran el automóvil de VANTA en Londres.
—Por eso esta vez cambiaron de vehículo dentro de un estacionamiento subterráneo.
—¿Cuántas salidas?
Bash bajó el teléfono.
—Adrien.
—¿Cuántas?
—Cuatro. Todas vigiladas.
—¿Revisaron el personal?
—Sí.
—¿Los conductores?
—Sí.
—¿Y la seguridad del edificio?
—También.
—La última vez alguien utilizó un sistema interno de Asteria para cambiar la ruta.
—Asteria no participa en el traslado.
—Eso no significa que…
—Basta.
La palabra de Bash se extendió por la habitación.
Ginny levantó los ojos.
Yo me quedé inmóvil.
Bash dejó el teléfono sobre la mesa.
—Evie está a salvo. Su abogada recibe información directamente de la policía y Naomi participa en cada decisión. No existe nada más que puedas hacer desde aquí.
—Puedo viajar.
—No.
—No te estaba pidiendo autorización.
—Entonces no utilices uno de mis aviones, mis propiedades ni mis agentes para hacerlo.
La advertencia recordó que Bash ya no trabajaba para mí.
Su renuncia continuaba sin ser aceptada oficialmente, pero nuestra amistad no le concedía la obligación de obedecerme.
—Puedo conseguir otro avión.
—Y aterrizarías rodeado de periodistas. Orfeo sabría dónde estás antes de que terminaras de bajar la escalerilla.
—No necesito ir hasta la residencia. Puedo coordinar…
—No vas a coordinar nada —interrumpió Ginny—. La señorita Han cuenta con representación legal, seguridad profesional y la capacidad de tomar decisiones sin tu supervisión.
—No necesito que ambos repitan lo mismo.
—Parece que sí —respondieron al mismo tiempo.
Los miré.
—Empiezan a resultar irritantes.
—Es la base de nuestra relación —dijo Ginny.
Tomé el teléfono.
La conversación con Evie continuaba abierta.
Mi último mensaje aparecía leído.
No debí hablarte así.
Ninguna respuesta.
Podía preguntarle si estaba bien.
No era una pregunta peligrosa.
No exigía nada.
Mis dedos se desplazaron sobre el teclado.
¿Estás segura?
Borré la frase.
¿Llegaste bien?
También.
No escribir constituía una acción sorprendentemente agotadora.
Dejé el teléfono boca abajo.
—No voy a llamarla.
Bash asintió.
—Bien.
—No necesito felicitaciones.
—Tampoco pensaba ofrecerlas.
Su teléfono volvió a sonar.
Escuchó durante algunos segundos.
—Entendido —dijo—. Envíame la transcripción.
Terminó la llamada.
—La policía interrogó a Noah.
—¿Por qué?
—Las flores fueron dirigidas a su estudio. Necesitaban conocer cualquier posible conflicto personal o profesional.
—¿Qué dijo?
Bash tomó la tableta.
—Que no reconoce a Lawson, Mercer ni Cole. Tampoco recuerda haber trabajado con empresas vinculadas con Meridian.
—¿Y su personal?
—Revisarán a todos.
—¿Antecedentes?
—Ninguno relevante.
—Eso ya lo dijiste.
—Porque ya preguntaste.
Ginny dejó la taza sobre el suelo.
—¿Qué parte de su declaración te interesa realmente?
—La relacionada con Orfeo.
—Naturalmente.
Bash deslizó el dedo por la pantalla.
—El investigador le recomendó suspender el trabajo con Evie hasta que la amenaza fuera controlada.
Esperé.
Bash me conocía suficiente para saber que no necesitaba formular la pregunta.
—Se negó —añadió.
Una tensión desagradable apareció detrás de mis costillas.
—¿Por qué?
—Dijo que alejarse confirmaría que las amenazas funcionan.
—Eso también puede ponerla en peligro.
—Evie tomó la misma decisión.
—Evie no siempre distingue la valentía de la imprudencia.
Ginny alzó una ceja.
—Qué extraordinario nivel de autoconocimiento proyectado sobre otra persona.
La ignoré.
—¿Qué dijo exactamente Noah?
Bash leyó:
—“No voy a decidir por Evie. Si ella quiere terminar la canción, seguiré trabajando. Si prefiere marcharse, nadie utilizará el contrato para impedirlo. Mi responsabilidad consiste en que tenga ambas opciones”.
La habitación quedó en silencio.
Odié cada palabra.
No porque estuviera equivocada.
Porque era exactamente lo que yo debería haber dicho en cada ocasión en que confundí proteger a Evie con reducir sus alternativas.
—Una respuesta preparada —murmuré.
—La declaración no es pública —dijo Bash.
—Puede haber anticipado que se filtraría.
Ginny se inclinó para recoger el café.
—¿También crees que financia programas juveniles desde hace diez años para seducir a una mujer que todavía no conocía?
—No he dicho eso.
—Dale unas horas.
Caminé hasta la pizarra.
En el centro aparecía el nombre de Noah Reyes, escrito debajo de Evie.
Lo borré.
Bash me observó.
—No forma parte de la red —expliqué.
—Nunca dije que la integrara.
—Su nombre no debería estar ahí.
—Lo coloqué como posible objetivo.
—Entonces utiliza otro color.
Bash tomó un marcador azul y volvió a escribirlo.
GINNY soltó una risa.
—Estoy rodeada de hombres extraordinariamente maduros.
Noah no estaba intentando reemplazarme dentro de la investigación.
Tampoco pretendía demostrar que podía protegerla mejor.
Simplemente se había negado a utilizar el miedo para controlarla.
Aquello lo hacía más peligroso que cualquier rival que hubiese conocido.
No podía odiarlo por hacerle daño.
No podía despreciarlo por aprovecharse de ella.
Solo podía observar mientras ofrecía a Evie exactamente aquello que yo le había quitado.
La libertad de decidir.
* * *
Mi padre quería convertir mi desastre sentimental en una campaña benéfica.
A las nueve de la mañana me esperaba en su despacho acompañado por Julian y tres asesores de comunicación. Sobre la mesa había una propuesta titulada Renovación del compromiso público.
Las palabras renovación y rehabilitación solían utilizarse en palacio cuando alguien temía escribir castigo.
—No asistiré —dije.
No había terminado de sentarme.
Mi padre unió las manos sobre el escritorio.
—Todavía no hemos explicado la propuesta.
—La portada incluye mi fotografía sosteniendo a un niño. Puedo deducir el resto.
Julian evitó mirarme.
Uno de los asesores, un hombre de barba perfectamente recortada, giró una carpeta hacia mí.
—La iniciativa apoyará programas educativos durante seis semanas. Se priorizarán actividades vinculadas con salud mental, inclusión juvenil y formación internacional.
—Causas suficientemente nobles para que nadie pueda decir que me están utilizando para mejorar cifras de aceptación.
—No se trata de cifras.
—Entonces ¿por qué aparecen en la segunda página?
El hombre cerró la carpeta.
Mi padre se reclinó.
—Tu ausencia pública está alimentando especulaciones.
—Mi presencia también.
—La Corona no desaparece cuando sufre una crisis personal.
—No es una crisis personal. Alguien intentó atacar a una invitada dentro de nuestro palacio, infiltró un avión y utilizó información privada de nuestra familia.
—Precisamente por eso debemos proyectar estabilidad.
—Proyectar no es lo mismo que tenerla.
—La estabilidad institucional no depende de tus emociones.
—Entonces no necesita mi rostro.
Los asesores permanecieron en silencio.
Mi padre los despidió con una mirada.
Julian recogió los documentos y salió con ellos. Antes de cerrar la puerta, me dirigió una expresión que podía significar apoyo o simplemente agotamiento.
Quedamos solos.
El rey se puso de pie.
Las canas parecían más visibles bajo la luz gris que entraba por los ventanales. Había envejecido durante las últimas semanas, aunque su espalda continuaba recta y sus movimientos conservaban la precisión de un hombre que jamás se permitía parecer cansado.
—Tu comportamiento afecta a todos —dijo.
—Eso me han repetido desde que aprendí a caminar.
—Y todavía actúas sorprendido.
—No estoy sorprendido. Estoy cansado.
—Todos lo estamos.
—Tú duermes junto a la mujer que elegiste.
La frase lo detuvo.
Mi padre se acercó a la ventana.
—Mi matrimonio también sirvió a la Corona.
—Pero amabas a madre.
—Aprendimos a hacerlo.
—Evie y yo no tuvimos la oportunidad.
—La tuvieron. La utilizaste para mentirle.
No había crueldad en su voz.
Solo una constatación.
Eso resultó peor.
—¿Quieres hablar de honestidad? —pregunté—. Negociaste mi futuro durante meses sin informarme.
—Intentaba proteger a esta familia.
—Esa frase ha justificado cada atrocidad cometida dentro de estos muros.
Mi padre se volvió.
—¿Y qué justificó la tuya?
No respondí.
—Nadie te obligó a besar a Isabella —continuó—. Nadie te obligó a esconder a Evelyn. Nadie te obligó a prometerle una verdad que no estabas dispuesto a entregar.
—Lo sé.
—Entonces deja de comportarte como si fueras otra víctima del Palacio.
—Orfeo eligió a Evie para manipularme.
—Y funcionó porque encontró algo real dentro de ti.
La rabia ascendió con rapidez.
—No sabes nada de lo que siento por ella.
—Sé que preferiste poseer una parte de su vida antes que arriesgarte a perderla por completo.