Capítulo 3 #5
Bash se quedó inmóvil.
—Es su jefe de gabinete.
—También está enfermo.
—Precisamente por eso no podemos ocultarle información sobre la persona que controla su agenda y sus dispositivos.
La discusión atrajo a mi hermano.
Alexander apareció en la puerta apoyado ligeramente sobre un bastón que el médico le había recomendado utilizar durante los mareos. Su rostro estaba más pálido que en la mañana.
—¿Qué no pueden ocultarme?
Bash y yo intercambiamos una mirada.
Alexander entró y cerró la puerta.
—Muéstramelo.
Le entregué el documento.
Leyó el nombre de Marcus.
No perdió el control.
No dejó caer nada.
Solo se sentó lentamente.
—¿Estás seguro?
—No —respondí—. Puede ser información plantada.
—Marcus ha trabajado conmigo durante nueve años.
—Por eso sería útil para quien quisiera dirigir nuestras sospechas.
Alexander recorrió la línea con un dedo.
—¿Qué era el Proyecto Orfeo?
—No lo sabemos.
—Pregúntenle.
—Todavía no —dije—. Si está involucrado, advertirlo podría destruir pruebas.
Mi hermano dejó el documento.
—Entonces vigílenlo.
—Alexander…
—No necesito que lo protejas por mí.
—No intento protegerte.
—Siempre lo haces.
Sus ojos descendieron hacia el teléfono dentro de mi mano.
La conversación con Evie continuaba abierta.
Mis mensajes sin respuesta eran visibles.
—¿Qué ocurrió? —preguntó.
—Nada.
—Parece una palabra popular en esta familia.
—Discutimos.
—¿Por Noah?
No necesitaba otro hombre pronunciando su nombre.
—No es asunto tuyo.
Alexander asintió.
—Tienes razón.
Se levantó con ayuda del bastón.
—Pero si quieres un consejo que no solicitaste, no conviertas tus celos en una prueba de amor. Solo son miedo con peor educación.
—¿Todos han decidido estudiar psicología durante mi ausencia?
—Todos hemos decidido que eres más fácil de comprender de lo que crees.
Llegó hasta la puerta.
—Marcus debe seguir trabajando con normalidad —dijo—. Yo me ocuparé de que no sepa que sospechamos.
—No tienes que hacerlo.
Alexander volvió la cabeza.
Por un instante no vi al hombre enfermo.
Vi al futuro rey.
—Es mi jefe de gabinete, Adrien. Esta vez también es mi decisión.
Abandonó la habitación.
Bash recogió el documento.
—Confía en él.
—Alexander confía en todo el mundo hasta que le demuestran que no debía hacerlo.
—Tú haces lo contrario.
Miré el teléfono.
—Parece producir resultados similares.
* * *
La fotografía apareció a las once y tres.
No era una filtración de seguridad ni una imagen tomada por Orfeo.
La publicó el propio Noah.
El estudio estaba casi vacío. Habían apagado las luces principales y solo permanecían encendidas varias lámparas junto a la consola.
Evie estaba de pie frente a él.
Noah sostenía una chaqueta sobre sus hombros. Ella tenía una mano dentro de la suya.
El texto era sencillo:
Terminamos la primera canción. Algunas voces merecen encontrar el camino de regreso.
Cientos de miles de personas reaccionaron durante los primeros minutos.
No había un beso.
No había una declaración.
Solo dos personas tomadas de la mano.
Lo suficiente.
Abrí la conversación con Evie.
Mis disculpas continuaban sin ser leídas.
Escribí:
No debí hablarte así.
Después:
No pienso que Noah sea menos que yo.
Borré esa parte.
Volví a empezar.
Te amo. Eso no me da derecho a herirte.
Mis dedos permanecieron sobre la pantalla.
No envié el mensaje.
Decirle que la amaba inmediatamente después de una discusión podía ser otra forma de obligarla a consolarme.
Guardé el teléfono.
Caminé hasta el mueble del whisky.
Serví dos dedos.
Los bebí.
Volví a observar la fotografía.
Noah no aferraba la mano de Evie.
La sostenía abierta.
Sin miedo a que escapara.
Comprendí entonces por qué la imagen me resultaba insoportable.
No era porque otro hombre estuviera tocándola.
Era porque Evie no parecía atrapada.
Conmigo, cada momento había tenido un precio.
Una puerta cerrada.
Una mentira.
Una amenaza.
Noah le ofrecía música, luz y la posibilidad de marcharse sin que nadie convirtiera su decisión en una crisis internacional.
Yo podía darle palacios.
Él podía darle una salida.
El teléfono vibró.
Durante un segundo creí que era ella.
El mensaje procedía de Orfeo.
Una fotografía llenó la pantalla.
Había sido tomada desde el exterior del estudio pocos minutos antes. Evie y Noah continuaban juntos frente al piano.
Debajo aparecía una frase:
Los hombres celosos siempre terminan haciendo el trabajo por mí.
Le mostré el mensaje a Bash.
En menos de un minuto, el equipo de Los Ángeles recibió la alerta.
No llamé a Evie.
No subí a un avión.
No exigí que abandonara el estudio.
Su abogada fue informada y la policía rodeó el edificio sin revelar la amenaza a la prensa.
Hice exactamente lo correcto.
No me hizo sentir mejor.
Antes de guardar el teléfono, apareció una notificación.
Evie había leído mis mensajes.
No respondió.
Observé su nombre hasta que la pantalla se apagó.
Esa noche comprendí que Orfeo no necesitaba asesinarme para destruirme.
Solo debía colocar un hombre bueno junto a la mujer que amaba y esperar a que mis propios celos terminaran de demostrarle por qué jamás debía regresar conmigo.