Donde arden las coronas (Una corona de mentiras 2) Capítulo 3 #4
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Capítulo 3 #4

—La policía, el equipo de investigación y mi familia.

—Tu familia.

—Debían conocer la brecha de seguridad.

—Todos pueden verme sentada sobre una encimera con las piernas alrededor de ti.

—La fotografía está protegida.

Evie soltó una risa vacía.

—También lo estaba mi número privado.

—Ginny supervisará la cadena de custodia.

—No necesito que tu abogada controle otra parte de mi vida.

—No trabaja para el Palacio.

—Trabaja para ti.

—Puedo pedirle que contacte a tu abogada.

—Mi abogada ya me llamó. Por eso sé de las flores.

La hostilidad de su voz no conseguía ocultar el miedo.

Quise estar allí.

No para besarla.

No para pedir que me eligiera.

Solo para tomar su rostro entre las manos y prometer que nadie volvería a convertir sus momentos privados en un arma.

No podía hacerlo.

Había perdido el derecho.

—Siento que esa noche haya quedado expuesta —dije.

—Yo también.

—Encontraremos a la persona responsable.

—No me llames para decirme que me protegerás.

—Tú llamaste.

—Porque la dirección te pertenece.

—A Bash.

—La utilizaste para esconderme.

La acusación encontró su objetivo.

—La utilicé porque cada vez que estábamos juntos alguien intentaba fotografiarte.

—Y aun así lo hicieron.

—Sí.

La aceptación pareció desconcertarla.

Tal vez esperaba que buscara una defensa.

Yo también.

—¿Noah está contigo? —pregunté.

La pregunta escapó antes de que pudiera detenerla.

El silencio cambió.

—¿Eso importa?

—Las flores estaban dirigidas a su estudio.

—No has preguntado si Naomi está conmigo.

—Naomi no apareció anoche saliendo de tu casa.

En cuanto terminé la frase supe que había cometido un error.

Evie guardó silencio.

—¿Viste las fotografías?

—Todo el mundo las vio.

—La mayoría no pidió un informe de seguridad sobre Noah.

El frío me recorrió la espalda.

—¿Quién te dijo eso?

—Bash habló con mi equipo sobre la posibilidad de aumentar su protección. Naomi preguntó por qué necesitaban información personal de Noah.

—Está relacionado con una amenaza.

—Preguntaste cuántas veces había dormido en mi casa.

—Necesitaba conocer su exposición.

—No mientas.

—No estoy mintiendo.

—Estás utilizando la seguridad para justificar tus celos.

—No estoy celoso.

Evie soltó una risa breve.

—Eres un mentiroso terrible cuando no controlas la conversación.

—¿Se quedó contigo?

—No tienes derecho a preguntarlo.

—No he dicho que lo tuviera.

—Entonces deja de hacerlo.

Apoyé una mano contra la pared.

—Solo quiero saber si estás segura.

—No. Quieres saber si te reemplacé.

—¿Lo hiciste?

La pregunta salió baja.

Demasiado honesta.

Evie respiró al otro lado.

—Noah no es un reemplazo.

La respuesta no alivió nada.

—¿Qué es?

—Alguien que estuvo aquí cuando desperté gritando.

La rabia desapareció.

—¿Tienes pesadillas?

—A veces.

—¿Desde el avión?

—Desde antes.

—No lo sabía.

—Hay muchas cosas que no sabías porque estabas demasiado ocupado decidiendo qué verdades podía soportar.

Cerré los ojos.

—Tienes razón.

—No hagas eso.

—¿Qué?

—No aceptes la culpa con esa voz como si con ello pudieras convertirte otra vez en el hombre que necesito.

La frase atravesó todas mis defensas.

—Nunca dejaste de necesitarme.

—Eso no significa que deba elegirte.

Mi mano se cerró contra la pared.

—¿Y lo eliges a él?

—No voy a responder.

—Porque sabes que me destruiría.

—Porque no tienes derecho.

—No es lo mismo.

—Para ti nunca lo es.

Escuché movimiento al otro lado.

Una voz masculina dijo algo demasiado bajo para comprenderlo.

Noah.

—Está contigo.

—Estamos en el estudio.

—A solas.

—Hay seis personas en el edificio.

—¿También estaban cuando te besó en la frente?

—¿Cuántas veces viste esa fotografía?

No respondí.

Evie soltó lentamente el aire.

—Dios, Adrien.

—No finjas que no sabías que las cámaras estaban fuera.

—No fingí nada. Noah me acompañó porque llevo días sin dormir y no quería que condujera sola.

—Qué considerado.

—Sí. Lo es.

—Los hombres considerados también pueden querer meterse en tu cama.

—Y los príncipes arrogantes pueden acostarse con una mujer mientras negocian casarse con otra.

La herida fue limpia.

Profunda.

Merecida.

Aun así, reaccioné.

—Al menos yo no utilicé a nadie para vengarme.

El silencio que siguió resultó absoluto.

Evie habló con una calma mucho peor que un grito.

—¿Crees que estoy acercándome a Noah para castigarte?

Ya era demasiado tarde para retroceder.

Podía disculparme.

En lugar de hacerlo, permití que los celos continuaran hablando.

—Creo que conoces el efecto de esas fotografías.

—No todo lo que hago está dirigido a ti.

—Naturalmente. La publicación del estudio justo después de que Noah pasara la noche en tu casa fue una coincidencia.

—La canción lleva semanas planificada.

—Parece estar esperando mucho más que tu voz.

—Basta.

—¿Ya te besó?

—No vuelvas a preguntarme eso.

—Entonces sí.

—No.

La respuesta llegó rápida.

Mi cuerpo se relajó antes de que mi orgullo pudiera ocultarlo.

Evie lo escuchó en mi respiración.

—Eres increíble —murmuró—. No te importa cómo me siento. Solo necesitabas saber que otro hombre todavía no ha ocupado tu lugar.

—Me importa todo lo que sientes.

—Mientras continúe sintiéndolo por ti.

—Eso no es justo.

—¿Justo?

Su voz se quebró por primera vez.

—Me amaste en secreto, Adrien. Me prometiste que lo nuestro era real mientras besabas a Isabella y permitías que tu familia negociara mi desaparición. Noah no me esconde. No me pide entrar por una puerta trasera. No necesita mentirme para mantenerme cerca.

Cada frase abrió algo distinto.

No podía defenderme.

Entonces hice lo que siempre hacía cuando alguien tenía suficiente poder para herirme.

Atacaba.

—Quizá eso es lo que quieres ahora —dije—. Un hombre sencillo para una vida sencilla.

Evie quedó en silencio.

Supe inmediatamente que había elegido la palabra equivocada.

No sencilla como inferior.

Sencilla como libre de coronas, sucesiones y habitaciones donde cada emoción se convertía en una negociación.

Pero ella escuchó otra cosa.

—¿Crees que Noah es menos que tú?

—No he dicho eso.

—Crees que cualquier vida fuera de tus palacios es pequeña.

—Evie.

—¿Y sabes qué? Tal vez quiero una vida sencilla. Tal vez quiero despertar junto a alguien sin preguntarme qué parte de la noche fue una mentira.

—No quise decirlo así.

—Noah es todo lo que tú no fuiste capaz de ser conmigo.

Los celos recuperaron el control.

—Entonces acuéstate con él.

La frase cayó entre nosotros.

Evie dejó de respirar.

Yo también.

—Eso es lo que realmente querías preguntar —dijo finalmente.

—No.

—Sí.

—Evie, espera.

—No. Tú espera.

Su voz ya no temblaba.

—Espera a descubrir que mi cuerpo no te pertenece. Espera a verme construir una vida donde no seas el centro. Y cuando ocurra, recuerda que tú fuiste quien me enseñó que amar a alguien no impide elegir hacerle daño.

La llamada terminó.

Me quedé con el teléfono contra el oído.

—Evie.

La línea permaneció en silencio.

Volví a llamar.

No respondió.

Escribí:

No quise decirlo.

El mensaje quedó entregado.

Después:

Lo siento.

No lo leyó.

Un tercer mensaje:

Noah no es menos que yo. Probablemente sea mejor.

Lo eliminé antes de enviarlo.

No porque no fuera cierto.

Porque la idea de entregarle esa frase parecía equivalente a colocar su mano dentro de la de él.

Abrí la puerta.

Ginny continuaba sentada frente al escritorio.

—¿Cómo fue? —preguntó.

Dejé el teléfono sobre la mesa.

—Le dije que se acostara con Noah.

Ginny cerró los ojos.

—A veces pienso que elegí una especialidad jurídica insuficiente para tus problemas.

—No necesito un comentario.

—Necesitas un exorcismo.

—Ya me disculpé.

—¿Respondió?

—No.

—Bien.

—¿Bien?

—Quizá el silencio consiga enseñarte algo que las palabras no han logrado.

Me acerqué a la ventana.

No podía respirar correctamente.

La imagen de Evie con Noah había dejado de ser una fotografía. Ahora era una posibilidad construida por mi propia boca.

Él tocando el cabello que yo había sostenido.

Ella pronunciando su nombre con la voz que utilizaba cuando dejaba de fingir.

Sus cuerpos dentro de una habitación donde nadie tenía que esconderse.

Golpeé el marco de la ventana con la palma.

Ginny no reaccionó.

—¿Puedo hacer algo? —pregunté.

—Sí.

Me volví.

—Déjala en paz.

Aquello era peor que cualquier castigo.

—Existe una amenaza.

—Su abogada y la policía están actuando. Tú puedes colaborar sin utilizar el peligro para obligarla a mantener contacto contigo.

—No haría eso.

Ginny solo me miró.

Aparté los ojos.

—¿Qué hago con los celos?

—Sentirlos.

—No parece particularmente útil.

—Las emociones no existen para ser útiles. Existen. El problema comienza cuando conviertes cada sentimiento en una autorización.

—¿Una autorización para qué?

—Controlar. Interrogar. Herir antes de que te hieran.

Se puso de pie.

—Noah no está haciendo esto. Tú sí.

Recogió el maletín.

—Isabella llegará mañana para revisar los documentos de Windsor. Intenta no besarla porque Evie dejó de contestarte.

—No pensaba hacerlo.

—La última vez tampoco pensabas decirle a Evie que se acostara con otro hombre.

Se marchó.

Quedé solo.

Otra vez.

* * *

A las ocho de la noche, Bash encontró el primer nombre vinculado con la reunión de Windsor.

Marcus Vale.

Jefe de gabinete de Alexander.

La lista era parcial y procedía de un calendario recuperado de los servidores de Meridian. No demostraba que Marcus hubiera participado. Solo que una cita con sus iniciales se había producido dentro del castillo dos semanas antes de la gala.

—Podían ser otras iniciales —dijo Bash.

—No crees eso.

—Creo que alguien quiere que encontremos este registro.

—¿Por qué?

—Porque está demasiado limpio.

Observé la copia.

M. V., Windsor, 16:30.

Debajo aparecía una referencia al Proyecto Orfeo.

—¿Sabía alguien que buscábamos una conexión con Windsor?

—Isabella, Ginny, la policía y nosotros.

—Demasiadas personas.

—Menos que durante la gala.

—¿Hablaste con Marcus?

—No.

—Bien.

—Alexander debe saberlo.

—No todavía.