Capítulo 3 #2
Apoyó los antebrazos sobre la mesa y observó la fotografía con una expresión que parecía dolor.
—Lo siento.
—No es culpa tuya.
—Lawson era parte de mi equipo.
—Y está muerto.
—Pero quien organizó todo esto conocía mis movimientos, los tuyos y los de VANTA. Si alguien utilizó mi oficina…
—No eres responsable por cada persona que consiguió engañarte.
Mi hermano levantó los ojos.
Una sombra de gratitud atravesó su rostro.
—Deberías aplicarte ese principio alguna vez.
—No sería coherente con mi personalidad.
Beatrice miró la fotografía otra vez.
—¿Cómo sabía alguien que estarían allí?
—Pudo seguir el vehículo de Evie —dijo mi madre.
—Naomi cambió de automóvil dos veces —respondí—. Y yo salí por un acceso sin cámaras.
—Entonces conocía la ruta antes.
—O vigilaba la propiedad —añadió Alexander.
Se inclinó para observar uno de los bordes.
—La fotografía fue tomada desde un ángulo elevado. Probablemente el edificio residencial del otro lado.
—La policía revisará los alquileres —dijo mi madre.
—No encontrarán un nombre real —respondí—. Quien hizo esto utilizó identidades falsas durante meses.
Alexander levantó la fotografía.
Sus dedos temblaron ligeramente.
—Necesitaba saber que estabas con ella.
—¿Por qué?
—Porque su plan no consistía únicamente en amenazar a Evie. Quería controlar tus reacciones.
La misma conclusión había aparecido en la confesión de Lawson.
El segundo hijo es impulsivo y vulnerable ante cualquier persona que despierte su necesidad de protección.
—Las flores fueron enviadas al estudio de Noah —continuó Beatrice—. No a Evie.
—Una advertencia —dije.
—¿Para quién?
Miré la fotografía.
—Para mí.
Orfeo sabía que yo vería las noticias sobre Noah. Sabía que seguridad examinaría las flores y encontraría la imagen.
Había colocado mi secreto en las manos del hombre al que empezaba a considerar un rival.
No necesitaba lastimar a Evie para manipularme.
Solo recordarme que podía hacerlo.
—No te acercarás al estudio —dijo mi madre.
—No pensaba hacerlo.
—Tampoco viajarás a Los Ángeles.
—No he dicho que lo haría.
—Lo estás pensando desde que viste las fotografías de anoche.
Beatrice fingió interés en su café.
—¿Todos en esta familia revisan mi historial?
—Tu rostro es suficiente —respondió Alexander.
Mi madre cerró la carpeta.
—La abogada de Evelyn recibirá la información. La policía estadounidense coordinará la seguridad. Tú permanecerás fuera.
—No necesitas explicármelo como a un niño.
—Entonces deja de actuar como uno cada vez que tienes miedo.
Me puse de pie.
—Tengo trabajo.
—Has suspendido tus actividades públicas —recordó Beatrice.
—No significa que haya suspendido mi capacidad para abandonar un desayuno.
Alexander habló antes de que llegara a la puerta.
—Adrien.
Me detuve.
—Si realmente la amas, no conviertas cada peligro en una excusa para recuperar un lugar en su vida.
No había juicio en su voz.
Solo cansancio y una clase de tristeza que lo hacía parecer mayor que sus treinta y cuatro años.
—No pienso hacerlo.
—Bien.
Mi hermano sonrió.
—Porque una parte de ti espera que Noah falle para poder demostrar que ella debió elegirte.
La precisión de la frase me inmovilizó.
—No sabes lo que espero.
—Sé cómo mirabas a cualquier persona que se acercaba a Beatrice cuando era adolescente.
—Eran idiotas.
—Uno era voluntario en una organización médica.
—Lo utilizaba para parecer compasivo.
Beatrice abrió la boca.
—¿Por eso desapareció de mi fiesta de cumpleaños?
—No desapareció. Decidió marcharse después de una conversación educativa.
—¡Tenía diecisiete años!
—Exactamente. Era demasiado mayor para ti.
—Yo tenía dieciséis.
—Gracias por respaldar mi argumento.
Alexander se llevó una mano a la boca para contener una risa.
El movimiento relajó la tensión de la sala.
Solo durante un instante.
Cuando bajó la mano, su expresión volvió a ser seria.
—Noah no es una amenaza porque pueda hacerle daño —dijo—. Lo consideras una amenaza porque podría hacerla feliz.
Salí antes de responder.
* * *
Bash había convertido una antigua oficina del ala oeste en un centro operativo independiente.
Tres pizarras cubrían las paredes. En una aparecían los nombres de Lawson, Mercer, Cole y las empresas utilizadas para mover dinero. Otra mostraba una cronología desde los primeros episodios de Alexander hasta el ataque contra el avión de Evie.
La tercera estaba vacía.
Bash permanecía frente a un ordenador con las mangas de la camisa dobladas y la corbata abandonada sobre una silla.
Su renuncia continuaba sobre el escritorio de mi padre.
Aun así, seguía trabajando.
No para la Corona.
Para nosotros.
—Mi madre recibió la fotografía —dije.
—La policía tenía la obligación de informar.
—¿Cuándo pensabas decírmelo?
—Después de que analizaran el ángulo y el papel.
—Aparezco en ella.
—Esa suele ser una consecuencia de organizar citas clandestinas sin decirle la verdad a la mujer involucrada.
Cerré la puerta.
—No necesito otro sermón.
—Entonces deja de ofrecer material nuevo.
Me acerqué a la pantalla. Mostraba el mapa de una calle de Belgravia.
—¿Desde dónde fue tomada?
—Apartamento siete, edificio sur.
—¿Quién lo alquilaba?
—Una empresa de administración perteneciente a un fondo registrado en Malta.
—¿Meridian?
—No directamente. Estamos siguiendo la cadena.
—¿Cuánto tiempo estuvo ocupado?
—Tres meses.
—Entonces no siguieron a Evie hasta allí.
Bash negó.
—La casa estaba vigilada antes de la cita.
—¿Por qué?
—Porque me pertenece.
Lo miré.
—Alguien investigó tus propiedades.
—No aparece a mi nombre desde hace nueve años.
—Entonces investigó a tu familia.
—O conocía el lugar.
Bash caminó hacia la segunda pizarra.
—La utilicé dos veces para reuniones no oficiales durante mi servicio. Una de ellas fue con Alexander.
—¿Cuándo?
—Hace cuatro años. Tu hermano quería hablar con un neurólogo sin que el Palacio lo supiera.
—¿Lawson estaba allí?
—Dejó a Alexander en la propiedad y regresó a buscarlo.
—Entonces conocía la dirección.
—Sí.
Las pruebas volvían a conducir al muerto.
Demasiado ordenadas.
Demasiado útiles.
—Lawson pudo alquilar el apartamento antes de morir —dije.
—O Mercer encontró la dirección entre sus archivos.
—¿La policía revisó las grabaciones del edificio?
—Fueron eliminadas.
Apoyé ambas manos sobre la mesa.
—Siempre llegamos después.
—Es una investigación, Adrien. No una película donde el culpable espera dentro de una habitación iluminada.
—Cole murió. Lawson murió. Mercer desapareció. Y Orfeo continúa fotografiando a Evie desde un continente distinto.
—No sabemos si viajó.
—Tiene personas trabajando para él.
—Probablemente.
—¿Cuál es el vínculo con Windsor?
Bash abrió una carpeta.
—Nathan Cole utilizó una autorización vinculada con una oficina de mantenimiento. El código original se emitió para una recepción diplomática hace tres años.
—¿Quién organizó la recepción?
—La Cámara de Comercio Hispano-Británica.
Pensé en Isabella.
En la recepción a la que habíamos asistido antes de mi encuentro con Evie.
—España.
—No necesariamente la Casa de Valcázar. Participaron más de cuarenta empresas.
—¿Meridian?
—Como consultora logística.
—Entonces Cole y Mercer pudieron conocerse allí.
—Es posible.
—¿Y Lawson?
—Era responsable de la seguridad de Alexander durante la recepción.
La misma noche.
El mismo edificio.
Tres hombres vinculados por un acto oficial aparentemente irrelevante.
—Necesitamos la lista completa de invitados y proveedores.
—Ya la solicité.
—¿A quién?
—A Isabella.
Me volví.
—¿Hablaste con ella?
—Me llamó a las cinco de la mañana.
—¿Por qué?
—Porque encontró algo.
Bash tomó el teléfono y abrió una imagen.
Era un registro de acceso de la residencia de los Valcázar en Londres. El nombre de Daniel Mercer aparecía tres veces durante el mes anterior a la gala.
—¿Qué hacía allí?
—Trabajaba como asesor externo de una fundación cultural española.
—Isabella dijo que no lo conocía.
—No tenía contacto directo con él. Su equipo revisa cientos de contratistas.
—¿A qué accedió?
—A reuniones sobre tu futuro.
El aire pareció abandonar la habitación.
—¿El acuerdo matrimonial?
—Las primeras evaluaciones.
—¿Cuánto sabía?
—Que España pretendía alejarte de la sucesión británica, que Isabella estaba dispuesta a considerar una unión y que ambas casas esperaban mantenerlo en secreto.
Miré la cronología.
Mercer conocía el acuerdo antes de que VANTA fuera invitada a la gala.
Antes de que Evie y yo nos encontráramos.
—Orfeo sabía que mi familia planeaba enviarme a España.
—Sí.
—Y seleccionó a Evie para colocarla frente a mí.
—Eso parece.
—¿Para qué?
Bash no respondió.
No era necesario.
Para demostrar que yo era impulsivo.
Para convertir mi deseo por Evie en una crisis internacional.
Para obligarme a elegir entre la Corona, Isabella y una mujer que representaba todo lo que mi familia no podía controlar.
—No esperaba que me enamorara de ella —dije.
—Quizá no necesitaba que ocurriera.
—Solo que la deseara lo suficiente para actuar sin pensar.
—Y lo hiciste.
La frase no contenía crueldad.
Por eso dolió.
—¿Isabella viene?
—Ya está en camino.
—Podías advertirme.
—Pensé que agradecerías unos minutos para dejar de parecer un hombre que no ha dormido por revisar fotografías de su expareja.
—No era mi pareja.
—Eso empeora considerablemente tu situación.
La puerta se abrió.
Isabella entró sin anunciarse.
Llevaba un traje blanco de pantalón, un abrigo oscuro sobre los hombros y el cabello negro recogido en una cola baja. La luz del pasillo se reflejó en los pendientes de oro y en sus ojos color miel.
Dos asesores permanecieron afuera.
Ella cerró la puerta.
—Espero no haber interrumpido una conversación sobre madurez emocional —dijo.
—Bash carece de calificaciones.
—Y tú de experiencia.
Dejó una carpeta sobre la mesa.
No se acercó para besar mi mejilla.
No me ofreció una sonrisa privada.
Desde nuestra conversación en Boston había mantenido una distancia precisa, diseñada para recordarme que colaborar conmigo no significaba haberme perdonado.
—Encontramos cuatro accesos adicionales de Mercer —explicó—. Tres en Londres y uno en Madrid.
Bash abrió la carpeta.