Capítulo 3
El hombre de las fotografías
Descubrí que los celos poseían una extraordinaria capacidad para convertir a un hombre educado en un completo imbécil a las seis y doce de la mañana.
No había dormido.
Había cerrado los ojos durante algunos minutos, pero cada vez que comenzaba a perder la conciencia aparecía la misma imagen detrás de mis párpados.
Evie descalza frente a la puerta de su casa.
Una mano alrededor de la muñeca de Noah Reyes.
La cabeza inclinada hacia atrás mientras reía.
Él besándole la frente.
La fotografía no mostraba nada condenatorio. Un hombre había acompañado a una mujer hasta su casa y se había despedido de ella con un gesto que podía significar amistad, afecto o la clase de intimidad que yo no tenía derecho a imaginar.
Naturalmente, imaginé todas las posibilidades.
A las dos de la madrugada había decidido que Noah era un oportunista.
A las tres, un hombre que utilizaba la vulnerabilidad de Evie para acercarse a ella.
A las cuatro, había leído una entrevista donde explicaba que llevaba diez años trabajando con las mismas personas y financiaba un programa musical para jóvenes sin recursos.
Aquello lo convirtió en un oportunista con una estrategia de relaciones públicas sorprendentemente sofisticada.
A las cinco descubrí que nunca había vendido una historia sobre ninguna de sus antiguas parejas.
Lo odié todavía más.
A las seis y doce continuaba sentado frente al escritorio de mis habitaciones en Kensington, observando la fotografía desde un medio estadounidense.
Había ampliado la imagen.
Por motivos de seguridad.
La mano de Evie se cerraba alrededor de la muñeca izquierda de Noah. Él mantenía los dedos cerca de su cintura, sin llegar a tocarla. Los labios descansaban sobre su frente y sus ojos estaban cerrados.
Evie sonreía.
No la sonrisa perfecta que ofrecía sobre un escenario.
Una real.
Desordenada.
Feliz.
Conmigo también había sonreído así.
La diferencia era que, para hacerlo, había tenido que entrar oculta en una casa, atravesar una puerta interna y mentirle a su mejor amiga.
Con Noah podía reír bajo las luces de la entrada principal.
Dejé el teléfono boca abajo.
Duró once segundos.
Volví a tomarlo.
—Eso ya se considera autolesión.
Beatrice estaba junto a la puerta.
No la había escuchado entrar.
Llevaba pantalones negros, botas planas y un abrigo color camel abierto sobre un suéter gris. Su cabello rubio estaba recogido en una trenza floja y sostenía dos vasos de café.
—¿Las cerraduras han dejado de funcionar? —pregunté.
—No cuando se utilizan.
—¿Cómo entraste?
—Julian.
—Despediré a Julian.
—Lo amenazas tanto que ha dejado de producirle emociones.
Dejó uno de los cafés frente a mí y miró la pantalla del teléfono.
No necesité ocultarla. Mi dignidad ya había abandonado la habitación.
—Ah —dijo—. Continúas estudiando las consecuencias diplomáticas.
—Existe una amenaza contra ella.
—El beso en la frente parece particularmente peligroso.
—No sabemos nada sobre Reyes.
—Sabemos que no ocultó un acercamiento matrimonial mientras se acostaba con ella.
Alcé la mirada.
Beatrice no retrocedió.
El parecido con nuestra madre aparecía con mayor intensidad cuando estaba enfadada: el mentón firme, la espalda recta y los ojos grises capaces de enfriar una habitación.
—No me acosté con Evie.
—No por falta de intención.
—¿Has venido únicamente para insultarme?
—Alexander quiere verte.
La irritación desapareció.
—¿Tuvo otro episodio?
—No. Desayunó y consiguió convencer a madre de que puede trasladarse a Kensington durante algunos días.
—¿Por qué?
—Quiere estar presente en la investigación.
Me levanté y tomé la chaqueta que había dejado sobre un sillón.
—Podías empezar por eso.
—Podía. Pero entonces no habría sabido que llevas toda la noche mirando fotografías de Evie.
—No llevo toda la noche.
Beatrice observó las dos tazas vacías sobre el escritorio, el ordenador abierto y la misma imagen repetida en tres pestañas.
—Naturalmente.
Me puse la chaqueta.
Ella permaneció entre la puerta y yo.
—Noah no te está quitando nada.
—Apártate.
—Evie no te pertenece.
—Lo sé.
—Entonces deja de mirarlo como si hubiera invadido uno de tus territorios.
—No estoy haciendo eso.
—Le pediste a Bash un informe.
—Existen amenazas contra el estudio donde trabaja.
—Preguntaste si Noah tenía antecedentes penales, deudas, problemas con drogas o conexiones con Asteria.
—Información básica.
—También preguntaste cuántas veces había pasado la noche en casa de Evie.
Mi mandíbula se tensó.
—Bash no debería hablar de una investigación contigo.
—No lo hizo. Vi la lista sobre su escritorio.
—Eso tampoco mejora la situación.
Beatrice cruzó los brazos.
—¿Qué esperabas encontrar?
No respondí.
La verdad era desagradablemente sencilla.
Un defecto.
Una mentira.
Una grieta que me permitiera pensar que Noah terminaría haciéndole daño y que, cuando ocurriera, Evie comprendería que yo no había sido la peor elección.
—Es un buen hombre —continuó mi hermana—. Tal vez eso es lo que te molesta.
—No sabes nada de él.
—Tú llevas siete horas investigándolo y tampoco encontraste nada.
—No lo investigué personalmente.
—Claro. Solo ordenaste que otros lo hicieran. Mucho más saludable.
Intenté pasar.
Beatrice no se movió.
—Discúlpate.
—¿Por qué?
—Por lo que me dijiste ayer.
Recordé nuestra discusión.
Había utilizado su preocupación para herirla y después me había marchado antes de ver las consecuencias.
—Tenías razón —dije.
—No es una disculpa.
—Es más difícil.
—Solo para ti.
El cansancio presionaba detrás de mis ojos. Me froté el rostro.
—Lamento haberte tratado como si preocuparte por mí fuera una intromisión.
Beatrice me observó, esperando.
—Y lamento haber utilizado la diferencia de edad para hacerte sentir que tu opinión no tenía valor.
—¿Eso es todo?
—No abuses de un momento histórico.
La comisura de sus labios se movió.
—Acepto.
Se apartó.
Cuando pasé a su lado, sujetó mi brazo.
—Adrien.
—¿Qué?
—Que Evie se acerque a otra persona no significa que nunca te amó.
La palabra continuaba teniendo la capacidad de encontrar partes de mí que no sabía proteger.
—No he dicho eso.
—No necesitas hacerlo.
—También puede significar que se está recuperando.
—Sí.
—Entonces debería alegrarte.
Miré nuevamente la fotografía.
—No soy tan buen hombre.
Beatrice apretó brevemente mi brazo.
—Todavía puedes intentar serlo.
No respondí.
Ser bueno parecía sencillo cuando nadie deseaba nada.
La moral se volvía más complicada cuando otro hombre tenía sus labios sobre la piel de la mujer que uno amaba.
* * *
Alexander desayunaba en la sala amarilla.
Mi madre había ordenado mantener las cortinas parcialmente cerradas porque la luz intensa empeoraba sus migrañas. Una bandeja con medicamentos ocupaba una mesa lateral y un médico permanecía en la habitación contigua.
Mi hermano estaba sentado junto a la ventana.
Llevaba pantalones oscuros y un suéter azul marino sobre una camisa blanca. El cabello castaño caía sobre su frente y su rostro continuaba demasiado pálido, aunque había recuperado parte de la serenidad habitual.
Sonrió cuando entré.
—Pareces terrible.
—Tú pareces sorprendentemente saludable para alguien rodeado de médicos.
—He descubierto que la mejor manera de preocupar a nuestra madre es afirmar que me siento bien.
Beatrice besó su mejilla y se sentó a su lado.
Alexander le acercó una cesta de pan.
—¿Durmió? —pregunté.
—Cinco horas.
—¿Dolor?
—Tres sobre diez.
—¿Desorientación?
—Ninguna.
—¿Náuseas?
—Buenos días para ti también.
Me senté frente a él.
—El médico dijo que podías trasladarte.
—El médico dijo que prefería observarme. Yo elegí el edificio.
—Clarence House tiene menos actividad.
—También tiene demasiadas habitaciones donde todos pueden esconder información.
Mi madre entró detrás de nosotros.
Llevaba pantalones claros y una blusa de seda color marfil. Su cabello rubio ceniza estaba recogido en un moño bajo y sostenía una carpeta contra el pecho.
—Nadie está escondiéndote información —dijo.
Alexander levantó una ceja.
Los tres hermanos la miramos.
Mi madre dejó la carpeta sobre la mesa.
—Ocultándote información nueva —corrigió.
—Mucho mejor —murmuré.
Abrió la carpeta.
Dentro había copias de las fotografías encontradas en la caja enviada a la residencia de VANTA. Reconocí el almacén, la plataforma del palacio y varias imágenes de Evie tomadas antes de la gala.
Mi hermano empujó el desayuno hacia un lado.
—Bash encontró algo en el papel que envolvía las flores enviadas al estudio de Noah Reyes —explicó mi madre—. Una capa interna había sido pegada sobre el cartón.
Sacó una bolsa transparente.
Dentro había una fotografía.
La reconocí antes de que la depositara sobre la mesa.
Belgravia.
Evie y yo aparecíamos en una de las habitaciones de la casa de Bash.
La imagen había sido tomada desde un edificio situado al otro lado de la calle. Las cortinas estaban casi cerradas, pero una separación mínima permitía distinguir nuestras siluetas.
Yo estaba de espaldas.
Evie sentada sobre la encimera.
Sus piernas rodeaban mi cintura y sus dedos se hundían en mi cabello mientras nos besábamos.
Beatrice dejó el pan.
—Dios.
Alexander observó la fotografía sin tocarla.
—¿Cuándo ocurrió?
—Después de la muerte de Lawson.
Mi madre permaneció inmóvil.
—Dijiste que no habías vuelto a verla.
—Dije demasiadas cosas.
—¿Quién conocía la propiedad?
—Bash y yo.
—¿Seguridad?
—Dos agentes vigilaron la calle. No conocían a la persona protegida.
—Naomi —dijo Beatrice—. Debió saber dónde dejarla.
—Solo conocía la casa contigua.
Mi madre tomó asiento.
No reaccionó a la posición de nuestros cuerpos ni al hecho de que yo hubiera mentido. Había aprendido a posponer los escándalos menores cuando aparecía una amenaza mayor.
—¿Evelyn sabe que existe esta fotografía?
—No.
—Debe ser informada.
—Lo será mediante su abogada.
—Adrien —intervino Alexander—, si Orfeo conoce la casa, también sabe que Evie mintió a su equipo para verte.
—Lo sé.
—Puede utilizarlo contra ella.
—Lo sé.
Mi voz salió más áspera de lo necesario.
Alexander no se ofendió.