Capítulo 2 #5
Había pasado el día revisando documentos de Meridian con Ginny y una comisión independiente. Marcus Vale figuraba en nueve sociedades, cuatro cuentas y dos contratos vinculados con los movimientos de VANTA.
Demasiado.
Como había dicho Bash.
Alguien había construido un camino tan visible que parecía una invitación.
Alexander recibió la información acompañado por su médico.
No perdió el control.
No sufrió otro episodio.
Solo permaneció sentado frente a los documentos con el rostro pálido.
—Marcus conocía todo —dijo—. Mis horarios, mis diagnósticos, las rutas y los códigos.
—Eso no demuestra que fuera Orfeo.
—¿Qué más necesitas?
—Una prueba que no parezca colocada deliberadamente para que la encontremos.
Alexander se pasó una mano por el cabello.
—Confié en él.
—También confiaste en Lawson.
La frase fue cruel.
Innecesaria.
Me arrepentí inmediatamente.
Mi hermano bajó los ojos.
—Tienes razón.
—No intentaba…
—Sí.
Cerró la carpeta.
—Y si Marcus utilizó mi oficina, Evie estuvo en peligro porque yo no reconocí a dos hombres capaces de manipularme.
—Tú también fuiste una víctima.
—Eso no la vuelve menos herida.
Alexander se levantó.
Por un instante perdió el equilibrio.
Extendí la mano.
Él encontró el respaldo de la silla antes de aceptarla.
—Estoy bien.
—Deberías descansar.
—Y tú deberías dejar de revisar las fotografías de Noah Reyes.
Lo miré.
Una sonrisa cansada apareció en su rostro.
—Beatrice habla demasiado.
—Parece un rasgo familiar.
Tomó el bastón.
—No la persigas, Adrien.
—No lo hago.
—Tu cuerpo continúa aquí. No estoy seguro de que el resto pueda decir lo mismo.
Se marchó acompañado por el médico.
Ahora, dentro de Sussex, sus palabras regresaron mientras me quitaba la chaqueta.
No perseguía a Evie.
Solo pensaba en ella al despertar.
Antes de dormir.
Durante las reuniones.
Mientras comía.
Cuando sonaba una canción.
Cada vez que veía una puerta y recordaba que la primera noche había utilizado mi cuerpo para impedirle cruzarla.
Había dejado de perseguirla físicamente.
El resto de mí continuaba corriendo detrás.
Encendí una lámpara.
No entré en el dormitorio.
Me tumbé otra vez sobre el sofá.
El teléfono vibró cerca de la medianoche.
Una alerta de prensa.
No la había activado.
Eso me permitió fingir que abrirla no era una decisión.
La fotografía ocupó toda la pantalla.
Noah salía de una casa de paredes blancas. Llevaba una camiseta oscura, pantalones negros y la chaqueta doblada sobre un brazo.
La hora aparecía bajo la imagen.
00:37.
Deslicé el dedo.
Una segunda fotografía mostraba a Evie en la puerta.
Descalza.
Llevaba pantalones amplios y un suéter gris que caía sobre uno de sus hombros.
El mismo que había utilizado en Belgravia.
Sentí una presión dolorosa bajo el esternón.
Evie sostenía la muñeca de Noah.
Él se inclinaba hacia ella para decirle algo al oído.
En la siguiente imagen, Evie reía.
No la sonrisa perfecta que ofrecía a los fotógrafos.
Una real.
La cabeza inclinada.
Los ojos cerrados.
La boca abierta en una risa que yo podía escuchar aunque la fotografía no tuviera sonido.
Deslicé otra vez.
Noah apoyaba una mano sobre su cintura.
La última imagen mostraba sus labios sobre la frente de Evie.
Nada más.
No era un beso romántico.
No demostraba que se hubiera quedado durante horas.
No explicaba por qué salía después de medianoche ni por qué Evie estaba descalza.
El titular ya había tomado una decisión.
¿NUEVO ROMANCE? NOAH REYES ABANDONA LA CASA DE EVELYN HAN DE MADRUGADA.
Leí el artículo completo.
No contenía información.
Solo conjeturas, fotografías y referencias a una colaboración anterior entre ambos.
Se conocían desde hacía seis años.
Seis.
Noah había trabajado con Evie antes de VANTA.
Habían compuesto una canción que nunca se publicó.
Una fuente anónima aseguraba que él fue una de las primeras personas que la llamó después del escándalo con la Corona.
Volví a las fotografías.
Su mano.
La cintura de Evie.
La boca sobre su frente.
Mi cuerpo reaccionó como si lo hubiera visto besarla en los labios.
Me levanté.
Caminé hasta la cocina.
Abrí una botella de whisky.
La dejé sobre la encimera.
Regresé al sofá.
Tomé el teléfono secreto.
La conversación con Evie continuaba allí, aunque su antiguo número ya no funcionaba.
Escribí:
¿Te acostaste con él?
Observé la frase.
La eliminé.
Escribí:
Espero que Noah comprenda que las ventanas de esa casa son visibles desde la calle.
También la eliminé.
Intenté algo menos miserable.
Vi las fotografías. No tienes que explicarme nada.
Aquello era una invitación para que se explicara.
Lo borré.
El teléfono quedó vacío dentro de mi mano.
Evie podía invitar a Noah a su casa.
Podía permitir que permaneciera hasta la madrugada.
Podía tocar su muñeca, reír junto a su boca y dejar que la besara donde quisiera.
No me había traicionado.
No me debía exclusividad.
No me debía nada.
Comprendía cada una de esas verdades.
Ninguna consiguió disminuir el dolor.
Abrí el perfil de Noah.
La última publicación continuaba siendo la fotografía de sus manos en el estudio.
Por fin volvió la voz que estaba esperando.
Ahora sabía que también había entrado en su casa.
Quizá en su dormitorio.
Quizá Evie había utilizado aquel suéter porque sabía lo que despertaba en un hombre cuando caía sobre un hombro desnudo.
Quizá Noah había recorrido con los dedos la piel que yo todavía recordaba mejor que la mía.
Cerré la aplicación.
La abrí otra vez.
Busqué entrevistas antiguas.
Noah hablaba sobre música, libertad creativa y la necesidad de que los artistas conservaran el control de sus carreras. Parecía inteligente.
Emocionalmente disponible.
Y, para mi profunda desgracia, divertido.
Evie reía en dos videos donde aparecían juntos años antes.
Había conocido aquella risa antes que yo.
Arrojé el teléfono sobre el sofá.
Rebotó sobre un cojín sin romperse.
Ni siquiera aquello consiguió ofrecerme satisfacción.
Permanecí de pie en medio de la habitación, respirando como si acabara de correr.
Había aprendido a dejarla marcharse.
Había cruzado un océano y me había retirado del hospital cuando ella lo pidió.
No utilicé la seguridad para descubrir su dirección.
No viajé a Los Ángeles.
No la llamé.
Había cumplido cada límite.
Pero nadie me había explicado cómo debía observarla acercarse a otro hombre.
Nadie me había enseñado qué hacer con el lugar que Evie continuaba ocupando dentro de mí cuando yo ya no ocupaba ninguno dentro de su vida.
Tomé la botella de whisky.
Serví una copa.
No bebí.
Me senté en el suelo junto al sofá y volví a mirar la última fotografía.
Los labios de Noah sobre su frente.
La mano de Evie alrededor de su muñeca.
Eran gestos pequeños.
Casi inocentes.
Lo suficientemente íntimos para mantenerme despierto hasta el amanecer.
A las cinco cerré finalmente la imagen.
No llamé.
No envié un mensaje.
No ordené investigar nada.
Solo permanecí dentro de la casa que había comprado para una mujer que ahora reía en la puerta de otra vida.
Y comprendí que respetar la libertad de Evie no haría menos dolorosas sus decisiones. Solo impediría que utilizara mi dolor para quitárselas.