Capítulo 2 #4
Evie no me escribió durante los tres días siguientes.
Yo tampoco.
No porque no quisiera.
Escribí once mensajes.
Eliminé once.
El primero decía:
Vi que llegaste. Espero que estés a salvo.
Lo borré porque estar a salvo no significaba estar disponible para mí.
El segundo decía:
Isabella encontró una conexión entre Cole y la residencia española.
Lo borré porque Ginny enviaría cualquier información relevante a la abogada de Evie.
El tercero decía:
Noah parece insoportable.
Ese permaneció más tiempo que los demás.
Finalmente también desapareció.
Beatrice llegó a Sussex durante la tarde del cuarto día.
Traía comida, dos computadores y la convicción de que cualquier puerta cerrada era una invitación.
—¿Cómo entraste?
—Bash.
—Voy a cambiar las cerraduras.
—Ginny también tiene una llave.
—Entonces quemaré la casa.
Beatrice dejó las bolsas sobre la encimera.
—Eso parecería excesivo después de comprarla hace menos de un mes.
—Últimamente todos tienen opiniones sobre mis bienes inmuebles.
Se quitó el abrigo.
Llevaba pantalones negros y un suéter demasiado grande que reconocí como uno de Alexander.
—¿Cómo está? —pregunté.
—Durmió casi todo el día.
—¿El médico volvió?
—Esta mañana. Harán nuevos exámenes.
—¿Por qué no me avisaste?
—Porque estabas en terapia.
La palabra sonó extraña en su voz.
—¿Quién te lo contó?
—Madre. Después me llamó para preguntarme si creía que estabas sufriendo una crisis.
—¿Qué respondiste?
—Que llevas treinta y un años sufriendo una crisis.
Abrió una caja de comida.
—¿Vas a regresar?
—La terapeuta utilizó técnicas deshonestas.
—Entonces te agradó.
—No.
—Claro.
Beatrice tomó mi teléfono de la mesa.
—¿Qué haces?
—Pedir platos. No pienso comer directamente de las cajas como un hombre abandonado dentro de una película mediocre.
La pantalla se iluminó.
Una notificación mostraba el nombre de Noah Reyes.
Beatrice levantó una ceja.
—¿Activaste alertas para sus publicaciones?
Le quité el teléfono.
—Por seguridad.
—Naturalmente.
Abrí la notificación.
Noah había publicado una fotografía desde un estudio de grabación.
Solo se veía una consola, dos tazas de café y varias hojas con anotaciones musicales. Una mano femenina descansaba junto a la suya.
Reconocí el anillo plateado del índice.
Evie.
El texto decía:
Por fin volvió la voz que estaba esperando.
Me quedé observando la fotografía.
Sus manos no se tocaban.
Las separaban menos de cinco centímetros.
—Respira —dijo Beatrice.
—Estoy respirando.
—Pareces estar intentando romper el teléfono con la mente.
Bloqueé la pantalla.
—Es una publicación profesional.
—Sí.
—Trabajan juntos.
—También.
—No significa nada.
—No he dicho lo contrario.
La miré.
Beatrice tomó un plato.
—¿Desde cuándo lo conoce?
—¿A Noah?
—Creí que no sabías quién era.
—No dije eso.
—Dijiste exactamente eso durante la llamada con Alexander.
—No sabía demasiado.
—Y ahora sabes.
—Información pública.
Mi hermana comenzó a servir comida.
—¿Qué encontraste?
—Productor, cantante, compositor. Treinta y tres años. Nació en California. Dos premios Grammy. Fundó un sello independiente después de demandar a su antigua compañía.
—¿Estado civil?
—No es relevante.
—Soltero —concluyó Beatrice.
No respondí.
—¿Relaciones anteriores?
—Varias.
—¿Cuántas?
—No conté.
—Mentiroso.
Dejé el teléfono.
—La mayoría duró menos de un año. Salió con una actriz, dos cantantes y una modelo que después lo acusó de escribir canciones sobre ella.
Beatrice me observaba con la boca ligeramente abierta.
—¿Qué?
—Memorizaste su historial romántico.
—Leí un artículo.
—¿Uno?
—Varios repetían la misma información.
—Adrien.
—¿Qué?
—Eso es perturbador.
Tomé un tenedor.
—También trabajó con artistas que abandonaron contratos restrictivos. Tiene experiencia enfrentando compañías como Asteria.
—Eso podría ayudar a Evie.
—Lo sé.
—No pareces feliz.
—Estoy encantado de que un hombre tatuado con incapacidad para abrocharse la camisa esté facilitando su independencia profesional.
Beatrice mordió el labio para no reírse.
—No tiene ninguna fotografía sin camisa dentro de esa publicación.
—Hay otras.
—¿También las revisaste por seguridad?
—Su cuerpo podría esconder dispositivos.
Mi hermana soltó una carcajada.
—Detesto esta conversación.
—Yo no. Es la primera vez que disfruto algo durante días.
Tomó mi teléfono antes de que pudiera impedirlo.
Desactivó las alertas.
—No necesitas saber cada vez que Noah publica una taza que estuvo cerca de Evie.
—Devuélvelo.
—Promete que no las activarás otra vez.
—No acepto negociaciones bajo coacción.
—Entonces lo arrojaré al fregadero.
—Es un teléfono oficial.
—Padre puede comprar otro.
—Eso no suele ser tu posición respecto a los fondos públicos.
Beatrice levantó el dispositivo sobre un vaso de agua.
—Bien —dije—. No las activaré.
Me lo entregó.
—¿Estás celoso?
—No.
—Adrien.
—La palabra implica algún tipo de derecho sobre Evie. No lo tengo.
Mi hermana se quedó en silencio.
—Eso no responde —dijo finalmente.
Miré la fotografía nuevamente.
La mano de Noah junto a la de Evie.
—Sí.
La admisión fue baja.
Dolorosa.
—Estoy celoso.
Beatrice apoyó un codo sobre la mesa.
—¿Qué harás?
—Nada.
—¿Nada?
—Evie puede trabajar, besar o dormir con quien quiera.
Las últimas palabras resultaron más difíciles de pronunciar.
Beatrice lo notó.
—Todavía solo están trabajando.
—Lo sé.
—No conviertas una fotografía de dos manos en una tragedia griega.
—Las tragedias griegas tienen menos ejecutivos musicales.
—Y más incesto.
—Eso las vuelve difíciles de adaptar para la televisión.
Mi hermana sonrió.
Después comenzó a comer.
No mencionó que había conseguido que pronunciara en voz alta aquello que llevaba días intentando negar.
Evie podía acostarse con otro hombre.
No sería una traición.
No me pertenecería el dolor.
Aun así, la idea permaneció dentro de mí durante toda la cena.
Noah tocando su rostro.
Noah conociendo la cicatriz bajo su barbilla.
Noah descubriendo que Evie cerraba los ojos cuando alguien besaba el punto detrás de su oreja.
La comida perdió el sabor.
* * *
Bash llamó al quinto día.
—Encontramos al paramédico.
Me levanté del escritorio.
—¿Vivo?
—Sí. La policía lo detuvo en Montreal.
—¿Es el hombre que entró como abogado?
—No. Solo le entregó el uniforme y lo ayudó a salir del edificio.
—¿Quién lo contrató?
—Recibió una transferencia desde una cuenta asociada con Meridian Cultural Consulting.
El nombre regresó desde el primer libro.
La empresa utilizada por Daniel Mercer.
—Creí que las cuentas estaban congeladas.
—Esta permanecía bajo una sociedad distinta.
—¿Marcus?
—Su firma aparece en los documentos originales.
—Entonces sabía que la sociedad continuaba activa.
—O alguien utilizó su firma.
—Todo conduce a Marcus.
—Demasiado.
Me acerqué a la ventana.
—¿Dónde está?
—Continúa desaparecido.
—¿Y el hombre detenido?
—Dice que nunca vio a quien lo contrató. Recibió las instrucciones mediante mensajes cifrados.
—¿Orfeo?
—No conocía el nombre.
—Consigue los mensajes.
—La policía canadiense ya trabaja en ello.
—Isabella encontró registros de Cole dentro de la residencia española.
—Me los envió. También apareció durante el traslado de Alexander a Escocia.
Me tensé.
—¿Cuándo?
—La semana del episodio en que Lawson lo llevó al almacén.
—Cole trabajaba con Lawson.
—O vigilaba lo que Lawson hacía.
—¿Alexander sabe?
—Todavía no.
—No le digas hasta que esté con el médico.
Bash guardó silencio.
—¿Qué?
—Nada.
—Habla.
—Continúas decidiendo qué información puede soportar tu hermano.
—Sufrió otro episodio hace cuatro días.
—Entonces pregúntale al médico cuándo explicárselo. No conviertas su enfermedad en una autorización permanente para ocultarle cosas.
La observación me irritó.
Precisamente porque reconocí la verdad.
—Hablaré con ambos —dije.
—Bien.
Bash respiró al otro lado.
—¿Cómo está Evie?
—¿Por qué me preguntas?
—Porque su equipo informó de una nueva amenaza.
El miedo regresó inmediatamente.
—¿Qué ocurrió?
—Alguien dejó flores negras frente al estudio de Noah.
—¿Mensaje?
—Ninguno.
—¿Cámaras?
—El repartidor utilizó casco y una motocicleta robada.
—Voy a Los Ángeles.
—No.
—La amenazaron dentro del estudio de un hombre cuya seguridad no conocemos.
—El equipo local está actuando.
—No es suficiente.
—Evie pidió específicamente que no te informaran.
La frase detuvo mis movimientos.
—Entonces ¿por qué lo hiciste?
—Porque la amenaza está vinculada con Orfeo y afecta a la investigación.
—¿Ella está allí?
—No. Había salido una hora antes.
—¿Noah?
—También está bien.
El alivio que sentí por él me irritó.
Habría resultado más sencillo odiarlo si estuviera dispuesto a desearle la muerte.
No lo estaba.
Solo quería que desapareciera de una manera saludable, segura y preferentemente permanente.
—¿Qué decidió Evie? —pregunté.
—Cambiarán de estudio y reforzarán la seguridad.
—¿Quiere ayuda?
—No la nuestra.
Cerré los ojos.
—Entonces no iremos.
Bash no respondió inmediatamente.
—¿Qué?
—Nada.
—Empiezo a cansarme de esa palabra.
—No esperaba que aceptaras.
—Yo tampoco.
—Parece que la doctora Walsh es competente.
—Voy a despedir a Ginny por hablar de mis sesiones.
—No lo hizo. Beatrice se lo contó a Alexander, Alexander a tu madre, tu madre a Julian y Julian me preguntó si necesitaba preparar rutas semanales.
—Mi familia convierte la confidencialidad en un juego de participación colectiva.
—¿Deseas que busque un estudio alternativo para Evie sin intervenir directamente?
La antigua respuesta habría sido sí.
La correcta necesitó más tiempo.
—Pregunta a su abogada si necesitan apoyo. Si responde que no, nos retiramos.
—De acuerdo.
—Bash.
—¿Sí?
—Si las flores aparecieron en el estudio de Noah, Orfeo sabe que están trabajando juntos.
—Probablemente.
—Entonces él también puede convertirse en un objetivo.
—Advertiremos a su equipo.
Apreté el teléfono.
—Hazlo.
La idea de proteger a Noah Reyes produjo una sensación similar a ingerir vidrio.
Pero Evie lo quería dentro de su vida.
Eso bastaba para que su seguridad importara.
Al parecer, la terapia no solo era desagradable.
También estaba dañando mi personalidad.
* * *
La sexta noche regresé tarde a Sussex.