Capítulo 2 #3
—¿La noche del balcón?
—Sí.
—¿Tenía acceso a las cámaras?
—No directamente. Pero conocía la sala de control y los cambios de guardia.
—Pudo copiar la grabación.
—O facilitar el acceso a otra persona.
—¿Por qué no apareció en la lista inicial?
—Porque su participación figuraba bajo la empresa contratista, no bajo protección diplomática.
—Conveniente.
—Mi equipo revisa cada registro donde aparece su nombre.
—Envíalos a Bash.
—Ya lo hice.
—¿Desde cuándo hablan?
—Desde que comprendí que tú convertías cada intercambio de información en una provocación personal.
Me apoyé contra la pared.
—Creí que habías suspendido toda colaboración con mi familia.
—Suspendí las negociaciones matrimoniales. No renuncié a descubrir quién utilizó mi nombre, filtró una grabación privada y convirtió mi futuro en parte de una conspiración.
—Tienes razón.
Isabella guardó silencio.
—¿Qué? —pregunté.
—Nada. Todavía me sorprende escucharte pronunciarlo sin que alguien te amenace con un arma.
—Podría intentar discutir si eso te tranquiliza.
—No.
Una pausa se extendió entre ambos.
—Lamento lo que hice —dije.
—Ya te disculpaste.
—No significa que haya dejado de sentirlo.
—Bash dijo lo mismo.
—¿También hablan de mí?
—Principalmente de tus defectos. Nos proporciona suficiente material para mantener activa la cooperación diplomática.
A pesar de todo, sonreí.
Isabella no.
—No te he perdonado —dijo.
—Lo sé.
—Y ayudarte no significa que vuelva a considerar una relación contigo.
La claridad produjo un dolor distinto del que esperaba.
No porque continuara creyendo que debía elegirla.
Porque una parte de mí todavía recordaba la vida que ella había ofrecido.
Una alianza.
Una mujer capaz de permanecer a mi lado frente a cualquier familia.
Un futuro donde nunca tendría que esconderme en una casa desocupada.
—Lo comprendo —respondí.
—¿Realmente?
—No intentaré convencerte de lo contrario.
—Bien.
Esta vez la palabra sonó triste.
—¿Por qué preguntaste por Evie?
—Porque alguien intentó matarla.
—No parece existir mucho afecto entre ustedes.
—No necesito sentir afecto para reconocer que fue engañada.
Isabella respiró lentamente.
—Además, me agradó.
—¿Cuándo hablaron?
—No es asunto tuyo.
—Esa frase se ha vuelto excesivamente popular.
—Acostúmbrate.
Escuché papeles al otro lado.
—Enviaré los registros completos durante la noche —añadió—. También revisaré a los integrantes de mi equipo que conocían el memorándum.
—Gracias.
—No lo hago por ti.
—Lo sé.
—Adrien.
—¿Sí?
Su voz se suavizó apenas.
—Me alegra que Evie esté viva.
Cerré los ojos.
—A mí también.
La llamada terminó.
No intenté prolongarla.
Permanecí frente a la ventana con el teléfono en la mano.
Isabella continuaba allí.
No como prometida.
No como enemiga.
Como una mujer a la que había herido y que aun así se negaba a permitir que su dolor la transformara en alguien cruel.
La comparación con mi comportamiento no resultaba especialmente favorecedora.
* * *
La reunión con mi padre duró doce minutos.
Él habló durante nueve.
Mi madre permaneció sentada junto a la chimenea. Llevaba un vestido azul oscuro y las manos cerradas sobre el regazo. Alexander estaba ausente por recomendación médica.
Beatrice había decidido permanecer con él.
La envidié.
—Tu popularidad ha alcanzado el punto más bajo desde la fiesta de Venecia —dijo mi padre.
—Pensé que el caballo en el salón había mejorado mi imagen.
—Tenías veintitrés años.
—El caballo también era joven.
Mi padre colocó varios periódicos sobre la mesa.
Las portadas mostraban el memorándum, la fotografía de Isabella y yo en el balcón y el beso con Evie después del accidente.
EL PRÍNCIPE QUE QUERÍA DOS FUTUROS.
UNA CORONA, DOS MUJERES Y DEMASIADAS MENTIRAS.
EVELYN HAN HUYE A ESTADOS UNIDOS TRAS EL ESCÁNDALO REAL.
—El Palacio organizará una serie de compromisos públicos —anunció—. Fundaciones juveniles, hospitales y una visita al norte.
—No.
—No es una petición.
—No utilizaré programas de salud mental para reparar mi reputación después de haber ocultado la enfermedad de Alexander.
Los dedos de mi madre se tensaron.
—Nadie propone mencionar a tu hermano —respondió mi padre.
—Precisamente.
—Las fundaciones necesitan estabilidad.
—Necesitan recursos, no una fotografía mía acariciando niños para convencer al país de que soy menos miserable de lo que parezco.
—Tu conducta afecta a la institución.
—Mi conducta afectó a Evie e Isabella. Ellas no deberían ser transformadas nuevamente en parte de una campaña.
Mi padre se levantó.
—No vuelvas a pronunciar el nombre de la señorita Han como si perteneciera a esta familia.
La rabia llegó con una fuerza inmediata.
Mi madre intervino:
—Edmund.
—La filtración continúa provocando protestas y cuestionamientos sobre la sucesión. Mientras no controlemos la narrativa, cualquier asociación con ella representa un riesgo.
—Ella no filtró el memorándum.
—No podemos demostrarlo.
—Tampoco puedes demostrar que no fuiste tú.
El rostro de mi padre se volvió frío.
—Ten cuidado.
Me puse de pie.
—¿Con qué? ¿Con dañar la reputación de un hombre que negoció mi matrimonio en secreto y después pretende responsabilizar a la mujer a la que engañé?
—Tú firmaste.
La frase detuvo todo.
Mi padre no elevó la voz.
No lo necesitaba.
—Nadie sostuvo tu mano. Nadie escribió tu nombre. Revisaste cada página y decidiste conservar ambas posibilidades.
Mi mandíbula se tensó.
—Lo sé.
La respuesta lo sorprendió.
También a mi madre.
—No culparé a la Corona por una decisión que tomé —continué—. Pero tampoco permitiré que utilicen actos benéficos para fingir que asumiré la responsabilidad mientras continúan protegiendo la institución.
—¿Qué propones?
—Retirarme temporalmente de los compromisos públicos.
Mi madre se levantó.
—Eso alimentará la percepción de crisis.
—Existe una crisis.
—Adrien…
—No desapareceré. Continuaré trabajando con las fundaciones sin prensa y participaré en las reuniones necesarias. Pero no me exhibirán hasta que el interés disminuya.
Mi padre me estudió.
—¿Cuánto tiempo?
—Seis semanas.
—Tres.
—Cinco.
—Cuatro.
La negociación apareció por reflejo.
Mi madre negó con la cabeza.
—Incluso durante una crisis emocional convierten todo en un contrato.
—Estudié para esto —dije.
Mi padre recogió los periódicos.
—Cuatro semanas. Después revisaremos la estrategia.
—De acuerdo.
Me dirigí hacia la puerta.
—Adrien —dijo mi madre.
Me volví.
Su expresión era inescrutable.
—¿Dónde te quedarás?
—En Sussex.
—La casa está comprometida.
—Seguridad la revisó.
—También contiene recuerdos que podrían no ser especialmente saludables.
—Ginny me envió a terapia.
Mi padre dejó caer uno de los periódicos.
—¿Qué?
La conmoción de su rostro casi justificaba el precio de la sesión.
—Mañana a las diez.
—No existe necesidad de que esa información…
—Es privada —completé—. Lo sé.
Abrí la puerta.
—Pero si algún periódico descubre que un Hawthorne busca ayuda psicológica, intenta recordar que el mundo no terminó cuando Alexander reconoció que estaba enfermo.
Salí antes de escuchar la respuesta.
* * *
La doctora Eleanor Walsh tenía una oficina sin retratos reales.
Aquello ya la situaba por encima de la mayoría de las personas que trabajaban cerca de mi familia.
Había dos sillones, una lámpara, una estantería y una ventana desde la que no podía verse ningún palacio.
Me senté frente a ella.
La doctora Walsh tendría unos cincuenta años. Cabello gris cortado a la altura de la mandíbula, ropa sencilla y una mirada que no parecía impresionada por mi título ni particularmente interesada en fingir que no lo reconocía.
—Lady Harcourt dijo que aceptó una sesión —comenzó.
—Ginny tiene una interpretación amplia del consentimiento.
—¿Lo obligó a venir?
—No.
—Entonces decidió hacerlo.
—Parece que sí.
—¿Por qué?
Miré el reloj.
—¿La sesión dura cincuenta minutos?
—Sí.
—¿Incluye silencios incómodos?
—Especialmente.
—Excelente. Podríamos utilizar los cuarenta y nueve restantes.
La doctora Walsh sonrió.
No como alguien que acababa de escuchar una broma.
Como alguien que había reconocido una barricada.
—¿Por qué golpeó a su amigo? —preguntó.
—Ginny habla demasiado.
—No me lo contó. Su mano está lastimada y el señor que lo acompañó presenta un hematoma.
Miré los nudillos.
—Se negó a obedecerme.
—¿Eso suele provocar violencia?
—No.
—¿Qué tenía de diferente esa orden?
—Era sobre Evie.
La pronunciación de su nombre alteró algo dentro de mi pecho.
La doctora lo advirtió.
Por supuesto.
—¿Quién es Evie?
—Sabe quién es.
—Sé lo que publicaron los periódicos. Le he preguntado quién es para usted.
Me recosté.
—La mujer a la que amo.
—¿Y por qué necesitaba que su amigo la localizara?
—Porque acababa de descubrir que le mentí durante toda nuestra relación.
—No responde.
—Creí que podía estar en peligro.
—¿Lo estaba?
—Siempre lo está.
—Entonces la amenaza era real.
—Sí.
—¿Y ella pidió que no la buscara?
—Sí.
—¿Qué era más importante para usted: su seguridad o que continuara teniendo acceso a ella?
La pregunta resultó ofensiva porque no pude responder inmediatamente.
—Su seguridad.
—Ha tardado.
—No convierte la respuesta en menos cierta.
—No. Solo indica que quizá no sea la única.
Desvié la mirada hacia la ventana.
—La localizamos después porque Orfeo envió una fotografía desde su avión.
—¿Orfeo?
—La persona que intenta utilizarla para manipularme.
—¿Por qué funciona?
—Porque la amo.
—Eso describe la emoción, no el mecanismo.
Cerré una mano sobre el brazo del sillón.
—Sé lo que intenta hacer.
—Me alegra. Puede ahorrarnos tiempo.
—Quiere que admita que convierto el amor en control.
—¿Lo hace?
—Intento proteger a las personas.
—No es lo mismo.
—En mi vida suele serlo.
—Entonces quizá ese sea el problema.
La sesión no mejoró después.
Cuando terminó, la doctora preguntó si quería regresar.
—No.
—La próxima semana a la misma hora.
—He dicho que no.
—También regresó a buscar a una mujer que le pidió distancia.
—Eso es manipulador.
—Sí.
La miré.
Ella sostuvo mi mirada.
—El martes —dije.
—El martes.
Salí irritado.
Ginny recibió una factura que incluía mi siguiente sesión.
No la cancelé.
* * *