Capítulo 2
Un océano de distancia
Evie llegó a Los Ángeles treinta y siete minutos antes de que yo aterrizara en Londres.
Lo supe porque observé su avión avanzar sobre un mapa durante todo el vuelo.
No llamé a la aerolínea.
No exigí acceso a las comunicaciones de la cabina.
No pedí que un vehículo de seguridad la siguiera desde el aeropuerto.
Me limité a mirar un punto blanco desplazándose sobre la pantalla hasta que desapareció sobre California.
Bash ocupaba el asiento contrario.
Dormía con la cabeza apoyada contra la pared, los brazos cruzados y la mandíbula oscurecida por el golpe que yo le había dado. La iluminación tenue de la cabina acentuaba las sombras bajo sus ojos.
Su teléfono permanecía sobre la mesa.
No había intentado ocultarlo.
Tampoco necesitaba hacerlo.
Bash sabía que yo no revisaría sus mensajes.
Hasta una semana antes, aquella certeza habría sido una muestra de confianza.
Ahora parecía una evaluación básica de mi capacidad para comportarme como una persona tolerable.
La notificación apareció a las cuatro y doce de la madrugada.
Vuelo aterrizado.
Evie se encontraba en Los Ángeles.
Viva.
A miles de kilómetros de mí.
Bloqueé la pantalla.
Volví a desbloquearla.
El mapa ya no mostraba el avión.
Solo el océano que habíamos cruzado en direcciones contrarias.
—Aterrizó —dijo Bash sin abrir los ojos.
—Creí que dormías.
—Intentaba hacerlo.
—Tu técnica necesita trabajo.
—Tú llevas cinco horas respirando como un animal encerrado.
—Una evaluación médica sorprendentemente específica.
Abrió un ojo.
—¿Está bien?
—El vuelo aterrizó.
—No es lo que pregunté.
—No lo sé.
La respuesta ocupó demasiado espacio dentro de la cabina.
Durante meses había sabido cuándo Evie despertaba, qué comía, cuánto había dormido y qué expresión ponía cuando una reunión con Asteria terminaba mal. Conocía sus silencios, sus cicatrices y la forma exacta en que su cuerpo se acomodaba contra el mío durante la noche.
Ahora solo sabía que el avión que la transportaba había tocado tierra.
—Naomi será ingresada en una clínica de Los Ángeles durante veinticuatro horas —informó Bash—. Samantha organizó el traslado y Ginny verificó la seguridad.
—¿Evie irá con ella?
—Sí.
—¿Quién conduce?
Bash cerró el ojo.
—No.
—Es una pregunta razonable.
—Es la primera piedra de un camino que termina contigo solicitando el árbol genealógico del conductor.
—Solo necesito saber si verificaron sus antecedentes.
—Lo hicieron.
—¿Quién?
—Personas cuyo trabajo no depende de satisfacer tu ansiedad.
Me recosté.
—Podrías mostrar algo de sensibilidad.
—Renuncié también a eso.
Su boca se movió ligeramente.
No llegó a ser una sonrisa.
Era suficiente.
—¿Cuándo será efectiva tu renuncia? —pregunté.
—En cuanto el Palacio designe a mi reemplazo.
—Podría retrasar el proceso.
—Podría golpearte de vuelta.
—El ambiente laboral se ha vuelto sorprendentemente hostil.
—Mi labio comparte esa opinión.
Miré la marca que había dejado.
—Lo siento.
—Ya lo dijiste.
—No significa que haya dejado de sentirlo.
Bash abrió los ojos.
—Bien.
—¿Bien?
—Las disculpas no sirven para borrar el hecho. Sirven para demostrar que todavía recuerdas que ocurrió.
Desvió la mirada hacia la ventanilla.
—No voy a retirar la renuncia, Adrien.
—Lo sé.
—Y cuando deje de ser responsable de tu seguridad, no organizaré más casas secretas, vehículos sin registro ni rutas que permitan que engañes a dos mujeres al mismo tiempo.
—No volveré a pedírtelo.
—También dijiste que nunca utilizarías una corbata amarilla y tu madre consiguió obligarte durante la visita de primavera.
—Aquello fue diferente. Había niños enfermos.
—Los niños no eligieron la corbata.
—Mi madre dijo que era alegre.
—Tu madre cree que las sonrisas pueden incluirse en un decreto.
La risa escapó antes de que pudiera evitarlo.
Sonó extraña.
Casi ofensiva después de todo lo ocurrido.
Bash también sonrió.
Durante unos segundos volvimos a ser dos muchachos escondidos detrás del gimnasio del internado, riéndonos de personas que podían expulsarnos.
Después su expresión perdió ligereza.
—Puedo continuar con la investigación —dijo—. Como asesor externo y coordinado con Ginny.
—¿Por qué?
—Porque Orfeo intentó asesinar a una mujer dentro de un palacio que yo debía proteger. Utilizó credenciales reales, manipuló rutas y colocó a un hombre dentro de un avión internacional.
—No fue tu culpa.
—No he dicho que lo fuera.
—Suena como si lo creyeras.
—Puedo reconocer una responsabilidad sin convertirla en una personalidad trágica.
—Presuntuoso.
—Aprendí observándote.
Miró nuevamente la pantalla.
—Seguiré investigando porque quiero encontrarlo. No porque tú me lo ordenes.
—Comprendo.
—Y no compartiré información privada sobre Evie que no sea necesaria para mantenerla viva.
Apreté la mandíbula.
—Comprendo.
Bash arqueó una ceja.
—Dos límites aceptados en menos de un minuto. Quizá el golpe te provocó algún tipo de desarrollo neurológico.
—Yo te golpeé a ti.
—Entonces estamos ante un milagro todavía mayor.
El avión comenzó a descender.
Londres apareció bajo las nubes como una extensión de luces pálidas.
No sentí que estuviera regresando a casa.
La palabra había cambiado de significado.
Ahora se encontraba vacía en Sussex.
* * *
Mi padre convocó una reunión para las ocho de la mañana.
No asistí.
Julian me esperó junto al vehículo cuando descendí del avión. Llevaba un abrigo oscuro sobre el traje, una tableta bajo un brazo y la expresión de un hombre que había pasado toda la noche organizando una catástrofe que no provocó.
—Su Majestad espera verlo en Kensington —informó.
—Qué desagradable manera de comenzar el día.
—Los principales periódicos publicaron nuevas editoriales sobre el memorándum.
—Puedo leerlas sin la supervisión de mi padre.
—También debe revisarse la estructura de su equipo de seguridad.
—Bash continuará hasta que nombren un reemplazo.
Julian miró a mi amigo.
—Lord Westbury presentó una solicitud de separación inmediata.
—La rechazaremos.
—No funciona así —dijo Bash.
—Todo funciona así si suficientes personas con títulos se enfadan.
—No aceptaré que la Corona convierta mi renuncia en una licencia administrativa.
—No es una licencia.
—¿Qué nombre utilizarías?
—Un periodo de reflexión remunerado.
—Prefiero que me disparen.
Julian desplazó el dedo sobre la tableta.
—También debemos acordar cómo responderemos a las imágenes de la señorita Han llegando a Los Ángeles.
Me detuve antes de entrar en el vehículo.
—¿Qué imágenes?
Julian levantó la vista.
—Aterrizó hace menos de una hora. Había fotógrafos esperando.
—Dijiste que utilizaría una salida privada —le reclamé a Bash.
—La utilizó.
—Entonces ¿cómo la fotografiaron?
—Los fotógrafos esperaban junto al acceso utilizado por la clínica —respondió Julian—. No parece que la ruta haya sido filtrada. Había prensa distribuida en varios puntos.
—Quiero verlas.
—Señor…
—Muéstramelas.
Julian me entregó la tableta.
El video no tenía sonido.
Una camioneta negra se detenía frente a la entrada lateral de una clínica. Dos agentes bajaban primero. Después aparecía Evie.
Llevaba la misma ropa del hospital de Boston, pero se había colocado el abrigo y una gorra oscura. El cabello permanecía escondido y las gafas cubrían parte de su rostro.
Naomi no aparecía.
Probablemente había ingresado por otra entrada.
Evie caminaba entre los guardias cuando un hombre salió del edificio.
Reconocí el rostro antes de que el video lo enfocara completamente.
Noah Reyes.
Cabello oscuro.
Tatuajes en ambos antebrazos.
Un abrigo marrón abierto sobre una camiseta negra.
La sonrisa fácil de un hombre que jamás había necesitado aprender a parecer inofensivo frente a un Parlamento.
Noah no saludó a las cámaras.
Cruzó directamente hacia Evie.
Abrazó primero a una mujer que descendió detrás de ella. Samantha, supuse.
Después abrió los brazos.
Evie entró en ellos.
No fue un saludo breve.
Noah rodeó su cintura y la levantó parcialmente del suelo. La gorra de Evie cayó hacia atrás. Ella escondió el rostro contra su cuello y apretó los brazos alrededor de él.
Mi cuerpo se volvió completamente inmóvil.
El video duraba once segundos.
Lo reproduje de nuevo.
La mano derecha de Noah se extendía sobre la espalda de Evie. La izquierda permanecía cerca de su nuca.
Evie no parecía sorprendida.
Tampoco incómoda.
Parecía aliviada.
—¿Quién autorizó que se acercara? —pregunté.
Bash tomó la tableta.
—La seguridad lo reconoce.
—Eso no responde.
—Noah trabaja con ella. Su nombre aparece en la lista aprobada.
—¿Desde cuándo?
—No lo sé.
—Averígualo.
Bash me devolvió el dispositivo.
—No.
—Puede representar un riesgo.
—Lo investigaron antes de autorizarlo.
—¿Quién?
—El equipo de Evie.
—El mismo equipo permitió que Cole subiera al avión.
—Noah no apareció utilizando una credencial falsificada. La estaba esperando dentro de la clínica.
—Eso solo demuestra que sabía adónde iría.
Julian miró hacia la pista.
Bash cruzó los brazos.
—Estás celoso.
—Estoy analizando una posible vulneración.
—Has reproducido cuatro veces la parte donde la abraza y ninguna donde se ve la matrícula del vehículo.
—No necesito estudiar una matrícula que nuestros agentes ya conocen.
—Naturalmente.
Devolví la tableta a Julian.
—No emitiremos comentarios sobre Evie.
—El Palacio considera necesario aclarar que su viaje no está relacionado con la Corona.
—No.
—Señor…
—No utilizarán su nombre, su vuelo ni el ataque para reparar mi imagen.
Julian cerró la cubierta.
—El rey no estará de acuerdo.
—Puede expresar su desacuerdo durante la reunión a la que no asistiré.
Entré en el automóvil.
—¿Adónde vamos? —preguntó Bash.
—Sussex.
Julian se inclinó antes de que cerrara la puerta.
—Su padre ordenó que regresara a Kensington.
—Dile que la orden se perdió durante el vuelo.
—Eso no resultará convincente.
—No intentaba que lo fuera.
Cerré.
* * *
La casa de Sussex olía a madera, humedad y ausencia.
Los técnicos habían retirado las cámaras ocultas. Pequeñas marcas permanecían en la pared donde desmontaron el detector de humo y la rejilla del dormitorio.
Había polvo sobre la mesa.